Sara y el sexo

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T. Lectura: 11 min.

Presentación.

Me llamo Sara. Tengo 30 años. De ascendencia francesa por parte de mi madre, mido 1,70, peso 54 kilos, soy rubia con mechas claras que me tiño cada dos meses para que se vean naturales. Mis pechos son un 90 natural, firmes, con pezones rosados que se endurecen con facilidad. Cintura estrecha, caderas que se insinúan con cada paso, y estoy completamente depilada, suave como el terciopelo.

Me casé muy joven, a los 22. Él quería hijos; yo solo quería disfrutar. Disfrutar de su polla, de su semen, de las noches largas en las que me montaba a horcajadas y lo apretaba con la concha hasta que se corría dentro. Él no lo entendió. Me dejó por una prima mía, más sumisa, más dispuesta a parir. El día que firmé los papeles de la separación en el juzgado de León sentí un vacío y, al mismo tiempo, una libertad salvaje.

Decidí hacerme experta en el sexo. No mediocre. Experta. Lo primero, lo más importante para mí, fue aprender a hacer las mejores mamadas del puto mundo. Garganta profunda, tragar sin dudar, comer coños como si fueran el manjar más delicioso. Busqué en foros discretos, de esos que no salen en las primeras páginas de Google. Encontré un grupo privado que se reunía en León y alrededores. Quince días intensos. Sin móvil, sin distracciones. Solo boca, lengua, garganta y ganas.

Los quince días.

El primer día quedamos en un chalet discreto en las afueras de León, cerca de la carretera de Astorga. Eran tres hombres y dos mujeres, todos mayores que yo, todos con experiencia. Me recibieron desnuda, como ellos. Me miraron: mis pechos, mi coño depilado, mis labios rosados. Uno de ellos, un tipo de unos cuarenta, alto, con una polla gruesa ya semierecta, se acercó.

—Abre la boca, Sara —dijo.

Me arrodillé en el suelo de madera. Él me agarró del pelo teñido y me empujó hacia su verga. Olor a hombre, a jabón y a deseo. Pasé la lengua por el glande, saboreando la gota que ya brillaba. Luego la engullí. Lenta al principio. Él me enseñó a relajar la garganta, a respirar por la nariz, a tragar el reflejo. Cuando la cabeza rozó el fondo de mi garganta, las lágrimas me saltaron a los ojos, pero no me retiré. Tragaba saliva y su sabor. Él se corrió esa primera tarde directo en mi boca. Me hizo tragar cada gota y mostrar la lengua limpia después. El semen era espeso, salado, y me corrí un poco solo de sentir cómo bajaba por el esófago.

Los días siguientes fueron más intensos. En un piso céntrico cerca de la Catedral practicamos con dos pollas a la vez: una en la boca, otra en la mano, alternando. Me enseñaron a usar la lengua en espiral alrededor del frenillo, a succionar fuerte mientras bajaba hasta que la nariz tocaba el vello púbico. Garganta profunda de verdad: la polla entera, los huevos contra mi barbilla, el aire cortándose un segundo. Escupía saliva espesa por las comisuras; me chorreaba por el pecho y me mojaba los pezones. Cuando se corrían, tragaba. Siempre. Incluso cuando uno de ellos me agarró la cabeza y embistió hasta que las lágrimas me corrían por las mejillas y el semen me salía por la nariz. Me limpié con la lengua y sonreí.

También aprendí a comer coños. Una de las chicas del grupo, una morena de Valladolid que venía los fines de semana, se sentó en mi cara en una habitación del chalet con vistas a los montes. Su coño estaba afeitado también, hinchado, chorreando. Pasé la lengua desde el ano hasta el clítoris, lento, presionando. Chupé sus labios internos, metí la lengua dentro, lamí el clítoris con la punta mientras introducía dos dedos. Ella se retorcía, me agarraba del pelo y se frotaba contra mi boca hasta que se corrió, mojándome la cara entera. Bebí su flujo. Sabía dulce y ácido a la vez. Me hicieron practicar hasta que podía hacerla correrme tres veces seguidas sin parar, tragando todo lo que salía.

Hubo noches en un hotel discreto cerca de San Isidoro. Me vendaron los ojos. Tres pollas a la vez: una en la boca, una en cada mano. Me corrían en la cara, en la lengua, en los pechos. Me pedían que lo lamiera todo, que metiera los dedos en mi propia concha y me saboreara mientras chupaba. Aprendí a controlar la respiración, a no atragantarme aunque me embistieran con fuerza. A tragar sin asco, a pedir más.

Era el decimoquinto día. Amanecía sobre los campos secos de las afueras de León, hacia la zona de Benavente. Nos habían llevado a un pajar abandonado, lejos de cualquier carretera transitada. El olor a paja vieja, a polvo y a sexo ya impregnaba el aire desde la noche anterior. Yo estaba desnuda, arrodillada en el centro, las rodillas hundidas en la paja, los pechos pesados y los pezones duros por el fresco de la madrugada. Mi coño depilado brillaba de humedad; llevaba días sin dejar de mojarme solo con la anticipación.

Los tres hombres se colocaron delante de mí. El primero era alto, de León capital, polla gruesa y venosa ya erecta. Me agarró del pelo teñido, me abrió la boca con los pulgares y empujó de un solo golpe. Su glande rozó el fondo de mi garganta. Tragaba el reflejo, respiraba por la nariz, dejaba que la saliva espesa me chorreara por la barbilla y me cayera entre los pechos. Embestía con ritmo constante, profundo, haciendo que mi garganta se adaptara a cada centímetro. Cuando se corrió, lo hizo directo en el fondo, sujetándome la cabeza. Tragaba a golpes, sintiendo el semen caliente bajar por el esófago. Me hizo sacar la lengua limpia. Sonreí con los labios hinchados.

El segundo no esperó. Me giró un poco, me puso de rodillas más abiertas y me embistió la boca con más fuerza. Era más largo, menos grueso, pero embestía como si quisiera llegar a mi estómago. Cada embestida hacía que mis pechos se sacudieran, que la saliva me goteara hasta el ombligo. Me tocaba el clítoris con dos dedos mientras me follaba la garganta; yo me retorcía, gimiendo alrededor de su verga, y me corrí un poco solo de la presión. Cuando eyaculó, llenó mi boca hasta que el semen me salió por las comisuras. Me hizo tragarlo todo, limpiarle el glande con la lengua y mostrar de nuevo la boca vacía.

Entonces llegó el tercero.

Era árabe, de unos treinta y cinco, piel morena, barba recortada, ojos oscuros. Su polla… Dios. Veinticinco centímetros, gruesa como un bote de 33 cl. El tronco era casi del grosor de mi muñeca, las venas saltaban, el glande enorme y brillante. La había visto antes, pero nunca la había tenido entera. Me miró desde arriba, se pasó la mano por la longitud y se acercó.

—Abre bien, Sara —dijo con acento marcado—. Hoy te la comes entera.

Me arrodillé más erguida, abrí la boca lo máximo posible. Primero solo el glande. Era tan grueso que me costó encajarlo entre los labios. La lengua se aplastó contra el suelo de mi boca. Empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cómo mi mandíbula se abría hasta el límite, cómo la saliva me inundaba. Cuando la cabeza rozó el fondo de la garganta, el reflejo fue violento; las lágrimas me saltaron a los ojos, pero él no se detuvo. Me agarró del pelo con las dos manos y empujó más.

La polla entraba. Lenta, imparable. Sentía cada vena rozando mi lengua, el grosor estirándome la garganta. Cuando por fin la tuve casi entera, la nariz aplastada contra su vientre, los huevos pesados contra mi barbilla, no podía respirar. El aire se cortó. Él la mantuvo allí unos segundos, sintiendo cómo mi garganta se contraía alrededor de él, cómo las lágrimas me corrían por las mejillas y la saliva me chorreaba en hilos gruesos hasta el suelo de paja. Luego retrocedió solo lo justo para que pudiera tomar aire y volvió a embestir.

Empezó a follarme la boca de verdad. Embestidas largas, profundas, que hacían que el glande golpeara una y otra vez el fondo de mi garganta. Cada vez que entraba del todo, mi cuello se hinchaba visiblemente. Mis pechos rebotaban, mis pezones rozaban la paja. Yo solo podía emitir sonidos ahogados, gorgoteos de saliva y aire. Él gemía en árabe, sujetándome la cabeza, usándome. La polla era tan gruesa que mis labios estaban tensos alrededor, hinchados, brillantes de saliva.

Cuando sintió que se acercaba, aceleró. Embestidas más rápidas, más profundas. De repente se clavó hasta el fondo, me sujetó con fuerza y se corrió. El semen salió a chorros potentes, tan abundante que sentí cómo me llenaba la garganta y el estómago al mismo tiempo. No pude tragarlo todo de golpe; parte me salió por la nariz, parte por las comisuras de la boca, goteando por mi barbilla y cayendo sobre mis pechos. Él la mantuvo enterrada hasta que terminó de eyacular, luego la sacó despacio. Un hilo grueso de semen y saliva unía su glande a mi lengua.

Me quedé arrodillada, jadeando, la boca abierta, el semen espeso resbalándome por la lengua. Me hicieron tragar lo que quedaba, limpiarle la polla enorme con la lengua, lamer cada centímetro hasta que quedó brillante. Mis labios estaban hinchados, la garganta ardiendo de forma deliciosa, el pecho y el vientre manchados.

Ese fue el final de los quince días. Me levanté temblando, el sabor de los tres semen mezclados todavía en la boca, la polla del árabe marcada en mi memoria como la más grande y gruesa que había tragado entera.

De vuelta a casa.

Volví a mi piso en el centro de León, cerca de la plaza de San Marcelo. El cuerpo todavía notaba la marca de aquella polla árabe de 25 cm en la garganta: un ardor dulce, un recuerdo que me mojaba solo de pensarlo. Pero los quince días habían terminado. Ahora tocaba practicar. Necesitaba un conejillo de indias.

El viernes por la noche me vestí para cazar. Vaqueros ajustados que marcaban las caderas, una camiseta corta que dejaba ver un trozo de vientre plano y el escote generoso de mi 90, sin sujetador. Mechas rubias sueltas, labios pintados de un rosa brillante que invitaba a ensuciarlos. Fui a un pub de universitarios cerca de la facultad, de esos con mesas de madera oscura, cerveza barata y música alta. El aire olía a colonia barata, a sudor joven y a ganas.

Lo vi enseguida. Deportista, de los que juegan al fútbol o al baloncesto en el campus. Unos 22 años, hombros anchos, brazos marcados bajo la camiseta ajustada, mandíbula firme, mirada segura de quien sabe que las chicas le miran. Estaba con dos colegas, riendo alto. Me planté cerca de la barra, pedí una caña y lo miré de arriba abajo con calma. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonreí apenas y me toqué el labio inferior con el dedo. Bastó.

Diez minutos después estábamos en el baño del fondo. Él me empujó contra la pared, intentando besarme con prisas de adolescente. Yo me arrodillé sin decir nada. Le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón. Su polla saltó fuera: no era enorme, pero estaba dura, venosa, de un chico que se la toca a menudo. Olor a jabón y a excitación limpia.

—Tranquilo —le dije, mirándolo desde abajo—. Déjame.

Lo engullí de un golpe. Garganta relajada, lengua trabajando el frenillo, succión firme. Él soltó un gemido ronco y se agarró al lavabo. Dos minutos. Exactamente dos. Se corrió a chorros potentes dentro de mi boca, temblando, maldiciendo entre dientes. Tragué todo, limpié el glande con la lengua y me levanté.

—La juventud es un arma —le susurré al oído—. Vamos a mi casa. Quiero más.

En el taxi apenas hablamos. En cuanto entramos en el piso, lo empujé hacia el sofá. Me quité la camiseta, dejé caer los vaqueros y me quedé solo con las braguitas de encaje negro que marcaban el coño depilado. Me arrodillé otra vez. Esta vez lo hice lento. Lengua en espirales, succión profunda, garganta abierta. Él se recuperó rápido, como solo los jóvenes pueden.

En menos de media hora se corrió por segunda vez, esta vez en mi lengua extendida, viendo cómo lo tragaba sin dudar. La tercera fue conmigo montada a horcajadas sobre su cara, frotándome el clítoris contra su boca mientras le chupaba la polla al revés, hasta que volvió a llenarme la garganta. La cuarta… lo tuve de pie, yo de rodillas en el suelo del salón, y le follé la boca con ritmo constante hasta que se corrió otra vez, agarrándome el pelo y embistiendo como un animalito desesperado.

Solo entonces lo dejé que me follara.

Me tumbó en el sofá, me abrió las piernas y entró. Era torpe. Embestía demasiado rápido, demasiado superficial, sin ritmo. Su polla se sentía bien, caliente, pero no encontraba el ángulo. Me tocaba los pechos con manos inexpertas. Yo me frotaba el clítoris con dos dedos mientras él jadeaba encima. Casi no consiguió que me corriera. Solo cuando me concentré en la presión de mis propios dedos y en el recuerdo de la garganta profunda del árabe logré un orgasmo corto, agudo. Él se corrió dentro de mí segundos después, con un gemido de alivio.

Me levanté, el semen resbalándome por el muslo interno, y lo miré con una sonrisa tranquila.

—Llama a un par de amigos. Ahora.

Él dudó solo un segundo. Sacó el móvil. Veinte minutos después sonó el timbre. Entraron los dos colegas del pub: otro deportista más alto y delgado, y uno más moreno, de hombros anchos y mirada hambrienta. Los tres yogurinos, como yo los llamé en mi cabeza. Jóvenes, duros, recuperándose en minutos.

Los desnudé a los tres en el salón. Me arrodillé y empecé por el más alto. Garganta profunda, saliva chorreando, mientras el de siempre me follaba la boca con dos dedos y el tercero se tocaba mirándome. Luego los alterné. Una polla en la boca, otra en cada mano. Cuando el primero se corrió en mi lengua, tragué y pasé al siguiente sin pausa. El sabor a semen joven, más claro, más abundante, me mojaba el coño hasta el punto de que me resbalaba por los muslos.

Después me tumbaron en la cama. Uno me follaba la boca, otro me embestía el coño con ganas, el tercero me chupaba los pechos y me pellizcaba los pezones. Rotaron. Me pusieron a cuatro patas. El de siempre me entró por detrás mientras el moreno me follaba la garganta a fondo y el alto me sujetaba las manos. Embestidas profundas, ritmos distintos, el sonido húmedo de mis agujeros siendo usados.

Me corrí varias veces: una con una polla golpeándome el fondo de la garganta y otra estirándome el coño; otra cuando me doblaron y me metieron dos a la vez —una en la concha, otra en la boca— mientras el tercero se corría en mis pechos. Ellos también se corrían una y otra vez. Semen en mi lengua, en mi coño, en mis pechos, en mi cara, en el pelo teñido.

Al final estaba cubierta. Hilos blancos me cruzaban los pechos, me goteaban por la barbilla, me resbalaban por el vientre plano hasta el coño hinchado y rojo. El olor a sexo y sudor joven llenaba la habitación. Me tumbé entre los tres, respirando agitada, el cuerpo temblando de satisfacción. Había conseguido exactamente lo que buscaba: usarlos, exprimirlos, correrme a placer mientras ellos me llenaban una y otra vez.

Sonreí con los labios hinchados y la cara manchada.

El siguiente paso.

Lo descubrí la tarde en que me hice el primer tatuaje. Fue en un estudio discreto cerca del barrio de Eras de Renueva, en León. Una silla reclinable, el zumbido de la máquina, el olor a tinta y a antiséptico. Elegí un infinito pequeño en la muñeca izquierda, delicado, negro. Cuando la aguja empezó a picar, sentí el ardor fino, constante. No era solo dolor. Era una corriente que bajaba directo al coño. Me mojé. Noté cómo los labios se hinchaban bajo los vaqueros, cómo el clítoris latía al ritmo de cada pasada de la aguja. Terminé el infinito con las bragas empapadas y una excitación que no había esperado.

Esa misma semana volví. Piercing en el ombligo. El pinchazo seco, el metal frío atravesándome la piel. El dolor corto y preciso me hizo arquear la espalda y soltar un gemido que la perforadora interpretó como simple nerviosismo. Yo sabía la verdad: estaba empapada otra vez. Caminé a casa con el ombligo sensible, cada roce de la camiseta enviando una descarga directa entre las piernas.

