Hola otra vez.
Les habla Beatriz.
Esta vez no voy a repetir toda mi descripción porque ya me conocen: 25 años, 1.59, cuerpo de gym, pechos 34B, culo firme y depilada completa. Lo importante es lo que pasó.
Después de lo de Rocío en el viaje, las cosas entre nosotras quedaron en un “cuando se ofrezca”. Pasaron algunas semanas hasta que una noche, mientras Rafa y yo estábamos en la cama, me preguntó directo:
—¿Y Rocío? ¿No la has vuelto a ver?
Le dije la verdad: que sí me generaba curiosidad, pero que no sabía cómo retomarlo sin que se sintiera forzado. Él se quedó callado un momento y después soltó:
—Invítala. Yo me quedo. Solo miro.
La propuesta me prendió más de lo que esperaba.
Al día siguiente le mandé mensaje a Rocío. Fue directa:
“Oye, ¿andas libre este finde? Rafa y yo queremos verte… él solo mira, si te late.”
Contestó en menos de diez minutos:
“Dime hora y lugar.”
Quedamos en nuestra casa el sábado por la noche.
Cuando llegó, venía con un vestido corto negro y el cabello suelto. Se veía igual de segura que la recordaba. Nos saludamos de beso en la mejilla, pero el roce ya era distinto. Rafa le ofreció una copa y se sentó en el sillón de enfrente, como había prometido: solo a mirar.
Las primeras copas fueron de plática normal, pero la tensión estaba ahí. En un momento Rocío me miró de arriba abajo y dijo con una sonrisa:
—Traje algo… por si queríamos ponernos guapas para él.
Saqué de su bolsa que había preparado. Dentro había dos conjuntos de lencería negra: bralette de encaje, tanga mínima y un liguero sencillo. Se los mostré y ella soltó una risa baja.
—Perfecto.
Fuimos las dos al baño mientras Rafa se quedaba en la sala. Nos cambiamos frente al espejo. Rocío se veía increíble: el encaje negro contrastaba con su piel morena y los tatuajes de sus brazos. Yo me puse el otro conjunto. Cuando terminamos, nos quedamos unos segundos mirándonos.
—Listas —dijo ella, y me dio un beso corto pero intenso.
Salimos juntas. Rafa levantó la vista y se le notó el cambio de inmediato. No dijo nada, solo se acomodó mejor en el sillón, con la verga ya marcada en el pantalón.
Rocío no esperó mucho. Me tomó de la cara y me besó frente a él. Fue un beso lento al principio, después más profundo. Sus manos subieron por mi cintura y después bajaron hasta mi culo, apretándolo mientras seguíamos besándonos. Sentir que Rafa nos miraba me tenía empapada.
Ella se separó un poco, me miró y le dijo a Rafa sin dejar de tocarme:
—¿Te gusta cómo se ve tu novia?
Él solo asintió, serio, tocándose por encima del pantalón.
Rocío me hizo recostar en el sillón y se arrodilló entre mis piernas. Me bajó la tanga despacio, dejándola colgando de un tobillo, y después me abrió las piernas mirando a Rafa mientras me empezaba a lamer. Se tomó su tiempo. Lengua lenta, después más rápida, metiendo los dedos cuando ya estaba temblando. Me vine bastante rápido, agarrándola del cabello.
Cuando me solté, ella se subió encima de mí, me besó con la boca mojada y me dijo al oído:
—Ahora te toca a ti.
Nos cambiamos de posición. Me puse entre sus piernas y la comí mientras Rafa nos seguía viendo. Rocío gime distinto cuando está muy prendida: más grave, más directo. Se vino agarrándome la cabeza contra su vagina y apretándome con los muslos.
Después de eso ya no hubo pausa. Nos fuimos a la recámara. Rocío me puso en cuatro sobre la cama y me comió de nuevo desde atrás mientras Rafa se sentaba en la silla que está al lado de la cama, todavía vestido, solo mirando. En un momento ella se separó, me dio una nalgada y le dijo:
—¿Nada más vas a ver o también te la vas a sacar?
Rafa se rio bajito, se bajó el pantalón y se empezó a tocar mientras nos veía. Eso nos prendió más a las dos. Rocío se acostó boca arriba, me subió encima en posición de tribbing y empezamos a frotarnos mientras él se masturbaba viéndonos. Fue intenso. Las dos mojadas, el sonido de nuestros cuerpos, la mirada de Rafa encima… Me vine otra vez y ella poco después.
Al final nos quedamos las tres personas en la habitación, sudadas y calladas un rato. Rocío fue la primera en hablar:
—Esto se puede repetir, ¿verdad?
Rafa y yo nos miramos y los dos asentimos.
Esa noche Rocío se quedó a dormir. No pasó nada más, pero tampoco hacía falta. La segunda vez había sido mejor que la primera… y sabíamos que venía una tercera.
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