La puta y yo

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Respondo al nombre de Francisco, aunque también me llaman Paco, incluso hay quien se dirige a mi como Fran, aunque estos últimos son los menos. Sin embargo, si volvemos a mis años de colegio, los profesores y compañeros usaban mi apellido.

Sí, aquellos años de colegio quizás fuesen los culpables de mi situación. Crecí en un colegio de niños, rodeado de niños. No tuve, por lo tanto, compañeras de clase. Tampoco tuve amigas y mis amigos se podían contar con los dedos de una mano y sobraban la mitad.

Aquellos que se sienten atraídos por el mismo sexo, hubieran tenido oportunidades en aquellas guerras de patio, aquellos juegos dónde algunos sufrían ciertos castigos y bromas de mal gusto. Es innegable la carga erótica de ciertas prácticas, máxime cuando no hay una mujer a quién dirigir las miradas. Pero confieso que más allá del interés o curiosidad por las pequeñas humillaciones en sí, nunca llegué a encontrar a otros hombres tan atractivos como encuentro a las mujeres. Sin embargo estas, en la vida real, tardaron mucho tiempo en llegar.

Casi medio siglo.

Esta historia de iniciación tardía comenzó a fraguarse un sábado, a mis 49, mientras veía una película en casa. La protagonista, en un punto de la cinta, acabó reclutada como “chica alegre” en un salón del lejano oeste. Primero aprendió viendo como sus compañeras abrían las piernas sin pudor y hacían el amor con los clientes. Luego, se convirtió en una experta. Aunque la peli contenía escenas de violencia, el ambiente entre las compañeras y el retrato de unos clientes que solo buscaban pasar un buen rato y respetaban a las fulanas me llamaron la atención. Sí, aquella noche no me pude quitarme de la cabeza la imagen de aquella prostituta, bella, valiente, con ansias de libertad, y sobre todo, comprensiva.

“Si solo encontrase a alguien como ella para resolver mi problema” poco antes de que el sueño me venciera.

A la mañana siguiente, animado por la luz del sol, me decidí. Busque un lugar con reputación, negocie sin regatear y conseguí, en principio, un servicio de dos horas con una mujer de treinta y pico que me aseguraron tenía experiencia en eso de “la primera vez”.

El encuentro tuvo lugar en la cafetería de un hotel. Allí, una mujer con rostro amable y vestido de una pieza escotado, me recibió con una sonrisa, probablemente falsa, y un nombre, Paula, seguramente falso. Aparte de esos detalles, que por otro lado esperaba, su voz era cálida y sus maneras educadas.

Tras hablar del tiempo y lo típico, me invitó a contar mi historia.

Yo dudaba, porque un bar no me parecía sitio para confidencias de ese tipo.

—Entiendo, si prefieres vamos a la habitación. —dijo sin necesidad de que se lo pidiera.

Cuando la puerta del cuarto se cerró, tragué saliva.

—Ponte cómodo y relájate que no me como a nadie.

“Bueno, depende lo que entiendas por comer” pensé para mí.

Tras unos segundos de silencio incómodo, la prostituta volvió a tomar la palabra.

—Si quieres nos ponemos cómodos.

—Casi mejor que con ropa para esta parte. —respondí deprisa ruborizándome.

Ella soltó una carcajada y de alguna manera su risa contagiosa relajó el ambiente.

Comencé a hablar.

“Pues mira, hará como hace dos meses conocí a una mujer unos años mayor que yo en el trabajo. Me cayó bien y encontré nuestras conversaciones de sobremesa agradables.

Una tarde, después de tomar un café. Subió a mi piso y le enseñé unos libros que tenía sobre arte. Hizo algunos comentarios sobre los cuadros y nos reímos. Supongo que solo lo noté después, al pensar en ello, pero ella se acercaba mucho a mí y los roces de sus brazos y sus manos eran constantes.

Al fin, viendo que yo no hacía nada, decidió actuar y plantarme un beso en los labios. Yo nunca había besado a nadie en la boca y aquello me tomó por sorpresa, me gustó mucho y debí reaccionar correctamente, porque el ósculo duró un buen rato.

A partir de ahí, poco a poco, la relación se fue haciendo más íntima. La mujer, mi chica, disfrutaba mucho con todas aquellas caricias y besos, pero era muy tímida o jugaba a serlo. Tardaba un mundo en quedarse con los pechos al aire y aunque mi mano tenía libre acceso bajo sus bragas por delante y por detrás, rara vez se las quitaba. Era un “ahora te enseño el culo” treinta segundos, ahora no.

Luego era todo muy de tocar y sí, confieso que estaba mojadísima después de todos aquellos preámbulos…

Un día lo intenté. Fui con ella a comprar preservativos y por la tarde, después de un buen rato con sexo oral, vestí al pene con su traje transparente y me acerqué a ella.

Estaba excitada y mojada, pero tenía las bragas puestas. Se las quité y se abrió de piernas. Yo estaba un poco nervioso pero mi pene estaba preparado y sin más fui a meterlo en su vagina… pero no funcionó. No sé si fue mi miedo a lo desconocido, que ella no me veía seguro o que antes le confesé que era mi primera vez.

Lo intenté al día siguiente, creo que de manera un poco más forzada y volví a fallar. Llegué a pensar que ese no era el agujero. Ella no dijo mucho.

Desde entonces hemos seguido con los juegos, los toqueteos, los desnudos. Pero sin ni siquiera plantear más. Pero lo que más me duele es cuando después de una sesión, ella, exhausta después de gemir mientras mis dedos se metían y salían de su vagina, exhausta después de sus múltiples orgasmos, me comentaba.

“¿Tú disfrutas?”

“Sí, claro, si no no estaría aquí.”

“Ya, pero no la metes y no sé si te quedas a medias”

Y entonces cogía mi pene y lo intentaba estimular, incluso le daba algunos lametones.

No es que toda esa dedicación me pareciese artificial, como un pago a mis servicios. Si no que en mi fuero interior, en mis fantasías, sí que me veía con el miembro dentro de ella, gozando las embestidas. Pero era solo eso, mi imaginación. Y básicamente eso es todo.“

Paula me miró.

—No sé si te crees todo esto o piensas que soy algún tipo de pervertido chiflado con mucha imaginación.

—Mira Paco, no soy buena dando discursos, pero creo, modestia aparte, que soy una puta de las buenas. Lo que necesitas es práctica.

Y sin más palabras, comenzó a quitarse la ropa con movimientos eróticos hasta quedarse en bolas. Paula, o como se llamase, tenía culo, coño y tetas. Y mi pene, que ya andaba jugando a hacerse mayor, creció bajo los pantalones.

La mujer se acercó y yo me puse de pie. Mirándome a los ojos, desabrochó el botón de mis pantalones, bajó la cremallera y tiró de la ropa desnudándome de cintura para abajo.

—No está mal. —dijo echando un vistazo nada discreto a mi erección al tiempo que me propinaba un azote.

Sacó un preservativo de su envoltorio, se sentó en la cama, agarró mi miembro y tras darle varios lametones, lo estimuló. Tras ello, con habilidad, le puso la “goma”.

—Ven aquí y mira bien. —dijo separando las piernas y recostándose sobre la cama apoyada en los codos.

Obedecí y me recree con el coño expuesto.

Luego, torpemente, me acerqué a su lado colocándome en posición.

Ella se reincorporó, dirigió con su mano mi trabuco hacia sus labios vaginales y me susurró al oído.

—Empuja corazón.

Me encaramé un poco sobre su cuerpo y antes de darme cuenta, estaba dentro de aquella mujer.

Debí poner alguna cara de sorpresa al notar esa nueva sensación, pero la prostituta, respetuosa, no comentó nada.

Lo que vino después surgió de manera inconsciente, instintiva.

Con delicadeza acaricié su rostro, saqué el pene durante unos instantes y luego, con un empujoncito, contrayendo mis nalgas, lo metí hasta el fondo.

Paula gimió y eso me animó a seguir.

Confieso que al ser mi primera vez, quizás por inexperiencia, el acto duró más bien poco y con la cara colorada, fiel reflejo de la excitación, descargué gran parte del semen en el condón.

—¿Qué tal lo he hecho? —pregunté.

—Bien, muy bien. Creo que todo se reducía a una falta de confianza por tu parte, seguro que la próxima vez te sale solo.

—Gracias. Quiero decir gracias de verdad. Sé que es tu trabajo y todo eso, pero tienes algo… especial.

Ella sonrió pero no siguió con la conversación.

“Una profesional.” Pensé.

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