Papá, mamá y yo. Correctivo y sexo en la carretera

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Mediados de agosto de 1989, el calor apretaba en las calles de Madrid capital.

Antonio, un hombre de 48 años, cerraba la persiana del negocio familiar. Llevaba dos años sin tomarse unas vacaciones de playa como Dios manda.

Pero este año iba a ser diferente.

—Cariño estoy en casa —dijo entrando en su piso a las nueve de la tarde.

Su mujer, que se llamaba Manuela, le recibió con un beso en la mejilla.

—Picas —comentó.

—Ya, me afeitaré uno de estos días. —respondió su marido sentándose a la mesa.

—¿Dónde está tu hija? —preguntó mientras se servía un vaso de casera y un chorrito de vino tinto.

—Nuestra hija está estudiando. ¡Clara la cena está lista! —llamó la mujer.

—Estudiando, si es una vaga. —refunfuño el hombre moviendo la cabeza en claro signo de desaprobación.

Clara tenía por aquel entonces diecinueve años y tendría que empezar segundo de carrera, solo que tenía algunas asignaturas pendientes. Cuando su padre le preguntó dijo que le habían quedado dos.

Pero no había sido del todo sincera.

Manuela trajo un plato con tortilla de patata y pan.

—¡Clara! —llamó su padre

—Ya voy, ya voy. —dijo la chica entrando y tomando asiento en la mesa.

Su madre sirvió un trozo de tortilla a cada uno y tomó asiento.

—La tortilla está buena. —dijo Antonio tras devorar un trozo.

—Gracias. —respondió la mujer.

Se había enamorado de su marido veinte años atrás. Supongo que le gustó su seriedad y la manera en que la había besado a escondidas en aquella fiesta. Era un buen hombre, aunque tenía un poco de mal genio como cantaba Cecilia en su canción favorita.

La cena continuó en silencio hasta los cafés.

—Bueno, mañana nos vamos a la playa.

Clara puso cara de fastidio.

—Venga hija, que tu padre y yo merecemos un descanso.

—¿Y por qué tengo que ir yo? —protestó

—Porque formas parte de esta familia, cuando te hagas mayor y puedas pagarte una casa entonces harás lo que quieras pero hasta entonces te adaptas a las normas ¿entiendes?

—Y mete los libros en la maleta que hay que aprobar. —añadió su madre acariciándole el cabello.

—Y tú, a ver si te pones moreno que estás más guapo.

Antonio sonrió y tras dedicar un piropo a su esposa, la besó en los labios.

—Antonio… que mañana tienes que conducir muchas horas

A pesar de las ganas que tenía de hacerle el amor, obedeció al ama de casa.

Salieron a las seis y media de la mañana para evitar el sol en la medida de lo posible. Manuela, que iba sentada adelante, se había puesto un vestido de una pieza azul marino y su hija, con los cascos de música colgando del cuello, llevaba pantalones vaqueros cortos y una camiseta de tirantes color caqui. Antonio combinaba pantalones de vestir con camisa lisa que solía arremangar. El coche, pequeño, tenía unos años de antigüedad y, por supuesto, no disponía de aire acondicionado.

Al principio todo fue bien. Conversaciones triviales y música en el casette. Desayunaron en un bar de carretera y Antonio aprovechó para llenar el depósito con gasolina super. Al ir a pagar notó que le faltaban 5000 pesetas en la cartera.

Arrancó el coche y se incorporó a la carretera.

El calor comenzaba a notarse y abrió la ventanilla del conductor.

—Oye, vosotras por casualidad habéis cogido dinero de la cartera.

Manuela negó con la cabeza y miró atrás haciendo un gesto a Clara para que se quitase los cascos de la cabeza.

—Oye, ¿has oído a tu padre? Sabes tu algo del dinero.

La chica tardó demasiado en responder.

Su padre la miró de reojo por el retrovisor central.

—Tu madre te ha hecho una pregunta.

—Papá yo… esto, sí te cogí prestado un poco de dinero para comprar un libro de repaso de… física. —dijo.

—5000 pesetas es bastante dinero.

“Física, física…” pensó su padre notando que algo no cuadraba.

—¿Física? ¿Pero si habías suspendido química y matemáticas?

—Clara… cariño… qué no nos estás contando. —dijo su madre manteniendo un tono de voz más calmado que el de su marido.

—Me cago en la leche… ¡responde de una puta vez!

—Querido, el volante, cálmate que estamos conduciendo.

El silencio, tenso, se prolongó durante unos minutos. El viento caliente se colaba por la ventanilla, una nube grande que mantenía el sol a raya se desplazó dejando que los rayos se colasen por los cristales recalentando el ambiente.

Clara, en el asiento de atrás, estrujaba su mente para preparar una historia. Mientras tanto su madre, que conocía a su marido, se debatía entre el enfado por las mentiras de su hija y el volcán que tenía por marido, que en algún momento estallaría.

El momento llegó antes de lo esperado.

—Joder, ¡a mí no me tomáis más por idiota! —saltó tomando una de las salidas de manera algo brusca.

—¡Antonio! —exclamó su mujer.

El desvío conducía a un área de descanso al lado de unos matorrales. El coche, traqueteando se internó un poco en la tierra hasta detenerse. El conductor tiró del freno de mano haciendo un ruido que se asemejaba al de una sonora y corta ventosidad y apagó el motor.

—Fuera del coche… ambas.

Las mujeres obedecieron y los tres se sentaron en unos bancos de madera con mesa. Ellas en un lado y Antonio frente a ellas.

La sombra de los arbustos y de un par de árboles hacía que aquel lugar se mantuviese fresco.

—¿Y bien? —dijo conteniendo el tono de su voz.

—Mira papá como te dije.. —comenzó la chica.

No le dio tiempo a acabar la frase.

Antonio, con serenidad pero con contundencia, propinó un bofetón a su hija.

—¿Antonio? —dijo su mujer.

—Cállate si no quieres recibir tú también.

Sorprendida, con la mejilla colorada y a un paso de llorar, Clara se derrumbó y confesó todo. Había suspendido cuatro asignaturas y no dos y solo parte del dinero había sido para un libro, lo otro se lo había gastado en una disco el día después de recibir las notas.

Al principio creyó que con aquel brote de sinceridad todo había acabado. Pero su padre no dijo nada y eso la asustó.

—Papá —dijo de nuevo usando esa palabra mágica que tantas veces le había abierto la puerta a sus caprichos.

Antonio se levantó y se sacó el cinturón de los pantalones.

—¿Qué… qué vas a hacer? —preguntó alarmada su mujer.

—Es la segunda vez que te digo que no te metas en esto. —espetó.

—Pa… padre… y si viene alguien. —imploró la chica.

—Métete en el coche.

Y dirigiéndose a su esposa añadió

—Y tú vigila si viene alguien.

Clara se alejó unos pasos y su padre con un movimiento rápido y certero la golpeó en la parte de atrás de los muslos desnudos con el cinturón.

—Obedece o será peor.

La chica se metió en la parte de atrás del coche por una puerta y su padre por la otra.

Los dos permanecieron sentados unos segundos.

—Bájate los pantalones y túmbate sobre mis rodillas ahora mismo o será peor para ti.

Clara, con el susto en el cuerpo y las mejillas encendidas, obedeció quedándose en bragas y tumbándose boca abajo sobre el regazo de su progenitor. Al instante notó el contacto de su sexo con la erección del hombre que la iba a azotar.

Antonio tiró de las bragas desnudando el culo de su hija.

—No, por favor, qué vergüenza…

Pero las palabras no sirvieron para nada y pronto sus nalgas comenzaron a danzar bajo los correazos. La humillación quedó en el olvido pronto y el escozor de cada golpe se convirtió en su mayor y única preocupación. Contraía el trasero tratando de disminuir el dolor del impacto y se movía tratando de esquivar el cuero sin importarle lo más mínimo exponer la vagina o frotarse contra las partes íntimas de su padre.

El castigo fue rápido. Antonio, sorprendido por su excitación, descargó los golpes a buen ritmo tratando de acabar antes de mojarse los pantalones. Al décimo golpe se inclinó hacia delante y logró abrir la puerta del coche.

—Fuera, levántate ya.

Clara, torpemente se incorporó. Tenía las bragas mojadas por delante y aquello enfado a su padre.

—Guarra —dijo mientras la chica salía del auto con el culo al aire.

Su padre salió tras ella, la cogió de la cintura y usando el cinturón la pegó de nuevo.

La chica aulló y sin poder contenerse dejó escapar algo de orina al tiempo que un ramalazo de placer la hizo temblar.

Su madre acudió al lugar y la tapó.

—¡Tú, ven aquí! —le dijo Antonio.

Manuela dejó a su hija y se acercó.

—Anoche te dije que me apetecía follar y te negaste.

—Yo…

Pero su marido no se detuvo y cogiéndola por el brazo fue hacia el coche.

Apoyó sus nalgas en la puerta y se bajó los pantalones y los calzoncillos. El pene se levantó de inmediato, estaba enorme, palpitaba y las venas se marcaban como los músculos de un levantador de pesas.

Su mujer se puso de cuclillas, agarró el miembro y lo metió en su boca.

Antonio gimió.

No necesitaba excitarse más.

Levantó a Manuela y tras sobarle las tetas sobre el vestido abrió la puerta trasera del coche y la indicó que se pusiera a cuatro sobre el asiento.

Luego, tras propinarla un azote con la palma de la mano, le subió el vestido y le bajó las bragas.

“Probablemente Clara nos esté mirando” pensó.

Pero ese pensamiento, lejos de perturbarle le excitó todavía más. Frente a él tenía el culo de su mujer, ciertamente no tan firme como el de su hija, pero un culo al fin y al cabo, un trasero maduro a su disposición.

Se puso tras ella, pasó dos dedos sobre el coño para comprobar que estaba húmedo y se la metió.

La embistió tres veces con brío haciéndola gritar.

A la cuarta sacó el pene y eyaculó llenando se semen los globos de su esposa.

Luego se dio la vuelta. Su hija estaba allí, mirando.

No le importó. Era mayor de edad, seguro que ya se había acostado con algún chico de la universidad. Y si no bueno, lo haría pronto.

Manuela se incorporó. Tenía la cara colorada.

—Bueno. Seguimos. Si alguien quiere orinar este es el momento.

Manuela se adentró un poco en los matorrales y poniéndose de cuclillas se subió el vestido y se bajó las bragas. De uno de los agujeros de su trasero salió aire silbando como si una colchoneta se estuviera deshinchando, del otro salió un chorro de pis.

Antonio apuntó a un matorral cercano y orinó.

Clara se quedó pensativa, mirando a la carretera. Ella ya había orinado antes, su trasero picaba. Distraída, deslizó la mano bajo sus bragas, encontró su sexo y se frotó.

El resto del viaje transcurrió en silencio.

El único que hablaba era el culo de la hija, protestando.

Los demás estaban demasiado ocupados digiriendo la escena. Algo les decía que aquello solo había sido el principio y que el verano, aquel verano, iba a ser diferente.

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