Noche en un club swinger

1
6908
T. Lectura: 12 min.

El BMW M4 deportivo de Andrés se detuvo frente a la discreta entrada del nuevo club que le habían recomendado, ubicado en un sector exclusivo de Santiago. La fachada minimalista no delataba lo que ocurría dentro: un santuario del placer donde las inhibiciones quedaban en la puerta.

Fabiola ajustó su vestido negro de seda que se adhería a sus curvas como una segunda piel. Sus pechos medianos se dibujaban perfectamente bajo la tela, los pezones ya erectos anticipando la noche. A sus cuarenta años, la médico gineco-obstetra conservaba un cuerpo que despertaba envidias: cintura de avispa, caderas pronunciadas y un trasero que Andrés adoraba.

—¿Estás segura, amor? —preguntó Andrés, tomando su mano. Sus ojos verdes brillaban con esa mezcla de nerviosismo y excitación que Fabiola conocía bien.

—Más que nunca —susurró ella, acariciando el bulto que ya se formaba en los pantalones de su pareja—. Quiero ver cómo te follan, mi amor. Quiero ver esa polla gigante tuya en acción.

Andrés sintió cómo la sangre afluía a su entrepierna. Sus veintitrés centímetros de virilidad cobraban vida con solo imaginar la noche que les esperaba.

Al cruzar la puerta, el ambiente los envolvió como una manta cálida. La iluminación tenue, música sensual y el aroma característico del deseo: feromonas, perfume caro y sexo. Fabiola apretó el brazo de Andrés al ver la escena que se desplegaba ante ellos.

En el salón principal, cuerpos desnudos se entrelazaban en un ballet de carne. Una mujer rubia estaba a cuatro patas mientras un hombre la penetraba por detrás; ella a su vez lamía la vagina de otra mujer morena sentada en el borde de un sofá de cuero. Los gemidos, los sonidos húmedos de la carne al chocar, los jadeos de placer creaban una sinfonía erótica.

—Bienvenidos —dijo una anfitriona con una bandeja de copas de espumante—. ¿Primera vez?

—Sí —respondió Fabiola, tomando una copa con mano ligeramente temblosa.

—No hay reglas aquí más que el consentimiento —explicó la mujer, deslizando la mirada por el escote de Fabiola—. Disfruten. Todo está permitido entre adultos que desean el placer.

Andrés y Fabiola se miraron, comunicándose sin palabras como hacían desde hace muchos años. En sus ojos había amor incondicional, confianza absoluta y una llama de lujuria que ardía intensamente.

Se instalaron en una de las zonas lounge, observando, aprendiendo la mecánica del lugar. Fabiola cruzó las piernas, dejando que el vestido se abriera lo suficiente para mostrar sus muslos tonificados y que no llevaba ropa interior; Andrés lo sabía y su mirada se posó en ese triángulo oscuro que asomaba.

—Me estás matando, mujer —gruñó él, ajustándose el pantalón donde su erección ya era evidente.

—Es la idea, mi amor —Fabiola sonrió con malicia, esa sonrisa que utilizaba para seducir—. Quiero que estés al borde. Quiero que cuando te monten, explotes con fuerza.

Una pareja joven se acercó. Él, alto y atlético; ella, pequeñita, con pechos grandes y sonrisa traviesa.

—¿Son nuevos? —preguntó la chica, sentándose sin invitación junto a Fabiola—. Soy Camila, y él es Diego. ¿Les gustaría… conocernos mejor?

Fabiola sintió cómo su corazón se aceleraba. El juego comenzaba.

La habitación privada a la que los condujeron era un espacio de lujo: espejos en las paredes, una cama circular cubierta de seda negra, iluminación que se podía atenuar hasta crear penumbras íntimas. En el centro, un sillón especial que llamó la atención de Andrés.

Camila y Diego comenzaron a desvestirse con naturalidad. El cuerpo de Camila era espectacular: piel morena clara, caderas anchas, unos pechos que desafiaban la gravedad con pezones oscuros y erectos.

—Dios, eres hermosa —suspiró Fabiola, acercándose. Su bisexualidad afloraba con fuerza. Amaba a Andrés con locura, pero la belleza femenina la excitaba de manera distinta, más suave, más delicada, pero potente.

Camila se acercó y tomó el rostro de Fabiola entre sus manos. Se besaron. Fabiola gimió al sentir esos labios suaves, esa lengua explorando la suya. El beso se profundizó mientras las manos de Camila recorrían el cuerpo de Fabiola, subiendo por sus muslos, acariciando sus pechos a través de la seda.

Andrés observaba, fascinado. Ver a su mujer, su Fabiola, entregándose a otra mujer mientras él estaba presente, era uno de sus mayores placeres. Su polla palpitaba dolorosamente contra la tela de sus pantalones.

Diego se acercó a Fabiola por detrás. Sus manos se posaron en sus caderas, acariciando ese trasero que Andrés adoraba.

—¿Puedo? —preguntó Diego con voz ronca.

Fabiola se separó del beso con Camila. Miró a Andrés, quien asintió con una sonrisa.

—Puedes tocarme, acariciarme… pero no penetrarme, ni por la vagina ni por el ano ni por la boca—dijo Fabiola con firmeza—. Esa regla es innegociable. Lo demás… está todo permitido.

Diego asintió, respetando los límites. Sus manos se deslizaron por el vientre de Fabiola, subieron hasta sus pechos, los amasaron con reverencia. Fabiola arqueó la espalda, ofreciéndose. Los dedos de Diego encontraron sus pezones duros y los pellizcaron suavemente, haciéndola gemir.

Mientras tanto, Camila se había arrodillado frente a Andrés. Desabrochó sus pantalones con dedos hábiles y liberó la bestia.

—Santa madre de Dios —jadeó Camila al ver el pene de Andrés que se alzaban majestuosos—. Diego, ven a ver esto.

Diego se acercó, dejando a Fabiola momentáneamente. Ambos observaron con asombro el pene de Andrés: grueso, venoso, con la cabeza bulbosa y brillante por el líquido preseminal que ya goteaba. La circunferencia era impresionante, una columna de carne que parecía desafiar la gravedad.

—Increíble —dijo Diego, sin poder apartar la mirada.

Camila tomó la erección de Andrés con sus dos manos, envolviéndola por completo, y comenzó a subir y bajar, masturbándolo con movimientos lentos y reverentes. La piel se deslizaba sobre la dureza, la punta brillaba con liquidez, y Camila gemía al sentir ese peso, esa textura, ese imposible grosor entre sus dedos.

—Es… es impresionante —murmuró Diego, y por primera vez Fabiola vio algo de curiosidad en sus ojos.

—Y sabe usarlo —dijo Fabiola con orgullo, acercándose para acariciar la erección de su hombre junto con Camila—. Es todo un artista.

La orgía comenzó en serio cuando dos mujeres más entraron a la habitación, atraídas por los murmullos de admiración hacia el miembro de Andrés. Una era Raquel, rubia de piernas interminables; la otra, Josefa, morena como Fabiola pero más joven, de unos veinticinco años. Otras parejas también se habían acercado a mirar, impresionados por el tamaño del pene de Andrés que Camila seguía masturbando con adoración.

Entre los observadores, una pareja de hombres gay quedó maravillada. Se acercaron tímidamente, sus ojos brillando de asombro al ver esa virilidad descomunal.

—Disculpen… ¿podemos tocarlo? —preguntó uno de ellos, con voz reverente—. Nunca habíamos visto algo así.

Andrés iba a decir que no, incómodo con la situación, cuando Fabiola, riendo con picardía, intervino.

—Por supuesto —dijo ella, mirando a Andrés con complicidad—. Déjenlos disfrutar, mi amor.

