Pasivo de mi suegro

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T. Lectura: 12 min.

Picamos la flor y subimos un poco el volumen de la música. Recién es la segunda vez que Mili y yo nos volvemos a ver y el ambiente es increíblemente mejor de lo que yo esperaba. Mientras sus dedos finos y pálidos enrollan la seda transparente, cuenta cosas de su día a día con una sonrisa tan iluminada y bella, que me hace dudar de la misma realidad que percibo. Sus ojos me buscan y su sonrisa contagia, mientras el humo nos tumba en la cama mirando el inmenso techo blanco de la diminuta habitación.

Aún no hablamos del tema, solo nos dejamos llevar por el impulso del amor manifestándose en un abrazo largo y constrictivo. Hoy es un poco diferente al encuentro de ayer, más normal, y necesario. Ya no hay cataratas de emociones, sentimientos y necesidades que guían los actos como un reflejo salvaje.

—¿Qué vamos a hacer Mili? Le pregunto mientras inspiro narcótico.

—Yo estoy muy segura de lo que quiero ¿Vos?

—¿Querés que volvamos a intentar? Pregunto y paso.

—Si, pero quiero saber que querés vos. El fuego quema su sexo y mi voluntad se diluye entre la fragancia femenina que viste su cuello y sus muñecas.

—Te amo, te deseo, te quiero a vos. Ella me mira, calla y goza.

El timbre interrumpe la intimidad, Mili camina rápido para abrir la puerta, al volver yo estoy apoyado en un mueble, intentando mirar por la ventana hacia afuera.

—Era el correo, se equivocaron de dirección. Me dice y apoya su mano en mi cola y después me da un chirlo. Lo inesperado de la acción me hace dar un saltito que a ella le causa risa.

—¿De verdad querés estar conmigo? La entonación es dulce pero determinante.

—Te juro que sí.

—¿Estuviste con otros hombres? Me pregunta mientras sus ojos siguen como rayos láser mis pupilas. Estudia cada gesto con una minuciosa frialdad que no se molesta en disimular. Yo titubeo unos segundos mientras evito mirarla.

—¿Aparte de…?

—Si. Responde rápido anticipándome la pregunta.

—No, solo fue con él.

Entre besos ella se acuesta en el colchón y me pide que ponga mi pito frío y flácido en su boca tibia y tierna. Realmente su lengua es el placer en movimientos perfectos, instintivos o muy delicadamente aprendidos. Busca relajarme y lo consigue. De repente me desnuda y me hace acostar en la cama. Yo obedezco, ella abre el cajón de la cómoda y saca un tarrito de lubricante y guantes de látex.

—Ponete en cuatro al borde de la cama.

Me indica dando golpecitos en la parte exacta del colchón en donde quiere que yo coloque las rodillas. Su lengua ignora mi pene y busca directo mi culo. Lubrica el guante en su mano y comienza a introducir de a uno los dedos. Uno seguido del otro, a diferencia de lo que siempre hace, que es ir muy despacio, hoy se apresura por meter todo lo que puede lo más rápido posible. Después de unos minutos de intentar, e intentar, ella logra lo que busca. Yo contengo el grito de dolor, ella sigue empujando y girando sus nudillos en mí. Saca la mano, lubrica y vuelve a forzar. Lo hace tantas veces que al final le funciona.

Logra pasar su mano completa por el umbral de mi culo; aprieta su puño dentro y lo gira. Lo retira, vuelve a forzar la entrada y lo vuelve a lograr, cada vez con más facilidad. Después de las primeras veces ya no hay resistencia ni dolor, solo el placer de sentir sus manos en mi próstata. Ella repite tantas veces la acción de meter y retirar el puño, que mi culo ya no cierra. Mantiene la dilatación por tantos segundos que puedo sentir como el músculo lucha por forzar el cierre, pero no puede.

—Uff bebé, no puedo creer que seas tan hermoso. Me dice mientras saca los guantes de látex y se masturba frotando su clítoris mientras yo aún en cuatro patas con la espalda arqueada, exhibo el fruto de su esfuerzo con marcada condescendencia para que ella pudiera observar y gozar.

Cuando ella terminó nos acostamos y nos tapamos.

—¿Por qué cambiaste tanto? Hasta hace dos semanas te daba asco y ahora me aceptas, no lo entiendo. Le pregunto para calmar mi ansiedad.

—Hace unos días hablé primero con mamá y después con mi papá y entendí muchas cosas. Cosas que por ahí a mi vieja no se las creí cuando me las dijo.

—¿Puedo saber?

—Me dijo que cuando pasó eso, mi papá hacía mucho tiempo no tenía intimidad con una mujer por lo mal que estaban las cosas con su pareja y que el alcohol sumado a la necesidad lleva a hacer locuras. También me dijo: “Vos sabes muy bien como es de bravo tu padre, no te pongas mal por eso”.

—¿¡Evelin lo sabe!? Pregunto lleno de vergüenza y remordimiento.

—Si, al parecer mi papá filmó un video cuando te lo estaba haciendo y su pareja Claudia, lo encontró unas semanas después. En ese momento Claudia llamó a mi mamá, y le contó lo que había encontrado, pero mamá le dijo lo mismo que a mí y la cosa no pasó a mayores.

—¿Cómo te enteraste? Le pregunto.

—Hace unos días papá se separó “definitivamente” de Claudia y ella me mandó el video y me dijo de cuando era. En ese momento casi me muero de un infarto. Me dio un ataque de ansiedad que no podía creer lo que veía. Después hable primero con mamá y después con mi papá quién me dijo que vos no tenías la culpa de lo que pasó.

—Te cuento así sacas tus conclusiones. Le cuento lo sucedido:

Llegamos a la isla el viernes por la tarde en una lancha que manejaba Ramón, el dueño de las cabañas. El lugar era chico, aunque todos le llamábamos isla, en verdad era solo un islote a unos veinte minutos desde el pueblo. Había cinco cabañas en total, todas de un solo dormitorio, living comedor, un baño chiquito y un asador por cabaña; aparte de las dos lanchas a punto para navegar o pescar. La idea de ese fin de semana era festejar el cumpleaños de tu viejo con Gera, sus dos hijos y su yerno. Ocuparíamos tres cabañas para dormir y hacer campamento mientras que sábado pescaríamos en lancha río adentro y el domingo comeríamos el asado por los cincuenta años de tu papá, con su mejor amigo y su familia, un fin de semana entre varones.

Ramón nos dejó en la orilla y se despidió. Pasaríamos la noche solos en una cabaña y el sábado por la mañana llegarían Gera y los chicos desde Córdoba. Después de vaciar los bolsos nos pusimos ropa cómoda porque hacía calor. Para cenar teníamos dos pizzas que tuvimos la intención de cocinar en el horno a gas de la cocina, pero estando rodeados de leña decidimos prender fuego para hacerlas a las brasas. Tu papá seleccionó primero las ramas finitas para iniciar el fuego y las puso sobre unas bolas hechas con hojas de diario, solo después de arder bien la llama puso la rama gruesa con cuidado, manejándola con sus manos de varón; de allí saldría el carbón con el que cocinaríamos las pizzas.

Hablamos cosas sin importancia, mientras él se encargaba del fuego yo miraba. Ambos teníamos latas de cerveza en la mano y la música sonaba fuerte bajo la tímida lamparita que alumbraba la noche rodeada de agua en el islote. Comimos muy relajados mientras las latas de cerveza se vaciaban. Tomamos un pack de seis y abrimos el segundo. No sé cómo hacía, pero tu papá estaba tan fresco como si solo hubiera sorbido un trago de sidra, mientras que yo al hablar arrastraba un poco las palabras y mis movimientos empezaban a ser toscos y sin cuidado como si tuviese vodka en vez de sangre. En un punto de la noche, tu viejo llamó a Gera.

—Le voy a decir que traiga un pack de latas de cerveza porque ya nos estamos terminando todo. Y llamó. —¿Eh? ¡No me digas viejo, la puta madre! Bueno, bueno Gera, vos no te hagas problema amigo, gracias a Dios que no fue nada. Cuidate viejo, dale saludos a la familia nos vemos.

Al colgar el teléfono le pregunté que onda y me dijo que Mauri, su hijo más grande tuvo un accidente en moto por la tarde; había chocado con un auto cuando llevaba a su novia al club. Mauri tenía una pierna fracturada y su novia estaba internada en observación sin riesgos aparentes, pero como había sufrido un leve golpe contra el piso decidieron prevenir complicaciones y dejarla la noche del viernes en internación. Gera y los chicos obviamente no viajarían. Tu viejo inmediatamente llamó a tu vieja y le contó, porque a pesar de que ya hacía años que se habían separado, Gera y su familia eran amigos de ambos.

Como sabíamos que a pesar de la fractura en una pierna, el choque solo fue un susto grande. Decidimos relajarnos y terminar de tomar toda la cerveza que quedaba. A esa altura ya ni siquiera íbamos a orinar al baño, meábamos al lado del parrillero sin descaro, ahí pude notar que tu viejo para orinar se levantaba un poco el pantalón corto desde una de las piernas en vez de bajarse el elástico de la cintura como yo hacía. Si bien su short apenas llegaba a la mitad del regazo cuando se sentaba, ese gesto me llamó mucho la atención. El calor era húmedo y la noche estaba despejada y tranquila. Tu viejo solo tenía una malla de pileta cortita que casi era un bóxer, pero yo estaba vestido aún con remera y pantalones que pasaban las rodillas.

—Sacate un poco de ropa ¿no tenés calor? Si fuera por mí, yo andaría en pelotas. Me dijo en broma, yo me reí y me saque la remera porque en realidad ya había pensado en hacerlo pero no sé, me daba vergüenza, quizás era porque mi cuerpo delgado y de piel blanca me hacía sentir diminuto al lado del cuerpo grande y bronceado de un hombre acostumbrado a la vida rústica como es tu viejo.

—¿Vos tenés bóxer debajo de la malla? Le pregunté como para hablar de algo. Él se bajó con los dedos de una mano el elástico de su pantalón, mostrando la piel desnuda de su pierna.

—Nahh, con estos calores no me gusta andar con mucha ropa ¿Vos?

Yo le conteste riendo que sí tenía y le mostré bajando un poco de mi pantalón y dejando a la vista la ropa interior. Él rio y volvimos a tomar cerveza. Pero no pude contener mi impulso y volví mis ojos a su pantalón, al bulto exagerado entre la tela, sus piernas y el pubis. Quise ser disimulado pero al levantar la mirada y ver sus ojos, noté su mirada fija en mí. Me ruboricé al instante y traté de ocultar la vergüenza; pero no pude. Él no dijo nada, solo se levantó de la reposera y fue a orinar a un árbol cerca de donde estábamos. Lo hizo de espaldas pero pude entender que al terminar, se miraba y acomodaba su pantalón, tratando de acomodar una erección. Antes de volver hacia mí entró a la cabaña y salió con un champagne y dos copas.

—No hay más cerveza. Dijo —¿Lo liquidamos? Yo ya no podía hablar muy fluidamente por lo que solo asentí con la cabeza. Descorcho la botella del agujero del pico empezó a salir espuma blanca que se derramaba al piso y entre sus manos. Agarró mi nuca y llevó el pico hacia mi boca intentando que tragara la espuma que salía.

—Guarda los dientes, te podes lastimar con el vidrio. Me dijo mientras con una mano controlaba mi cabeza y por la otra sujetaba el pico de la botella que apoyaba sobre mis labios. La espuma salía de mi boca y caía al piso. Tu viejo sirvió las copas y nos sentamos en silencio. Siguieron pasando los minutos mientras escuchábamos música. Era temprano pero yo no tenía seguimiento de las horas. Apenas tomaba champagne de a sorbitos, reclinado en la reposera secándome la transpiración de la cara con mi remera. Tu viejo suspiro una risa y yo le pregunté por qué reía. El señaló mis pantalones de nylon y me dijo que debían ser muy calurosos. Yo le respondí que sí, pero que no importaba. Él volvió a reír.

—¿Te jode si me lo saco? Le pregunté mientras me lo sacaba.

—Pero no tato, con el calor que hace ¿Te jode si yo me quedo en pelotas? Total estamos entre varones. Me preguntó.

Yo hice cara de que me daba igual y él entró a la casa a buscar un toallón que puso sobre la reposera para luego sentarse encima, y luego se desnudó. Yo ya no tenía reparo en mirar y ya no me importaba nada lo que él pudiera decir. Me sentí diminuto porque mis genitales modestos apenas marcaban la tela del bóxer que yo vestía; mientras que los suyos eran gigantes, las bolas colgaban juntas pero hinchadas llamativas por estar sin vello. Su pija era enorme y ahí entendí por qué solo levantaba una manga del short para orinar. Hay pijas que en estado de reposo son pequeñas y tiernas, pero la de tu papi es muy grande aun estando dormida.

Yo copié su idea y fui a buscar adentro una toalla para poner sobre la reposera para evitar la molestias de las incómodas cintas de nylon, y al volver tu viejo estaba acomodando algo, por un momento ambos quedamos de pie, uno al lado del otro. Nos sentamos y hablamos de la vida. Preguntó por nuestra relación, si pensábamos en darles nietos, cosas que uno habla después de tanto alcohol en sangre. Tu papi casi se estaba separando de Claudia, su novia, y creo que tenía necesidad de soltar algo. En un momento me preguntó si yo te molestaba mucho para tener sexo o si vos eras buscona pero le dije que no éramos tan sexuales y que a los sumo lo hacíamos dos veces por semana. Él hizo una mueca que no me quiso explicar.

—¿Vos la pones todos los días? Le pregunté sin vueltas.

—Últimamente no yerno, hasta me estuve pajeando para salir del paso. Lo dice en broma pero de verdad. No pude evitar mirar sus genitales. Entre muchas cosas hablamos de experiencias pasadas, me contó cosas de su relación con tu mami, me dijo que era la mejor chupadora de pija que tuvo y de las pocas que aguantaba su miembro en el culo, hasta me dijo que la primera vez que tuvieron sexo anal porque fue porque no tenían preservativos y que como fue en una ocasión parecida a esta, al aire libre, el lubricante que usaron fue aceite de cocina. Ambos nos reímos y bromeamos al respecto, me excitó un poco lo que me contaba.

—Me imagino que no todas lo aguantan por atrás. Le dije para seguir la conversación.

—No, para nada. Respondió. —Pasa que con la mamá de Mili nos pusimos de novios desde muy jovencitos y eso que te cuento fue casi en las primeras citas; una vez que se dejaron ya después les cuesta cada vez menos. Mientras reía y tomaba champagne, también me preguntó qué tal lo hacías vos y le dije que bien; después me preguntó si vos me chupabas el culo y le respondí que sí, me pregunto también si metías dedos y yo respondí que solo uno. Él preguntó hasta dónde lo metías y yo le dije que hasta el fondo. Hubo silencio por un momento, nos quedamos quietos pero el palpitar de su pija excitada me llamaba la atención. Había una erección.

Me saque el bóxer delante suyo y mientras me miraba le dije que me iba a dormir y que si él quería subir que lleve aceite. Lo dije en broma pero lo dije. Entré a la casa como pude porque todo me daba vueltas alrededor, encontré la cama y me tiré. Al ratito entró él y se acostó a mi lado. Ambos desnudos. Con una mano acarició mis caderas, yo no me moví. Después con sus manos firmes sobre mi cintura me acercó a él con su fuerza bruta y yo me dejé. Besó mi cuello y untó aceite que trajo de la despensa y con su mano derecha lubricó mi culo y su pija dura. Metió con suavidad la falange de un dedo mientras con la otra mano me acariciaba el pecho. Siguió metiendo y revolviendo el dedo mientras me hablaba al oído.

—¿Te gusta un dedito en la colita? Yo asentí. Metió otro dedo, ambos hasta que ya no hubo más nada que meter.

—¿Y dos deditos? Yo gemí fuerte cuando tocaba mi próstata. Siguió algunos minutos jugando con sus manos en mi cola sacando y metiendo mientras los dedos giraban y las puntas de ambos se acercaban y alejaban entre ellas estirando todo el tejido alrededor. Sacó su mano y volvió a pajearse con aceite para lubricar.

—Va a doler un poquito, no tengas miedo que no va a pasar nada, el dolor se va enseguida. Su pija apoyada entre mis nalgas se acercó a mi culo y empujo con el deseo de quién bebe agua en el desierto. Él no mentía, apenas la carne entraba en mi cuerpo un dolor agudo y nunca antes sentido por mí me hizo querer zafar de sus brazos fuertes y decididos.

—Shhh tranquilo, relaja la cola que ya va entrando. Me decía al oído en voz baja como si alguien de afuera pudiese escuchar lo que decía, mientras con una mano tapaba mi boca y con las otras envolvía mis brazos. Poco a poco su pene avanzaba dentro de mí, sentí cada milímetro de su cuerpo desgarrando el mío, gimiendo él de placer y yo de dolor.

—Uff que apretadito. Me dijo apretando tan fuerte mi torso con sus brazos que pensé que me partiría al medio. Cuando yo dejé de gritar, él sacó su mano de mi boca y comenzó a hacerme caricias en la cabeza y en la cara.

—Shhh tranqui. Continuaba diciendo mientras yo colaboraba arqueando mi cintura para facilitarle a él su trabajo. En un momento sentí que ya no podía entrar más, un tope natural ponía límites físicos al deseo de profundidad de tu papi. Al sentirlo yo grité y él volvió a empujar y yo volví a gritar. Sacó toda su enorme pija de un solo tirón y la volvió a lubricar con un poquito de aceite. Sentí que me desmayaba por lo súbito del movimiento y por un momento tenía la duda de haberme defecado encima. La segunda penetración dolió más que la primera, porque el músculo distendido permitió una penetración profunda de un solo empujón.

Hasta que volvió al tope de mi culo, y empujó muy fuerte, sentí el choque eléctrico del paso de su glande acomodándose a la fuerza en la entrada del colon, y al rozar su pelvis con mis nalgas clavé sin medir la fuerza, mis uñas entre la piel de sus piernas. Grité tan fuerte como pude y él volvió a tapar mi boca con su mano. Mi respiración era agitada y mi corazón palpitaba rápido. Entregué mi cuerpo vencido por el alcohol al placer desbordante de tu viejo, y aunque al principio fue muy doloroso a los pocos minutos empecé a disfrutar y a gemir de placer. Esa vez duró muy poco.

Apenas algunos bombazos y él gritó con rabia y la velocidad de sus caderas pasó de diez a cien en un segundo, yo volví a gritar por el dolor de tener su pija tan gruesa como tres de mis dedos y tan larga como rollo de servilletas de papel entrando y saliendo tan rápido de un culo virgen. Luego sentí su último bombeo y su pija explotando en lo profundo de mí . Ambos dormimos.

Incomprensiblemente para mí, la cara de Mili es de una especie de felicidad y alivio. Yo interpreto placer en ver a su papi como un macho cogedor, y no como un putito cogido como yo. Su imagen paterna aún sobrevive intacta a pesar de todo.

—¿Cómo que “esa vez duró poco”? ¿Hubo otras veces? Preguntó demostrando ser muy viva.

—Si. Le respondí yo —Al despertar el sábado a la mañana, aún mareado por el alcohol, sentí un chirlo en la cola y luego su mano agarrando una nalga y sacudiéndola con fuerza para que todo mi culo rebote. Yo le pedí por favor que no hiciera eso y cuando él preguntó por qué, yo le respondí:

—Porque siento que se me sale. Tu papá se volvió a poner pegado a mi espalda.

—¿Qué cosa se te sale? Me preguntó susurrando al oído.

—Lo que vos me dejaste anoche. Le respondí con mucha vergüenza.

—¿Leche?

Él volvió a cogerme. Pero esta vez aunque todavía me dolía el culo por lo de la noche anterior, tu papá se concentró en gozar cada minuto, y en el acto también darme placer a mí. En el momento que la punta de su pija rozó mi próstata yo me exalté, mi piel se erizó y tuve el acto reflejo de llevar su mano hacia mi boca y jugar con mis labios sobre sus dedos en un suspiro largo y sostenido de voz aguda al sentirme abrir tan fácil. Tu papi entendió a la perfección. Se acostó boca arriba y me sentó sobre su erección para obligarme a tenerla toda dentro. Pero igualmente se concentró en rozar su carne dura, larga y gruesa en mi próstata sin pausas.

Minutos tras minutos de penetración profunda, lenta pero en constante movimiento hacia atrás y adelante. Moviendo las caderas, frotando piel con piel. Mi pito estaba erecto y tuve la sensación de orinarme encima. Pedí que parase, se lo pedí por favor pero él no hacía caso, al contrario, fue cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Yo cabalgaba moviendo el culo sobre su cuerpo, dándole la espalda a su cara, él con un brazo sujetaba mi pecho y el otro asfixiaba mi cuello.

Me dejé llevar y aflojé por completo mi cuerpo, mi única parte rígida era mi pito erecto que subía y bajaba al ritmo de la penetración, y de repente una especie de fuego empezó a crecer desde la punta de mi pene y fue bajando por el tronco, lenta pero masivamente hacia mi cuerpo hasta llegar a lo mas profundo, el encuentro interno entre mi punto G y su pija que golpeaba, rozaba y deslizaba lubricada y buscando estallar. Acabé sin tocar mi pene y un chorro se semen salió expulsado, manchando las sábanas mientras tu viejo aún bombeaba duro.

Después de eso puso una almohada bajo mi pecho la cual me hizo abrazar para quedar arrodillado, con las piernas separaditas y con el pecho sobre la almohada que yo abrazaba con fuerza, y quedé con el culo paradito, a su completa disposición para su goce. En ese momento ya completamente abierto y relajado me puse a prestar atención en su placer, como tu papi gozaba de mi culo en cada estocada.

Analizaba las reacciones involuntarias de mis actos reflejo al tocar una u otra parte de las paredes de mi recto o a la entrada del colon, donde más hacía cambiar las muecas de mi rostro. Comprendí que tu papá no es gay, sino un morbo del sexo anal. Tu viejo gemía y disfrutaba ver como la pija entraba y salía toda por completo, dejando una dilatación que cada vez tardaba más tiempo en cerrar.

—Ufff hijo de puta, que hermoso culo abierto que tenés. Hablaba mientras me lo hacía. Hasta que vio a Ramón por la ventana de la habitación, acercándose en lancha a todo motor por el río y apuró su ritmo para acabarme dentro por segunda vez.

Mili me miraba en silencio…

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