Me cedió el paso y cerró la puerta tras de sí. La habitación del hotel era grande y muy agradable. Una cama doble y muy espaciosa con dos mesillas a cada lado, un par de sillones con una mesita baja en medio y una cómoda enmarcada por un gran cristal sobre ella; en una esquina había un cuarto de aseo completo, con lavabo, plato de ducha y bidet.
Alejandra se quitó los zapatos, se desabotonó la blusa y acto seguido se quitó el sostén. Se bajó la falda y se quedó en bragas.
—Tenemos mucho tiempo, pero estaremos más cómodas desde el principio. ¿No te parece? —Se interrumpió al descubrir que le estaba mirando el pecho derecho—. Es de un pequeño quiste sin importancia. Al principio —se llevó la mano a la señal en forma de creciente lunar invertido, visible por su color ligeramente rosado, bajo el pezón ancho y grueso— pensaban que era un tumor, pero lo extirparon sin más, y ya ves. Ponte cómoda. Podemos charlar antes…
Le sonreí y me quité la camiseta y el sujetador. Alejandra dibujó con sus ojos la parte desnuda de mi cuerpo. Volví a sonreír, me descalcé y me quité el vaquero. Se había sentado en uno de los sillones y había cruzado las piernas. Estaba encantadora, fresca y seductora. Me senté en el otro sillón y me recosté tirando la melena hacia atrás. Se levantó y fue caminando con el paso de una pantera negra, grácil y pausada. Abrió una de las ventanas. El aire penetró y la cortina comenzó a escribir ondulaciones de frescura en la estancia. Sus incitantes pechos pequeños subían y bajaban a cada paso.
Volvió a sentarse en el sillón.
Continuó la conversación donde la dejó, como si no hubiera cambiado el lugar, o la situación ni el lapso de tiempo desde que abandonamos el comedor del hotel.
—Así la perdí. —Se quedó pensativa, viajando en la memoria, con los rojos labios fruncidos y la mirada nebulosa.
—¿Fue tu primer amor?
—¡Ay, no, que va! Pero fue mi primera amante. Una amante extraordinaria y… distante.
—Me dijiste que no vivía aquí.
—Muy lejos —se frotó los hombros—, pero estábamos juntas; juntas todo el tiempo, a pesar del cambio horario
—No entiendo —repuse, tal como había hecho mientras tomábamos el café.
—María Rosa estaba tan enamorada como yo. Llevaba una doble vida. ¿sabes? Allí era una reputada periodista.
—En…
—Sí, en Guayaquil. —Volvió a perderse por los campos de la memoria. Cuando sus ojos regresaron viajaron desde mis pies descalzos a mis rodillas y se centraron en mis senos desnudos.— María Rosa me enseñó el calor sexual de las palabras; su importancia en el sexo. «Coño debe decirse “coño”; «follar», «joder»: eso aumenta las sensaciones. Se «da por el culo», se «come el bollito; «se traga el flujo», una «se corre» y se «deja pajear», decía.
Traté de imaginar las circunstancias de aquel amor ausente que lo fue todo el tiempo. De algún modo, permanecía vivo.
—Nos llamamos todos los días… ¡Una locura! Hubo días en que dos veces. María Rosa interrumpía una reunión para hablar conmigo. Ardíamos las dos en deseo, un deseo vivo, furioso.
—Pero, lo sexual… Nunca os visteis en persona, os tocasteis, os olisteis, os disteis placer…
—Nos mandábamos correos desnudas; videos tocándonos, masturbándonos. Teníamos orgasmos con videollamadas, ¿sabes? —Me miró fijamente—. No, no sabes; ni te lo imaginas. Era casi físico, Juliana, te lo aseguro, y sin los inconvenientes de una relación “normal”. Jugábamos sexualmente. Ambas conocíamos exactamente los puntos del cuerpo que nos proporcionaban el mayor placer: los pezones, los pliegues de los labios vaginales, la velocidad e intensidad de las caricias en el clítoris, los toqueteos y penetraciones en el culo, el momento en que los dedos alcanzaban el máximo en cada uno de nuestros coños, el juguete masturbatorio preferido… ¡Todo!
Me estaba poniendo caliente con su relato. La humedad bajaba por mis paredes vaginales…¡Podía hacerme una idea…, sí!
Su cara se iluminó:
—Una vez…—verás, no cabían los celos—; una vez me preguntó si quería ver cómo follaba con un hombre. La idea me resultaba muy lujuriosa. Buscó un mulato y registró como se lo follaba con una cámara oculta y un zoom potente. Mientras lo hacían yo me puse tan encendida que tuve el orgasmo más bestial que recuerdo: me llené el chichi de aguas: el flujo me chorreaba por la boca del coño, resbalaba hasta el ojete y me moje toda. Grité como una loca cuando me corrí. María Rosa dejó que la penetrara por detrás, le comió la polla y le hizo escurrirse tres veces.
Yo estaba tan cachonda que empecé a acariciarme la raja por encima de la braga.
Alejandra se dio cuenta.
—Lo ves… Me he hecho muchas pajas recordando aquello … y otras cosas. —Hizo una pausa y tragó saliva—¿Nos desnudamos?
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