Los dos hombres se acercaron con delicadeza. Sus manos se unieron a las de Camila, tocando, acariciando, sintiendo la textura de esa carne dura y caliente. Lo hacían con una mezcla de delicadeza y goce, admirando la belleza de esa erección, masajeando la base, recorriendo la longitud hasta la punta bulbosa. Andrés incomodo al sentir tantas manos sobre él, no era una experiencia que le agradara y le excitara.

Andrés se recostó en el sillón especial, las piernas abiertas, su erección apuntando al techo como un obelisco de carne, ahora siendo adorada por múltiples manos. Raquel y Josefa se miraron, compitiendo por quién probaría primero esa maravilla.

—Yo quiero sentirlo dentro —dijo Raquel, desnuda ya, su cuerpo esbelto brillando bajo la luz tenue. Sus pechos eran firmes, con pezones color rosa pálido que se habían endurecido por la excitación.

—Y yo quiero que me coma —susurró Josefa, con unos pechos pequeños pero firmes y unos pezones que parecían gemas rosadas. Su vientre plano descendía hacia un monte de Venus depilado, sus labios vaginales ya hinchados y húmedos.

Andrés sonrió, el hedonista en su máxima expresión. Extendió los brazos, invitándolas.

Raquel se posicionó sobre él, guiando esa imponente erección hacia su entrada. Estaba empapada, lista. Cuando la punta tocó sus labios vaginales, jadeó.

—Es enorme… no sé si…

—Relájate —dijo Andrés con voz suave, seductora—. Déjame entrar. Te prometo placer.

Raquel descendió lentamente. Andrés controlaba su respiración, ejercitando ese poder que había desarrollado durante años: retardar la eyaculación hasta límites insospechados. Quería durar, quería dar placer, quería que esta noche quedara grabada en la memoria de todos.

El gemido de Raquel cuando finalmente tomó toda la longitud fue gutural, animal. Sus ojos se pusieron en blanco, su boca abierta en una “O” de éxtasis. Se sentía completamente llena, estirada, poseída por esa virilidad que parecía tocarle el útero.

—¡Dios! ¡Me llena completamente! ¡Nunca había sentido algo así!

Mientras Raquel comenzaba a cabalgar, moviendo las caderas en círculos, subiendo y bajando con frenesí, Josefa se posicionó sobre el rostro de Andrés. Él la tomó de las nalgas, atrayéndola hacia su boca. Su lengua salió a encontrar esos pliegues húmedos, ese clítoris erecto que palpitaba contra su lengua.

—¡Ay, mierda! —gritó Josefa, agarrándose al cabecero del sillón—. ¡Me está comiendo tan bien!

Andrés alternaba entre lamer el clítoris de Josefa y penetrar profundamente con la lengua, mientras Raquel montaba su polla con desenfreno. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo de la carne, los gemidos de las mujeres, las respiraciones entrecortadas. El aroma del sexo inundaba el ambiente: ese olor dulce y almizclado de la excitación femenina, el sudor de la pasión, el perfume de los cuerpos entregados.

Andrés podía sentir cada contracción de Raquel, cada vez que ella apretaba su vagina alrededor de su miembro. Era una sensación indescriptible, esa carne caliente y húmeda masajeándolo, succionándolo, pidiendo más. Su lengua trabajaba en Josefa, dibujando círculos alrededor de su clítoris, succionándolo suavemente, haciendo que la joven se retorciera de placer.

Fabiola observaba desde un sofá cercano, con Diego y Camila a su lado. La excitación la consumía. Tenía las manos entre las piernas, masturbándose mientras veía a su hombre poseer a esas mujeres. La visión de Andrés, recostado como un dios pagano, con una mujer montando su polla y otra sobre su rostro, era la escena más erótica que había presenciado.

—Eres increíble —susurró Camila, besando el cuello de Fabiola—. Ver cómo disfrutas viéndolo…

—Es mi amor —dijo Fabiola, jadeando—. Y verlo follar… es mi pornografía favorita.

Diego se arrodilló frente a Fabiola. Sus manos reemplazaron las de ella, sus dedos encontrando ese clítoris hinchado, esos labios vaginales que goteaban deseo. Fabiola abrió más las piernas, permitiendo el acceso.

—Tócame… sí… así —gemía ella, arqueándose.

Los dedos de Diego entraron en su vagina, curvándose para encontrar el punto G. Fabiola sintió cómo se acercaba el orgasmo, pero no quería llegar sola. Quería más.

—Camila… ven aquí —ordenó Fabiola con esa autoridad que usaba en el hospital, pero ahora cargada de lujuria.

Camila obedeció, posicionándose entre las piernas de Fabiola. Su lengua reemplazó los dedos de Diego, y Fabiola gritó al sentir esa textura suave, caliente, húmeda, recorriendo su sexo. La lengua de Camila se movía con experiencia, separando los labios, encontrando el clítoris, succionándolo con maestría.

Diego se movió hacia arriba, besando los pechos de Fabiola, succionando esos pezones duros que ella tanto disfrutaba que le mordisquearan. Estaba entre ambos, siendo adorada, tocada, masturbada, pero jamás penetrada. Su regla se mantenía firme, y respetada.

—¡Me voy a correr! —gritó Fabiola, agarrando el cabello de Camila, presionando su rostro contra su sexo—. ¡No pares! ¡Sigue lamiéndome!

El orgasmo la tomó con fuerza. Su cuerpo se convulsionó, sus piernas se cerraron alrededor de la cabeza de Camila, sus dedos se clavaron en los hombros de Diego. Gritó el nombre de Andrés, siempre de Andrés, aunque otras bocas y manos la llevaran al éxtasis.

Del otro lado de la habitación, Andrés estaba en el paraíso. Raquel cabalgaba con furia, su orgasmo ya cercano. Se sentía apretada, caliente, húmeda alrededor de su polla. La visión de sus pechos rebotando, de su rostro contorsionado por el placer, lo excitaba enormemente.

—¡Me corro! ¡Me corro en tu boca! —gritó Josefa, y Andrés sintió cómo su sexo pulsaba, cómo los jugos abundantes inundaban su lengua. Él bebió, tragó, saboreó cada gota de ese néctar femenino. Su lengua continuó trabajando, llevando a Josefa de un orgasmo a otro, haciéndola gritar sin control.

Raquel también llegó al límite. Su vagina se contrajo alrededor de Andrés, masajeando su polla con espasmos rítmicos intensos. Ella gritó, un sonido desgarrador de placer absoluto, y se desplomó sobre su pecho, jadeante, temblando, con la polla de Andrés aún enterrada dentro de ella.

Pero Andrés no había terminado. Su control sobre su propio cuerpo era legendario. Podía retardar la eyaculación indefinidamente, y esta noche quería explotar con fuerza.

Las dos mujeres se desplomaron a su lado, exhaustas, maravilladas. Pero había más. Siempre había más para quien poseía un talento como el suyo.

Fabiola se acercó, todavía temblando de su propio orgasmo. Su vestido estaba abierto, sus pechos expuestos, su sexo brillante por la humedad. Se arrodilló entre las piernas de Andrés, tomando su polla que aún estaba dura como el acero, brillante por los fluidos de Raquel.

—Mi amor… eres increíble —susurró, comenzando a masturbarlo lentamente—. Mira cómo te desean. Mira lo que provocas.

Andrés la miró con adoración. A pesar de todas las mujeres, de todos los cuerpos, Fabiola era su centro, su amor, su compañera de vida. La amaba.

—Ven aquí —dijo él, tomándola de la mano.

La guió para que se posicionara sobre él, pero no para penetrarla. Quería que ella usara su cuerpo como instrumento de placer. Fabiola entendió. Se posicionó sobre su polla, frotando su sexo contra esa longitud dura, usando la erección de su hombre para masturbarse.

