La princesa Margalinda

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Érase una vez, muchos siglos a, en un lejano país, el Reino de Dorada Montaña, un viejo rey, Fenoy III, había gobernado con sabiduría durante cincuenta años. Aunque era viudo y muy mayor, él todavía conservaba la bondad y la alegría en su corazón. Pero sus cabellos blancos, sus arrugas y el cansancio le recordaban que su tiempo como monarca estaba llegando a su fin.

El rey tenía una única hija, la princesa Margalinda, una joven hermosa, amable, virtuosa y simpática, aunque también caprichosa y acostumbrada a conseguir todo aquello que deseaba. A pesar de que muchos nobles de la corte, además de reyes y príncipes de distintas partes del mundo, soñaban con casarse con ella, Margalinda aún no había encontrado a nadie que le convenciera como marido y futuro monarca de Dorada Montaña. Ella prefería continuar soltera e independiente, libre para hacer lo que deseara sin un esposo que la sometiera a su autoridad.

Preocupado Fenoy III porque el reino pudiera quedarse sin un rey varón cuando él faltara, decidió enviar mensajeros por todas las tierras vecinas para anunciar que reyes, príncipes, caballeros y nobles de los reinos cercanos estaban invitados a presentarse ante la princesa para que ella escogiera quién sería su esposo y nuevo monarca. Cada uno debería demostrar sus mejores virtudes, su valentía y su sabiduría ante el anciano y la joven para que ella eligiera a aquel que fuera digno y adecuado para convertirse en el futuro rey de Dorada Montaña.

Aunque desde muy niña muchos señores habrían deseado que Margalinda se fijara en ellos y la había cortejado para que se enamorara, ella nunca les había hecho mucho caso. En la actualidad, aunque es muy joven, todo el mundo la admira por su belleza, elegancia y su educación. Ella ya es toda una mujer, pero nunca ha conocido el amor. Su corazón, pues, está libre y vacío. Pero, desde hace unas semanas, a menudo no todo en ella está tan vacío.

-¡Sácala, sácala, Martín, ¡por favor!

-Espera, Linda, ¡ya casi estoy!

-¡No puedo esperar, sácala!

-¡No, no, si ya estoy a punto!

-¡Que la saques, te digo! ¡Soy la princesa!

-¡Pero Linda…! – Martín le hace caso y se separa de ella.

-¡Me está esperando el Rey para la cena, no puedo hacerle esperar!

-Linda, hace cinco minutos, no tenías ninguna prisa – contesta el muchacho subiéndose los calzones.

-Porque hace cinco minutos aún era pronto, Martín – responde Margalinda subiéndose las braguitas y arreglándose el vestido.

-¿No será porque hasta hace cinco minutos tú aún no te habías corrido?

-Martín, no seas descarado. ¡Que soy tu princesa! Pero sí, tienes razón, hasta que he tenido el orgasmo no pensaba en cenas ni en mi padre ni en nada más que sentir placer.

-Eso es ser muy egoísta, Linda.

-¡Para eso soy la princesa! Mira, si no te gusta, pues, nada.

-No, no, si me gusta, sí me gusta.

-Yo podría tener tantos hombres como quisiera.

-Sí, ya sé. Perdona, Linda.

En eso que llaman a la puerta.

-Es Florencia. Debo abrir la puerta e ir a cenar. Escóndete y sal cuando nos hayamos ido.

-Sí, mi princesa, lo que usted ordene.

-No seas tonto. ¡Va, dame un beso!

-¡Mira cómo me has dejado! – exclama Martín señalando el gran bulto en su calzón después de besarle los labios.

-¡Ya sabes que me encanta tu polla, Martín! ¡Mañana continuamos!

-Creo que me buscaré una novia y me casaré y así no dependeré de tus caprichos.

-Tú, mismo, Martín. Pero no encontrarás a ninguna como yo en todo el reino.

-¡En eso tienes razón, Linda! – contesta el muchacho admirando el cuerpo tan sexy de la princesa.

-¡Si me quieres tener, no vuelvas a prometerte con ninguna otra!

-Sí, majestad.

Cuando Martín se queda solo en la cámara de la chica, se baja el calzón y se masturba pensando en los pechos de Margalinda, desnudos para él hasta hace un momento, en el olor de la princesa, en su sabor… Al cabo de unos minutos llega al orgasmo y, con los ojos apretados y susurrando “¡Linda, toma, toma!”, eyacula entre las sábanas de la cama donde hasta hace un momento había estado follando con la ella.

Cuando deja de sentir placer y su miembro empieza a estar flácido, piensa que es verdad que ninguna otra chica en el reino es tan guapa y sexy como Margalinda y, a decir verdad, tampoco tan puta como ella. Se arrepiente de pensar eso, pero no deja de sorprenderle que ella permita que él, un simple campesino, la folle a menudo desde hace unas semanas. Ya hace un mes que su prometida Catalina le dejó harta de que, desde hacía muchos días, él hubiera cambiado tanto y ya no fuera lo suficiente atento con ella y su familia.

El muchacho sale a escondidas de la habitación de Margalinda y recuerda cómo se conocieron con la princesa de niños y se hicieron amigos. El Rey no había visto con buenos ojos que su hija jugara con un niño tan humilde, pero nunca le negaba ningún capricho a su hija. Así que permitió que se vieran, porque lo más importante es que la niña se lo pasara bien y fuera feliz, y más desde que la Reina murió, aún joven, y ella quedó huérfana por parte de madre.

Ahora Martín ha crecido y la princesa también. Ambos habían estado unos cuantos años sin verse, pero hace un par de meses, en uno de sus paseos, Margalinda se encontró con él, caminando al lado de una joven. Martín y Catalina, que así se llamaba la chica, hicieron una reverencia ante la princesa, pero ella le dijo a Martín si es que no la reconocía.

-Claro que sí, mi señora, su majestad…

-Martín, no me trates con esos protocolos, que somos amigos. Para ti soy Margalinda y siempre lo seré. Bueno, no, ¡Linda!

-Sí, excelentísima.

-¡Linda! Oye, a ver si un día de estos paseamos un rato juntos y recordamos viejos tiempos.

-Como vos deseéis, ilustrísi… princesa Linda.

-Venga, va, ¡dame un beso! – y él le da un beso en la mejilla.

Catalina hizo una reverencia a la dama cuando ella se marchaba, pero su cara mostraba incomodidad, e incluso rabia y celos. Martín la tranquilizó explicándole que de niños habían sido muy amigos, pero que ya nunca se volvieron a ver.

Esa misma tarde Margalinda hizo llegar un mensaje a la cabaña de Martín en el que le pedía que al día siguiente se encontraran cuando anocheciera en el mismo lugar exacto en que se vieron por casualidad. El chico hizo lo que la princesa le pidió y allí estaban los dos paseando y riendo. Ella le tomó de la mano y él no la apartó.

-¿Y quién era esa chica con la que andabas ayer?

-Ella es Catalina. Mis padres quieren que nos casemos.

-¿Y tú?

-¿Yo? Bueno, yo… lo que digan mis padres.

-Ya, claro. ¿Pero te gusta?

-¿Catalina?

-No, ¡tu madre! ¡Pues claro que me refiero a Catalina!

-Sí, es muy buena chica.

-Ya. Pero, ¿te gusta?

-Es bonita, sí.

-Y tú ya eres todo un hombre.

-Sí, hace tres días cumplí los veinte años.

-Es verdad. Ahora recuerdo que tu cumpleaños era diez días antes que el mío.

-Tú vas a cumplir… a ver… diecinueve, claro.

-Exacto. Veo que te acuerdas.

-Claro que sí, nos llevamos poco más de un año.

-Oye, Martín, ¿recuerdas cuando jugábamos en ese claro del bosque?

-¡Pues claro que sí!

-¡Lo pasábamos muy bien!

-A veces voy a caminar por allí. ¿Qué te parece si vamos ahora?

-Es que, se está haciendo tarde, y he de ir a cenar a casa de Catalina.

-Ah, sí, claro. Pero bueno, yo soy tu princesa. ¡No creo que quieras hacer enfadar a tu princesa!

-¡Por supuesto que no! Bueno, vamos un momento, no está tan lejos.

-¡Muy bien, Martín! ¡Tómame de la mano!

Una vez allí, recuerdan sus juegos de niños. Al cabo de un rato, Margalinda le dice al chico:

-Martín, me gustas mucho. ¡Eres todo un hombrecito!

-Sí, bueno, claro, he crecido – se ruboriza.

-¡Dame un beso, venga!

Martín va a besar la mejilla de Margalinda, pero ella gira la cabeza y le besa en los labios.

-¡Oh, perdón, Linda!

-¡No pasa nada, je, je!

-Ya, pero…

-¿Es que no te ha gustado?

-¡Sí, claro!

-¡Pues vuelve a besarme!

Ella le abraza y se besan en los labios, pero enseguida la princesa abre su boca y juega con su lengua en la de él. Pero el chico se separa de ella.

-Linda, debo marcharme enseguida.

-Ya, sí, muy bien.

-Es que Catalina…

-¡Uy, sí, la dichosa Catalina!

-Ella es mi novia, yo…

-Sí, ya sé, ya sé. Venga, pues marchémonos.

-Sí, sí.

Empiezan a andar, pero ella se detiene, abraza al muchacho y vuelve a besarlo. Le introduce la lengua hasta el paladar.

-Estoy pensando, Martín, que si no estuvieras prometido…

-¿Qué?

-Que podríamos quedarnos aquí en el bosque un rato más – y vuelve a besarle.

-Ya, pero el caso es que sí tengo novia.

-Pero yo soy tu princesa – le abraza muy fuerte y pega sus pechos al cuerpo del muchacho. Ella nota el bulto que se forma en la entrepierna de Martín y aprieta más su cuerpo al de él, que intenta separarse – Oye, ¿sabes que yo nunca había besado a nadie?

-Yo tampoco, Linda.

-¿No? Pero, ¿y con tu novia?

-Nunca. Hasta que nos casemos. Yo la respeto.

-Ya, claro. Pero a mí me respetas más, ¿verdad? ¡Que soy la princesa!

-Por supuesto que te respeto.

-Y, aun así, me besas.

-Sí, sí, majestad.

Ella le vuelve a abrazar y a besar. Frota sus pechos en el cuerpo de él. Una mano acaricia el paquete del chico.

-Oye, Martín. Si nunca has besado a nadie… supongo que tampoco has estado nunca con una mujer ¿verdad?

-Pues claro que no, Linda.

-Ya. Yo todavía soy virgen, Martín.

-Claro, ya sé, no tienes aún marido.

-Bueno, pero no hace falta tenerlo para estar con un hombre.

-Ya. Pero si una mujer es respetable…

-Calla. Qué te parece si vas más tarde a ver a tu novia y antes… -le besa con pasión mientras le baja el calzón y agarra la verga empinada con la mano.

-¡Linda! ¡Por favor… no!

-Tranquilo, Martín, yo nunca he tocado un miembro. Y nunca había visto ninguno. Está muy duro. Y muy grueso. ¡Y largo! – se sorprende mientras lo acaricia suavemente.

-Linda, deja de tocarme… por favor.

-No es nada malo, Martín. Oye, tienes la punta muy húmeda.

-Ya sé.

-¡Uy, y cuando lo acaricio aún crece más! ¡Y sale más líquido!

-¡Sí, ay!

-¿Es que te hago daño?

-No, no. Al contrario.

-¿Alguna vez alguna mujer te ha tocado el pene?

-¡Nunca nadie!

-¿Y te gusta?

-¡Sí, mucho!

-¿Te lo sigo acariciando?

-¡Sí, por favor! ¡No, no! Debo ir con…

-Con Catalina, sí. Pero ella puede esperar.

-No, yo debo…

-Tú no puedes esperar. Bueno, tu pene no puede esperar. ¿No ves lo hinchado que está? A ver, deja que pruebe el sabor de este líquido transparente. Oh, casi no sabe a nada. ¡Pero me gusta! ¡Un poco más… sí, sí, está rico! Oh, pero, Martín…!

Ella se sorprende cuando el chico empieza a lanzar chorros de esperma y a gemir. La mano de la princesa queda empapada y el semen mancha su vestido.

-¿Oh, y ahora qué?

-Perdón, Linda, yo no quería…

-A ver a qué sabe este otro líquido blanco… ¡Oh! Es muy distinto. ¡Tiene más sabor! ¡Me encanta! – la chica lame su mano y va sorbiendo todo el esperma. Después recoge también todo el que puede de su vestido. – Oh, Martín, pero… ahora tu pene… ¡se está encogiendo!

-¡Es lo normal, Linda!

-¿A sí? ¡Además, ya no está tieso!

-¡Debo marcharme enseguida! – se sube el calzón.

-Voy a ir hasta el lago, aquí cerca. Intentaré lavar algo el vestido. No puedo presentarme así en palacio.

-Sí, lo siento, Linda.

-Podrías venir a ayudarme. Tú eres el culpable de las manchas.

-No puedo. Catalina mes estará esperando… y sus padres… se iban a preocupar. Y a enfadar.

-Creo que debes venir a ayudarme, Martín. Además, tendré que quitarme el vestido para lavarlo.

-Quizá no hará falta que…

-Sí, me lo voy a quitar. Si vienes, me verás desnuda.

-No puedo.

-Mira, ya me voy quitando el vestido y así adelanto tiempo.

La princesa empieza a caminar hacia el lago y Martín ve cómo se desabrocha el vestido. Se lo quita por encima de la cabeza.

-Linda, ¿y si viene alguien?

-Tú me defenderías ¿no?

-Es que yo me voy a ir.

-No puedes dejar a tu princesa así desnuda e indefensa.

-Ya, pero…

-¡Uy, pero si también tengo las braguitas manchadas!

-¿Las bragas? No creo que mi lefa…

-Ya, seguro que no son manchas de tus chorros. A ver… -ella se baja las braguitas y se las quita. Las huele y las lame. – Es verdad, Martín. Están manchadas de mi… de mi… Es que, igual que tú, yo también he sacado mucho líquido de mi… ¿Oye, quieres probarlo?

-¡No, vístete y nos vamos!

-¡Tú no puedes mandar a una princesa! ¿Yo probé tus jugos y tú no quieres probar los míos?

-No es eso, Linda. Es solo que… Catalina…

-¡Deja de pensar en la dichosa Catalina! ¡Ten, prueba mis jugos! – le acerca las bragas y él las toma y las huele – ¡Lámelas! ¿Te gusta?

-¡Sí, me gusta!

-¡Oye, deja de mirar mi cuerpo desnudo!

-¡Si no te miro!

-¡Sí me miras! ¿Te gusta? ¿Te gusta mi cuerpo? Espera, que me doy la vuelta. ¿Y mi espalda? ¿Te gusta mi espalda? Oh, pero… ¡Si me estás mirando el culo!

-¡No, de verdad que no!

-¿A no? ¿Es que no te gusta mi culo?

-Sí, es muy… bonito.

-Espera, mira, mi inclino un poco. Fíjate bien. ¿Ves que también tengo unos labios ahí abajo?

-¡Oh sí, es verdad!

-¿Te gustan esos labios?

-¡Sí, mi princesa! Están húmedos.

-Quizá también querrías besarlos, como los de la boca.

-Yo… Linda…

-A ver… mira…. ven…

Ella toma de la mano al muchacho y se tumba de espaldas en la hierba y separa sus piernas. Acompaña la cabeza del chico hasta su vulva.

-¡Besa, besa mis labios del coño, Martín!

Y sí, él le besa los labios y ella separa más las piernas para que él pueda lamerla bien, sorber su flujo e incluso penetrar su vagina con la lengua.

-¿Te gusta, Martín? ¡Hum, creo que estoy empapando tu cara con mis jugos!

-¡Sí, mi princesa!

-Ahí, ahí, Martín, lámeme ahí. ¡Sí, sí! ¡Más, más fuerte, más rápido! ¡Me muero, me muero!

Los lametones del chico en el clítoris de la princesa hacen que ella se corra entre suspiros y gemidos y empapando la cara de su amante con su abundante flujo.

-¿Oh, pero qué ha sido eso? ¡Por un momento he perdido el mundo de vista!

-Linda, creo que te ha pasado lo mismo que a mí antes.

-¿Sí? ¿Tú también has sentido tanto gusto?

-¡Yo mucho!

-¡Pues yo también! Quizá más. Oye, veo que tu calzón… ya vuelves a tener un buen bulto.

-Sí, es cierto. Me he excitado mucho al besarte ahí abajo. Si quieres, podrías… -empieza a bajarse el calzón.

-No, no, pero ¿qué haces? Debemos irnos enseguida – se pone las braguitas empapadas.

-Es que yo estoy… mira… -se saca la verga del calzón.

-¡Esconde eso, nos vamos! – se pone el vestido.

-Linda, no sé qué voy a decir a Catalina y a sus padres…

-Eso no es cosa mía. Mira, si quieres, mañana, a la misma hora, nos vemos aquí otra vez.

-No podré, Linda, debo…

-Tú mismo. Yo vendré aquí, entre el claro del bosque y el lago.

-Es peligroso, Linda. Mejor que no vengas sola. Podría venir alguien…

-Bueno, pues ven tú y me proteges. Y si tú no quieres venir, quizá me encontraré a alguien más guapo que tú y…

-¡Sería peligroso!

-¡Pues ven tú y ya está!

-No creo que pueda…

-¡Si quieres, podrás! Mira, si mañana vienes, ¡dejaré que veas mis tetas! ¿Te gustaría?

-¿Eh? Bueno, sí, claro.

-Son muy bonitas. Bastante más grandes desde hace un par de años. Y, si eres tan cariñoso como hoy, quizá dejaré que las toques.

-Me encantaría.

-Y si dejas que yo te toque el miembro, a lo mejor te amamanto como a un lactante.

-¡Oh!

-Y me gustaría que tú… mañana… bueno… si vienes… dejaré que tu me amantes con tu miembro. Me gustará que ese líquido blanco y caliente… tan rico… que me lo dejes mamar y saborearlo en mi boca. Y así no mancharás el vestido.

Con ese plan, ya debes presumir lector, que al día siguiente Martín llegó puntual a la cita. Y los días siguientes y los siguientes. En eso piensa Martín cuando sale del palacio a escondidas y se dirige a su cabaña. Recuerda ese primer encuentro en el bosque con la que sería su amante estos últimos dos meses, como no fue a ver a su novia ese día, sino que prefirió llegar enseguida a casa para masturbarse pensando en el cuerpo de la princesa, en su sabor, en su fragancia. Y hoy, después de unos meses de ese día, solo desea que llegue el momento de volver a estar con ella en su cuarto o en el bosque o donde sea, aunque sabe que es peligroso. Pero vale la pena correr ese riesgo.

En la cena, el rey explica a su hija que mañana ya acudirán a palacio tres señores para presentar sus respetos a la princesa. Primero los recibirán el rey y Margalinda y luego, cada uno de ellos se encontrará con ella para que se conozcan y ella vea cuál de los tres le gusta más. Aunque Margalinda no desea casarse ni conocer pretendientes, no quiere contrariar a su padre y le dice que muy bien y que no se preocupe que será, como siempre, amable, educada y elegante con ellos.

-Eres un cielo, hija. ¡La mejor princesa y futura reina! – le besa en la frente

-Gracias, papá. Tú eres un estupendo padre y un fabuloso rey.

-¡La más virtuosa, la más dulce, la más pura!

-Sí, papá.

-¡Tu madre estaría muy orgullosa de ti!

A Margalinda solo le preocupa si por culpa de las audiencias a los pretendientes, ella tendrá más dificultad de encontrarse con su amante Martín. Espera que sepan ingeniárselas para que no tengan que estar muchos días sin verse.

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