Llevas semanas observando mis imágenes en la penumbra de tu estudio, atrapado en una obsesión virtual que te calienta la sangre. Sé que cuando miras la silueta de mis pechos a través de la malla en tu monitor, tu único deseo es que yo rompa el cristal de la pantalla, salga de los píxeles y me materialice desnuda sobre tu escritorio de trabajo.
A kilómetros de distancia estoy de ti pero con ganas de atravesar mi celular y posarme sobre tu escritorio. Que esas escenas que hemos diseñado en las madrugadas desde la distancia, se concreten de una vez por todas.
Como una invocación prohibida me hago realidad. El espacio se reduce a nada y de repente estoy ahí, rompiendo la distancia, parada en la penumbra de tu oficina. El olor a café intenso inunda el aire y la lluvia golpea con fuerza los ventanales. Estás de espaldas, concentrado en mis demás fotos en tu monitor, con la respiración agitada y la hombría ya presionando contra la tela de tu pantalón.
Me acerco sin hacer ruido, dejando caer el abrigo largo al suelo para quedar completamente desnuda a tus espaldas. Mis pezones, erguidos y duros por la adrenalina, rozan la tela de tu camisa mientras hundo mis dedos en tu nuca, desatando esa descarga eléctrica salvaje que me recorre la médula.
Te das la vuelta de golpe. El ratón se te resbala de la mano con tu mirada atónita, al ver que la diabla de tus pantallas por fin se hizo carne ante tus ojos. Te hago un shhh… con mi dedo índice sobre mis labios; no hay tiempo para explicaciones, palabras finas ni preámbulos tiernos; sólo el deseo acumulado por semanas de ausencia explota en el aire.
—Te estuve saboreando cada maldita noche… —susurras con esa voz ronca que imagino volviéndome loca, mientras tus manos grandes y firmes atrapan mis caderas con una urgencia violenta.
—Cállate y fóllame aquí mismo. Demuéstrame que esa estaca venosa de tus fotos es real —te ordeno directo a la boca.
Sin darme tregua, me empujas con una fuerza imponente contra el borde frío de tu escritorio. El contraste térmico del material me saca un jadeo rasgado mientras me obligas a inclinarme hacia adelante, apoyando mis manos en la madera. Te pegas a mi espalda y tu calor me quema entera. Separas mis piernas, abriéndome por completo para dejar mi coño expuesto, empapado y palpitando por ti, soltando ese hilo de humedad que baja directo por una de mis piernas.
Giro la cabeza sobre el hombro para devorarte con la mirada y veo cómo te muerdes los labios, completamente desbocado por el morbo. Siento la punta brillante y palpitante de tu verga presionando directo contra mi trasero, buscando paso sin pedir permiso.
—No sabes cuántas noches imaginé tenerte aquí mientras mi verga crecía dentro de mi pantalón —escucho tu respiración agitada.
—Ya no hay más imaginaciones en este momento, solo hazme vivir en carne propia lo que imaginé desde mi cama. Quiero que así como profanaste mis pensamientos, lo hagas en mi coño.
Tu estaca que vi en tus fotos ahora entra con una parsimonia ocupando cada milímetro de mi interior, expandiendo cada músculo abrazando tu hombría caliente. ¡Oh! Es lo único que escucho de ti, mientras aprieto los papeles que se encuentran allí, arrugándolos bajo mis palmas por la intensidad de la invasión.
Esa parsimonia inicial se disuelve en un segundo cuando tu instinto animal toma el control. Me sujetas firmemente de las caderas, hundiéndome tus dedos en la carne, y comienzas a azotarme con embestidas rápidas, secas y brutales. El sonido del impacto de nuestros cuerpos chocando retumba en las paredes de la oficina vacía, mezclándose con el rugido de la lluvia afuera.
—¡Eres una maldita diabla! —gimes directo en mi oído, con la respiración entrecortada, perdiendo los estribos por completo ante la fricción y mi estrechez empapada.
No puedo contener los gritos; me importa una mierda el silencio del edificio. Llevo la cabeza hacia atrás, jadeando, buscando aire, mientras la velocidad de tu empuje me empuja al borde del abismo. Deseo sentir el rigor de tu posesión, y justo cuando creo que no puedo soportar más este fuego interno, levantas una de tus manos y me plantas una nalgada seca, sonora y violenta que me hace temblar las piernas y ver estrellas en la penumbra.
Ese golpe desata el colapso. Mi coño se contrae con violencia, aprisionando tu verga caliente en una serie de espasmos infinitos que me cortan el aliento. Siento cómo te pones aún más duro y venoso dentro de mí, llegando a tu propio límite.
Te hundes por completo, una última vez, buscando mi fondo. Un gemido ronco y desgarrador escapa de tu garganta mientras descargas toda tu leche caliente dentro de mí, inundando cada milímetro de mi cavidad con esa viscosidad ardiente que tanto anhelaba mi cuerpo resentido.
Nos quedamos suspendidos ahí, mecidos por los espasmos residuales de un orgasmo sucio y perfecto. Apoyo mi mejilla sobre la madera del escritorio, tratando de recuperar el aire mientras escucho los latidos desbocados de tu pecho contra mi espalda.
Cierro los ojos con una sonrisa de satisfacción absoluta. Esto fue por ti, mi semental del erotismo… mi único pecado dominical.
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