—Así… sí… —gemía Fabiola, deslizándose arriba y abajo, su clítoris rozando la vena dorsal de Andrés—. Tu polla es perfecta, mi amor. Me vuelve loca.

Los demás observaban, fascinados. La pareja estable, conectada a un nivel que trascendía lo físico, utilizando sus cuerpos para alcanzar el placer mutuo.

Diego y Camila se acercaron, tocando, acariciando. Las manos de Diego recorrían el culo de Fabiola, apretándolo, masajeándolo. Camila besaba los pechos de Fabiola, luego bajaba para lamer la base de la polla de Andrés mientras Fabiola se frotaba contra ella.

—Quiero ver cómo te la follan, mi amor —susurró Fabiola al oído de Andrés—. Quiero ver cómo esa polla gigante entra en otra mujer. Quiero ver tu cara cuando te corres.

Andrés sonrió, el seductor irresistible. Había llegado el momento.

El intercambio de parejas se organizó con naturalidad. La habitación se había llenado de más participantes, atraídos por la energía sexual que emanaba de ese grupo. La orgía se expandía, cuerpos se entrelazaban en todas direcciones.

Andrés se posicionó detrás de una mujer nueva, Elena, que estaba a cuatro patas sobre la cama circular. Su trasero era espectacular, grande, redondo y firme. Ella miró por encima del hombro, viendo esa erección que se acercaba a ella.

—Con calma… es mi primera vez con alguien tan… dotado —dijo Elena, nerviosa pero excitada.

Andrés tomó su tiempo. Acarició su espalda, sus nalgas, se inclinó para lamer su sexo desde atrás, haciéndola gemir y relajarse. Su lengua recorría esos pliegues, entraba en su vagina, saboreaba su excitación. Elena se mordía el labio, gimiendo bajito, arqueando la espalda para ofrecerse más.

Cuando estuvo lista, cuando su entrada goteaba deseo, comenzó a penetrarla. Lo hizo lentamente, centímetro a centímetro, dejando que su cuerpo se adaptara a esa invasión. Elena jadeaba, respiraba profundo, sus uñas se clavaban en las sábanas de seda.

—¡Dios… estás tan grande… estás… estás perfecto! —balbuceaba ella.

Andrés comenzó a moverse. Sus embestidas eran poderosas pero controladas. Cada entrada hacía que Elena gritara, cada salida la dejaba suplicando por más. El sonido de sus cuerpos chocando, de la carne golpeando carne, llenaba la habitación. Los veintitrés centímetros desaparecían completamente dentro de ella, llenándola, tocando puntos que ni siquiera sabía que existían.

—¡Sí! ¡Ahí! ¡Justo ahí! —gritaba Elena, y Andrés sabía que había encontrado su punto G, esa zona que hacía que las mujeres perdieran la razón—. ¡Más fuerte! ¡Fóllame más fuerte!

Andrés aceleró el ritmo. Sus caderas golpeaban las nalgas de Elena con fuerza, creando un sonido seco y erótico. Podía sentir cómo ella se apretaba alrededor de él, cómo su cuerpo pedía más, siempre más. La visión de su polla entrando y saliendo, brillante por los fluidos, era hipnótica.

Mientras tanto, Fabiola estaba en el centro de otra escena. Diego la había guiado hasta uno de los sofás, sentándose detrás de ella mientras Camila se posicionaba frente a ellos. La atmósfera estaba cargada de electricidad sexual.

Diego comenzó a masturbar a Fabiola con movimientos expertos, sus dedos circulando alrededor de su clítoris, haciéndola gemir de placer. Fabiola estaba recostada contra el pecho de Diego, sintiendo su erección dura presionando contra su espalda.

—Fabiola… —susurró Diego al oído, su voz ronca por la excitación—. ¿Puedo poner mi polla entre tus nalgas? Solo quiero frotarme contra ti… no te penetraré, lo prometo.

Fabiola sintió un escalofrío de anticipación recorrer su columna. Miró hacia donde Andrés seguía follando a Elena, viendo a su hombre en plena acción, y eso la excitó aún más.

—Sí… puedes… —respondió Fabiola, jadeando—. Pero solo frótate, ¿entendido? No intentes penetrarme… ni por delante ni por detrás.

—Lo prometo… solo quiero sentirte —gimió Diego.

Sin usar lubricante artificial, Diego dejó que la propia humedad y los fluidos que goteaban del sexo de Fabiola sirvieran de lubricación natural. Colocó su polla dura y caliente entre las nalgas de Fabiola, deslizándose en ese canal creado por la presión de sus glúteos, y el roce de su piel húmeda contra la de ella creaba una fricción intensa y excitante. Fabiola arqueó la espalda, ofreciendo mejor ángulo, mientras Diego la abrazaba por detrás.

—Dios… eres perfecta… —gruñó Diego, comenzando a moverse con movimientos rítmicos y sensuales.

Con una mano, Diego acariciaba los pechos de Fabiola, pellizcando sus pezones erectos con fuerza suficiente para hacerla gemir. Con la otra, seguía masturbándola, sus dedos trabajando su clítoris con precisión. Diego siempre trataba de posicionarse sobre el ano de Fabiola, rozándolo con la punta de su erección, y en momentos de intensa excitación, introducía apenas unos milímetros de su glande, solo lo suficiente para sentir esa tensión deliciosa alrededor de la abertura. Fabiola lo dejaba, era una sensación deliciosa que la hacía jadear, y Diego nunca intentaba ir más allá, respetando siempre el límite que ella había establecido.

Camila, observando la escena con los ojos brillantes de lujuria, se acercó y tomó uno de los pezones de Fabiola entre sus labios, chupándolo con fuerza mientras su mano se unía a la de Diego para masturbar a Fabiola. Ahora eran dos manos y una boca trabajando el cuerpo de Fabiola: Diego frotándose entre sus nalgas y acariciando sus pechos desde atrás, Camila succionando sus pezones y frotando su clítoris desde el frente.

—¡Ay, Dios… sí…! —gritó Fabiola, sintiendo cómo el placer se acumulaba en oleadas—. Así… no paren…

Diego aceleró el ritmo, sus caderas golpeando suavemente las nalgas de Fabiola mientras su polla se deslizaba rápidamente en ese surco húmedo, rozando una y otra vez su ano, introduciendo y retirando esos milímetros de su glande que Fabiola permitía, creando una fricción intensa y deliciosa. Camila mordisqueaba sus pezones, alternando entre uno y otro, mientras sus dedos frotaban el clítoris de Fabiola con movimientos circulares insistentes.

—Me voy a venir… voy a correrme… —anunció Diego, jadeando contra el cuello de Fabiola—. Puedo sentir tu culo apretando mi polla…

—Sí… sí… córrete… —gimió Fabiola, al borde del abismo—. Córrete entre mis nalgas…Fabiola había relajado su ano para atrapar la punta de su polla en la entrada de su orificio.

Sintió cómo su propio orgasmo se aproximaba, una ola inminente que crecía desde su centro. La combinación de la fricción de Diego detrás de ella, sus manos en sus pechos, y la boca y los dedos de Camila en su sexo era demasiado.

—¡Me corro! ¡Me estoy corriendo! —gritó Fabiola, su cuerpo convulsionándose entre ambos.

Justo en ese momento, Diego gruñó profundamente, un sonido animal que resonó en la habitación. Posicionó su pene en la entrada del ano de Fabiola y lo introdujo unos milímetros, sintiendo la estrechez cálida del músculo contra su glande. Fabiola no intentó retirase, estaba tan deliciosa la sensación y ella se estaba corriendo con tanta intensidad que lo dejó continuar incluso relajó algo más su ano para que entrara otro poco, pero Diego no la penetró más allá de eso, solo mantuvo su pene posicionado en su entrada, y luego la calidez intensa del semen comenzó a derramarse, cubriendo su ano mientras Diego continuaba gimiendo de placer.

—¡Sí… toma todo…! —gimió Diego, eyaculando abundantemente en la entrada del ano de Fabiola.

Fabiola jadeaba, todavía temblando por su propio orgasmo, sintiendo el semen caliente de Diego deslizándose por su piel. Camila no soltaba su clítoris, prolongando su orgasmo con succiones suaves mientras Diego finalmente se detenía, jadeando contra su espalda.

Andrés había estado observando la escena mientras seguía follando a Elena, y ver a su mujer siendo abrazada por Diego desde atrás, con su semen derramándose en su entrada mientras Camila la hacía correr, fue demasiado. Su control, ejercitado durante años, se resquebrajó.

—Me voy a venir —anunció Andrés, su voz ronca, dominada por la tensión.

Elena tuvo un último orgasmo devastador, sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo se convulsionó violentamente, y quedó destruida y casi desmayada sobre la cama, jadeante, incapaz de moverse, con la polla de Andrés aún enterrada dentro de ella.

En ese momento, Andrés salió de Elena con un sonido húmedo y llamó a Fabiola.

—Ven aquí, mi amor —dijo con voz urgente—. Quiero correrme en tu boca. Quiero que te tragues todo mi semen.

Fabiola se acercó rápidamente, posicionándose frente a él. Tomó la erección de Andrés con ambas manos, masturbándolo vigorosamente, mirándolo a los ojos con adoración.

—Dámelo todo… —susurró ella, y abrió la boca.

El primer chorro salió con fuerza, golpeando su lengua. Fue enorme, una cantidad impresionante de semen caliente y espeso. Fabiola gimió, saboreando ese sabor que conocía tan bien, que amaba. Segundo, tercer chorro… Andrés gruñó, su cuerpo entero tensándose mientras descargaba semen durante lo que pareció una eternidad.

En ese momento, Camila se acercó por detrás de Fabiola y la abrazó. Sus manos recorrieron el vientre de Fabiola, subieron por su espalda, y comenzó a besar y chupar su piel, descendiendo lentamente vertebra por vertebra. Fabiola gemía, atrapada entre el semen de Andrés llenando su boca y la boca de Camila recorriendo su espalda.

Camila llegó a las nalgas de Fabiola, las abrió con sus manos e introdujo su boca, comenzando a chupar y lamer el ano de Fabiola, saboreando el semen de Diego que aún resbalaba por esa entrada. Fabiola se estremeció, el placer siendo doble, triple, mientras tragaba el semen de su hombre y sentía la lengua de Camila en su ano.

Luego de unos instantes, Camila se levantó y se acercó al oído de Fabiola, diciéndole riendo:

—Yo también quería beber el semen de mi hombre, qué mejor recipiente que el tuyo.

Fabiola, todavía con la boca llena, gimió de excitación. Camila, de rostro hermoso, joven y menudita con grandes pechos con pezones rosados y prominentes, se volvió hacia Andrés y Fabiola.

—¿Puedo montarlo? —preguntó con voz suplicante—. Quiero tener muchos orgasmos. Necesito sentir esa polla dentro de mí.

Andrés sonrió, todavía duro y listo para más.

—Primero hazme crecer de nuevo —dijo, guiándola hacia su erección—. Chúpala con esa maestría tuya.

Camila se arrodilló con una obediencia encantadora. Tomó la polla de Andrés con ambas manos y comenzó a trabajarla con una destreza que no parecía posible para alguien de su edad. Su boca se deslizaba desde la base hasta la punta, su lengua dibujaba círculos alrededor del glande, succionaba con la presión perfecta.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí