Tengo dos amantes y mi marido no lo sabe aún

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T. Lectura: 5 min.

Me llamo Valentina. Tengo 33 años, soy de Medellín, y hasta hace unos meses creía que mi vida era exactamente como debía ser: casada con Alejandro desde hace ocho años, dueños juntos de un pequeño catering a domicilio que nos daba para vivir bien, viajar de vez en cuando y soñar con agrandar el negocio. Alejandro es un buen hombre. Trabajador, detallista, un poco celoso pero de esa forma que antes me parecía tierna. Yo me encargo de la cocina y de tratar directamente con los clientes. Él se ocupa de las compras, la logística y los números. Funcionábamos. O eso pensaba.

Todo empezó de forma inocente, como casi siempre empiezan estas cosas que luego se salen de control.

Ricardo Vargas fue el primero. 51 años, dueño de varias constructoras importantes en el Valle de Aburrá. Alto, de hombros anchos, cabello entrecano y una voz grave que parece retumbar dentro del pecho cuando habla. Pedía nuestros servicios para reuniones de trabajo, cenas con inversionistas y, a veces, para él solo. Decía que le gustaba cómo cocinaba yo, que nadie le hacía el ajiaco como yo. Al principio sonreía y lo tomaba como un cumplido más.

Mateo López apareció poco después. 37 años, abogado penalista exitoso, atlético, con esa sonrisa de niño malo que sabe exactamente el efecto que causa. Alto también, pero más delgado y definido. Ojos verdes oscuros. Pedía catering para su oficina o para reuniones en su apartamento del barrio El Poblado. Era más directo en sus coqueteos. Me miraba más tiempo del necesario, me hacía comentarios sobre mi delantal ajustado, sobre cómo olía a especias y a mujer cuando terminaba de cocinar.

Alejandro notaba que ambos pedían más seguido que otros clientes, pero al principio no dijo mucho. Solo alguna broma: “Ese Ricardo te tiene consentida” o “Mateo ya casi vive pidiendo arepas”. Yo me reía y cambiaba de tema.

La primera vez que crucé la línea fue con Ricardo.

Fue un jueves por la tarde. Alejandro había viajado a Rionegro a buscar proveedores. Ricardo había pedido una cena para dos personas en su oficina, pero cuando llegué, estaba solo. Traje el pedido completo: lomito al vino, puré de papa trufado, ensalada y una botella de vino tinto que él mismo había elegido.

—Valentina, quédate un rato —me dijo con esa voz ronca mientras firmaba el recibo—. Prueba el vino conmigo. Me da pena comer solo.

Dudé. Sabía que debía irme. Pero había algo en su forma de mirarme… como si me estuviera desnudando despacio con los ojos. Acepté una copa.

Dos copas después, estábamos sentados en el sofá de su oficina. Me preguntó por mi matrimonio. Le conté verdades a medias: que queríamos tener un hijo pero no llegaba, que Alejandro estaba muy estresado con el negocio, que a veces sentía que me había convertido más en socia que en mujer.

Ricardo puso su mano grande sobre mi rodilla.

—Una mujer como tú no debería sentirse invisible —dijo.

Y me besó.

No fue suave. Fue hambriento. Me agarró por la nuca y me atrajo hacia él. Sentí su lengua invadiendo mi boca y, para mi vergüenza, gemí. Mis manos subieron a su pecho sin que yo se lo ordenara. Olía a madera cara, a hombre maduro, a poder.

—Ricardo… no puedo —susurré cuando se separó un segundo.

Pero no me levanté. No me fui.

Él sonrió, sabiendo que ya había ganado.

Me levantó la falda del vestido negro que usaba para las entregas y metió la mano entre mis piernas. Cuando sintió lo mojada que estaba, soltó un gruñido de aprobación.

—Estás empapada, Valentina. ¿Cuánto tiempo tenías ganas de esto?

No respondí. Me avergonzaba demasiado admitir que sí, que llevaba semanas fantaseando con él.

Me bajó las bragas de un tirón y me abrió las piernas ahí mismo, en el sofá de su oficina. Se arrodilló y me comió el coño con una experiencia que Alejandro nunca había tenido. Lengua lenta, dos dedos gruesos curvados hacia adentro, succionando mi clítoris hasta que me corrí temblando, tapándome la boca para no gritar.

Cuando me recuperé, él ya se había bajado los pantalones. Su polla era gruesa, venosa, más grande que la de mi marido. Me miró a los ojos mientras la frotaba contra mi entrada.

—Dime que quieres que te folle —ordenó.

—…Quiero que me folles —susurré, con la voz rota.

Me penetró de un solo empujón. Grité. Era demasiado grande, demasiado profundo. Me folló duro, agarrándome las tetas por encima del vestido, mordiéndome el cuello. Me corrí por segunda vez antes de que él se corriera dentro de mí con un gemido gutural.

Cuando terminó, me quedé ahí sentada, con su semen escurriéndome por los muslos, mirando el techo. La culpa me golpeó como una ola.

¿Qué acababa de hacer?

Me limpié como pude en el baño de su oficina, me arreglé el cabello y salí casi corriendo. En el carro, camino a casa, lloré. Pero también sentía una excitación que no podía negar. Mi coño todavía palpitaba. Todavía lo deseaba.

Llegué a casa antes que Alejandro. Me duché rápido y preparé la cena. Cuando mi marido llegó, me abrazó por detrás como siempre. Me besó el cuello. Yo me tensé.

—¿Todo bien, amor? —preguntó.

—Sí… solo cansada —mentí.

Esa noche Alejandro quiso hacerme el amor. Yo acepté, sintiéndome la peor persona del mundo. Mientras él me penetraba despacio, yo solo podía pensar en la polla gruesa de Ricardo abriéndome, en cómo me había corrido más fuerte que en meses. Me sentí sucia. Y, sin embargo, me corrí pensando en eso.

Al día siguiente Ricardo me escribió:

Ricardo: La cena estuvo deliciosa. Quiero repetir el postre pronto.

Yo respondí después de media hora, con las manos temblando:

Valentina: Fue un error. No puede volver a pasar.

Pero los dos sabíamos que era mentira.

Con Mateo pasó dos semanas después.

Él era diferente. Más juguetón, más peligroso porque era más cercano en edad y más guapo. Vino al local un martes por la mañana a recoger un pedido. Alejandro estaba en la parte de atrás organizando cajas.

Mateo se acercó mientras yo terminaba de empacar.

—Valentina, cada vez que te veo estás más rica —dijo bajito, con esa sonrisa torcida.

Me sonrojé. Después de lo de Ricardo, me sentía más vulnerable. Más consciente de mi cuerpo.

Esa misma tarde, después de cerrar el local, Mateo me escribió que había olvidado un documento importante en el catering y que necesitaba pasarlo a buscar. Alejandro ya se había ido a casa.

Cuando llegó, no había ningún documento.

Me acorraló contra la mesa de la cocina industrial. Me besó con urgencia, metiendo las manos debajo de mi blusa, pellizcándome los pezones. Era más agresivo y más rápido que Ricardo.

—Llevo meses queriendo follarte —me confesó mientras me bajaba los leggins.

Me dio la vuelta, me inclinó sobre la mesa y me folló por detrás. Rápido, fuerte, dándome nalgadas. Me tapó la boca cuando empecé a gemir demasiado alto. Me corrí violentamente, mordiéndole los dedos.

Después me hizo arrodillarme y me corrió en la boca. Tragué. Todo.

Esa noche llegué a casa con las rodillas adoloridas y el sabor de Mateo todavía en la garganta. Alejandro me preguntó por qué estaba tan callada. Le dije que era por el trabajo.

Mentí mirándolo a los ojos.

Y así empezó todo.

Ahora tengo dos amantes. Dos hombres que me follan cuando quieren, que me hacen sentir deseada, viva, puta de la mejor manera. Ricardo me gusta por su madurez, por cómo me domina y me hace sentir pequeña. Mateo por su energía, por cómo me hace reír antes de ponerme a cuatro patas.

Y Alejandro… Alejandro sigue sin saber.

O eso creía yo hasta hace poco.

He visto cómo me mira últimamente. Cómo revisa mi teléfono cuando cree que no me doy cuenta. Cómo se pone duro cuando vuelvo de una “entrega” con las mejillas rojas y el cabello desarreglado.

A veces, cuando me folla, siento que está imaginando cosas. Y eso me excita más.

Me siento culpable. Muy culpable. Lloro algunas noches pensando en lo que estoy haciendo. Pienso en lo mucho que quiero a Alejandro y en lo destrozado que se pondría si supiera.

Pero también me gusta. Me encanta.

Me encanta sentirme deseada por tres hombres. Me encanta tener secretos. Me encanta correrme con una polla gruesa dentro mientras pienso en la otra. Me encanta llegar a casa oliendo a sexo ajeno y besar a mi marido.

Esto es solo el comienzo.

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