No me detuve. Un mes después me perforé los pezones. Aros de plata. Me senté en la misma silla, pechos al aire, pezones ya duros de anticipación. El primer pinchazo me arrancó un grito ahogado. El segundo me hizo cerrar los ojos y apretar los muslos. Cuando los aros quedaron colocados, brillando, cada movimiento me recordaba que estaban ahí. Esa noche me toqué en la cama, tirando suavemente de los aros mientras me metía tres dedos, y me corrí más fuerte que en semanas.

El último fue el clítoris. Lo dejé para cuando ya no podía esperar más. Volví al estudio un viernes por la tarde. Esta vez la que me atendió fue Mai. Gallega, morena de pelo negro azabache cortado en un bob desigual, piel pálida de gótica de libro, labios pintados de negro mate, tatuajes que le subían por el cuello y los brazos. Perforaciones en la nariz, en la ceja, en la lengua. Me miró con calma mientras me desnudaba de cintura para abajo y me colocaba en la camilla.

—Respira —dijo con acento suave.

El pinchazo en el clítoris fue un relámpago. Dolor puro, brillante, que se transformó al instante en placer tan intenso que casi me corro ahí mismo. Me arqueé, solté un gemido largo y noté cómo el coño se contraía solo. Mai terminó de colocar el piercing, un aro pequeño y discreto, y entonces, sin decir nada, se inclinó. Su lengua, fría por el piercing, rozó el clítoris recién perforado. Lamió despacio, rodeando el metal, chupando con cuidado. Fue la primera vez que una mujer me comía el coño. Su boca era distinta: más suave, más precisa, más paciente. Me abrió los labios con los dedos tatuados, metió la lengua dentro, chupó el clítoris hinchado alrededor del piercing hasta que me corrí temblando, agarrándome a la camilla, mojándole la barbilla.

Cuando pude respirar, me incorporé, la miré a los ojos negros y la empujé suavemente hacia atrás. Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé los pantalones de cuero. Su coño estaba depilado, perforado también, con un vertical en el capuchón. Usé todo lo que había aprendido en aquellos quince días: lengua plana, succión firme, dedos curvados buscando el punto exacto, garganta abierta cuando metí la lengua lo más profundo que pude. Mai se agarró a mi pelo teñido y se frotó contra mi boca hasta correrse con un gemido ronco, llenándome la lengua de su flujo dulce y ácido. Tragué. Le devolví el favor con creces.

Esa misma noche se quedó en mi piso. Empezamos una relación que duró meses. Mai era fuego contenido. Pálida, tatuada de pies a cabeza, perforada, con un apetito que igualaba al mío. Me follaba con un arnés negro grueso mientras me tiraba de los aros de los pezones. Me comía el coño durante horas, lamiendo alrededor del piercing del clítoris hasta que perdía la cuenta de los orgasmos. Yo le devolvía el favor arrodillada, tragando su flujo, metiendo la lengua en su culo, chupándole los pezones perforados. A veces me ataba las muñecas con cuerdas negras y me dejaba a su merced; otras veces era yo quien la montaba, frotando mi coño contra el suyo hasta que ambas nos corríamos juntas.

Fue ella quien me hizo los tatuajes grandes. Primero la espalda entera: motivos vikingos, runas, un cuervo de Odín con las alas abiertas, líneas negras y grises que bajaban hasta el final de la columna. Cada sesión era un ritual. Me tumbaba desnuda en su estudio particular, las piernas abiertas, y mientras la aguja trabajaba en mi espalda yo me mojaba sin parar. A veces Mai paraba, se arrodillaba y me comía el coño entre pasadas de tinta, el sabor a mi excitación mezclado con el olor a tinta.

Después vinieron las dos mangas completas: brazos enteros cubiertos de patrones nórdicos, serpientes, hachas, runas que se enroscaban desde los hombros hasta las muñecas. Horas de dolor delicioso. Cada vez que la aguja rozaba un nervio, mi clítoris perforado latía. Terminaba las sesiones temblando, el coño chorreando, y Mai me follaba ahí mismo, sobre la camilla manchada de tinta, hasta que ambas gritábamos.

Meses de eso. De despertar con su lengua en mi coño, de follarnos en el baño del estudio, de sentir los aros de mis pezones tirar cuando ella me montaba. De llevar su marca en la piel y en el cuerpo. Mai me enseñó que el dolor y el placer no son opuestos: son la misma corriente que te atraviesa y te deja destrozada y completa al mismo tiempo.

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