Trío inicial

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Nunca imaginé que una curiosidad compartida con mi esposo, nacida desde el amor y la confianza, nos conduciría a una experiencia tan significativa. Vivíamos en la capital, atravesaba mis 34 años, una etapa de plenitud personal, de seguridad interior, de profunda conexión conmigo misma y en el pico de mi deseo sexual. Soy una mujer delgada de 1,50 m, piel blanca, de cabello rubio, crespo y a media espalda, ojos cafés, tetas redondas, (pezones redondos de color marrón) que sobresalen en mi cuerpo, que siempre han atraído las miradas de los hombre.

Todo comenzó con un perfil que creamos como pareja en una revista dedicada a la sexualidad consciente y a las relaciones abiertas.

Entre muchas opciones apareció Gigo. Al principio fue solo un nombre; luego, una voz amable y serena. Con el paso de los días, esa voz se transformó en una presencia que empezó a ocupar un lugar inesperado en nuestra cotidianidad.

Antes de vernos por primera vez, compartimos semanas de largas conversaciones telefónicas, casi siempre en la noche. Hablábamos de proyectos, de caminos recorridos, de cómo con mi esposo habíamos aprendido a construir una intimidad basada en la honestidad, sin miedos, incluso incluyendo un juguete sexual que simulaba a otro hombre en nuestra cama.

Entre risas suaves y silencios elocuentes, nació una complicidad genuina, incluso compartiéndole a la distancia nuestra sexualidad en el mismo momento en que ocurría, me sentía deseada, pero a la vez escuchada y valorada.

El primer encuentro de los tres fue en una noche pensada con delicadeza. Me había preparado con esmero, desde lo más íntimo. Llevaba como lencería un brasier y un panty de encaje blanco estrenados ese día, era un pequeño secreto en caso de ser necesario.

Cómo ropa exterior decidí por un pantalón azul oscuro que abrazaban mis piernas y caderas, una blusa blanca ligeramente transparente y una fragancia discreta pero deliciosa, quería sentirme segura, femenina y libre.

Elegimos un bar de luces tenues y música tropical, uno de esos lugares donde el tiempo parece desacelerarse.

Desde el primer brindis, la noche fluyó con suavidad. Las risas surgían sin esfuerzo, los tragos de ron calentaban el ambiente y la música nos invitaba a aproximarnos.

Bailé con uno luego con el otro, por cortesía más veces con Gigo. Su cuerpo se movía muy cerca al mío siguiendo el ritmo, haciéndome sentir en mi vientre su polla que aumentaba de tamaño por el deseo que yo le producía.

Percibía sus miradas y la atención compartida, algo dentro de mí se abría con confianza. Me sentía admirada, pretendida pero sobre todo dueña de mí misma.

Cuando la noche en el bar llegó a su fin, fui yo quien propuso continuar la velada en el apartamento que compartía con mi esposo. Quería prolongar estas sensaciones, ese hilo invisible que nos unía.

Ya en casa, el silencio tenía otro peso, más íntimo. Les serví un whisky a cada uno y me retiré a mi habitación.

Me quité la chaqueta y el calzado, me recosté boca abajo aún vestida, el cansancio dulce de la noche me venció sin darme cuenta.

Mientras dormía, ellos permanecieron en la sala. Posteriormente supe que hablaron de mí, de lo bien que bailaba, de mi forma de compartir con cada uno de ellos sin dejar de ser auténtica y amable. Dijeron que había algo especial en mí y por eso esa noche no se parecía a ninguna otra. Me gusta pensar que hablaban de mi apariencia y de la conexión que habíamos creado los tres.

Impulsados por esa admiración, complicidad y deseo compartido; decidieron ir hacia la habitación. Lo hicieron con cuidado, con ese respeto que se tiene ante los momentos que importan. Como quien sabe que está a punto de cruzar un umbral que no se olvidará.

Aunque yo aún dormía, algo dentro de mí ya estaba despierto, esperando.

Comencé a sentir sobre mi ropa una mano sobre una de mis piernas, luego percibí otra mano, que necesariamente era de otro hombre.

Pronto advertí cuatro manos, dos en mis glúteos y dos en mis muslos, inicialmente me tocaban con suavidad, solamente haciendo contacto, de a poco comenzaron a acariciar todas las partes de mis piernas.

Fingía aun estar dormida, (ese era el juego y ellos lo sabían) estaba a gusto y sentí que no debía colocar ninguna resistencia.

El contacto de las cuatro manos subió a mi espalda y brazos.

Luego suavemente estos dos hombres me dieron vuelta hasta dejarme boca arriba aún sobre la cama.

Seguía con los ojos cerrados; manosearon mi vientre, luego cada uno tomó entre sus manos cada una de mis senos.

Acariciaron todo el contorno de mi cuerpo para seguir a la entrada de mi vagina, esas manos eran desconocidas para mí, era tocada en esa parte tan íntima por Gigo, un hombre diferente a mi esposo.

No quise aún abrir mis ojos para mirar quién de los dos caballeros desabotonaba mi blusa. Quedé solamente protegida por el brasier que había colocado por primera vez esa noche.

A voluntad de ellos quedé sentada y de inmediato retiraron mi blusa, nuevamente acostada bajaron las tiras de mi brasier y lo desabrocharon de atrás. Ahora estaba desnuda de la cintura para arriba.

Las caricias se centraron en mis brazos y cuello. Tomaron mis senos, que ahora eran mojados y besados por las bocas de estos hombres.

Hasta ahí preferí estar con los ojos cerrados, concentrada en lo que estaba viviendo.

Uno a uno los botones de la parte delantera de mi pantalón fueron desabotonados por mi esposo quien inmediatamente lo bajo para dejarme solamente con el panty blanco de encajes, hice un pequeño movimiento de cadera y piernas para acomodarme mejor, se quedaron contemplándome, con seguridad me vieron súper sexy.

Mi esposo me beso la cara, el cuello, los brazos, mis pechos, mi vientre. Mientras tanto Gigo acariciaba mis piernas y la tela de mi panty.

Por la confianza, fue mi esposo quien me retiró el panty, cómo premio me beso apasionadamente alrededor de la vagina.

Ahora estaba totalmente desnuda delante de estos dos hombres. Abrí un poco mis ojos y observé que se turnaron para desnudarse, mientras el otro seguir con migo en besos y caricias en todo mi cuerpo.

Mi esposo suavemente se acercó a mi oído izquierdo, para preguntarme algo trascendental en ese momento:

“¿Quieres continuar?” estaba muy excitada y lubricado en mi interior, por eso le conteste con un anhelante y contundente “Si”, él también me contestó con una alegre y complaciente “bueno”.

Y de inmediato bajó a mi vulva la cual besó y lamio con delicadeza.

No lo vi pero entiendo que mi esposo le hizo al otro hombre un gesto con la cabeza de afirmación, desde ese momento sentí que el otro amante acariciaba mis piernas y las iba separando, dejando a su visibilidad mi coño.

Aún me encontraba boca a arriba, sentí cuando Gigo colocó su polla rozando la entrada de mi cuca, me tomo con firmeza por debajo de la cintura y comenzó de apoco a penetrarme.

Entro en mi hasta lo que dio el largo de su polla y con movimientos rápidos y acompasados entraba y salía de mi vagina, lo que sentía en ese momento era algo delicio y súper agradable.

Dando riendas a mi goce, comencé a gemir de placer mientras mi coño estaba cada vez más lubricado. Mi esposo muy agradado, besaba mi boca, mis mejillas y acariciaba mis senos, en momentos simplemente observa el espectáculo que dábamos Gigo y yo.

En esa pose duramos tal vez unos 12 minutos, hasta Gigo algo apenado invito a mi esposo a continuar la faena, efectivamente mi esposo se me acercó para continuar follándome.

Estaré contando lo que ocurrió luego en otro relato.

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