Al día siguiente volvieron más temprano.
No eran tres. Eran cinco. El Negro, el Colo, el Chino, y dos amigos que trajeron como “ayudantes”: Ramón y Héctor. Ramón era más bajo y ancho, de cuello grueso y manos enormes. Héctor era flaco, alto, con cara de pocos amigos y una pija que se le marcaba igual de pesada que las de los demás. Los cinco paraguayos. Todos con el mismo olor a cemento, sudor y ganas.
Sabrina los recibió en la puerta con un vestido corto clarito que apenas le cubría el culo. Nada abajo. Ni bombacha ni corpiño. La concha depilada a cero, lisa, y el vestido se le pegaba a la piel apenas caminaba. Los pezones se le marcaban perfectos contra la tela. Estaba mojada desde que escuchó las voces.
Había dejado a los pibes en lo de la suegra con una excusa cualquiera. El marido, esta vez, no se había ido a laburar. Estaba en casa.
Cuando los cinco entraron al living y vieron al tipo sentado en el sillón, leyendo el diario como si nada, se les cortó la respiración un segundo. El Negro miró a Sabrina. El Colo apretó la mandíbula. El Chino dio un paso atrás. Ramón y Héctor se miraron entre ellos. Pensaron que se les había cagado el plan. Que el marido había vuelto y ahora había que hacerse los boludos y laburar de verdad.
El marido bajó el diario despacio. Los miró uno por uno. Después miró a su mujer, que estaba parada junto a la mesada de la cocina, con el vestido corto subido un poco más de lo necesario. Sonrió con una calma que a los paraguayos les resultó más peligrosa que un grito.
—Pasen —dijo—. Hoy no van a laburar.
Los cinco se quedaron quietos.
—Los invité yo —siguió el marido, levantándose del sillón—. A gozar de mi mujer. Así que no se hagan los pelotudos. Sáquense la ropa cuando yo les diga y háganle lo que les diga. Yo me voy a quedar sentado acá y voy a mirar todo. ¿Quedó claro?
Hubo un silencio denso. El Negro fue el primero en asentir. Después el Colo. Los otros tres siguieron. Sabrina no dijo nada. Solo se pasó la lengua por los labios y miró a su marido con esa sonrisa fría que él ya conocía.
El marido se sentó de nuevo, esta vez en una silla que había acercado al centro del living, de frente a todo. Cruzó las piernas y apoyó los codos en los muslos.
—Sabrina. Sacate el vestido.
Ella se lo sacó de un solo movimiento. Quedó completamente desnuda. Tetas medianas, panza suave, culo enorme, concha depilada a cero, lisa y ya brillante de lo mojada que estaba. No se tapó nada.
—Ahora ustedes —ordenó el marido—. Todos. Ropa afuera.
Los cinco se desvistieron. Las pijas fueron apareciendo una por una: enormes, pesadas, ya semiduras. El Negro la tenía más gruesa. El Colo más larga. El Chino curva. Ramón casi tan gruesa como el Negro. Héctor, venosa y oscura.
El marido los miró y habló con voz baja, clara, sin apuro:
—Primero la van a manosear entre todos. De pie. Sin meterla todavía. Quiero ver cómo le tocan las tetas, el culo, la concha. Que le digan cosas. Que la traten de puta. Después la van a arrodillar y le van a dar de mamar los cinco, en ronda, hasta que se le llene la cara de baba. Cuando yo diga, la van a poner en cuatro en el piso y se la van a coger por turnos. Primero en la concha. Después en el orto. Quiero que le acaben adentro siempre. Que le dejen la leche chorreando. Si alguno acaba antes, espera y vuelve a meterla. No quiero que la dejen hasta que esté hecha un desastre. ¿Se entendió?
Asintieron.
Se acercaron. El Negro fue el primero en ponerle las manos en el culo. Le apretó los cachetes con fuerza, separándolos, mirándole el orto. El Colo le agarró una teta y se la metió en la boca, chupando el pezón con ruido. El Chino le pasó dos dedos por la concha depilada y se los metió de una, encontrándola ya empapada. Ramón se puso atrás y le frotó la pija enorme entre los cachetes del culo, sin entrar. Héctor le agarró el pelo y le levantó la cara para mirarla a los ojos.
—Qué rica puta que sos —le dijo el Negro al oído, apretándole el culo—. Ayer te llenamos y hoy volvés a pedir.
Sabrina jadeaba. No se defendía. Se dejaba tocar por las diez manos. Le pellizcaban los pezones, le abrían la concha lisa, le separaban el orto, le escupían adentro de la boca. El marido los miraba desde la silla, sin tocarse todavía, solo observando cómo su mujer era manoseada por cinco tipos.
—De rodillas —ordenó.
Sabrina se arrodilló en el piso del living. Los cinco se le plantaron alrededor. El Negro le puso la pija en la boca primero. Ella la abrió y se la fue metiendo hasta donde pudo, babosa, haciendo ruido. Después el Colo. Después el Chino. Después Ramón. Después Héctor. Fue pasando de una a otra, chupando, tragando saliva, pasándoselas por la cara, dejando que le golpearan la garganta. Les corría baba por la barbilla y le caía en las tetas. El marido los miraba en silencio.
—Ahora en cuatro —dijo.
Sabrina se puso en cuatro sobre la alfombra. El culo enorme hacia arriba, la concha depilada abierta y brillante. El Negro se arrodilló detrás, le apoyó la pija gruesa entre los labios y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Sabrina soltó un gemido largo. El Negro empezó a cogerla con ritmo de caballo: profundo, constante, sin apuro al principio. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y. El Colo se le puso adelante y le metió la pija en la boca al mismo tiempo. Los otros tres se pajeaban mirando.
El Negro le avisó cuando estaba por terminar:
—Uy, ya voy a acabar…
Se enterró hasta el fondo y le llenó la concha de leche caliente, chorros gruesos. Cuando sacó la pija, la leche empezó a salir sola. El Colo no esperó. Se cambió de lugar, se la metió en la concha llena y la cogió más rápido, más bruto. La leche del Negro le salía alrededor de la pija cada vez que entraba. Cuando acabó también lo hizo adentro. Gotas empezaron a caer en la alfombra.
Llegó el turno de El Chino. Le escupió el orto, le metió dos dedos y después la pija. Sabrina gritó cuando entró la punta. El Chino la cogió sin piedad, agarrándole un cachete para abrirle más. Acabó adentro del orto.
Ramón y Héctor siguieron. Uno en la concha, el otro en la boca. Después se intercambiaron. Ramón se la cogió por el orto hasta acabarle adentro otra vez. Héctor le llenó la boca. Sabrina se puso de pie, se acercó al marido abrió la boca mostrándole toda la leche por unos segundos, cerró la boca y la tragó toda.
El marido habló de nuevo, la voz tranquila:
—Ahora la levantan. La van a coger de pie, entre dos. Uno adelante y uno atrás. Los otros le sostienen las piernas si hace falta. Quiero ver cómo se la meten los dos al mismo tiempo.
El Negro y el Colo la levantaron entre los dos. El Negro se la metió en la concha de frente. El Colo se colocó atrás y se la fue metiendo en el orto despacio, mientras ella gemía con la boca abierta. Cuando los dos estuvieron adentro, empezaron a moverse. Sabrina quedó colgada entre las dos pijas, los pies sin tocar el piso, las tetas rebotando. Los otros tres se acercaron y le frotaban las pijas por el cuerpo, le apretaban las tetas, le pellizcaban los pezones con tanta fuerza que la hacían gritar. El marido los miraba sin parpadear.
Los dos acabaron casi juntos. El Negro en la concha. El Colo en el orto. La leche les salió a presión cuando sacaron las pijas. Sabrina se dobló, sostenida solo por las manos de los paraguayos, temblando.
No terminó ahí. El marido los hizo seguir. Les ordenó que la pusieran otra vez en cuatro y que se la cogieran por turnos una vez más, todos en el orto, uno atrás del otro, sin sacarla del todo entre cada uno. Que le dejaran las cinco cargas adentro. Sabrina apenas podía sostenerse. Cada vez que uno acababa, el siguiente se metía en el orto lleno y seguía. La leche le chorreaba en cantidad, le bajaba por los muslos, le manchaba la panza cuando la daban vuelta. La alfombra, el piso, sus propias piernas: todo estaba blanco y brillante.
Cuando el último terminó, el marido se quedó callado un rato largo. Solo miraba a su mujer tirada en el piso, las piernas abiertas, la concha y el orto abiertos y chorreando, la cara sucia de baba y leche, el cuerpo marcado por las manos de los cinco.
—Váyanse —dijo finalmente—. Mañana no hace falta que vengan.
Los albañiles se limpiaron como pudieron, se vistieron en silencio y salieron. Ninguno miró atrás.
Cuando la puerta se cerró, el marido se levantó de la silla, se acercó a Sabrina y se arrodilló entre sus piernas. Se sacó la pija —dura, roja, abandonada— y se la metió de una en la concha llena. Ella jadeó y le rodeó la cintura con las piernas, débil.
—Contame —le dijo al oído, cogiendo lento—. Contame cómo se sintió tener cinco pijas usándote mientras yo miraba.
Sabrina habló con la voz rota, sin dejar de mirarlo a los ojos. Le contó cada embestida, cada vez que le llenaron la concha y el orto, el peso de los dos adentro al mismo tiempo, el gusto de la leche en la boca, la sensación de estar completamente abierta y manchada mientras él los dirigía desde la silla. Él la escuchó hasta el final. Y cuando acabó adentro de ella, lo hizo en silencio, apretándola contra el piso sucio.
Sabrina le acarició el pelo con dedos temblorosos y le susurró:
—La próxima… ¿traemos más?
Él no contestó. Solo la besó en la boca, sabiendo que iba a probar la mezcla de los cinco.
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Hermoso!pero me parece que el marido también quiere que le rompan el culito
Siiii, pensé lo mismo, el marido quiere compartir esas pollas y probarlas en su propio culito
Nosotros aveces hacemos obras en casa o pedimos que nos arreglen el jardín y hago que se lo cobren follando a mi mujer. Aveces vamos a un marmolista y el trabajador la folla en el despacho y un día nos pilló el dueño y ahora la folla el dueño también
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