Los albañiles en casa

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1859
T. Lectura: 6 min.

Sabrina tenía treinta y seis años y era ama de casa. Casada con un contador que laburaba en una oficina del centro, dos pibes adolescentes que a esa hora todavía estaban en el colegio. Morocha de pelo negro lacio que le llegaba a la mitad de la espalda, piel un poco oscurita de esas que se broncean fácil, gordita de la buena: tetas medianas que se movían con peso propio, una panza suavecita que se notaba cuando se sentaba y un culo enorme, redondo, pesado, de esos que te obligan a mirar cuando camina. Tenía la costumbre de meterle los cuernos cada vez que podía al marido, desde hacía años. Él lo sabía. Se hacía el boludo, pero en el fondo le gustaba. Ella lo sabía también.

Esa tarde estaban refaccionando el living y el pasillo de la casa. Tres albañiles paraguayos. El más grande se hacía llamar El Negro: casi dos metros, brazos como troncos, piel oscura, olor a cemento y sudor rancio. El del medio era el Colo, más flaco pero con más actitud. Y el tercero, el Chino, más bajo, callado, con cara de hijo de puta y manos enormes. Los tres tenían pijas enormes, de esas que cuando se las sacaban pesaban y se movían solas. Y cogían como caballos: sin apuro al principio, después sin piedad. Estaban desde las ocho de la mañana. Al mediodía el marido había salido a laburar. Los pibes no volvían hasta las seis. Sabrina se quedó sola con ellos.

Hacía calor. Un calor húmedo de verano que pegaba en la ropa. Sabrina se metió a ducharse. Dejó la puerta del baño entreabierta a propósito. Se sacó la ropa despacio, sabiendo que alguno podía pasar por el pasillo y ver. El agua caliente le corría por el cuerpo, le mojaba el pelo, le bajaba por las tetas, por la panza, por el culo. Se enjabonó despacio, pasando las manos por los pezones, por la concha, por el orto. Cuando terminó se secó con una toalla y se puso un short de algodón gris clarito, de esos que se pegan a la piel cuando el cuerpo todavía está húmedo, y una remera blanca sin corpiño. La remera le marcaba perfecto los pezones y las areolas que eran color piel. El short se le metía un poco entre los cachetes del culo y le marcaba la raja de la concha.

Salió del baño. El Negro estaba en la cocina tomando agua de la canilla. La miró de arriba abajo y no disimuló. Los ojos se les fueron derecho a las tetas marcadas y después al short gris que le comía el culo.

—Qué calor, ¿no? —dijo ella, pasando a su lado, rozándolo casi.

—Sí, señora… un calor de la puta madre.

Sabrina abrió la heladera y sacó tres botellas de agua fría.

—¿Quieren algo de tomar? Lleven, si no se deshidratan.

Les pasó las botellas. El Colo y el Chino se acercaron. Los tres la miraban. El Negro no le sacaba los ojos de encima. Sabrina lo notó. Sonrió por dentro. Se dio media vuelta, apoyó las manos en la mesada y sacó el culo hacia atrás, despacio, como quien no quiere la cosa. El short gris se le tensó contra los cachetes.

—¿O prefieren otra cosa? —preguntó en voz baja, mirándolo por encima del hombro.

El Negro no contestó con palabras. Se acercó, le puso una mano enorme en un cachete del culo y apretó. La carne blanda se le escapaba entre los dedos. Sabrina no se movió. Solo respiró más hondo.

—Así me gusta… —murmuró ella.

El Colo se sumó de inmediato. Le puso la otra mano en el otro cachete y lo apretó también. El Chino se acercó por adelante, le subió la remera hasta arriba de las tetas y le agarró una con las dos manos, pesándola, pasando el dedo por el pezón duro. Estaban los tres de pie, manoseándola en la cocina. El Negro le bajó un poco el short por atrás y le metió un dedo grueso entre los labios de la concha. Estaba mojada. El Colo le bajó el short más y le separó los cachetes, mirándole el orto. El Chino le chupó un pezón por encima de la remera primero y después se la subió del todo y le metió la teta en la boca.

