El nombre en la pantalla de mi teléfono fue un ancla en medio de la nada. No lo reconocía. El mensaje, sin embargo, era directo. “Hola, Cintia. Soy el novio de la chica que se acostó con tu esposo”. El aire se me salió de los pulmones. Mi marido, esa traición que aún me ardía en el estómago como un licor barato, ahora tenía un rostro y un nombre adjuntos. Me escribió de nuevo. “Te he visto en algunas fotos. Eres muy linda”.
Me quedé mirando esas palabras, la combinación extraña de piropo y confesión. Le pregunté qué quería. Su respuesta llegó al instante, cruda y simple: “Quiero que nos desquitemos de ellos. Los dos”. La idea me dio vuelta en la cabeza como un trompo, retorcida, impropia, pero brillante en su oscuridad. Era una venganza perfecta, simétrica. Pensé en la cara de mi esposo, en sus mentiras. Asentí para mí misma y le escribí de vuelta: “Dónde”. Un motel. Por supuesto.
El olor a desinfectante de limón y a humedad vieja me golpeó al entrar a la habitación. La luz anaranjada de una lámpara de noche acentuaba las manchas en la moqueta y el brillo gastado de la cabecera de hierro forjado. Él ya estaba ahí, de pie junto a la cama. Me miró sin decir nada, y yo, con mi vestido veraniego de flores que se adhería a mi espalda con el sudor, me senté en el borde del colchón, que crujió con un lamento de metal viejo.
Empezó a desabrocharse el cinturón, el sonido metálico cortando el silencio denso. Se quitó la camisa y los pantalones, quedándose solo en unos boxers grises que no ocultaban la erección que se dibujaba debajo. Se acercó, se inclinó y su boca se cerró sobre la mía con una fuerza que no pidió permiso, una necesidad pura. Sus manos subieron por mis piernas, deslizando la tela de mi vestido hasta mis caderas. Con un movimiento experto, me lo quitó por encima de la cabeza, dejándome en ropa interior. El aire acondicionado erizó mi piel.
Él se apartó un segundo, se quitó los boxers y su verga se liberó, dura y gruesa, apuntando hacia mí. La tomó en su mano, se deslizó un condón con una rapidez casi clínica y se posicionó entre mis piernas. “Llegó la hora de follar”, susurró, y antes de que pudiera procesar sus palabras, me penetró de un solo golpe. Un gemido se me escapó, una mezcla de dolor y un alivio húmedo.
Diez minutos. Eso fue lo que duró antes de que hablara de nuevo; su ritmo era constante, profundo, martilleando ese lugar dentro de mí que había estado dormido por demasiado tiempo. “Voy a grabar”, dijo, no como una pregunta, sino como una declaración. “Para que tengan la prueba”. Alcanzó su teléfono, lo apoyó en la mesita de noche y la luz roja de la grabación se encendió, un ojo cibernético observándonos. La energía cambió. Ya no solo éramos dos desconocidos follando; ahora éramos actores en una película de venganza.
Me puso de espaldas, entró en mí en cuatro patas, y el sonido de nuestros choques llenó la habitación, un golpeteo húmedo y rítmico. “Así, perra, recíbelo todo”, me siseó al oído. Luego me hizo montarlo. Miré directamente a la lente del teléfono mientras me movía, balanceándome sobre su verga, mis pechos rebotando con cada embestida. Él me apretaba las caderas, sus ojos fijos en mí y luego en la pantalla.
La grabación duró quince minutos de posiciones, susurros sucios y gemidos crecientes hasta que ambos llegamos al clímax, un orgasmo que me sacudió desde los pies hasta la raíz del cabello. Él gruñó, se tensó y luego se desplomó sobre mí. Apagó el teléfono. El silencio regresó, pesado y escuchando.
Nos quedamos así un rato, escuchando nuestra respiración. “Eso… fue intenso”, dije finalmente, mi voz ronca. “Sí”, respondió él, apartándose. “Pero no es suficiente”. Estuvimos de acuerdo. La grabación era el arma, pero el dolor necesitaba más que un video. Necesitaba ser purgado. Y así, empezamos de nuevo. Esta vez, sin cámaras. Solo nosotros. Fue una hora de sexo feroz, desesperado. Repetimos las posiciones, pero con más rabia.
Me folló al filo de la cama, con mis piernas envueltas alrededor de su cintura, arrancándome gritos que no sabía que podía emitir. Hicimos un 69 de pie, él sosteniendo mi peso mientras yo lo devoraba, sus labios y su lengua trabajando mi coño con una habilidad que me hizo temblar. Hubo nalgadas, lo suficientemente fuertes para dejar mi piel al rojo vivo. Habíamos pasado de la venganza cinematográfica a la catarsis física. Terminó de nuevo dentro del condón, esta vez conmigo en cuatro patas, clavado tan profundo que sentí que nos habíamos fundido en una sola masa de sudor y resentimiento.
Pasaron unos veinte minutos. Yacíamos desnudos sobre las sábanas arrugadas, el aire acondicionado ahora un bálsamo en nuestra piel sobrecalentada. “Voy al baño”, dijo, levantándose. “¿Estás bien?”. Asentí. “Sí. ¿Por qué lo preguntas?”. Se detuvo en la puerta del baño, una sonrisa torcida en su cara. “Es que quiero follarte de nuevo”. No pude evitar reírme, un sonido seco y sorprendido. “Claro que puedes, si puedes”, le contesté con un desafío en la voz. Se encogió de hombros y desapareció.
Cuando regresó, su verga ya estaba erecta de nuevo. Se acostó a mi lado y empezó de nuevo, no con prisa, sino con besos largos y profundos, caricias que recorrían cada centímetro de mi cuerpo. Me abrió de nuevo, y esta vez la tercera ronda fue diferente. Fue más lenta al principio, pero se volvió salvaje, una maratón de más de una hora. Follamos en todas las superficies posibles, hasta que la cama parecía un campo de batalla y nuestros cuerpos pedían tregua.
Terminamos en la ducha, el agua caliente corriendo por nuestros cuerpos mientras me penetraba desde atrás, mi pecho y mis manos apoyados en el frío de las baldosas de azulejo. Fue un día excitante, lleno de un rencor que se desvanecía con cada embestida y de recuerdos que se borraban bajo el torrente del placer. Pero sobre todo, fue el día de una sesión de sexo inolvidable, una que me dejó exhausta, satisfecha y, por primera vez en meses, sin saber absolutamente qué haría mañana.
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