Fue así como nos poseímos.
Era martes, eso no lo puedo olvidar; otro ruidoso y molesto martes de mercadillo. Pero a aquella hora tan temprana las calles estaban casi desiertas y la plaza va vacía ya por completo. Salí de la ducha con el cabello chorreante y secándome la cabeza me acerqué a la ventana de la sala. Miré distraídamente hacia la calle y allí estaba ella. Cubierto su cabello marrón por una gorra y con su habitual uniforme de trabajo. El capazo a unos pocos metros, mientras recortaba el seto del jardín público.
Me quedé observando mientras me frotaba el cabello. Algo de ella me resultó atrayente; su forma suave de sujetar las grandes tijeras o cómo se doblaban las ramas a su paso, o su forma de doblar la espalda; quizá la apariencia de alas de mariposa de sus brazos al abrir y cerrar la tenaza brillante que peinaba la fronda. Y como si percibiera mi presencia en lo alto mirando se giró. Nuestras miradas se fijaron un momento. El momento se dilató y el mundo se eclipsó. Ni pensé en cubrir mi desnudez. Algo se hizo familiar e íntimo en el encuentro de nuestras miradas. Tenía razón Quevedo, sólo lo fugaz permanece y dura.
No nos saludamos. Mudas estatuas de una hipnosis paralela, bastaba con aquella penetración mutua de nuestros ojos. La magia de un instante fue una fusión más allá de lo físico. Éramos dos seres hermanados en un lapso, en un planeta deshabitado; sin nombre, sin edad, sin género, sin pasado ni otro futuro que el presente continuo y paralizado del instante.
Volví al baño. Pasados unos minutos, muchos. El timbre del teléfono de la portería sonó una sola vez. No era un sonámbulo, sino un ser que había adquirido consciencia de sí, de lo que importaba, de lo que quería, de mí mismo; y también de ella.
Abrí.
Desvestido, abrí.
Subió por la escalera. Y yo esperaba en el umbral, reposado y tranquilo. El Cosmos entero era el ámbito de nuestro encuentro. No había extrañeza; era como un hecho natural y repetido que, si nunca había tenido lugar, era porque sencillamente el tiempo había estado esperando el momento.
Se acercó y de nuevo la mirada de una era la mirada del otro. Nos conocíamos en nuestra desconocida existencia previa. Entrañable reintroducción a nuestra vida común que quizá en un sueño, en una fantasía nocturna, en un poema, en un libro, en una escena romántica ya existía y latía suavemente.
La abracé y pasamos dentro.
Cerré la puerta y nos besamos con un beso dulce y apasionado. La fui desvistiendo y fuimos a la habitación. Acaricié todo su cuerpo desnudo, posando mis besos en cada centímetro de su piel y disfrutando de los estímulos que se desataban para los dos. Nos acostamos. Nuestros labios eran inseparables; se tocaban, se abrían, se deleitaban con la humedad de nuestras lenguas en un juego de caricias internas.
La lascivia era serena, paso a paso. Los abrazos continuaban en caricias exploratorias de las formas de nuestro cuerpo. Los hombros, los pezones, la redondez del pecho, las colinas del vientre, el cráter de los ombligos, las curvas de los glúteos, el vergel del vello púbico, las aberturas sinuosas, nuestras cavidades que desconocían la separación individual. Nos sumergimos en una composición inversa. Mi cabeza hacia el amor de su vientre; la de ella perdida entre mis muslos subía y bajaba rítmicamente.
Mi sexo había dejado de ser una propiedad mía; mi boca estaba fusionada con los labios verticales abiertos cálidos y húmedos. El néctar de la pasión era paladeado y saboreado con deleite. Éramos un sólo ser en una doble posesión. Una divinidad. Una unidad de placer que se debería en un manantial salino, ardiente y espasmódico. Con los ojos cerrados nos dejamos ir, vertiéndonos al unísono, simultáneos. Un solo jadeo, un único gemido, una sola respiración, un solo gesto a la vez: tomándonos por la cuádruple esfericidad opuesta.
Luego, recomenzamos. Abrazos, besos, caricias desparramadas, besos que no conocían las fronteras de los cuerpos, ni separación de los placeres. Las yemas de nuestros dedos abrían con delicadeza los orificios de nuestra lujuria ya desatada. Nos penetramos con las lenguas y exploramos el doble placer sin límite. Al final, la penetración por detrás hizo que de nuevo el torrente de placer fuera simultáneo, recíproco.
Fuera el día devino en lluvioso y la calle estaba silenciosa, como nuestros cuerpos saciados y exhaustos.
Ella habló: “En dos meses me jubilo”.
“A mí, nada me retiene; estoy en paro. Seré pensionista en abril”, respondí.
“Tengo una casa en Galicia”, dijo mientras seguíamos unidos por las manos.
“Galicia me parece bien”, respondí.
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