Sabrina jadeaba suave, dejándose tocar. Les agarró las pijas por encima de los shorts. Las tres estaban duras, enormes, pesadas. Se le marcaban completas.

—Vengan —dijo de golpe—. No acá.

Los agarró de la mano al Negro y al Colo y los llevó por el pasillo hasta la habitación matrimonial. El Chino los siguió cerrando la puerta atrás. La cama grande, ordenada, con las sábanas limpias que ella había puesto esa mañana. Sabrina se subió a la cama de rodillas, de espaldas a ellos, y se bajó el short hasta los muslos. El culo enorme quedó al aire, la concha brillante, el orto apretado.

—Cójanme acá —dijo—. En la cama de mi marido.

El Negro se bajó el short de una. La pija le saltó gruesa, oscura, venosa, enorme. Se arrodilló detrás de ella y le apoyó la cabeza entre los labios de la concha, frotándola despacio. Sabrina empujó el culo hacia atrás. Él se la fue metiendo centímetro a centímetro. Cuando entró del todo ella soltó un gemido largo. El Negro empezó a cogerla lento al principio, profundo, sacándole todo el aire cada vez que llegaba al fondo. El Colo se subió a la cama por adelante, se sacó la pija y se la puso en la boca. Sabrina la agarró con las dos manos y se la chupó con ganas, babosa, haciendo ruido. El Chino se sacó la ropa y se puso al costado, pajeándose mientras miraba cómo le entraba la pija del Negro y cómo se le hundían los cachetes del culo con cada embestida.

Los paraguayos sí que cogían como caballos. Sin apuro al principio, después sin piedad. El Negro la embestía cada vez más fuerte, el sonido de las pelotas contra la concha mojada llenaba la pieza. Cuando sintió que iba a acabar le avisó:

—Acabo, puta…

Sabrina no se movió. Él se enterró hasta el fondo y le llenó la concha de leche caliente, chorros gruesos que le rebotaron adentro. Cuando sacó la pija la leche empezó a salir sola, espesa, bajándole por los labios de la concha y manchando las sábanas blancas.

El Colo no esperó. La dio vuelta, la acostó de espaldas y se la metió de una en la concha llena. La leche del Negro le salía alrededor de la pija cada vez que entraba y salía. La cogió fuerte, levantándole las piernas, mirándola a la cara. Sabrina le pedía más, más fuerte, más profundo. Cuando acabó también lo hizo adentro, sumándole otra carga. La leche de los dos se mezcló y empezó a manchar más las sábanas, un charco blanco que se agrandaba debajo del culo de ella.

El Chino la puso de costado. Le escupió el orto, le metió dos dedos primero y después la pija enorme. Sabrina gritó cuando entró completa. Le dolía rico. El Chino la cogió lento al principio, después más rápido, agarrándole un cachete para abrirle más. Cuando acabó le llenó el orto. La leche le salió enseguida, bajándole por el muslo y uniéndose al charco de las sábanas.

No pararon ahí. Los tres se turnaron de nuevo. El Negro le cogió la boca hasta el fondo y le acabó en la garganta. Sabrina tragó todo, sin escupir ni una gota, mientras el Colo se la metía de nuevo en la concha y el Chino le chupaba las tetas. Después el Colo acabó en su boca también. Otra vez tragó. El Chino se la metió en el culo otra vez y le dejó otra carga. Las sábanas estaban hechas un desastre: leche por todos lados, manchas blancas, el olor a sexo y a sudor de albañil llenando la pieza.

La pusieron en cuatro otra vez. El Negro se la cogió de nuevo en la concha, profundo, y cuando acabó por tercera vez la leche le salió a presión. El Colo se la metió en la boca y le llenó la garganta otra vez. El Chino se la cogió el orto y le dejó la última carga. Sabrina estaba temblando, la cara desencajada, la concha y el orto abiertos y chorreando, las sábanas completamente manchadas, el colchón abajo también húmedo.

Ahí fue cuando llegó el marido.

Había salido más temprano del laburo. Entró por la puerta de atrás sin hacer ruido. Escuchó los gemidos desde el pasillo. Se quedó parado. Reconoció la voz de ella. Reconoció el sonido húmedo de las pijas entrando y saliendo. Sintió que se le paraba la pija al instante. Se pegó a la pared y miró por el marco de la puerta del dormitorio.

Los vio a los tres. El Negro se la estaba cogiendo de nuevo, de pie al borde de la cama, levantándole una pierna, clavándosela en la concha mientras el Colo le chupaba una teta y el Chino le metía los dedos en el orto todavía lleno. Sabrina tenía la cara destruida de placer, los ojos medio cerrados, la boca abierta. El marido se bajó el cierre y se sacó la pija. Empezó a pajeársela lento, mirando cómo le entraban y salían las pijas enormes a su mujer, cómo la leche le chorreaba por los muslos y manchaba más las sábanas.

Pasaron varios minutos. Ella abrió los ojos de golpe y lo vio. Estaba escondido a medias detrás de la puerta, la pija en la mano, mirándola fijo. Sabrina no dijo nada. No avisó a los paraguayos. Solo lo miró. Le sostuvo la mirada mientras el Negro la seguía embistiendo como un caballo. Le sonrió con esa sonrisa de puta que él conocía tan bien. Y siguió mirándolo. Cada vez que le metían la pija hasta el fondo, ella gemía más fuerte y no le sacaba los ojos de encima. El marido se pajeaba más rápido. Pero no acabó, quería guardarse para la puta de su mujer.

Los albañiles no se enteraron de nada. Siguieron usándola un rato más. Cuando terminaron se limpiaron con la misma sábana manchada, se vistieron y se fueron a seguir laburando como si nada. “Mañana seguimos con el revoque”, dijo el Negro mientras salía. Sabrina solo asintió, todavía tirada en la cama, las piernas abiertas, la concha y el culo chorreando, las sábanas hechas un desastre de leche.

El marido esperó a que salieran por la puerta del fondo. Después entró. Sabrina todavía estaba en la cama, las piernas abiertas, la remera subida, las tetas afuera, el short tirado en el piso. Lo miró y sonrió, cansada y satisfecha.

—Llegaste temprano.

Él no dijo nada. Se arrodilló entre sus piernas, se sacó la pija y se la metió de una en la concha llena de leche ajena. Sabrina jadeó y le rodeó la cintura con las piernas.

—Contame —le dijo él, cogiendo lento, sintiendo cómo la leche de los otros le salía alrededor de la pija—. Contame todo.

Ella le agarró la cara con las dos manos y le habló al oído mientras él se la embestía, la voz ronca y baja:

—Me la chuparon primero… el Negro me abrió el orto con la lengua… después me la metieron los tres en la cama… me llenaron la concha, el culo y la boca… me acabaron varias veces adentro… tragué toda la leche… no escupí nada… las sábanas están todas manchadas… me gustó… me gustó que me usaran como una puta… y me gustó más cuando te vi mirándome… me puse más puta todavía… te vi la pija en la mano y se me mojó más… quería que me vieras cómo me la metían hasta el fondo… quería que vieras cómo tragaba cada gota y cómo me dejaban la cama hecha un desastre…

El marido la cogía más fuerte ahora. Ella seguía hablando, sin parar, describiendo cada embestida, cada corrida, el gusto de la leche, el olor a sudor de albañil, cómo le habían abierto el culo, cómo le había dolido, cómo se había sentido de puta y de feliz al mismo tiempo mientras lo miraba a él pajeándose escondido.

Él acabó adentro de ella escuchándola. Después se quedó encima, respirando fuerte.

Sabrina le acarició el pelo y le susurró:

—Mañana vuelven… ¿querés que te avise para que los mires otra vez?

Él no contestó. Solo la besó en la boca, sabiendo que iba a probar la leche de los tres. Y ella se lo dejó hacer, sonriendo.

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