—¡Martín, no sabes cuánto te quiero! ¡No puedo imaginarme una vida sin ti, querido!
—Ni yo estar sin ti, Linda.
—¡Córrete ya, amor, deseo tu semen caliente dentro de mí!
—Sí, Linda, quiero llenarte con mi lefa.
—¡Por favor!
—¡Toma, toma!
—¡Fóllame, fóllame!
—¡Sí, mi princesa!
—¡Así, así!
—¡Me voy a correr, me voy a correr!
—¡Por favor!
—¡Toda dentro, toda dentro de ti! ¡Ay!
—¡Sí, oh, ah, me muero!
—¡Amor! ¡Toma!
Ahora mismo la princesa rememora ese día con añoranza. Recuerda ese anochecer en que se sintió tan feliz en el bosque en brazos de Martín, su actual amante y antiguo amigo de la infancia. Eso sucedió hace más de un mes, casi dos. Hoy, mientras las criadas la visten con sus mejores galas, Margalinda está triste. Hace ya algunos días que no puede ver a su amado. Mientras le cepillan el pelo, ella recuerda esa cuarta vez en que se encontraron en el bosque y disfrutaron de sus cuerpos amorosos, acogedores y calientes. Ese lunes fue uno de los días más felices que nunca ha vivido la princesa.
Recuerda cómo Martín, que la estaba esperando, se sorprendió cuando enseguida en qué ella llegó al claro del bosque y se dieron un beso apasionado, la chica se arremangó el vestido y, sin bragas, le mostró su pubis y su sexo completamente depilado, sin ni un pelo.
—Linda, pero…
—¿Te gusta, Martín?
—¡Pareces una niña!
—Sí ¿pero te gusta?
—¡No tienes ningún pelo ahí abajo!
—¿Es que no te gusto así? —pregunta algo triste.
—Bueno, sí.
—¡Me he rasurado para que no te molesten los pelos cuando me chupes, beses y lames el chichi!
—Está bien. Es solo que…
—Ya veo que no te gusta. ¡Con la ilusión con la que venía caminando, deseando enseñártelo todo así pelado! Me he quitado las bragas nada más salir del palacio y burlar a los guardias.
—Sí me gusta, cariño. ¡Mucho! Es solo que me ha sorprendido.
—¿Pero te ha sorprendido para bien?
—Sí, Linda.
—¡Pues demuéstramelo! ¡Bésame el chocho pelado!
Margalinda se tumba de espaldas y separa sus piernas. Martín se amorra a sus labios vaginales y empieza a lamer, a oler, a besar y a chupar. Enseguida la vagina de la princesa empieza a humedecerse con abundante flujo.
—¿Te agrada, amor?
—Sí, mucho, mi princesa.
—Así no te molestan mis pelos ¿verdad?
—No, claro ¡Me gusta, me gusta!
—¡Bésame el botón, Martín!
—Sí, cielo. ¿Así?
—Uy, amor, me haces perder el mundo de vista. ¡Sigue, sigue!
—¿Así? ¿Te chupo el clítoris?
—¡Por favor! ¡Y méteme un dedo! ¡Y la lengua! ¡Oh, ay, me voy, me voy! ¡Martín! ¡Cariño!
Margalinda se corre varias veces con abundantes gemidos, suspiros e incluso algún chillido. Martín le tapa la boca para que nadie la oiga si pasea cerca del claro del bosque. O los guardias, que la estarán buscando.
—Oh, Martín, ¡te he dejado la cara empapada con mis jugos!
—No importa, Linda.
—¿Solo no te importa? ¿Es que no te agrada?
—¡Me encanta tu flujo! – relamiéndose.
—¿Sí? ¿De verdad?
—¡Mucho! ¡Claro!
—Bueno, es que mis jugos son de princesa.
—¡Muy sabrosos!
—Debes saber que es un honor que puedas sorber los líquidos de mi chichi.
—¡Por supuesto!
—¿Te ha gustado chupar y lamerme sin ningún pelo?
—¡Pus sí, la verdad!
—Pues siempre que pueda estar contigo, antes me depilaré completamente. Solo para ti. No quiero que mis pelos te molesten cuando me beses el chichi.
—¡Gracias, Linda!
—A ver, Martín… —le palpa el bulto en el calzón– veo que estás cachondo y con tu verga muy dura.
—Sí, mi princesa.
—Ven, amor – le baja el calzón y agarra el pene erguido del muchacho – Hoy dejaré que me la metas dentro y que te corras. ¿Te parece?
—¿Dentro? Quieres decir…
—Sí, dentro de mí. ¡Dentro de mi coño de princesa!
—¡Me encantaría!
—Pues súbete encima de mí, sí, así. Yo separo más mis piernas. Aprovecha que estoy tan mojada. Pero ve con cuidado. Recuerda que soy virgen.
—Sí, amor.
—Tú serás el primero que me haga el amor.
—Un honor, Linda.
—Vas a desvirgar a tu princesa.
—Un sueño.
—¿Tú has follado alguna vez antes, Martín?
—Nunca.
—Me gusta que para ambos sea la primera vez.
—A mí también.
—Dejaré que me desvirgues para que sepas que te amo de verdad.
—Y yo a ti, Linda.
—Bueno, y también dejaré que me folles porque estoy muy cachonda y hace días que sueño con follar contigo.
—¡Y yo contigo!
—Pues acerca la punta. Así. ¡Espera, no, ja, ja! ¡Esto es mi culo! Ahora, aquí, sí, aprieta un poco, oh, ay, hum, ya la siento, entra un poco más, oh, puedes meterla más adentro, oh, ay, me duele, pero no, no, no te apartes, aprieta, más, ah. ¡Hum!
—¡Tengo más de la mitad en tu vagina, amor!
—Me gusta sentirla dentro. Me duele pero me gusta. ¿Quieres meterla más adentro?
—Sí, cielo ¿así?
—Oh, me da placer, la tienes muy caliente.
—Y tu coño arde, Linda.
—Intenta meterla entera, cariño, hasta el fondo, no te preocupes.
—No va a caber.
—Pruébalo, oh, bestia, ay, me partes en dos.
—¡Linda, Linda! —exclama el campesino follando a la princesa.
—¡Ay! ¡Oh, ah, sí, así, animal! ¡Fóllame, fóllame!
—¡Sí, sí te follo, te follo!
Martín aumenta el ritmo de sus embestidas y al cabo de menos de un par de minutos eyacula intensamente en la vagina de la chica.
—Siento tu semen caliente, amor. Dámelo, dámelo todo.
—¡Todo para ti! ¡Toma, toma!
—¡Sí, sí! ¡Soy toda tuya! ¡Acaríciame el clítoris mientras me llenas con tu líquido blanco! ¡Oh, ah, me corro, me corro!
Aunque estuvieron haciendo el amor durante un buen rato, ellos desearían haberse quedado haciéndolo toda la noche. Pero ella debía volver a palacio. Así que se besaron, se vistieron, se volvieron a besar y caminaron abrazados hasta que ya era arriesgado porque se acercaban a la salida del bosque. Se volvieron a besar y se despidieron.
—Quizá te va a doler durante unos días, Linda.
—No sé. Pero me da igual. El placer que he sentido y el que te he ofrecido bien lo vale. Si noto alguna molestia, me gustará porque eso me recordará a ti y a todo el amor que hoy nos hemos regalado.
—Gracias, Linda.
—A ti, Martín. ¡Nunca me imaginé que hacer el amor fuera algo tan maravilloso!
Pero hoy Margalinda debe apartar esos recuerdos de su cabeza. Se apena al no ver la posibilidad de encontrarse con Martín durante demasiados días. Sin embargo sus obligaciones como princesa se lo impiden. El futuro del reino de Dorada Montaña es incierto. Oscuros nubarrones presagian una intensa tormenta de incalculables malas consecuencias. Hasta ahora, el país ha estado viviendo en paz y prosperidad.
Sin embargo el buen rey Fenoy ya es un anciano y su muerte se acerca sin haber engendrado un hijo varón. Por eso ha decidido que ha llegado el momento que su única hija, la bella y virtuosa Margalinda, elija a uno de sus pretendientes y así se asegure que Dorada Montaña tenga un nuevo rey cuando él falte. Quizá será Otlón de Vayerr, el príncipe que hoy mismo llega desde lejanas tierras, quien pueda conquistar el corazón de Margalinda. Ella y su padre, en una hora, van a recibir a Otlón en la grande y lujosa real sala de audiencias y podrán valorar si es un candidato de garantías y si conquista el corazón de la chica.
La princesa continúa pensando la manera de encontrarse con Martín cuando se abren las puertas de la sala y va a aparecer el pretendiente. Aunque sabe que nunca va a querer dejar de ser la amante del campesino amigo de la infancia, debe aceptar casarse con quién ella y su padre elijan. Para eso, ella planea que esta noche le pedirá a Otlón que acuda a su habitación y pueda comprobar si es bueno en la cama, alguien con buenas artes amatorias, como ella se merece.
La sorpresa es mayúscula cuando ve entrar a un niño de apenas diez años, acompañado de su madre y de un amplio séquito. ¡El príncipe Otlón no es ni siquiera un adolescente!
—Sería un honor que vos y la bella princesa podáis escoger ni hijo a Otlón como futuro rey, majestad, y esposo de Margalinda.
—Os agradecemos que hayáis venido hasta mi palacio para presentar su candidatura, señora. No os digo que no vayamos a valorar elegir a Otlón ¿verdad, hija?
—Por supuesto, padre. ¿Cuántos años tienes, guapo?
—…
—Otlón, contesta a la princesa, hijo.
—…
—¡Otlón! Te pegunta qué edad tienes.
—Yo… ocho, majestad.
—Pero pronto cumplirá nueve.
—¡Es muy niño! – exclama Margalinda.
—Sin embargo, eso no tiene por qué ser un problema ¿verdad, hija?
—Bueno, padre, yo… a ver…
—Debéis saber, mi señor – explica la reina – que nuestro principado es rico y próspero. Disponemos de siete palacios y de más de diez castillos.
—Es interesante.
—Pero padre…
—Además, si aceptáis a mi hijo como yerno y futuro rey, os ofreceremos arcones llenos de joyas y monedas de oro.
—Vuestra propuesta es inmejorable. ¿Qué te parece, hija?
—Pues que… — Margalinda nota en la mirada de su padre que debe callar lo que iba a decir – que… sí, es una… que Otlón es un muy buen candidato.
—Vamos a pensarlo bien y mañana os comunicaremos nuestra decisión.
Por supuesto que Margalinda no piensa en ningún momento aceptar al niño como esposo. No quiere esperar tantos años a que se haga un hombre. Por un momento creyó que quizá casarse con Otlón le facilitaría poder estar con su Martín, pero sabe que solo podría ser de vez en cuando y que necesita a un hombre para satisfacerle en la cama. Y en ningún caso quiere hacer de madre más que de esposa hasta que Otlón creciera.
Se quitó de la cabeza invitar al niño a su habitación esa noche. No tendría ningún sentido. Por suerte, cuando va con su ama y las criadas a su cámara, descubre con alegría que el guardia en la puerta es el joven Guy, de dieciocho años. Él sí que ya es todo un hombretón. Al entrar, ella le guiña un ojo.
Después de que se retire el servicio de su habitación, Margalinda se desprende de la ropa de dormir con la que la han vestido y, completamente desnuda, se mira al espejo y se ve muy bonita. En ningún caso quiere pasar la noche sola. Si no puede estar con su amado campesino, al menos tendrá al joven guardia. Se pone una diadema de oro y brillantes y las braguitas. Duda de si ponerse sostén, pero decide que no. Se pinta los labios con rojo carmesí. Espera que verla así la haga irresistible y no tenga que rogar a Guy que entre.
—Guy, me alegra que seas tú hoy quién me proteja.
—Gracias, mi señora.
—Mírame, Guy.
—Sí ¡oh!
—¿Quieres que aparte las manos de mis pechos, Guy?
—Bueno… yo…
—¿Sí o no?
—Me gustaría.
—¿Qué te gustaría?
—Vos me preguntasteis…
—¿Quieres decir que te gustaría ver mis tetas?
—Yo no dije eso.
—¿A no? ¿No te gustaría verme las tetas?
—Sí, claro, ay, no sé, mi princesa.
—Noto que a tu verga sí le gustaría que te enseñara las tetas.
—¡Oh!
—¡Temo que tu miembro vaya a reventar la tela de tu calzón!
—Es que…
—Si entras, separaré las manos de mis pechos y me los podrás ver.
—Yo, es que vos sabéis que no puedo.
—Y dejaré incluso que me los toques.
—Debo estar en la puerta.
—Si vienes conmigo, te podrás correr en mis pechos, Guy. Eso te gusté el otro día.
—Mucho, mi princesa.
—Es más, si entras, dejaré que me folles como esa noche. O si lo prefieres te haré una mamada que no vas a olvidar.
—Bueno, a ver, supongo que… aunque entre, la protegeré igualmente que en la puerta.
—Mejor, me protegerás mejor. Además, si lo deseas, me podrás meter tu arma grande y gruesa. ¿Qué mejor protección que esa? Uy, mira, mira mis bragas. Están muy mojadas. ¿Y sabes por qué?
—Yo… no, mi señora.
—Pues debes saber que estoy empapando mis bragas porque ya me imagino tu polla follándome y corriéndose dentro de mí.
—¡Señora!
—¿Entras o no entras?
—Sí, mi princesa, si vos lo deseáis…
—Lo deseo, lo deseo.
Nada más entrar, Margalinda enseña sus tetas al muchacho. Le baja el calzón, se pone de cuclillas y le mama la verga, se la besa, le dé lengüetazos. Su miembro no para de crecer. Hace que Guy se tumbe de espaldas en la cama, se quita las bragas y se las da a oler al chico, se las mete en su boca y se sube encima de él. Se sienta encima de su pene y se lo introduce y cabalga como una buena jinete. Enseguida tiene y un orgasmo y en ese momento piensa que está con su amado Martín.
Abre los ojos y se quita las bragas de su boca y las mete en la de él, que sigue follándola como un desesperado. Le agarra las tetas y ella le besa las manos, los brazos. Le pide que se corra dentro de ella y él le contesta que lo está deseando y que no pare de subir y bajar con la verga en su vagina. Toma una mano del chico y la acerca a su clítoris. Al cabo de menos de un minuto, ella vuelve a explotar en un orgasmo. Siguen follando hasta que, por fin, el guardia exclama:
—Princesa, me voy a correr, me voy a correr. — grita
—¡Sí, mi querido Guy, eyacula en mi coño!
—No, no, a ver… espera, Linda.
El chico aparta delicadamente a la princesa y la tumba boca abajo, le levanta el culo, se masturba y empieza a lanzar chorros de esperma a sus nalgas entre suspiros, gemidos y palabras bonitas. Al cabo de unos minutos, él se tumba en la cama.
—Has sido un chico malo, Guy. No es nada adecuado llenar mis nalgas de princesa con tu líquido blanco – le riñe Margalinda aún en posición de cuatro.
—Lo siento, yo… vos…
—Eso es que te gusta mucho mi culo ¿verdad?
—Sí, mi princesa.
—Bueno, por esta vez te perdono porque me has dado mucho placer. Y ahora, me voy a limpiar las nalgas y voy a sorber todo el semen que me has echado, si te parece bien.
—Como deseéis.
—¡Hum, qué sabroso, Guy! – ella va tomando con su mano el esperma de sus nalgas y lo va lamiendo y chupando de sus dedos.
Después de unos cinco minutos, ella le dice:
—Como has sido un chico malo, debo castigarte. Así que tendrás que darme más de tu líquido blanco.
—Mi señora, debo ir a la puerta.
—Tú no vas a ningún lado.
Margalinda se pone a horcajadas sobre el chico y pone sus manos en sus tetas. Enseguida nota que su verga crece y la empuja dentro de su vagina. Y vuelve a cabalgar sobre Guy como una posesa.
Pasan horas follando. La princesa no sabe cuántas veces se ha corrido. En cambio, ha contado que Guy ha eyaculado tres veces. La primera en sus nalgas, la segunda en sus pechos y cara y la tercera en su vagina. Toda la habitación huele a sexo cuando ven que los rayos de sol empiezan a entrar por la ventana. Se despiden con un beso y ambos se dan las gracias. Cuando queda sola, ella recoge todo el semen que puede de sus tetas, de su vagina y de sus muslos y lo sorbe y se relame. Se duerme con un par de dedos en su boca y otro par en su coño, decidida a decir a su padre que no quiere al niño Otlón como marido. Espera no apenar demasiado al rey y que llegue un buen candidato para ser rey y para amarla y satisfacerle como esposo.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos