Sorpresa en el aeropuerto

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El sol de la tarde filtraba su luz dorada a través de los grandes ventanales del aeropuerto. En el amplio pasillo exterior, junto a una hilera de carritos de equipaje plateados, ella lo esperaba.

El cuerpo se le marcaba con una generosidad voluptuosa bajo el ajustadísimo traje de látex negro brillante, vestía un catsuit de cuello alto con cremallera frontal que comenzaba justo bajo la barbilla y descendía en una línea provocativa hasta la entrepierna, que llamaba la atención de todas las personas que entraban o salina del aeropuerto, el material se adhería como una segunda piel a sus pechos generosos y redondos, resaltando cada curva, cada suave pliegue del vientre y la amplitud de las caderas, las piernas gruesas y potentes se delineaban bajo el látex hasta los botines negros, usaba guantes largos del mismo material le cubrían los brazos hasta más allá de los codos.

Su cabello oscuro y ondulado le caía sobre los hombros, enmarcando un rostro de labios carnosos y una sonrisa contenida.

Ella miraba hacia las puertas de llegada, cada segundo se le hacía eterno. Entonces lo vio, su amado apareció entre la multitud con la maleta rodando detrás, en cuanto la vio sus ojos se le abrieron de golpe, la imagen de ella, envuelta en aquel látex negro que brillaba bajo las luces, le golpeó como una descarga, por cuanto el traje resaltaba cada centímetro de su cuerpo, su pecho que se elevaba con cada respiración, la cintura marcada, el culo redondo que se movía al caminar hacia él.

Se detuvo en seco, recorriéndola de arriba abajo. —Dios mío… —susurró cuando ella llegó a su lado—. Te ves absolutamente obscena. Y perfecta. Ella sonrió, mordiéndose el labio, le tomó de la mano y lo llevó hacia el hotel del aeropuerto, a apenas dos minutos caminando. La recepción fue un trámite rápido. En cuanto la puerta de la habitación se cerró, el mundo exterior desapareció. Él la empujó contra la pared y la besó con furia, las manos recorriendo el látex brillante que se calentaba bajo sus dedos, bajó la cremallera despacio, liberando el escote y luego los pechos pesados y suaves, los lamió y los chupó mientras ella gemía y se frotaba contra él.

El látex aún le cubría el resto del cuerpo, tensándose sobre su coño ya húmedo, entonces la llevó a la cama, la colocó a cuatro patas, el culo levantado y el látex brillando sobre las nalgas. Le bajó el traje hasta las rodillas y la penetró de un solo embiste profundo, agarrándola de las caderas. El sonido húmedo de sus cuerpos llenó la habitación. Ella se arqueaba, empujando hacia atrás. La volteó sobre la espalda, le abrió las piernas y la tomó de nuevo, sujetándole las muñecas sobre la cabeza. El látex le cubría aún los brazos y parte de las piernas, creando un contraste entre la piel desnuda y el material brillante, la penetro hasta que alcanzo a un orgasmo, entonces él se detuvo.

Ella se incorporó, sonriendo. —Tengo más sorpresas —dijo—. Recordé que era tu cumpleaños.

Abrió su bolso y sacó un traje fetichista masculino idéntico en espíritu al suyo, le tendió un catsuit de látex negro brillante de cuello alto, completo con capucha ajustada que dejaba al descubierto solo la boca y los ojos, con guantes largos. El material era el mismo, brillante, que se convirtió en su segunda piel, ella lo ayudó a ponérselo y lamió la piel de su pecho antes de cerrar la cremallera y ajustar la capucha. Cuando ambos quedaron envueltos en el mismo látex negro y resbaladizo, con las capuchas sellando sus rostros, el fetiche se apoderó de ellos. Se frotaron uno contra el otro; el látex chirriaba y se deslizaba.

Él la montó en misionero, ambos cuerpos lubricados con el sudor que se acumulaba bajo el material. Luego ella lo montó, las caderas subiendo y bajando mientras el látex de ambos se pegaba y se separaba. Él la tomó de lado, una pierna de ella levantada, penetrándola profundamente mientras le acariciaba el clítoris a través de la fina capa que aún le cubría parte del pubis.

En un momento ella se incorporó sobre la cama y con una pierna levantada en un ángulo alto y dominante, el pie apoyado cerca de su pecho, le mostró el brillo del látex estirado sobre su muslo grueso y la curva de la cadera. El corsé le marcaba la cintura. Él, sentado, la contempló desde abajo.

La imagen era poderosa y aumento su libido y con su lengua recorrió sus piernas hasta que llego a la entrepierna de la mujer, entonces con su lengua dio placer a la hembra quien no pudo aguantar gemir, el hombre estaba loco de placer su sentido olfativo dentro de su capucha estaba inundado por el aroma a hembra y al látex, aguantando la respiración hasta sus límites, la momentánea falta de aire hizo su pene se rectara al máximo, entonces estando el coño de la mujer totalmente lubricado, la penetro de un solo golpe, y la embistió salvajemente por un largo momento.

Después de un momento de descanso, aun seguían completamente vestidos y encapuchados, entonces ella se arrodilló sobre la cama en una pose tensa y brillante, una mano apoyada en el colchón, el cuerpo entero resplandeciente bajo la luz. Él la tomó desde atrás, luego la hizo ponerse de rodillas frente a él, y le chupó la polla mientras el látex de ambos brillaba, entonces la tomo y rodaron por la cama en un enredo de piernas y brazos brillantes, jadeando, gimiendo, corriéndose una y otra vez, las capuchas todavía puestas.

Cuando por fin se detuvieron, exhaustos y pegajosos, aún envueltos en sus trajes negros, ella se acurrucó contra su pecho. El látex crujía suavemente con cada respiración, estuvieron un momento mirando la ventana del hotel mirando los aviones que ascendían y descendían con un hipnótica regularidad.

Él la abrazó con fuerza y le dio un beso lento a través del caucho.—Gracias —susurró, la voz algo ahogada por la capucha—. Por tan bella sorpresa.

Ella sonrió bajo el látex, sabiendo que su macho no olvidaría dicha noche en mucho tiempo…

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