Me dejé usar por un desconocido

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T. Lectura: 6 min.

Quien me ve puede pensar que soy una chica cualquiera. Una de esas que obtiene buenas notas en la universidad, se porta bien y no causa problemas. Hija de un abogado y una maestra. Novia de un futuro ingeniero. Una niña buena con todas las letras. Jamás nadie se imaginaría los secretos que escondo. La realidad es que soy una puta.

Utilizaré esta plataforma para compartir mis experiencias (actuales y pasadas), aquellas que ni a mis amigas más cercanas les puedo contar. La del día de hoy tiene un poco de todo, comenzando por el exhibicionismo. De vez en cuando me calienta salir a la calle sin ropa interior, y con ropa muy cortita y apretada.

Para que se hagan una idea: Tengo la piel morenita, cabello negro largo hasta la cintura y los ojos verdes. Mi genética tiró hacia el lado de mi madre, así que tengo piernas fuertes y un buen culo, de esos que parecen de gimnasio aunque no haga casi ejercicio. Y unas tetas que llenan una mano con facilidad. Así que la ropa que me pongo a veces deja poco a la imaginación.

Esto que estoy contando ocurrió hace ya unos cuantos meses. Llevaba toda la semana con la idea de hacerlo, pero decidí esperar hasta el domingo ya que generalmente no hay tanta gente en la calle. Me puse una pollera negra sueltita para que se moviera bastante y la subí lo suficiente para que tapara solo lo justo y necesario.

Arriba me puse un top rojo. No tenía escote ni nada, pero al estar sin bra me marcaba los pezones. Salí a la calle, tal y como esperaba varios hombres me miraron o me soltaron comentarios como “Que rica cola, mami.” Cuando me acercaba a la parada de bus vi que había un hombre esperando también. Esto puede parecer raro, pero a mí me calientan los hombres no hegemónicos. Me explico, me gusta que tengan esa apariencia de macho. Que tengan barba, las manos callosas, que sean más grandes que yo. Me gusta eso de sentirme “desprotegida” o “delicada” al lado de ellos. Amo esos hombres que tienen la apariencia de que si te agarran, te desarman.

El tipo era justamente todo eso y decidí que él sería mi objetivo de ese día. Llegué y dije “buenas tardes” y me quedé de pie revisando mi celular. Pero noté como sus ojos me recorrieron con la mirada. Empecé el juego sutilmente (no quería parecer más desesperada de lo que ya estaba), cruzándome de brazos para apretar mis tetas. Lo vi seguir cada uno de mis movimientos, así que me hice la que me molestaba el sol (aunque ya casi se ocultaba) y me acerqué más a él con la excusa de buscar sombra. Aproveché la oportunidad y pregunté:

“¿Hace mucho que estás esperando?”

“Unos diez minutos. Estoy esperando el…” (acá me dijo el número del bus, pero lo voy a saltar para no dar mucha información sobre mí, “… ¿y vos? ¿Cuál esperás?”

“El mismo que vos” respondí. Era mentira, la realidad es que no tenía ni idea de cual bus me hablaba, pero no importaba con tal de seguir el juego. Soy consciente de que lo que hice fue peligroso, pero esa adrenalina me es adictiva.

El tipo no dijo nada más, así que empecé a subir el nivel. Fingí buscar algo en mi mochila y agarré una pequeña crema de manos que tenía y la dejé caer al suelo. Me di la vuelta y estiré el brazo para levantarla, empinándome bien para que me viera la cola y la conchita que ya se me empezaba a mojar. Cuando me enderecé otra vez, el tipo me estaba mirando como si me quisiera comer. Abrió la boca para decir algo, pero justo apareció el bus en la esquina. Adentro no había mucha gente por suerte. Yo me fui directo a un asiento cerca del fondo y el tipo se sentó a mi lado, encerrándome contra la ventana.

No sabía dónde se bajaba él, por lo que cada segundo contaba. Aprovechando el movimiento del bus rozaba mi pierna con la de él. El tipo no perdió el tiempo y me respondió, tocándome con discreción el muslo, pasando solo un dedito como para probarme. Hasta que se inclinó un poco hacia mí para que nadie escuche.

“¿Qué edad tenés? Parecés muy joven para andar de putita.”

“Tengo más de veinte” respondí y apreté mi pierna un poquito más contra la suya. “¿Y cómo sabes que soy una puta?”

Se rio bajito y ahí sí me apoyó la mano entera en el muslo. El bus se detuvo en una parada y los dos levantamos la vista para asegurarnos de que nadie se daba cuenta de lo que pasaba. Cuando volvió a arrancar, él me miró otra vez.

“No te hagas la santa. ¿No me digas que te olvidaste de como me mostraste esa conchita hermosa antes de subir?”

Antes de que le pudiera responder giró la vista al frente como si fuera un viaje normal, pero su mano se deslizó entre mis piernas. Usé mi mochila para taparnos y abrí un poco más las piernas, enseguida sentí sus dedos gruesos y ásperos tocándome la conchita. Él hijo de puta me provocaba, haciendo círculos rápidos y fuertes en mi clítoris.

Pero cuando se me estaba por escapar un gemido paraba. Después me acariciaba suave, apenas tocándome. Yo estaba como loca, movía mi cadera buscando más. Hasta que sentí como metía uno de sus dedos, solo la puntita. Pero así como lo metió, lo sacó. No pude evitar el ruido de frustración que se me escapó. Estaba toda mojada y caliente.

“Bajate en la próxima conmigo” me susurró.

Obviamente quería que me reventara, pero sabía bien como a los tipos los calentaba ese jueguito de hacerse la difícil.

“No sé” le respondí.

“Dale, puta. Esa concha está pidiendo verga a gritos, venite conmigo.”

Fingí pensarlo un par de segundos y finalmente asentí. Nos bajamos en un lugar que yo no conocía para nada, el sol ya estaba bajando y no había casi nadie en la calle. El tipo me agarró la mano y caminamos casi una cuadra hasta que encontramos un callejón entre dos edificios. Estaba húmedo, oscuro y sucio, pero todo eso solo me calentaba más.

Me arrastró hasta atrás de un contenedor de basura y no me dio tiempo a nada. Me giró para apoyarme de frente a la pared, el contacto del ladrillo frío me puso los pezones más duros de lo que ya estaban. Él se me apoyó por atrás y me empezó a manosear toda. Me daba besos en el cuello mientras me levantaba el top y me apretaba las tetas.

“Que ricas tetas que tenés. Como me calientan las minas como vos que van por ahí pidiendo verga a gritos. Eso querés, ¿no?”

Me arqueé y le apoyé más el culo, sintiendo lo dura que tenía la verga.

“Sí. Sí. Eso quiero” le dije. “Haceme tu putita, dale.”

Me apretó los pezones con fuerza y me mordí el labio para no hacer ningún ruido. Me soltó las tetas y me apoyó una mano en la nuca para mantener mi cabeza contra la pared. Con la otra mano lo escuche abrirse el pantalón y escupir para lubricar un poco. Me metió la verga de una sola vez, sin aviso ni nada. Se me escapó un grito, pero él no paró. Me tapó la boca mientras me la seguía metiendo con fuerza.

“¿Qué te pasa?” me preguntó contra el oído. “Era esto lo que querías, ahora no te quejes. Que concha hermosa que tenés.”

Era como un animal. Me apretaba la cadera con fuerza mientras me embestía. Dolía un poco, él tenía la verga más grande que la de mi novio y me estaba partiendo al medio. Yo intentaba no gemir mientras mantenía la vista fija en la calle, sabiendo que en cualquier momento alguien podía pasar y vernos.

“¿Sabés a cuántas minas cómo vos me he cruzado? Lo que necesitan es un buen macho que les rompa la concha y las deje bien abiertas, así no olvidan más y aprenden a no andar de putas por ahí.”

Me destapó la boca, pero antes de que pudiera contestarle sentí como me metía dos dedos en el culo. Así nomás. Sin lubricante ni nada. Intenté alejarme (ya había hecho anal antes, pero sin lubricante me dolía), pero él me sostuvo con fuerza.

“No te escapes ahora. Te voy a dejar todos los agujeros abiertos, así no te olvidás más.”

Pero rápido el dolor se convirtió en placer y empecé a empinarme más hacia él. Así que hizo fuerza y me metió un tercer dedo. Los únicos ruidos que se escuchaban eran nuestras respiraciones agitadas, el choque de sus caderas contra mi culo, y el sonido húmedo de mi conchita cada vez que su verga entraba y salía.

El ladrillo de la pared me raspaba los pezones, era una sensación rara. Por una parte era molesto, obvio, pero también me gustaba el dolorcito y la sensación fría. Bajé mi mano y me empecé a tocar el clítoris hasta que acabé. Ahí sí no pude controlar mis gemidos y, a día de hoy, estoy segura de que alguien nos habrá escuchado sí o sí.

“¿Viste cómo era eso lo que necesitabas?” me dijo. “Me dejaste la verga toda acabada, ahora la vas a tener que limpiar.”

Me la sacó y me agarró del pelo, girándome hasta quedar de frente y me empujó hacia abajo para ponerme de rodillas. Se la empecé a chupar con ganas, saboreando los fluidos de mi propia conchita. Él se movió hacia adelante hasta que yo quedé completamente apoyada contra la pared, sin lugar para moverme, y me cogió la boca. Con una mano me agarraba del pelo para mantenerme quieta, y con la otra me tapaba la nariz, dejándome sin aire y ahogándome con su verga.

Estaba cada vez más caliente. Me encanta que me dominen y me traten bruto, así que me empecé a tocar otra vez, hasta que acabé de nuevo justo al mismo tiempo que él. Era tanta leche que me estaba ahogando, pero él no me dejaba moverme, obligándome a tragarla toda. Cuando por fin se separó me miró con una sonrisa.

“Que hermosa putita sos. Aunque siento pena por Santi.”

Mi mundo se detuvo de repente.

“¿Cómo? ¿Qué dijiste?” le pregunté.

“Santi trabaja conmigo. Cuando llegaste a la parada te reconocí de un día que le sonó el celular y tenía una foto tuya de fondo de pantalla. Enseguida me di cuenta de que era cornudo, con la cara de puta que tenés. ¿Por cuántos te dejaste coger?”

“Por varios” admití. “¿Le vas a decir algo?”

“No, tranquila. Gracias por alegrarme el día.”

Sacó su billetera y me tiró unos billetes en la cara antes de darse la vuelta e irse, como si yo fuera una prostituta cualquiera. Y yo me quedé ahí. De rodillas al lado de un contenedor de basura, con las tetas al aire, la concha todavía latiéndome y el culo adolorido. En la boca sentía el sabor de su leche y su verga. Mientras me paraba y me arreglaba la ropa empecé a reírme sola.

Pobre tipo, si supiera que mi novio no solo sabía que era cornudo, sino que a veces miraba mientras dejaba que sus amigos me la metieran. Pero esa es una historia para otro día. Pedí un Uber y mientras esperaba agarré el paquete de toallitas húmedas que siempre cargaba conmigo y me limpié. Minutos después llegó el Uber y enseguida me di cuenta de que el conductor era parecido al tipo con el que había estado un rato antes. Me levanté la pollerita un poco más y subí al auto dispuesta a jugar un poco más.

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