Los placeres imaginativos

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T. Lectura: 4 min.

Roberta se ha ido a la cama. Dice que está agotada por el resfriado. Me quedo solo en la salita. En la segunda página de mi libro me asalta un pensamiento erótico y la necesidad. Hace siete semanas que no echó un polvo. Roberta está poco receptiva y yo he renunciado a comenzar unos escarceos rutinarios y mecánicos que me conducen a un folleteo estéril y veloz. Las cosas son así y ni me lo replanteo. Pero siento la voracidad del sexo, de mi sexo que se está hinchando apretado en la celda de mi pantalón.

Mae…

Sí, Mae…, la mujer de Patrick, el yerno de Michael Carrington. La conocí el día de Acción de Gracias. Metidita en su traje escotado; con sus pechitos bien marcados, las puntas redondas dibujadas bajo la tela brillante y dorada del vestido; sus ojos verdes e irisados y la mirada perdida… Cruzamos las miradas varias veces aquella cena. Cuatro segundos es demasiado tiempo para que no hubiera algo más que la casualidad.

Además , me pareció captar un brillo que aumentaba y disminuía en sus pupilas atrevidas. Desvíe la mirada justo cuando ella bajaba levemente los ojos hacia su regazo; luego los levantó inmediatamente y confirmó su sospecha: yo no había despegado mis ojos de ella. No sonrió…, o mejor dicho pareció hacerlo con el mohín lento que hizo sobresalir el labio gordezuelo inferior húmedo sobre el carmín.

Me bajo la cremallera y alivio la tensión de mi carne cilíndrica.

Mae debía tener unos diez años menos que yo. Su frente redonda, sus cabellos rubios, su barbilla partida… Su boca…

¿Cómo serían sus tetas? La desnudé mentalmente…, pero sólo el pecho, con el vestido arrollado bajo las tetitas, sujetas por la tela colgante, tersas, firmemente arrogantes, los pezones rosados y abultados.

Me saco la polla. La tengo completamente erecta y gruesa. Me excita verme el glande, con su boquita labiada y sus dos mejillitas separadas por el hilo rosado del frenillo.

Toco los botoncitos carnosos de Mae y ella cierra los ojos, tira la cabeza hacia atrás. Me acaricio el glande. Lo aprieto, y bajo mis dedos su carne suave se blanquea; cuando la suelto vuelve a colorearse, más enrojecida, más dura, más tensa. Mae se pasa la lengua por los labios que se ponen brillantes. Aprieto los cuernecitos redondeados de sus senos pequeños:… Están muy duros.

Me bajo el pantalón hasta las rodillas y sin quitarme el bóxer extraigo todo el paquete. Mis huevos están llenos de esperma, grandes, elevados y casi esféricos. Me los acaricio, como imagino que lo harían los dedos largos y estrechos de Mae, que ahora se agacha frente a mí y me dirige una mirada ebria. Me coge la polla y desliza el prepucio como si descubriera los pétalos de una flor, como haría yo con los labios vaginales de su vulva, para desvelar su capullo violeta.

Veo su deliciosa boca, aquellos labios, su lengua…, ahora, mis dedos suben y bajan por mi miembro tieso, empinado e imperioso. Lame su lengua el orificio de mi capullo y una gota grumosa, líquida y transparente brota cristalina por la redondez del glande. Juego con ella y cubro todo el capullo —sale otra gotita, y una más, y desbordan las mejillas a cada lado de la cabecita del glande, resbalando: es la saliva de Mae, que lame y se las lleva a la lengua. Se introduce todo el falo en la boca. Sus carrillos se hinchan, Se marca la forma de su lengua cuando recorre el cilindro duro y tieso. Comienza a chupármela…

Subo y bajo mis dedos que empuñan con fuerza mi verga. Veo la boca de Mae: extrae el mango venoso y rosado; lo vuelve a introducir; manosea mis cojones, apretándolos, succiona … La leche cubre mis dedos, jadeo y exhalo un largo suspiro de placer y satisfacción. El semen cae como si fuera cera bajando por una vela vertical hasta cubrir mis pelotas, que suben y bajan a cada espasmo con el cual se vierte el esperma. Mae traga mi leche mirando a mis ojos lascivos que no pierden detalle. Exprime hasta la última gota, se relame los labios con un chasquido inocente y repetido.

Dejo que mis dedos cubiertos de leche caliente caigan sobre el pantalón y rápidamente una mancha oscura como una isla se forma junto a mis dedos. Mae frente a mí se baja todo el vestido; no lleva bragas: su peluso espeso y rizado muestra unos labios vaginales grandes. Abro la raja con mis dos manos: su perla, inesperadamente gruesa y bulbosa, está abultada por el deseo.

Meto mi dedo medio por la ranura húmeda, alcanzó el final y lo saco cubierto de su melaza transparente; un par de hilachos translúcidos me llenan los nudillos. La atraigo hacia mí agarrándola por las nalgas pequeñas, esféricas, duras, y beso el coño, desde el comienzo de la pelambrera rubia hasta el final de la rajita, donde la separa una pequeñísima telilla de carne del agujero del ano.

Mae empuja su cuerpo. Y se abre la deliciosa carne, los labios grandes, la cavidad rosada. Huelo la salobridad ansiosa de su vagina y mi lengua comienza su labor de espeleología por el canal humectante, caliente, palpitante. Le chupo el coño desde los labios lindos y sensitivos, primero; después le succionó el clítoris extraordinariamente erecto y duro. Mi lengua la folla con penetraciones rítmicas y se apodera del capullo para hacerlo girar entre mi lengua y el labio superior.

Mis manos aprietan las carnes de su culito, buscando alcanzar la raja entre los rizos peludos. Ella se abre completamente el coño entregado a mi boca: empuja, se frota, se contonea y, finalmente, deja ir un sonido agudo y largo cuando se viene. Tiene un orgasmo potente, acuoso, ardiente. Mi verga se ha puesto otra vez tiesa.

Me limpio la mano con un pañuelo de papel y recojo el charquito de leche del pantalón. Subo las perneras; me meto la polla y los huevos, yendo en dirección al baño. Allí me encuentro a Roberta sentada en el retrete, con la braga en los tobillos y un pedazo de papel en la mano derecha. Se escucha el ruido del pipi perforando el pocito del inodoro. Me sonríe y se queda con la mirada fija en mi paquete, que aún está empalmado dentro del pantalón. Tira el papel sin usarlo y se da la vuelta ofreciéndome el coño mojado.

Mi polla entra en la hendidura con suavidad y se clava hasta dentro. Roberta gime, agarrada a la mochila del váter, mientras voy follándola con fuerza. Tiene el coño completamente lubricado. La cabalgo y los dos comenzamos a jadear al unísono. Desde arriba, veo como mi tranca sale y entra en su chocho, sus estrechos labios externos apretados en torno a mi cipote…, la forma radial de su ojete.

No espero más: con una fuerte sacudida me corro en su interior y ella hace rotar mi miembro en su vagina. También gira los dedos de su mano derecha en el guisante del clítoris… estalla en gemidos roncos y seguidos, mientras yo descargo los restos de mi fluido seminal en ella. Su coño parece vibrar, sopla ligeramente y me parece escuchar en medio de su exhalación una palabra: «¡Michael…!»

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