Regresando del trabajo a casa, cerré la puerta del ascensor y enfrenté la de mi departamento para abrirla cuando escucho una voz que proviene de la escalera.
-“Hola don Rafa”.
Al mirar en dirección al origen del sonido veo, en la mitad del tramo que sube, a mi preciosa vecina, la joven Eugenia.
-“¿Hola chiquita, de nuevo sin las llaves?”
-“Es uno de mis deportes preferidos y, en parte, para hacerle la contra a mi padre que, cuando cumplí 18 hizo una ceremonia de entrega de la llave de casa”.
-“Querés esperar a tus padres en mi departamento”.
-“En unos minutos deberían llegar, sí te agradecería que me permitas usar el baño, me estoy haciendo pis, pero vos quédate acá por si llegan y les avisás”.
Abrí y ella pasó caminando rápido, para regresar un ratito después con cara de alivio y sentarse en el mismo escalón de antes, tres más arriba del que yo ocupé mientras la esperaba, por lo cual su falda quedó levantada permitiéndome ver su bombachita de color claro en medio de los muslos levemente separados.
-“Esta vista merece una foto para integrar los bienes preciados que guardo en la caja fuerte”.
Y uniendo la acción a lo dicho hice la toma con el celular sin mostrar la cara. Me animé a hacerlo porque nos teníamos confianza después que una noche, ya tarde, en que un molesto dolor de cabeza me hizo salir a buscar algún analgésico y darme de golpe con ella que, sentada en la escalera, tenía en su mano el miembro el novio mientras éste, de espaldas a mí la besaba y acariciaba su conchita por encima de la bombacha. Al regresar de la farmacia me esperaba ella sola para pedirme reserva sobre lo visto a lo cual me comprometí; ese fue el ambiente en que desarrolló una relación poco común entre una jovencita y un maduro que peina canas.
-“Mostrame, quiero ver qué salió”.
-“Mirá, salió muy nítida a pesar de no haber usado flash, y no hay forma de relacionarla con vos”.
-“Y qué pensás hacer con ella”.
-“De vez en cuando darme el placer de mirarla, sobre todo cuando me sienta solo”.
-“Y te vas a masturbar mirándola?”
-“Si las ganas aprietan y no tengo posibilidades de compañía, podría ser”.
-“Entonces no quiero que la tengas”.
-“Como vos digas, tomá el aparato y borrala así tenés la seguridad de que ha desaparecido”.
-“¿Te molesta?”
-“De ninguna manera, seguro que hubiera querido conservarla, pero nunca contra tu voluntad”.
Poco tiempo después se repitió el suceso, yo llegando a la medianoche, la parejita sentada uno al lado del otro besándose apasionadamente mientras se pajeaban mutuamente; tan concentrados estaban que ni cuenta se dieron de mi silenciosa entrada. Un rato más tarde sentí sed mientras leía en la cama, me levanté y al llegar a la cocina comedor, cercana a la entrada, escuché nítidamente, en el silencio imperante, la voz airada de mi vecinita.
-“Andate hijo de puta, no te quiero ver más”.
Luego se oyeron pasos que bajaban la escalera y el llanto de ella; ante eso me asomé y al verla que se tapaba la cara con las manos quejándose, salí y me senté a su lado en el mismo escalón.
-“Quisiera ayudarte y en principio no conviene que sigas aquí, vení conmigo, adentro vas a estar más cómoda y sin que te vea alguien a quien tengas que dar explicaciones”.
La ayudé a levantarse y caminando tomada de mi brazo, mostrando incomodidad en el andar, entramos; al invitarla a sentarse en el sillón grande lo hizo de costado y con cara de dolor.
-“Me encantaría contribuir a tu bienestar, pero no sé cómo, para poder hacerlo debieras contarme qué te pasa”.
-“Me da mucha vergüenza”.
-“Hagamos algo para disminuir ese lógico pudor, me arrodillo frente a vos y, apoyando tu cabeza en mi hombro me lo decís al oído, así no te puedo mirar”.
Moviéndose con cuidado para no apoyar totalmente las nalgas se ubicó como le había sugerido.
-“Estaba con mi novio en la escalera besándonos mientras nos tocábamos y me dejé convencer de sentarme en sus faldas dándole la espalda; me dijo que quería pasar su pene a lo largo de mi conchita, pero sin meterla, y así gozaríamos los dos sin peligro”.
-“Sin duda una propuesta tentadora, ¿lo hiciste?”
-“Sí, pero haciéndole prometer que no intentaría quitarme la virginidad; la verdad es que ese roce me resultó delicioso, mucho más rico que cuando me acaricia con la mano, y empezamos a movernos cada vez más hasta que me fui muy adelante y el ano quedó en la punta de su miembro, ahí empujó y me penetro un poco provocándome un dolor tremendo, por eso grité y lo eché. El otro problema es que no puedo llegar así a casa, mi mamá se daría cuenta y tendría un flor de reto, pero si es mi papá directamente me mata”.
-“Bueno, ahora sí sé que hacer en tu ayuda, primero te voy a dar un analgésico potente y de acción rápida, y luego te puedo aplicar una crema anestésica, con ambas cosas debieras sentir alivio; ¿a qué hora tenés que estar de regreso?”
-“Dentro de treinta minutos”.
-“Creo que es tiempo suficiente para que ambas cosas hagan efecto y puedas caminar sin que se note algo fuera de lo normal; ya tomaste la pastilla, ahora ¿hacemos lo de la crema?”
-“Por favor, me da mucha vergüenza mostrarte esa parte”.
-“Hacé de cuenta que soy un enfermero que está poniéndote una inyección, además nadie se va a enterar de esto”.
-“¿Lo hacemos acá?”
-“Sí, acostate boca abajo con este almohadón en la pelvis para que las nalgas queden levantadas, te voy a bajar la bombacha hasta medio muslo y, como no puedo ver tus gestos para detectar cualquier incomodidad, poné tu mano cerca de mi pierna, y ante la menor molestia, simplemente me tocas y paro”.
Dejar esas nalgas a la vista fue una tarea exquisita, por un lado, pero por otro fue vergonzoso que me temblaran las manos como si fuera un adolescente en su primera cita, esos globos medianos acorde a su delgadez, tersos, suaves, lozanos y, según mi mente, deliciosos.
-“Ahora voy a separar las nalgas para ver bien; externamente no se aprecia lastimadura, pero este precioso agujerito seguro que está muy sensible así que hay que tratarlo con suma delicadeza; voy a poner un poquito de crema y luego, con la yema del dedo, trataré de que penetre en la piel sin apretar”.
Con la mano temblando hice la aplicación y en el trascurso logré serenarme un poco, por lo cual con mínima presión esparcía en ese círculo que tenía como centro las estrías convergentes de ese anito apenas forzado. Dos o tres minutos fueron suficientes para sentir alguna mejoría.
-“Ya casi no me duele”.
-“Cuanto me alegro, creo que para lograr un efecto mejor convendría que la crema ingresara un poquito; tengo esta cánula de tres centímetros pero probablemente el recuerdo del brusco ingreso anterior te lleve a contraer el esfínter, si vos lográs relajar esa zona yo con dos dedos trato de que se abra apenitas y ahí, sin tocarte, suelto desde arriba dos gotitas del gel que, por simple gravedad, van a entrar; al retirar los dedos se cerrará solo y frotando afuera igual que antes se distribuirá”.
Así lo hicimos, mi dedo disfrutando esa caricia impensada y mi pija encerrada con una dureza granítica. En seguida hicimos la prueba de sentarse bien y moverse.
-“Gracias, Rafa, sos un amor, ya no siento nada”.
-“Ese gel es anestésico, querés llevarlo por si más tarde sentís molestia?”
-“¡No! si lo ve mamá sería como anunciarle que tengo el culo roto. Mañana, cuando mis padres se vayan a trabajar, vengo de nuevo”.
-“No hay problema, mañana y pasado no trabajo así que vení a la hora que quieras”.
A media mañana apareció vistiendo un short ajustado.
-“Hola Rafa, vengo a repetir el tratamiento”.
-“Contame cómo pasaste la noche”.
-“Bien, recién cuando empezaba a amanecer sentí alguna molestia, pero nada fuerte”.
-“Te cuento, estuve mirando en internet para saber algo más; el esfínter que está al lado del ano es un músculo cilíndrico que envuelve esa parte del intestino y lo cierra muy fuerte, pero con un poco de ejercicio algo se lo puede manejar; a voluntad podés contraer o relajar, el dolor que tuviste es porque la introducción fue forzada cuando el músculo estaba contraído, nada grave, mañana estará normal”.
-“¿Dónde lo hacemos?”
-“Donde quieras, quizá la cama te resulte más cómoda, busco el gel”.
Cuando de regreso del baño pasé por el estar, al no verla, pensé que habría elegido la cama cuando escuché su voz viniendo del dormitorio.
-“Ya estoy lista”.
Y ahí fui, iba a cruzar la puerta, pero me tuve que agarrar del marco hasta que pasara el impacto de la sorpresa, la divina flaquita estaba arrodillada en el borde de la cama, la cola parada, sobre los codos y con la frente apoyada en la palma de las manos. Totalmente desnuda de la cintura para abajo los dos orificios, apenas separados, se mostraban distendidos como llamando al privilegiado espectador.
-“Y ahora manos a la obra, avísame si sentís molestia”
Arrimé una silla de manera que mi cara quedaba unos pocos centímetros de ese manjar, con una mano separé bien las nalgas y una vez abierto el ano solté unas gotas del gel, pero esta vez manteniéndolo algo abierto comencé la fricción circular sin ingresar, con la yema del dedo presionaba y volvía atrás. Al ver que no era rechazado seguí igual hasta que dijo.
-“La molestia que persiste es un poco más adentro”.
-“Si te animás, luego de echar más gotas, trato de hacerlas ingresar y distribuir con el dedo meñique que es el más delgado”.
-“Probemos, te aviso si me duele”.
Esa aceptación me supo a gloria, iba a ingresar a un culo maravilloso, propiedad de una joven que lo había relajado tan bien que un suave movimiento de dedos bastó para abrirlo; tres gotas cayeron dentro y les siguió mi meñique presionando y rotando para distribuir el líquido sobre las paredes, entrando ajustado, pero sin oposición. Un «aah» que apenas escuché, junto a un mínimo retroceso, me hicieron parar.
-“Sentís alguna molestia”.
-“No, no me incomoda, es la novedad, esperaba sentir dolor, pero no fue así, es una sensación que no sé explicar, seguí que estoy bien”.
Un minuto más continué la deliciosa tarea que me obligó a acomodar la pija de manera que la erección continuara sin la opresión de la ropa. La duda sobre el origen de lo que pareció una queja se resolvió cuando percibí el brillo del líquido viscoso que bañaba la hendidura de la conchita abierta.
-“Me parece que necesitás una terapia complementaria, ¿me dejás?”
-“En vos tengo confianza, hacé lo que quieras”.
El tono de entrega me certificó lo que pensaba, mi preciosa paciente hervía de calentura, así que, mientras el dedo pequeño se internaba en toda su longitud, abrí la palma para que en sentido opuesto el pulgar se ubicara en medio de los labios entreabiertos e iniciara el recorrido siguiendo el canal. Cinco trayectos fueron suficientes para que quejidos y movimientos de cintura incrementaran su frecuencia en rápida progresión hasta que un rugido, junto a la natural sacudida convulsa, anunciaran el orgasmo. Al quedarse laxa permanecí sentado acariciándole la espalda y tratando de ser una buena compañía que, con ternura, la deja relajarse sin urgencias.
Al día siguiente escuché el timbre y, al abrir la puerta veo a Eugenia, sonriente según su costumbre, vistiendo falda corta y blusa, deliciosa como siempre; extiendo el brazo invitándola a pasar y, al cerrar, corresponder a un abrazo cariñoso, tierno, delicado, aunque no exento de una cierta carga pasional; recién después de un beso en la frente hablé.
-“Una maravilla recibirte en casa preciosa”.
-“Tengo algo que contarte”.
Y tomándome de la mano me llevó al sillón grande sentándose sobre mi falda, pero al través, para pasar su brazo por detrás de mi cuello.
-“Soy todo oídos”.
-“¿Lo vas a mantener en secreto?”
-“Seguro, apenas termines de hablar lo olvido”.
-“Anoche hablé seriamente con mi culito”.
-“Eso sí que es un notición, ¿y a qué se debió la seriedad?”
-“A que lo he notado un tanto goloso, diría que glotón, en palabras vulgares, lo veo muy putito”.
-“¿No será solo una impresión?”
-“No, estoy segura y te lo voy a demostrar; poné un dedo largo en mi anillo sin empujar, ahora sentí con qué facilidad te lo come íntegro, es patente que le gusta y lo peor es que resulta contagioso mi conchita parece seguir ese camino”.
-“Tenés razón mi cielo, el dedo se deslizó bien”.
-“Es que desde aquella noche estoy tomando vaselina líquida, me parece que quiere algo más”.
-“Qué buena noticia, vení vamos a la mesa del comedor, ahí de espaldas y las rodillas a la altura de los hombros vas a relajar mejor el esfínter”.
Teniéndola en esa postura hice unas pasadas del tronco entre los labios vaginales para lubricar bien y comencé el ingreso venciendo la resistencia sin que acusara dolor, aunque sí alguna molestia, hasta que entró íntegra y me quedé quieto acariciando su botón descapuchado. Cuando sus movimientos al encuentro del miembro que la penetraba se incrementaron hizo un pedido lastimero.
-“¡Ahora por la conchita, reventámela a pijazos!”
-“No mi amor, tu pedido es fruto de la calentura, después te vas a arrepentir, después de la corrida hablamos”.
Y un golpe de cadera hizo que mi pija entrara íntegra y comenzara a descargar esperma con tres intensas escupidas y luego lo que fue saliendo por reducción del tejido esponjoso.
Ahí acordamos que su primera vez debía ser fruto de un deseo madurado, no de una explosión y en un momento elegido y bien preparado, sin látex de por medio ni peligro de embarazo; y quedamos para pasado mañana, dos días antes de menstruar; por supuesto dejando bien claro que hasta el último instante podía echarse atrás.
El día pactado, a media mañana, ya con sus padres en el trabajo, vino a casa; el abrazo fue más propio de dos enamorados que de dos urgidos por una buena cogida. Llegados al sillón la hice sentarse sobre mis faldas, hablamos sobre la decisión tomada y sobre lo tranquila que debía estar pues el acople vendría cuando ella expresamente lo pidiera. Evidentemente venía bien dispuesta ya que el vestido liviano, sostenido por dos breteles, parecía ser su única vestimenta.
En esa preparación fue la primera vez que ella, gimiendo de placer ante las caricias, buscó mi boca con la suya, algo maravilloso para mí, pues ese gesto supone un alto grado de entrega. Después la senté en el sillón con las nalgas en el borde y el vestido transformado en un rollo alrededor de la cintura; era el momento de saborear el conejito que, sin haber tenido una visita anterior, iba a recibirme en profundidad. Arrodillado frente a la conchita rosada, de labios pequeños entreabiertos por la postura, pude ver la membrana con el mínimo orificio que yo iba a pulsar con la lengua mientras saboreaba todo el conjunto.
Estaba embelesado frente a esa almejita sin uso cuando una voz interior me habló con autoridad «Estás al borde de comportarte como un adolescente, frená y pensá, porque la relación que vayas a tener en el futuro con esta hermosura estará condicionada, en gran medida, por lo que hagas en los próximos minutos», y ahí me serené.
Mientras besaba sus muslos cerca de los vellos ensortijados decidí que lo mejor era hacerla gozar lo máximo posible antes de mi orgasmo, de manera que el recuerdo de este encuentro fuera unidad de medida para comparar los futuros. Si lograba eso podría tener hembra deliciosa por un buen tiempo, así que en cuestión de segundos hice un escueto programa de estimulación.
-“¿Qué es eso caliente que siento?”
-“Es mi aliento, una pequeña contribución para elevar tu temperatura corporal”.
-“Seguí que me encanta ese aire caliente recorriendo mi conejito”.
-“Cuánto me alegro cielo, ahora, con mejor temperatura es apropiado que saboree esa parte que aún no visitó algún intruso, y lo primero es recorrer el borde de la entrada que mantiene un diámetro pequeño, así mi amor, recorriendo la preciosa circunferencia”.
-“¡Cómo me gusta! Pero es una lengua de mierda, la quiero hacer entrar y se escapa”.
-“Es que impregnar todas las papilas gustativas de la lengua lleva algo de tiempo y cuando complete esa parte pasará a la siguiente”.
Si en este momento se movía buscando el ingreso de la lengua, cuando cerré mis labios alrededor del botoncito, como su fuera un pezón, se inmovilizó, largó un fuerte y ronco quejido y sus manos se cerraron sobre mi nuca tratando de soldarme a su tierna conchita; la crispación corporal, desde la frente hasta los pies con los dedos retraídos, fue la exteriorización del orgasmo que la sacudió antes de quedar como desmayada.
Respeté su recuperación y, cuando abrió los ojos y arrimo sus labios a los míos, reanudé la actividad; ahora venía lo largamente esperado.
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Comprendido, gracias.