Mírame mientras me la mete

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Anoche, cerca de las diez, me quedé en la puerta del baño sin poder moverme. El agua caía sobre su cuerpo de 45 años y ella se enjabonaba despacio, pasándose las manos por las tetas y entre las piernas, sabiendo perfectamente que yo la estaba mirando.

—¿Ya estás duro? —me preguntó sin voltear del todo, con una sonrisa en la voz.

—Desde que te vi entrar a la ducha —le respondí.

Ella se rio bajo, se secó con calma y se puso crema en todo el cuerpo, deteniéndose más tiempo en el culo, en los muslos y entre las piernas. Después sacó el body de encaje negro y se lo puso frente al espejo. Se lo ajustó bien: el encaje se le metía profundo entre las nalgas y le marcaba el coño de forma obscena. El escote dejaba ver casi todo el inicio de las tetas.

—¿Se me ve el coño con esto? —preguntó, girándose de lado y mirándome por el espejo del baño.

—Se te ve perfecto. Se te marca todo —le dije.

Por encima se puso jeans y una blusa suelta, ropa normal para no levantar sospechas en casa ni con los vecinos. Salimos tranquilos, como cualquier pareja que va a dar una vuelta. Yo caminaba detrás de ella con la verga ya dura y palpitando, imaginando cómo ese chico de 24 años, lleno de energía, se la iba a follar.

Cuando llegamos a la casa del joven, ella subió sola. Desde el auto vi cómo se abrazaron y empezaron a besarse con hambre apenas se encontraron. Él le agarraba el culo con las dos manos y se lo apretaba fuerte por encima de la ropa.

—Espera un poco… todavía vamos a comprar bebidas y algo para comer —le dijo ella, pero con esa voz baja y tímida que ya no convencía a nadie.

—Solo déjame tocarte un rato —respondió él, metiéndole la mano debajo de la blusa y apretándole las tetas por encima del body de encaje.

Yo toqué el claxon suave para apurarlos. Bajaron y se subieron atrás. Durante las compras él no paraba de tocarla. En el estacionamiento le metió la mano entre las piernas y ella se mordió el labio mirándome de reojo.

—Estás muy mojada ya —le dijo él en voz baja.

—Es tu culpa —respondió ella, con la voz ya un poco ronca.

Pasamos rápido por las bebidas, algo para picar y el combustible. Cada minuto que perdíamos me ponía más caliente. Después me metí a una carretera con suficiente tráfico para pasar desapercibidos, pero oscura, perfecta para el morbo.

Apenas arranqué, atrás se desataron.

—Quítate los jeans y la blusa. Déjate solo el body —le ordenó él.

Escuché cómo se los quitaba. Las prendas fueron cayendo al asiento del copiloto hasta que ella quedó únicamente con el body de encaje negro pegado al cuerpo. Por el espejo retrovisor al principio solo veía sombras: la silueta de su cabeza recostada hacia atrás, el movimiento lento.

Bajé la música casi a cero.

—Abre bien la boca… eso, trágatela despacio —le dijo él.

El sonido era claro y sucio: la verga entrando en su garganta, saliva escurriendo, succión fuerte y húmeda, gemidos bajos de él.

—Más profundo… hasta el fondo… buena puta —gemía él—. Tu esposo debe estar escuchando todo.

Ella hacía ruidos ahogados, como si se ahogara un poco con la polla. Giré un poco el espejo. En ese momento pasó un camión con las luces altas y, por unos segundos, todo se iluminó. Vi su culo bien empinado, el body de encaje abierto entre las nalgas, la saliva brillándole en la barbilla y el cuello, y su cabeza subiendo y bajando sin parar mientras él le tenía una mano en la nuca.

—Mírala —escuché que él le decía—. Tu esposo te está viendo por el espejo mientras me la mamas.

Ella no paró. Siguió chupando más profundo. Yo no podía dejar de mirar el espejo cada vez que pasábamos bajo alguna luz.

Después ella se sentó, jadeando fuerte, con los labios hinchados y brillantes de saliva.

—Ahora cómeme tú —le pidió ella, abriendo las piernas todo lo que podía en el asiento trasero—. Chúpame el coño y el culo. No pares.

Él se acomodó como pudo y se puso a comérsela con esa hambre de sus 24 años. Escuchaba la lengua moviéndose rápido, los chupetones fuertes, cómo ella gemía cada vez más alto y desesperado.

—Ahí… justo ahí… mete la lengua en el culo… así… me estás poniendo demasiado mojada —le decía ella, con la voz quebrada—. No pares… chúpame más fuerte… me encanta cómo me comes.

Él no se detenía. Le chupaba el clítoris, le metía los dedos y volvía a la lengua. Los gemidos de ella llenaban el auto por completo. Yo manejaba concentrado, pero perdido en cada sonido.

—Ya no aguanto más —dijo él de pronto, con la voz ronca—. Siéntate encima de mi verga. Quiero follarte ahora.

Se acomodó en medio de los asientos traseros. Ella se subió de frente, todavía con el body de encaje puesto pero completamente abierto por abajo. Ahora su cara estaba mucho más cerca del espejo. La veía con claridad.

Ella me miró directo.

—Mírame —me dijo, con la voz ya ronca y quebrada—. Mira cómo me la mete.

Él le agarró la verga y se la metió de una sola estocada hasta el fondo. Ella abrió la boca y soltó un gemido largo sin dejar de mirarme por el espejo. Sus ojos se entrecerraron, pero no apartó la mirada.

—Dios… qué grande está… me estás abriendo toda —dijo ella.

Él empezó a embestir fuerte desde abajo. La piel chocaba contra la piel con golpes secos y fuertes. Él le daba nalgadas que resonaban en el auto.

—Más duro… fóllame como una puta… no pares —le pedía ella, ya sin ninguna vergüenza.

—¿Te gusta que te folle así mientras tu marido maneja y nos mira por el espejo? —le preguntó él.

—Sí… sí… me encanta… —gemía ella, rebotando encima de él—. Mírame, amor… mira cómo me la mete este chico… mira mi cara de puta.

Yo no podía hablar. Solo veía en el espejo cómo se le salían las tetas del body, cómo rebotaba sobre la verga, cómo su expresión pasaba de esa mirada de putita provocadora a la de una perra desesperada de 45 años siendo follada duro por un joven de 24. Él la agarraba de la cintura y la bajaba con fuerza una y otra vez.

—Mírame… no dejes de mirarme —me decía ella, casi suplicando, con la voz quebrada—. Quiero que veas cómo me vengo.

Sentí su mano en mi hombro, apretando fuerte, clavándome las uñas. En el espejo vi cómo su cara se tensaba, cómo abría más la boca y cómo todo su cuerpo se estremecía encima de él.

—Me vengo… me estoy viniendo mirándote —gimió ella, largo, sensual y tembloroso, sin apartar los ojos del espejo.

Segundos después él gruñó fuerte.

—Me corro… me corro adentro de tu coño… tómate toda mi leche —dijo él.

Vi en la cara de mi esposa cómo recibía toda esa corrida caliente. Ella se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados un segundo, la boca abierta y una expresión de pura satisfacción mientras él se vaciaba dentro de ella. A ella le encanta.

—Qué rico… llename… déjala toda adentro —susurró ella, todavía temblando y mirándome por el espejo.

Se quedó unos segundos así, jadeando, hasta que él la besó en el cuello y ella finalmente apartó la vista. Quedaron exhaustos, empapados de sudor, saliva y fluidos.

Di la vuelta y manejé de regreso. Ellos se fueron vistiendo despacio en el camino, besándose todavía con hambre, las manos recorriéndose el cuerpo.

—La próxima vez quiero que me folles más tiempo… y que me corras más adentro —le dijo ella en voz baja, besándole el cuello y el pecho.

—Cuando quieras, puta. Tu esposo puede seguir manejando y mirándonos por el espejo —respondió él, agarrándole el culo.

Yo solo conducía el resto del camino, con el olor a coño, a verga y a leche llenando todo el Baleno, con la imagen de su cara en el espejo grabada, y con la certeza de que esto ya se me había vuelto una obsesión.

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