¡Sorpresa! Están ensartando a tu mujer

0
15905
T. Lectura: 6 min.

Este sí que es un momento triste, parado al lado de la puerta entornada de mi dormitorio, viendo a Justo arrodillado detrás de mi mujer que, en posición de gateo, recibe las embestidas del macho metiendo y sacando su miembro, mientras el sudor moja su espalda y, entre palabras resopla. Cada empuje aplastando las nalgas, que ella recibía con un quejido, lo sentía como una puñalada; yo, que con frecuencia besaba esos glúteos como tributo a su hermosura y lozanía, veía los dedos de él engarfiados sobre esa carne para que no pudiera escapar a la penetración.

-“Qué puta sos Marita, acabaste como burra y ahora vamos por la segunda corrida”.

-“Sí papito dame duro que me falta poco, seguí tocándome la pepita y apretame una teta que eso me enloquece”.

-“Encantado putona, cómo no te agarré antes, habrías recibido litros de leche sin tener que recurrir al cornudo”.

Y ahí se produjo el quiebre, ella se tiró hacia adelante saliéndose del acople, luego giró hacia un costado dándose vuelta, ante la sorpresa del amante que la miraba erguido, con el miembro tieso sin entender lo que pasaba, mientras ella con el disgusto marcado en la cara le decía.

-“Que yo me comporte como una puta no significa que te permita burlarte de Raúl, y me parece una bajeza que hablés así de quien te considera su amigo, aparte es la primera vez que le soy infiel”.

-“Sin embargo le estás haciendo crecer una frondosa cornamenta, aunque simules defenderlo”.

-“Lo defiendo porque él es un hombre íntegro aunque yo sea una mierda”.

-“Vamos nena, no simules, que mi pija te encanta y, si tuvieras que elegir la preferirías antes que la de Raúl”.

-“Estás equivocado, el miembro de mi marido es más lindo y voluminoso que el tuyo, además, estas horas que decidí pasar con vos fueron producto de mi calentura sin saber cómo sos en la intimidad; tené la certeza que a mi esposo no lo cambio, principalmente porque lo amo”.

-“Vamos a ver qué ocurre más adelante, seguro que en unos días me vas a llamar para que de nuevo te dé caña”.

-“Nueva equivocación, este error será la primera y última vez, la próxima oportunidad que nos veamos será en reunión de amigos con nuestras parejas presentes, ahora voy al baño”.

-“Te espero, salí con ganas que aún no terminamos”.

Ahí bajé rápidamente y, ya en la calle, llamé a Marita por teléfono, que me contestó recién a la segunda llamada.

-“Hola mi amor”.

-“Hola querida, terminamos antes la tarea, así que, después de almuerzo salí para allá, calculo que en cinco o diez minutos estoy llegando”.

-“Prefecto, te espero”.

Por supuesto permanecí estacionado a media cuadra desde donde vi la precipitada salida del varón, moviendo las manos como quien termina de vestirse, por lo que me apuré a llegar. Mi mujer, también con muestras de arreglo a las apuradas se acercó para besarme como de costumbre.

-“Hola mi amor, qué bien que hayas podido desocuparte antes y así descansar”.

-“Por favor, no te arrimes, tengo un sabor amargo en la boca y me siento incómodo”.

Pero el aviso llegó cuando ya me había abrazado, cosa que no podía rechazar pero sí aprovechar de otra manera.

-“Tesoro, tenés un olor fuerte y desagradable, ¿qué podrá ser?”

Ahí se separó de golpe, algo pálida y haciendo un gesto de incómoda sorpresa.

-“No sé cielo, quizá sea producto del calor, en seguida me voy a bañar”.

-“Dejame entrar primero, así me relajo del viaje”.

Subí la escalera con el pesar de volver al lugar donde había presenciado la infidelidad reciente y atento a los detalles que pudiera aprovechar para manejarme en el futuro buscando resarcirme del dolor recibido; lo primero que vi fueron las ventanas abiertas de par en par, el cobertor de la cama arrugado y las almohadas algo retiradas del espaldar; estaba sacándome la ropa cuando ella llegó.

-“Querida el mismo olor que sentí en tu cuerpo ahora lo huelo en la pieza”.

Si antes había palidecido algo, ahora se puso blanca y, cuando me vio correr el cubrecama encontrando las sábanas sin tender, empezó a temblar.

-“¿Dormiste siesta?”

-“Sí, un rato”.

-“Se nota que te moviste bastante porque está la cama revuelta; por lo menos podrías haberme esperado con la cama tendida”.

Mientras ella iba hacia el baño como si estuviera escapando, tomé una sábana y la llevé ostensiblemente a la nariz.

-“Acá está el olor, igual que en las fundas de las almohadas, sacá esto y llevalo al lavadero, pero no pongás nuevas porque seguro que colchón y almohadas también están impregnados”.

En tanto ella sacaba con manos temblorosas la ropa de cama entré al baño y me di cuenta que tenía algo más para seguir el ataque.

-“¡La putísima madre! Las toallas también largan ese olor vomitivo, vení agarralas que me da asco tocarlas y ni se te ocurra traerme las nuevas, eso lo haré yo, que estoy transpirado, pero no apesto como vos”.

Con paso inseguro entró, saco todo y, junto con lo otro, se fue a poner el lavarropas en funcionamiento. Cuando bajé, ya bañado, llamé a un fletero y conecté el altavoz.

-“Hola, te llamo porque necesito sacar de casa un colchón de dos plazas y sus respectivas almohadas”.

-“El viaje ¿hacia dónde es?”

-“La verdad es que no sé dónde mandar eso porque quiero regalarlo”.

-“Señor, entonces me quedo con esos enseres y nada le cobro”.

-“Perfecto caballero, le mando mensaje escrito con la dirección, muchas gracias”.

Con voz temblorosa preguntó.

-“¿Y dónde dormiremos esta noche?”

-“Yo en la habitación de huéspedes, vos donde te quede mejor, sea habitación de servicio, sofá grande o un hotel, lo que quieras; me olvidaba, bañate con abundante jabón así te quitás ese olor nauseabundo, de lo contrario te irás de casa hasta que se te pase”

-“Nunca me hablaste así”.

-“Es verdad, para todo hay una primera vez, deseando que, de ser buena se repita y si es mala que sea la última”.

Una semana pasó hasta que compré nuevo colchón y almohadas, tiempo en el que ella ocupó la habitación de servicio; en ese lapso prácticamente no hubo comunicación entre ambos, a la mañana cada uno a su trabajo, cenar los dos callados, ella cabizbaja demostrando pesadumbre y yo ignorándola. Durante una comida, con la mirada apagada y en voz baja, rompió el ya rutinario silencio.

-“Me duele muchísimo como estamos viviendo, pareciera que en cualquier momento me vas a echar de casa”.

-“Eso no va a suceder porque te amo”.

-“Eso me alegra porque significa que soy correspondida, yo también te amo muchísimo, sin embargo ni siquiera me tolerás cerca”.

-“Es verdad, porque apenas acorto la distancia me invade la sensación del olor asqueroso; pareciera que lo tengo pegado a la mucosa nasal”.

-“Pero yo no debiera tenerlo porque me bañe un montón de veces”.

-“Seguramente es el fenómeno de asociación, que los psicólogos llaman causalidad aglutinada, una sensación llama a la otra que está ausente, pero el amor que siento por vos es mucho más fuerte que la sensación”.

-“Y esto, ¿terminará pronto?”

-“Quizá cuando sepa a qué se debió eso que olí”.

Ahí enmudeció, bajando la mirada mientras yo volvía a mi postura de indiferencia, y mirándola de reojo pude ver que lagrimeaba, eso me provocó una cierta compasión que hice a un lado de inmediato, ya había hecho bastante, ahora ella tenía que allanar el camino. Así pasaron dos meses en los que ella declinaba, era el precio a pagar aunque me doliera verla.

En ese lapso seguimos con las reuniones semanales de los matrimonios amigos y, en una de ellas, estando con Justo, sirviéndonos bebidas, separados del resto, me preguntó.

-“Raúl, hace un tiempo que te noto distante, como evitándome, ¿será así o es idea mía?”

-“Yo no lo siento así ¿por qué sería que vos notas un cierto rechazo de mi parte?”

El gesto de sorpresa poco grata se le marcó en la cara y la respuesta, un tanto insegura, evidenció que el recuerdo de aquel encuentro infiel había hecho impacto, quizá no por arrepentimiento, sino como una posible consecuencia indeseable en caso de que su esposa tomara conocimiento. Y ahí terminó el diálogo sobre ese tema; no pensaba quitarle el peso de encima, que se las arreglara solo, yo seguí el trato con él sin cambio alguno.

En la próxima reunión estábamos los tres matrimonios en la casa de Enrique-Luisa, yo charlando animadamente con Mónica sobre el eterno conflicto en Medio Oriente, mientras Marita y Justo se picoteaban en la, también eterna, rivalidad Boca-Ríver, que habían ganado los primeros en el partido de ayer, así que a los otros les tocaba sufrir; en eso veo que Justo se arrima a mi señora y le habla al oído, haciéndola endurecer el gesto y preguntar con claro disgusto.

-“Mónica, ¿sabés que acaba de hacer tu marido?”

-“No, contame por favor”.

-“Me puso la mano en el muslo, casi rozando la entrepierna mientras me decía «para que mi felicidad boquense sea completa solo me faltaría montarme una Gallinita como vos»”.

-“¿Es así Justo?”

-“Perdón Marita y Mónica, perdón fue un exceso de confianza y una broma de mal gusto”.

-“Alguna opinión sobre esto Raúl”.

-“Sí, me alegro que tu marido, pida perdón por esos errores, la felicito a mi mujer por tener la valentía de decir públicamente algo que podría tener derivaciones indeseables, y yo debo confesar, que estoy muy contento por confiar en mi esposa”.

Mis últimas palabras las dije mirando fijamente a mi señora, que bajó la cabeza como pesarosa, para luego decir.

-“Les pido disculpas por arruinar la reunión, pero no me siento bien, Raúl ¿me llevarías a casa por favor?”

Durante el viaje, en total silencio, vi de reojo que una lágrima le corría por la mejilla, lo que me llevó a tomarle una mano; era la primera muestra de cariño después de cuatro meses habiendo rehuido todo contacto, y eso se reflejó en su cara de sorpresa para después tomar la mía entre las dos de ella, pasarla por la mejilla mojándola con las lágrimas y, después de besarla, mantenerla sobre su regazo.

Cuando bajamos del auto, entramos a la casa tomados de las manos y la cercanía solo se interrumpió al entrar al baño; ya en la cama la abracé haciendo que su cabeza descansara en el hueco del hombro y ese fue el momento de llorar convulsamente, que traté de calmar besándole la frente.

-“Ya está mi amor, hemos terminado el período triste”.

Entre hipidos contestó.

-“Yo quiero terminarlo contando lo que atenaza mi corazón y, ahí sí, pondremos fin al dolor”.

-“Te escucho mi amor”.

-“Te fui infiel, una sola vez, ahí mismo me arrepentí, y me propuse no caer nuevamente, cosa que cumplí, soportando el dolor de haber pagado con traición tu amor que nunca claudicó; no me callé por deseo de engañarte, tampoco por temor a sufrir tu justa bronca, insultos o golpes, no hablé solo por el temor de perderte porque te amo; te pido perdón mi vida, lo que decidas estará bien, aunque duela mucho”.

-“Vení cielo, que el sueño de nuestros cuerpos pegados permita que el amor, a través de la piel, nos una nuevamente”.

Y el despertar así nos encontró; después de ir al baño la abracé haciendo cucharita y mis manos se dedicaron a viajar por tetas y conchita mientras mis besos iban de cuello a boca y viceversa; cuando sentí que había lubricado bastante entré con el miembro hasta el fondo de la vagina.

-“¡Sí mi vida! Cuánto extrañé este momento de íntimo amor, dejá que me ponga como perrita para sentirte bien adentro”.

-“Me encantaría, pero prefiero dejar esa postura para más adelante, cuando el tiempo haya diluido el recuerdo”.

Su súbita quietud me sorprendió, y más aún cuando se tapó la cara con la almohada llorando desconsolada unos instantes para después decirme entre sollozos.

-“Nos viste”.

-“Sí querida, pero también vi tu arrepentimiento, escuché cuando me defendiste y oí tu propósito de no reincidir”.

-“Alguna vez el recuerdo ¿se irá lejos?”

-“No lo sé, aunque quizá podamos acelerar su partida, ponete en cuatro”.

-“Sí mi amor, pero dame por el culito, que fue y será solo tuyo”.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí