Sexo con mi vecina

1
10475
T. Lectura: 6 min.

Aquella tarde, a las puertas del verano, estaba un poco nervioso. Tenía una cita o algo parecido con mi vecina Laura.

Usted, querido lector, tiene que saber que mi nerviosismo no era gratuito, si no fruto de mi inexperiencia. A mis cuarenta años había estado con una mujer, con tres si contamos un par de intentos infructuosos que no habían llegado ni a un beso. El problema es que en la relación “seria” (por distinguirla de las otras), la convivencia, debido a la distancia, se basaba en encuentros de unas pocas semanas en verano. Había habido besos, caricias y sexo oral. El hecho es que cada encuentro era una página en blanco, una historia que requería ganar la confianza de nuevo. Por ponerles un ejemplo, de media, tardábamos tres días en besarnos, otros dos en quitarnos la ropa y los que quedaban se limitaban a, como ya dije, sexo oral.

En resumen, para ser totalmente franco, nunca se la había metido.

Lo intenté una vez. Compré preservativos en una tienda que no frecuentaba, y venciendo la vergüenza que sentía, le confesé mi virginidad. Ella no se sorprendió demasiado, o eso me pareció y me ayudó a colocarme el condón. Luego, con parsimonia, se bajó las bragas y abrió las piernas dejando a la vista sus labios vaginales y los muchos pelos que allí crecían.

No fue un problema de deseo por su parte, su sexo estaba empapado. Fue torpeza propia. Yo creo que un miedo escondido, del que no era totalmente consciente, me impidió concentrarme en la tarea. Mi pene estaba crecido, pero no listo. Aun así lo intenté, pero fui incapaz de metérsela.

“Es culpa mía, mi inexperiencia.” recuerdo que comenté con la cara colorada.

Ella dijo algo de dejarlo para más adelante.

Pero dos años después, ese más adelante nunca tuvo lugar. Supongo que me conformé con verla excitada mientras introducía los dedos en su vagina. Supongo que llegué a creer que el sexo por detrás, chocando mi pene contra su culo, sin penetración, era a todo lo que llegaríamos en nuestra relación.

Luego en mi cama, a la hora de dormir, reproducía un video erótico en un iPad y recurría a la masturbación. Solo que eyacular me costaba cada vez más, y al componente sexual del video, tuve que añadir fetichismos como azotes y ventosidades, dolor y humillación, fetiches que me alejaban más y más del mundo real.

Ella parecía conformarse con todo aquello, incluso intentó que yo disfrutase incluyendo la felación en nuestros encuentros. Mentiría si dijese que la sensación de tener mi pene en su boca no me excitaba. Pero de alguna manera, era un hecho aislado, sin continuidad emocional y a veces, buscando esa conexión, le agradecía el intento con buenas palabras y pasaba a besarla con pasión, como queriendo que mi lengua, explorando su boca, fuese lo mismo que hubiese sido el tener mi miembro dentro de su cuerpo. La relación se extinguió de un día para otro, ella conoció a un hombre y simplemente dejó de contar conmigo.

Pero aquella tarde, con Laura, quizás, todo eso cambiase. Bueno, quizás no en esa primera cita, pero si en otras futuras.

Con el optimismo por las nubes, me duché, me puse ropa cómoda, unas gotas de perfume en el cuello y salí de mi domicilio. Tomé el ascensor y dos pisos después salí y llamé a la puerta de mi vecina.

La mujer, unos años más joven que yo, abrió. Llevaba pendientes de botón, camiseta y vaqueros.

Estaba sexy.

—Hola. —dije con una sonrisa.

—Hola… esto —me respondió algo acelerada.

—¿Ocurre algo? —dije con una pizca de preocupación en mi voz, temeroso de haber leído mal las señales de las últimas semanas.

—No, esto… es que el doctor se retrasó un poco, pero no te preocupes pasa pasa.

Respondiendo a mi mirada, ella se ruborizó ligeramente mientras me contaba que un conocido suyo, médico, venía todas las semanas a pincharla. El tratamiento duraba un par de meses y estaba por la mitad.

—Si no es buen momento vengo más tarde —le dije un poco desilusionado.

—No, no hace falta. Esta al llegar.

Todavía estaba hablando cuando sonó el timbre de la puerta y entró un hombre que no llegaría a los treinta.

—Espera aquí, enseguida terminamos. —me dijo de forma apresurada Laura.

Fueron a una habitación y quizás por las prisas entornaron la puerta pero no llegaron a cerrarla.

Al principio estuve simplemente allí, de pie, aguardando. Pero luego, quizás porque soy un poco cotillo, notando la puerta entreabierta, decidí acercarme a echar un ojo. Fueron solo unos segundos, pero lo vi todo.

Laura de pie, los pantalones vaqueros bajados a medio culo, el nacimiento de la raja y las nalgas al descubierto. A su lado, el recién llegado, frotando el glúteo con algodón empapado en alcohol mientras sujetaba una jeringuilla coronada por una aguja de metal.

—Relájate será un segundo. —oí decir.

Con un sentimiento de culpabilidad me retiré y en mi cabeza imaginé el resto. Laura me parecía interesante desde el minuto uno, pero a esa imagen le uní el rasgo de la valentía y, de alguna manera, mi admiración y respeto por ella crecieron muchos puntos.

Poco después de que el doctor se fuese, salimos nosotros en dirección a un restaurante cercano. No nos habíamos vestido para la ocasión, pero eso no importaba.

En el local, al sentarse, hizo una pequeña mueca y luego, sin que hubiésemos hablado de ello comentó lo de la inyección.

—Bueno, el doctor vino a ponerme una inyección intramuscular. No es nada grave pero no tolero las pastillas, me ponen el estómago fatal… y entre tirarme pedos y las agujas en el trasero me quedo con lo segundo.

Reconozco que su franqueza me pilló por sorpresa. Guapa, valiente y casual, como si nos conociéramos de toda la vida.

La comida estuvo bien. Aunque no frecuento el alcohol, bebimos una copita de vino.

De vuelta a casa, la cálida brisa preestival nos despejó. Laura rio risueña y yo guardé silencio, tratando de guardar en mi memoria cada detalle de aquel momento.

—¿Quieres tomar algo? —dijo nada más entrar en su piso

—No, gracias

—Vale, me lavo los dientes. Siéntate en el sillón si quieres.

Permanecí de pie, mirando alrededor. La casa era acogedora, me gustaba.

Unos minutos después la puerta del baño se abrió, como sonido de fondo el agua entrando en la cisterna.

—Voy al baño un segundo. —anuncié.

Aproveché para orinar, enjuagarme la boca y mirarme en el espejo.

De vuelta en el salón, Laura estaba sentada en el sillón y me hizo gestos para que me sentase a su lado.

Obedecí.

Su voz tenía algo que hechizaba y calmaba a un tiempo. Allí, tan cerca de ella, puede aspirar el suave perfume que se mezclaba con aroma natural de su piel. Me fijé en sus orejas, y miré de reojo su cuello. Sus labios se movían mientras hablaba y reía. De repente me entraron unas ganas irrefrenables de besarla en el cuello, de poner en contacto mis labios con los suyos, de acariciar con la punta de mi lengua su oído.

Pero no me atreví. A mis cuarenta años seguía siendo tímido o quizás fuera un miedo irracional al rechazo. Con la mente nublada era incapaz de razonar, si estaba allí, si me tocaba el brazo, si se había sentado en un sillón y sus muslos y los míos no rehuían el contacto, si incluso reía mis comentarios sin gracia. Allí no había sutileza, estaba más claro que un semáforo verde.

—No vas a besarme. —dijo de repente.

Durante un instante pensé en disculparme o poner alguna excusa para ganar la iniciativa. Por fortuna no hice nada de eso y me limité a probar sus labios y explorar su boca. Confieso que si en ese momento ella hubiera decidido poner punto y final a la noche, yo no hubiera tenido queja, ya que la magia de aquel momento me perseguiría para siempre. Pero no fue eso lo que ocurrió, sus brazos alrededor de mi cuello y sus pechos contra mi pecho me dijeron, de forma inequívoca, que quería más.

Sonreí mientras miraba sus ojos, agarré una teta con mi mano y sacando la lengua, comencé a lamerle el pabellón auditivo al tiempo que alababa la belleza de los pendientes y la percepción de las orejas que con tanta elegancia se mostraban ufanas luciéndolos.

Laura suspiró temblando al notar la húmeda punta de mi lengua en su oído.

Nos besamos de nuevo.

Ella se quitó la camiseta y el sujetador y yo desnudé mi torso. Su mano se posó en mi pecho.

No pedí permiso. Metódicamente mi boca bajó de sus labios a su cuello y luego a sus pezones. Los chupetee con delicadeza, los saboree como quien cata un manjar.

—¿Quieres ver el agujerito que me hizo el doctor esta mañana? —me susurró al oído.

Yo asentí notando como mi pene empezaba a palpitar bajo los pantalones.

Ella pareció notarlo y llevó su mano a mi paquete.

Luego se levantó, me dio la espalda y se bajó los vaqueros. Llevaba tanga, sus nalgas eran hermosas.

—No veo el agujero. —dije.

—No, no, te dije el agujerito que me hizo la aguja. Aunque si quieres verme el agujero del culo, pues adelante aquí lo tienes.

Y sin más se bajó el tanga y apartó sus cachetes exponiendo su ano.

Luego se dio la vuelta y me ordenó que me pusiera en pie y me bajase los pantalones.

—¿Quieres ver algo? —dije.

—Sí, quiero ver si la tienes grande.

Un poco preocupado por no cumplir expectativas, me desabroché el botón, tiré de la cremallera y me bajé los calzoncillos. El pene saltó como un resorte. Estaba muy crecido, palpitaba y sobre todo se mantenía erecto, venciendo a la gravedad.

—Guau, menudo pito… me muero por tenerlo dentro. Deprisa, ponte un condón.

Sí, había metido un par de preservativos en el pantalón, por si acaso.

Saqué uno y me lo puse.

Ella se sentó en el sillón, separó las piernas y me ofreció la entrada a su vagina.

Me controlé, no quería pifiarla, así que en lugar de intentar penetrarla en ese instante, enterré mi rostro en su sexo y literalmente besuquee, lamí y chupe su coño. Luego, con un par de dedos, exploré la zona.

Gimió, gritó y se mojó toda.

Aproveché su excitación para meter el pene tentativamente. Para mi sorpresa el miembro se deslizó sin dificultad hasta el fondo. La sensación me pilló por sorpresa, las paredes se cerraban como queriendo atraparlo, apretando como cuando se aprieta el tubo de un dentífrico. Le cogí gusto pronto y comencé a meterlo y sacarlo con ritmo. La bese una vez más y me incorporé.

De manera natural Laura se dio la vuelta y se inclinó con la palma de las manos en el respaldo del sillón.

La tome por detrás. Empujé contrayendo mis nalgas.

Durante el minuto siguiente disfruté del sonido de mis huevos chocando contra sus nalgas. Disfruté de sus gemidos que se mezclaban con mis jadeos. Disfrute de su coño prieto. Y celebré, después de cuatro décadas, la perdida de mi virginidad.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí