—Sí, Martín, ¡oh! ¡au! ¡Pierdo de vista el mundo cuando me la metes y la sacas y me la vuelves a meter y a sacar así! ¡Oh, au! ¡Hasta el fondo, sí! ¡Vuelve, vuelve a meterla, por favor! ¡Oh, así, sí, ay! ¡No, no la saques! ¡No! ¡Vuelve! ¡Oh, sí, gracias, así! ¡Me muero de gusto, Martín! ¡Amo tu polla!
—¿Solo a mi polla, Linda? – pregunta pícaro mientras se la vuelve a insertar.
—No, no, te amo a ti, todo de ti. ¡Pero es que tu polla me da tanto placer! ¡Ay, au, sí, sí, ¿ves? ¡Métela entera, me cabe toda, sí, sí, ay, me vuelvo a correr, ah, oh!
La princesa Margalinda sueña despierta recordando una de esas veces en que hizo el amor con el joven campesino en el bosque. Pero debe volver a la realidad. Ya sola en su habitación, se quita la ropa de dormir con que hace un momento la han vestido las sirvientas y se pone solo una camisola blanca muy corta y transparente. También se quita las bragas y el sostén. Se mira al espejo y se ve muy atractiva, irresistible. Le encanta ver cómo se marcan sus pezones en la fina tela. Recordar cómo Martín la folló esa vez la ha puesto cachonda. Se da la vuelta y le agrada comprobar que sus nalgas se perciben con claridad. Se maquilla durante varios minutos.
Se dispone a recibir en su habitación al marqués Florián, del marquesado de Cantalossos. Esta mañana él se presentó con toda su familia además de un abundante séquito y colmó de regalos al rey y a ella, tesoros de su país, muy rico y próspero. Lo cierto es que el marqués le ha causado muy buena impresión y cree que puede ser un buen candidato para casarse con ella y convertirse en el futuro monarca de Dorada Montaña. Le encuentra muy viril, atractivo, educado, inteligente, amable… Le encantó ver cómo él la devoraba con su mirada, la desnudaba con los ojos. No le molestó que no disimulara al fijar la vista en sus pechos.
Ni tampoco descubrir cómo le miró el culo en el momento en qué ella se levantó del trono y se dio la vuelta para abandonar la sala. Está segura de que le encantó su trasero y cómo lo contorneaba al caminar. Sin embargo, para tomar una decisión, antes quiere comprobar cómo se desenvuelve él en la cama. No querría por marido a alguien que no la satisficiera a nivel sexual, ahora que desde hace unos meses ha descubierto el placer que siente en su cuerpo cuando está con su amado amigo de la infancia y ahora amante Martín. Y, desde hace unos días, también con otros hombres, dos de los fieles guardias de palacio.
Hace un rato, cuando vio que hoy era el viejo y gordo soldado Pedro quien guardaba su puerta, tuvo una desilusión. Hubiera preferido que fuera el joven Guy quién la protegiera. La princesa sabe cómo tratar al chico y que no le ponga impedimentos a lo que ella disponga. Se pregunta si hubiera podido incluso enamorarse de él si no tuviera su corazón solo para Martín. Bueno, pero también admite que con Pedro pasó una noche muy placentera. Nunca lo hubiera imaginado porque ese hombre siempre le ha dado asco, desde muy pequeña.
Aunque ha sido un buen guerrero y ha servido al rey con fidelidad, lo cierto es que se trata de un borracho, es mayor, huele mal, es arisco y mal hablado. Aunque reconoce que se corrió como una loca con él hace un par o tres de días. Cuando hoy ya se quedó sola en su habitación y se quería preparar para recibir al marqués, su pretendiente, salió a hablar con el viejo guardián.
—Hola, Pedro.
—¡Mi princesa!
—Oye… a ver… mira… tendrías que… ahora… dentro de un rato…
—Decidme, señora.
—Es que… querría conocer mejor a mi pretendiente y… bueno… le pedí… si…
—¿Qué?
—Bueno, ya sabes… le pregunté… al marqués… si podía venir a verme a mi habitación —se aparta un paso atrás porque le ofende el hedor a suciedad y a sudor del guardián —Solo para conocernos mejor con él.
—Ya.
—Y tú, mi buen soldado, tendrías que dejarle pasar.
—Entiendo.
—Sin poner pegas –da otro paso atrás y se pregunta si el mal olor que desprende su calzón es de orina u otras suciedades —Y no debéis decírselo a nadie.
—A nadie. Ya.
—Mi padre no debería enterarse.
—El rey tendría un disgusto si…
—Sí, él cree que yo… bueno… que…
—Que vos sois… virgen.
—Así es.
—Y virtuosa.
—Es que lo soy.
—No lo dudo. Toda pureza.
—Pues sí, Pedro.
—Ya.
—Vale, pues quedamos que tú vas a dejar pasar al marqués y no dirás nada a nadie.
—¿A cambio de qué?
—¡No seas descarado!
—Mi señora, no os ofendáis. Es solo que… si debo incumplir mi deber… debe ser a cambio de algo – se acerca a la princesa y se diría que la huele.
—Vale, de acuerdo – ella se aparta— Te daré nuestro mejor vino. Un par de botellas.
—Vino.
—Sé que te gusta el vino.
—Siempre que no esté envenenado.
—¡Pedro! ¡Cómo osáis!
—La otra noche, vos…
—¡Solo quería que te durmieras y dejaras libre la puerta! ¡No matarte, claro que no!
—Espero que no –la mira sin disimulo de arriba abajo— Sin embargo, hoy, esta noche, no creo que me conforme con dos botellas de vino.
—¡Vale, pues tres!
—No –mira los pechos de la chica y se relame.
—¿Cuatro? O es que… a ver… escoge… o cuatro botellas del mejor vino o… quizá… prefieras… — al decir eso, la chica nota que se excita —… que prefieras… volver a estar un rato conmigo en mi cámara, como la otra noche. Elige, Pedro.
—Esto segundo, mi princesa. Y una botella de vino también, que me tomaré con vos desnudos en la cama.
—¡Descarado!
—Después de que yo… – hace un gesto de estar follándola.
—¿Cómo osas?
—No os molestéis, mi princesa. Si no estáis de acuerdo, pues nada. Vigilaré bien la puerta para que nadie pueda entrar. Como es mi obligación.
—No, eso no. Yo os dejaría entrar. Y… pero… a ver… es que no sé si el marqués… quizá estará mucho rato conmigo y se hará muy tarde – se da cuenta de que es lo que ella desea —quizá no se irá hasta la madrugada…
—Estará muchas horas con vos… hablando – exclama el guardia mirando sin disimular el pecho de la princesa apenas oculto por la delicada tela.
—Sí, claro, conversando ¿Por quién me has tomado? – se tapa el pecho con los brazos.
—No os enfadéis, mi princesa. Entiendo que, si el marqués se queda “hablando” muchas horas con vos en la habitación, luego yo ya no pueda entrar. A… hablar también con vos – ironiza agarrándose el abultado paquete que ya esconde su calzón.
—En ese caso… te daría las cuatro botellas y ya está. ¿Quedamos así, mi buen Pedro?
—Lo que vos digáis, majestad.
Al cabo de unos minutos, oye al guardia:
—Pasad, podéis pasar, la princesa os está esperando.
Ella se prepara para recibir al marqués. El noble caballero entra.
—¡Mi princesa!
—Marqués.
—Me dijisteis que os viniera a visitar a vuestra habitación.
—Sí, Florian. Es para que nos podamos conocer mejor. Antes de tomar una decisión.
—Me parece muy lógico, majestad.
—¡Oh, pero no venís solo! – Margalinda se sorprende al ver cómo va entrando gente a su cámara.
—Me acompañan mis padres, mis tres hermanos, mis cinco hermanas, el secretario del reino, los tres cancilleres y nuestros dieciocho ministros.
—Pero…
—No os preocupéis, ellos no nos molestarán.
—Ya… pero… es que yo pensaba… yo quería…
—¿Qué, majestad?
—Bueno… yo había pensado que vos y yo… —acerca su boca al oído del marqués y le susurra– que debíamos conocernos mejor antes de que yo tomara una decisión. ¿Me entendéis?
—Sí, lo comprendo, majestad.
—En la cama –se sonroja– quiero decir…
—Os entiendo perfectamente. Y debo decir que yo ya vengo dispuesto a eso –le guiña un ojo y le mira los pezones que se marcan en la camisola – Y vos noto que también. Tendeos en la cama, princesa. Quitaos la camisola y separad vuestras piernas.
—Esperad, yo no… con toda esa gente aquí…
—No debéis preocuparos. Ellos no nos molestarán. Solo están aquí para comprobar que vos podáis ser una buena esposa para mí –la acompaña suavemente hasta la cama y la sienta en ella. Le separa las piernas y le sube el camisón hasta el obligo– Oh, nunca había visto una mujer sin ni un pelo ahí abajo. Se nota que sois limpia y que sabéis cuidar los detalles. Me gusta. Tenéis el sexo muy rosado. Delicioso.
—¿Sí? Sois muy gentil –él le separa más las piernas y amablemente la tumba en la cama– Marqués, yo…
—Decid, majestad –se amorra a su sexo y la huele con satisfacción– Oléis muy bien, princesa.
—Gracias, pero… —él separa sus labios vaginales y continúa oliéndola —por favor… debéis decir a… toda esa gente que… debe irse.
—No, sería una desconsideración. Es tradición en mi país que…
—Lo siento. No quiero ser maleducada, pero en cuestiones de… de sexo… no me importa la tradición de vuestro marquesado –se sienta en la cama e intenta taparse con la breve camisola.
—Mi princesa, precisamente en cuestiones de sexo… como decís vos… la tradición de mi país es muy estricta. Ellos deben comprobar que vos podáis ser una buena esposa.
—¡Pues claro que lo sería! ¡Soy una princesa!
—No dudo que lo seríais, majestad. Pero ellos deben dar su aprobación.
—Y para eso … —ella se levanta y da unos pasos – todas estas personas deben ver cómo… cómo vos y yo…
—Sí, deben comprobar que todo nos va bien en la cama. Bueno… y la tradición, que es ley en mi país, después que yo os haya probado y me parezcáis bien… ellos deben comprobar que… bueno, ya os digo, la tradición secular en Cantalossos es que mis hermanos, después de mí, ellos deben también follaros.
—¿Qué? Pero…
—¡Majestad, no es nada malo! Y si ellos tres dan su aprobación, luego, el secretario del reino, los tres cancilleres y nuestros dieciocho ministros también, uno a uno, deberá ir comprobando que sois buena en la cama, caliente, cariñosa, sexy, desacomplejada… Y que os corréis sin dificultad.
—¿Pero qué decís?
—Es que en mi país las mujeres deben quedar satisfechas en la cama.
—Eso es bueno, pero…
—Si al final todos están de acuerdo en que vos sois perfecta en el sexo… luego será mi padre quién deba yacer con vos y dar la aprobación final.
—¿Pero qué…?
—Es una buena tradición, majestad. Es una buena manera para asegurarse que las marquesas son buenas esposas.
—Ya, pero yo nunca aceptaría que…
—Cuando nos casemos, durante el primer año, mi padre y mis hermanos, uno cada noche, pasará unas horas en nuestra habitación y os hará el amor después de mí, y así vos quedaréis satisfecha.
—¿Qué?
—Bueno, eso si hoy pasáis la prueba y os llegáis a convertir en mi mujer.
—¡Para nada!
—Mi madre y mis hermanas van a ir comprobando que todo vaya bien. Se asegurarán de que no finjáis, que sintáis placer de verdad, que no simuléis ningún orgasmo.
—Marqués, no quiero ser irrespetuosa, pero… —mira a toda esa gente observándola y se da cuenta de que muchos de los hombres se acaricien el bulto en el calzón y la miran lascivamente – No, no, o se marchan ellos o os vais vos con ellos y me dejáis en paz.
—No puedo cometer esa desconsideración. Me prohibirían ser su marqués.
—¡Pero como podéis querer que todos esos hombres me follen! ¡Soy una princesa, no una puta!
—¡Pues claro que no sois una puta!
—Es como me sentiría si dejara que… todos ellos…
—Mi princesa, antes ya hemos seguido esta tradición durante siglos y nunca… Mirad, por ejemplo, a mi madre. Ella se convirtió en marquesa después de pasar la prueba, ¿verdad, mamá?
—Sí, hijo. Princesa, dejaos hacer. ¡Veréis que incluso os va a llegar a gustar!
—Y eso que en esa época, mi padre tenía nueve hermanos varones.
—Sí – exclama la madre del marqués – ¡Y no había dieciocho ministros, sino treinta y cuatro!
—La verdad es que hemos reducido nuestra administración.
—Hijo, además también tuve que follar con el abuelo de tu padre.
—Sí, es cierto. Margalinda, siento decirte que mis abuelos ya fallecieron así que ellos no…
—¡Callad, por favor! Marqués, lo siento, pero no. Ya os digo, me gustaría estar con vos y ver si sois un buen amante.
—Es lo que yo debo comprobar. Si vos lo sois.
—O vos y yo solos o nada.
—No puedo traicionar a las leyes de mi pueblo.
—¡Pues nada! ¡Os vais!
—¡Me gustáis mucho!
—Y vos a mí. Pero vuestra tradición me ofende. ¡Hala, todos fuera! ¡Pedro, estos señores y estas damas ya se van!
El guardián abre la puerta y el marqués, muy ofendido, y el resto van desfilando.
—Pedro, estoy triste y disgustada. Ya sé que te dije que podrías quedarte conmigo, pero me diento deprimida. Así que, toma el vino y sal de mi habitación.
—Mi princesa, un trato es un trato – se acerca a ella.
—Lo sé, mi buen guardia, pero… quizá otro día – se aparta, el hedor del viejo la ofende.
—Yo os puedo consolar.
—No, no creo.
—Dejad que os abrace.
—Aparta, no. Hueles mal.
—¿Acaso os doy asco?
—No es eso. Bueno, sí, la verdad – da unos pasos atrás.
—Aunque os de asco, os voy a consolar, mi niña. Veréis como sí.
Pedro agarra las muñecas de Margalinda y la atrae hacia él. La abraza con fuerza. Ella aparta la cabeza a un lado para no sentir el mal olor. Él la aprieta contra su cuerpo para poder notar los pezones de la chica.
—¿A que os sentís mejor?
—No, Pedro. Vuestro aliento apesta a vino.
—Eso es bueno, majestad. ¡Me gusta el vino! Venga, dadme un beso.
—Pedro, no.
El guardia sube la fina camisola de la princesa hasta su cintura y comprime su bragueta contra ella, que nota la firmeza del pene bajo el calzón. Sin pensarlo, separa algo sus piernas y aprieta su cuerpo al de él. Frota su clítoris en la bragueta del guardia. Él le agarra las nalgas y las magrea. Pega más el cuerpo de la chica al suyo. Ella empieza a suspirar. Al cabo de un minuto, ya gime. Y al cabo de otro minuto explota en un orgasmo entre una sinfonía de ayes y uyes.
—¿Os sentís mejor, majestad?
—Algo mejor, sí, Pedro
—Veréis cómo os irá pasando la tristeza. Me habéis mojado el calzón.
—Oh, sí, es verdad. Lo siento, Pedro.
—No lo sintáis, majestad. Es un honor tener vuestro flujo en mi ropa.
—Gracias, Pedro. Puedes marcharte.
—Os habéis corrido y ya estáis mejor. ¿Queréis que me vaya?
—No sé. Quizá sí. Pero todavía estoy triste.
—Os puedo consolar. Si lo deseáis.
—¿Qué me vas a hacer, Pedro?
—Algo que os gustará, mi princesa.
Él le besa el cuello. Lo huele, se lo lame. Primero un costado, luego el otro. La tumba en la cama. Ella instintivamente separa sus piernas. Él saca su miembro erecto del calzón y lo apunta a los labios vaginales de la chica. Ella nota que aumenta la humedad en su vagina y agarra el miembro del guardián y lo apunta hacía ella.
—Métemela, Pedro, por favor.
—¡Enseguida, mi princesa!
—¡Sí, sí, así, así! ¡Oh, Pedro!
—Disculpad mi rudeza y fuerza, majestad, pero es que… bueno, vos me excitáis mucho y mi mujer ya no quiere nada conmigo.
—No pasa nada, puedes follarme con fuerza, me gusta, así, ¡oh, qué bruto, me partes en dos, animal! ¡Cuánto placer! ¡Más, más, fóllame bien!
—¿Toma, toma? ¿Te gusta, eh, zorrita?
—¡Sí, sí, soy tuya, lléname con tu leche!
El viejo y gordo guardián magrea los pechos de la princesa mientras bombea su vagina frenéticamente. Ella tiene un orgasmo y luego durante un buen rato va encadenando uno tras otro.
—Margalinda, ¿puedo pasar a vuestra cámara? Veo que no está el guardia. Me gustáis tanto que he decidido saltarme la tradición y venir a follaros yo solo. Aunque sé que en ningún caso podréis ser mi futura esposa si no os sometéis a la prueba.
—¿Eh, pero… quién? – exclama la princesa entre jadeos.
—¿Paso? ¡Eh! ¡Oh! ¡Margalinda! Si estáis… el viejo os está…
—¡Marchaos, marqués¡ ¡Ay, oh, hum, me corro, no puedo, ah, Pedro, bestia, sí, ah, oh!
—¡Princesa! ¡Parecéis una puta!
—¡Sí, la niña es mi putita esta noche! Ya oísteis a la princesa. ¡idos, marqués! – le ordena riendo el guardián.
—No pares, Pedro, sí, es verdad. Soy tu puta, fóllame así, quiero tu lefa, va, por favor. Continúa magreándome las tetas, sí, arráncamelas, oh, animal! ¡Ya veis, marqués, soy la puta de este amante viejo, sucio y gordo! ¡Cuánto placer! ¡Córrete dentro de mi chocho de princesa, Pedro, va!
—¡Sí, sí, me voy a correr en tu coño de guarra!
—¡Soy tu guarra, tu cerda, sí, tu fulana!
—Majestad. No puedo resistirme – el marqués saca su pene del pantalón y se acerca a la pareja.
—¡No, Florian, marchaos!
—No puedo, princesa. ¡Oh! – se masturba y se arrodilla para oler el cuello de la princesa– ¡Majestad!
—¡Que os vayáis! – grita la princesa sin dejar de gemir por las embestidas del guardia – No, pero… ¡Marqués! ¡No! ¡Guarro!
El marqués acaricia un pezón de la princesa eyacula chorros de esperma a la cara de la chica.
—¡Vaya puerca estáis hecha, Margalinda! – exclama mientras va lanzando semen al pelo, nariz, labios y cuello de la chica.
—Sí, la princesa es la mejor putita del reino.
—¡Tu puta, Pedro. Solo tu puta! ¡Oh sí, por fin, ya siento tu leche caliente en mi chichi! ¡Lléname toda, oh, me corro, me corro!
Al cabo de unos minutos, el marqués abandona avergonzado la habitación. La princesa se levanta satisfecha de la cama y recoge con un dedo el esperma que empapa su cara. Lo prueba y le agrada. Después, toma el que inunda su sexo y también lo saborea.
—Me gusta más tu leche, Pedro. La del marqués no está mal, pero, no sé, el tuyo tiene un sabor más intenso. Es más espesa. Gracias por darme tanto semen. Vamos a tomarnos ese vino ¿De acuerdo? Y, si quieres, después puedes volver a… follarme. Si quieres, ¿eh? Yo sí lo deseo.
—Sí, mi princesa.
—¿Sabes? Me encanta ser tu puta.
—Y a mí, más – bebe vino y más vino —Y sin tener que pagaros, ja, ja, ja.
—No tendrías suficiente dinero para pagarme. – va bebiendo vino —Ni podrías pagarme ver mis rodillas, Ni mis tobillos, je, je, je.
—Lo sé. Y en cambio, gratis, dejáis que os vea desnuda, que os toque y que os folle.
—Es que me encantáis, Pedro – reconoce la chica mientras instintivamente ya separa las piernas para ofrecer una vista irresistible de su coño sonrosado – Cuando quieras, yo ya…
—A ver. No sé si yo podré volver a… soy mayor y…
—Seguro que sí, Pedro. ¡No vas a dejar a tu putita con ganas de más!
—Espero que no, mi señora.
—¡Tu puta!
—Sí, muy puta, a ver… —bebe otro trago y vacía la botella – poneros así, como un perrito.
—¿Así, Pedro?
—Sí, enseñándome el culo de princesa. A ver, deja que te lo huela. Oh, tu culo huele muy bien. Hum, noto que ya empiezo a trempar.
—¡Así me gusta! – contornea el culo eróticamente – venga, va, endíñamela.
—Me agrada así, tú de espaldas. Es como me follo las putas.
—¡Pues ya está! ¡Oh! ¡Así de golpe, no!
—¡Perdonad!
—No, ya está bien, ya. Más adentro, rómpeme el coño.
—¡Sí, mi putita guarra!
—¡Uy, es que yo ya… ay… dios… me voy… no pares, no… agárrame las tetas así colgando… sí… así… ah… ordéñamelas, Pedro!
—¡Qué cerda!
—Sí, tu cerdita, hum, me gustaría que mis pechos tuvieran leche para ti.
—¡Y a mí! Pero yo te daré mi leche.
—Sí, por favor. ¡No tardes! ¡Oh, me vas a partir en dos, animal! Sigue, sigue así, ah!
Pero hasta después de más de media hora de follarla, Pedro no se corre dentro de la chica. Ella no sabe cuántos orgasmos ha encadenado. Se duermen abrazados, ella con la cabeza reposando en el pecho de Pedro y él, con una mano en una teta de la princesa y la otra en su pubis depilado y un dedo en su clítoris. Les despiertan los primeros rayos de sol. Margalinda hace que el guardia se levante rápido y salga de la habitación. Espera que nadie se haya dado cuenta de que él no ha estado toda la noche en la puerta. Desea que el marqués y todo su séquito se haya ido cuando ella se reúna con su padre para desayunar.
Piensa en la tradición de ese marquesado y, por un momento, se pregunta si en realidad le habría gustado que tantos hombres la hubieran follado durante toda la noche. Nota que ese pensamiento la excita. Después le viene Martín a la mente, su amigo de la infancia y su primer y único amor a la cabeza, y se entristece al darse cuenta de que no ha pensado en él desde hace muchas horas. Se pregunta cuándo podrá estar con su amado amante y si él todavía la sigue queriendo. Y si le molestaría saber que ha estado toda la noche follando con otro.
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