Una milf follada en una cabina

1
6425
T. Lectura: 10 min.

Hola, queridos seguidores. Soy Verónica, mejor conocida como Ishtar Flores, tu milf favorita. Te traigo una nueva aventura sexual a través de un rico relato erótico.

Mi desmedida lujuria me incitaba a tener encuentros con desconocidos. Me excita y me hace mojar el saber que me cogerá un hombre al que jamás volveré a ver, muchas veces sin siquiera saber su nombre.

En México y Guatemala existen unos lugares famosos llamados cabinas, donde tienes encuentros casuales y sexuales con desconocidos. Puedes ir sola o con tu compañero y hacer un intercambio de parejas. He asistido por varios años.

Aquella noche de domingo mi marido llegó ebrio y se quedó profundamente dormido, por lo que decidí salir a divertirme y acudí a una de las famosas cabinas en Ciudad de Guatemala. Iba vestida, como siempre, de manera elegante pero sexy a la vez, como la puta de élite que soy.

Llevaba un minivestido color dorado, hombros descubiertos y, en consecuencia, también la parte alta de la espalda quedó al descubierto. Ese putivestido entallado me llegaba hasta la mitad de los muslos, con un escote pronunciado. Me coloqué unas sexys medias negras con encaje que llegaban a lo más alto de mis muslos, unidas con un liguero a mi tanga dorada, y unas zapatillas negras muy sexys.

Llegué al centro de la ciudad, donde no había anuncios, solamente uno de un par de piernas que indicaban que eran cabinas. Ingresé, seguí un pasillo angosto por unos metros hasta llegar a una zona más amplia, como recepción. Ahí me dieron las indicaciones, resaltando que el sexo era bajo mi propia responsabilidad y riesgo.

Obviamente no pasé desapercibida, por lo que varios caballeros me chiflaron y dijeron:

—Ahorita te voy a coger, mamasota.

Algunos hombres se estaban masturbando porque en la recepción se proyectaban películas XXX. Me dijeron:

—Del lado izquierdo están las cabinas.

Fui de inmediato. Al llegar me encontré con una pared llena de huecos y una televisión reproduciendo una película XXX. El olor era algo desagradable y en el piso había rastros de fluidos. Por un momento pensé en salir, pero de los huecos de la pared salieron varias vergas: unas ya erectas y otras esperando a que las estimularan.

En las cabinas de al lado se escuchaban gemir a varias mujeres y hombres. Era muy excitante oír a personas desconocidas a las que ni siquiera les veía el rostro. Los gemidos de fornicación, tanto de los de al lado como de las películas, hicieron que mi temperatura se elevara.

No pasó mucho tiempo para que mi mano acariciara un miembro, desde los testículos hasta subir por todo el tronco y acariciar el frenillo con la suavidad de mis yemas. Ya excitada, me hinqué y mi boca arropó una verga. La tragué toda y me quedé ahí un instante mientras mis dos manos acariciaban las otras vergas que salían de los agujeros. Fui cambiando de verga mientras masturbaba los otros dos miembros, sin saber quiénes eran las personas del otro lado.

Uno de los sementales no aguantó más y eyaculó dentro de mi garganta como si fuese una fuente. Me enfoqué en la otra verga que entraba y salía de mi boca, acompañada de lengüetazos desde la base hasta la punta, como si se tratase de una paleta. Después de unos instantes, nuevamente mi boca se llenó de semen; esta vez la explosión de espermatozoides llegó a mis ojos. Mientras tanto, vi desaparecer a la tercera verga que salía de la pared.

 

Me limpié los ojos y me puse de pie. Entonces me tomaron por la espalda, arrimándome una dura verga y tocando mis senos y vagina.

—Te voy a coger, puta —decía aquella voz varonil.

Subió mi minivestido e hizo a un lado mi tanga. Me puso empinada sobre el sillón que había allí.

—¡Qué buena estás, puta! ¡Qué ricas nalgas tienes! —dijo.

Buscó mi ano e introdujo su verga. Primero me clavó la cabeza y el tronco fue entrando poco a poco hasta que sentí toda.

—Mmm… —gemía de placer.

Así comenzó un mete y saca. Tenía tanta energía que parecía no parar.

Nuevamente se asomaron unas vergas nuevas, pero mi semental les dio un manazo, como indicando que solo él quería gozarme. Mientras tanto, en las cabinas de al lado se escuchaban gemidos de mujeres sumados a los gritos de las películas XXX. Era un ruido ensordecedor que se mezclaba con mis gemidos y el choque de mis nalgas contra el cuerpo de mi amante.

Me seguía cogiendo analmente mientras jalaba mi cabello y me daba nalgadas.

—¡Desgraciada puta! ¡Qué buena estás!

De mi ano ya comenzaban a salir fluidos y mis piernas parecían quebrarse. De repente sacó su verga y comenzó a penetrarme lentamente de nuevo. Clavaba su miembro sujetándose de mis caderas. Su verga era muy gruesa y sentía que me partía en dos, pero después de un rato ya me sentía muy rico.

—¡Qué rico culo tienes, puta! —dijo, arremetiendo súper excitado.

Continuó disfrutando de mi culo y aceleró hasta que de repente sentí cómo disparaba todo su semen caliente dentro de mí. Terminó de vaciarse, me dio una nalgada y se zafó.

—¡Qué rico me deslechaste, putita!

Acomodó mi tanga, bajó mi vestido y se fue. Me dejó adolorida, sudada, con mis fluidos corriendo por los muslos, satisfecha, pero con ganas de continuar.

Al dar la vuelta, otro hombre ingresó. A este sí lo pude ver de frente a pesar de la poca luz, pues mi celular tenía la linterna. Era muy parecido a mi cornudo… digo, marido: chaparro, gordo, de unos 50 años, con bigote, moreno y nada agraciado.

—¡Qué buena estás, mamacita! —dijo, y se abalanzó sobre mí, besándome y manoseándome.

Me acostó en el sillón y todo su peso cayó sobre mí. Era más pesado que mi cornudo.

—Oye, tranquilo —le dije, visiblemente molesta.

Respondió con una cachetada y un escupitajo:

—Ahora resulta que te pones muy digna, tremenda puta.

Me mordió fuertemente el cuello y luego los pechos. A pesar de tener el minivestido, me dolió. Subió mi vestido, hizo a un lado la tanga y comenzó a penetrarme. Su miembro era normal, como el de mi cornudo, pero hacía buen trabajo. Mis gemidos evidenciaron que me estaba gustando.

—Ya ves, ramera, te gusta. ¡Qué rica hembra eres! Desde que te vi entrar te quería coger.

Debido al peso de mi amante caímos al suelo, donde había fluidos de quién sabe cuántas personas. Me abrió las piernas, me quitó la tanga, se la frotó en su pene (que olía mucho por su falta de higiene) e inmediatamente me la puso en la boca. La escupí y recibí otra bofetada que me dejó aturdida.

Se recostó sobre mí, subió mi vestido a la altura de la cintura y, con su mano, colocó su gordo pene en la entrada de mi vagina. Frotó la cabeza de su sucio miembro en mi clítoris y lo introdujo de golpe. Como era de tamaño normal, entró de un jalón completo. Su verga se sentía caliente y dura; me quemaba por dentro.

Tomándome de los tobillos, los subió a mis hombros mientras sentía cómo su miembro me iba abriendo la vagina centímetro a centímetro. Dejó caer su gordo cuerpo sobre mi esbelto cuerpo, lo que provocó que la penetración fuera más dura. Después buscó mi boca, pero me negaba a besarlo.

Fue entonces cuando este señor, con gran experiencia, realizó movimientos de cadera, empujó su pelvis y me lo enterró todo, hasta los testículos, sacándome un grito de dolor que, con el pasar de los minutos, se convirtió en placer. Mi cuerpo me traicionó:

—¡Aaah, sí, qué rico! —dije inconscientemente, mientras arañaba su espalda en señal de que ya estaba gozando.

Y fue cuando mi vagina se inundó de semen y quedamos pegados. Después me hizo lamerle su pene flácido, pero con fluidos, y dijo:

—Aún te quiero, me encantas.

Comenzó a realizarme sexo oral. Su lengua giraba en mi clítoris y me hizo tener un orgasmo muy rico; lo mojé.

—Ahorita regreso, no te vayas, puta.

Ya llevaba dos cogidas, anal y vaginal, y estaba contenta cuando ingresó un tercer hombre, todo lo contrario a los anteriores: cerca de dos metros, fornido, moreno, cabeza rapada. Se acercó y me besó tiernamente. Fui deslizando lentamente mi mano hacia su abdomen; cada parte de su cuerpo que tocaba era un deleite para mí. Un macho musculoso, moreno… ¡wow!, lo que todas necesitamos.

Seguí bajando mi traviesa mano hasta llegar a la parte más baja de su abdomen y sentí los vellos que crecen debajo de su ombligo, que por cierto me enloquecen, porque es como un marcado camino hacia la gloria.

Por fin desanudé la cinta de sus pants y allí estaba su gran pene, debajo de ese delgado bóxer. Por Dios, tenía un buen tamaño, de esos que tienen la cabeza ligeramente más gorda que el tronco. Manoseando ese bendito miembro me mojaba más y más; se ponía tan duro.

Aquel miembro como chocolate oscuro, ancho, con las venas bien marcadas que parecían a punto de explotar. Me preguntaba qué haría con tanto chocolate. No era la primera vez, pero siempre es un reto. Decidí admirarlo, darle besitos en todo ese enorme tronco. Bajé a las enormes bolas negras y las comencé a mamar, mientras con mis manos intentaba jalar ese enorme pene.

Decidí comenzar la felación, dando lengüetazos en su frenillo y glande. Intentaba meter esa enorme cabeza, pero me abría mucho la boca y me dolía. Otra vez intenté y quedé en el intento. Decidí chupar y chupar, morder el tronco, mientras aquel semental me peinaba. Por tercera vez intenté meterla en mi boca y ahora sí pude introducir parte de esa enorme verga.

—Sí puedes, eres una gran puta.

Su acento era catracho, por lo que deduje que era de Honduras. Me despegué; me estaba ahogando.

Volví a hacer el mismo procedimiento, pero esta vez, con sus grandes manos, me agarró para que no me saliera de su verga. Sentía muy feo, sentía ahogarme, pero quería seguir mamando esa verga negra. Luego la sacó de mi boca mientras yo tosía. Me dio unas cachetadas con esa enorme verga. Volví a mamar su pene y, con mis dos manos, lo masturbaba. Volví a meter mi lengua en su frenillo y glande, y posteriormente los mordí suavemente, lo que lo hizo gritar:

—¡Qué rico, mi amor! ¡Qué puta eres! Sabes dar placer, nivel diosa. Así es, mi amor.

Después de unos minutos ya notaba su líquido preseminal, por lo que, para no venirse, me levantó, subió el minivestido y quitó la tanga. Me estremecí: había llegado el momento de la verdad, el momento en que me iba a ensartar con esa enorme verga que deseaba tener dentro. Apoyó la cabeza de su pene en la entrada de mi vagina e hizo fuerza para meterla. Al ver que le costaba penetrarme, debido a que, a pesar de estar dilatada, mi vagina era muy estrecha para algo tan grueso.

Con sus manos en mi pubis abrió lo más que pudo mis labios vaginales, consiguiendo de esa manera que esa cosa enorme comenzara a deslizarse dentro de mí, haciéndome sentir como si me estuvieran literalmente partiendo. Mientras entraba centímetro a centímetro, al mismo tiempo se dejaba caer sobre mí. Solo la extrema excitación conseguía aplacar el dolor que me causaba esa enormidad dentro de mí: esa sensación de romperme, de estallar, de morirme de gusto y de dolor.

Empecé a gemir primero y luego a gritar, sintiendo cómo mi vagina se llenaba de carne negra caliente. Me la metió a fondo, todo lo que pudo, hasta chocar con el fondo, como si quisiera partirme, disfrutando con mis gritos enloquecidos.

Tenía la sensación de que la pija llegaba hasta mi estómago por la profundidad de sus embestidas, intensas y controladas, haciéndome gozar de verdad. Empapaba mi concha, cada vez más dilatada y adaptada a las dimensiones de tan enorme verga que me estaba volviendo loca. Me adapté a las embestidas de aquel extranjero.

Me penetraba de pie. Podía ver cómo su enorme miembro se perdía en mi vagina.

—Mmm…

Lo rasguñaba. A un lado se oía un sinfín de gemidos, lo que hacía más excitante el momento. Me corrí enseguida, aullando de placer, sin que me importase que me pudiesen escuchar otros clientes de las cabinas.

El semental me dio la vuelta para penetrarme por detrás, en cuatro, posiblemente la postura que más me gusta. Ingresó su cabeza, pero mi ano se estiraba más y más. Preferí que sacara su miembro, introdujera su lengua en mi ano y luego le escupiera para lubricarlo. Así entró la cabeza. Grité, arañé la pared, y luego el tronco. No podía creerlo: me estaba metiendo toda su verga y sentí que me quebraba cuando su verga desapareció en mi ano.

Comenzó a embestirme como un toro, con fuerza creciente, dándose cuenta de cómo mi ano ya estaba enteramente adaptado a sus dimensiones. Mi espalda quedó curvada hacia abajo y mis nalgas sobresalían empinadas como un corazón bien formadito. Al principio fue más tranquilo: metió la cabeza de su pene en mi ano y poco a poco el tronco, hasta meterla toda. Me sentí tremendamente excitada, aunque después fue brusco. Con sus manos grandes y toscas me tomó con fuerza de la cintura y, de un fuerte empujón, me penetró violentamente hasta el fondo.

Mi ano estaba completamente deshecho. Me la metió muy fuerte y rápidamente, tal como yo lo quería. Cada vez que me penetraba podía sentir un golpe dentro de mi vientre. Así continuó cerca de veinte minutos, hasta que de pronto sentí que iba a tener un orgasmo. Me estaba viniendo.

—¡Aaa, qué rico! ¡Estás mojada, perra!

Sacó su miembro e inundó mi cara de semen. Yo chupé toda su verga; no quería desperdiciar ninguna gota de leche.

Ahora sí estaba completamente cogida. Aquel semental me dio un beso y salió. Me bajé el minivestido, puse mi tanga y, como pude, intenté salir. Entonces el señor de antes entró por segunda vez.

—Vengo por otro round —dijo.

—Ya me voy —respondí.

Me tomó con fuerza de los brazos y me empujó fuerte. Caí al piso y, debido a las cogidas tan duras que había tenido, no pude ponerme de pie.

Cuando entraron cinco hombres parecidos a aquel señor obeso:

—Esta es la puta que nos dijiste, compadre.

—Sí.

—¡No digas! Está bien buena y hermosa —agregó otro.

Me alumbraban con las linternas de sus celulares. Se acercaron, me levantaron y comenzaron a manosearme y besarme. Se desnudaron rápidamente, me quitaron el minivestido y la tanga.

Fue entonces cuando todos empezaron a sacarse sus vergas y a pedirme que se las chupara. Y así lo hice: se las iba chupando una por una hasta dejárselas llenas de mi saliva. Olían a sudor, sabían un poco raro, pero ya ni me importaba.

Uno de ellos me puso una mano sobre la cintura y, con la otra, agarraba su verga. La pasó por mi vagina lentamente y comenzó a metérmela poco a poco hasta dejármela toda adentro, lo que me hizo soltar un suspiro. La sacó de golpe haciéndome gemir, y así siguió: me la metió de nuevo de golpe, me tomó con ambas manos de la cintura y comenzó con un mete y saca.

Casi no cabíamos en la cabina, por lo que unos me ponían sus miembros en la boca. Era algo incómodo, pero ya estaba tan cogida que no me importaba el lugar. Uno a uno me fueron penetrando, inundando mi vagina y ano de toda su leche.

Entonces uno de ellos se acostó en el piso boca arriba, con su verga bien ensanchada, erecta, descubierta y babosa de semen. Me monté sobre aquel hombre, puse la punta de su deliciosa y jugosa verga en mi vagina y simplemente me dejé caer rendida, ensartándome ese miembro viril venoso. Yo no tenía fuerzas en las piernas; su verga se abrió paso en mi interior a través de mis paredes vaginales.

Sentía cómo mi cuerpo se complementaba. Era como si mi vagina hubiese estado esperando desde hacía tiempo una verga gorda y larga que la llenara. El albañil me tomó de las nalgas y me llevaba hacia arriba y hacia abajo, cogiéndome a su antojo. Puso sus manos en mis senos, los frotaba y pellizcaba mis pezones. Me excitaba mucho: tenía los pezones muy duros y me castigaba pellizcándolos muy fuerte y jalándolos.

De pronto sentí a otro hombre detrás de mí que se colocó pegado a mi espalda y me inclinó. Sentí cómo colocaba su verga gruesa en la entrada de mi ano y me la fue ensartando hasta el fondo. En ese momento ya tenía dos vergas dentro de mí. Era delicioso sentir una en la vagina y otra en el ano; podía notar cómo esas dos vergas entraban hasta el fondo, topando en mi interior muy fuertemente.

Así se fueron turnando. Cuando uno dijo:

—¡Ay, güey, se le quedó abierto el ano! ¡Se puede ver adentro de su culo! ¡No mames, le abriste el culo! Dijeron aquellos señores al ver mi ano dilatado. Lo que no sabían es que una verga enorme de un hondureño, antes que ellos, me había dejado así. Uno de ellos me tomó del cabello y me dijo:

—Chupa el semen que hay en el piso.

Me dio varias bofetadas, por lo que obedecí. Era extraño lamer semen del piso, pero me gustaba.

Cada verga iba a su ritmo. Mi vientre se sentía muy cálido; constantemente sentía contracciones en el abdomen. Mis senos estaban muy sensibles y excitados, ya que el señor que estaba detrás de mí, penetrándome analmente, me abrazaba, me acariciaba los senos y me lamía el cuello.

Me estaba sintiendo muy querida y gozada por esos hombres. Ya no tenía fuerza en las piernas; las sentía entumidas. Un calor en mi vagina me avisaba que venía un orgasmo que sería fuerte, pues estaba experimentando una doble penetración.

—¡Ay, me voy a venir! ¡Qué rico!

Mis pezones rositas se me endurecieron más y se me alargaron como montañitas.

Mis hombres comenzaron a trabajar más fuerte para mí. Sentí que yo era suya y ellos míos. Tanto haberles calentado la verga había valido la pena. Todo el dolor que sentí estaba siendo compensado con placer. De pronto sentí un calor delicioso en mi vientre: estaba teniendo un tremendo orgasmo. Quedé rendida.

Yo estaba en el clímax mientras ellos continuaban cogiéndome muy duro, hasta que sentí cómo comenzaban a dispararme chorros de semen caliente en mi vagina y en el ano. Fue algo delicioso. Cuando sacaron sus vergas de mi interior sentí como si me faltara algo, tal como si me hubiesen quitado una golosina. Yo necesitaba que otras vergas me cogieran; quería volver a sentir esos chorros de semen dentro. Mi ninfomanía me pedía más.

Ellos se turnaron para satisfacerme durante horas, cambiándome de posiciones en el sillón, llevándome contra la pared grande que había en la cabina para cogerme de pie. Me hicieron cuanto quisieron, eyacularon en mi boca varios de ellos y yo me tragué hasta la última gota de su semen. Uno de ellos dijo:

—Valió la pena el Viagra.

Quedamos tendidos en la cabina. Salieron, me quitaron las medias, el minivestido, las zapatillas y la tanga, y se las comenzaron a repartir como si se tratara de un trofeo. Por lo cogida que estaba no me dio tiempo de reaccionar y salieron de la cabina. Quedé completamente desnuda. Cuando regresaron, me orinaron toda la cara y el cabello.

—Adiós, mi vida —dijeron.

Tuve que pedirle a la encargada de la cabina que me vendiera ropa y me dejara bañarme.

¡Qué noche tan rica! Los que han visitado las famosas cabinas saben que estas y más historias suceden día a día, por lo que tengo más experiencias sexuales.

Querido lector, besos de tu querida Ishtar. Agradezco todo su apoyo y ténganme paciencia; literalmente tengo miles de mensajes y trataré de responderles.

Besos.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí