El cura vicioso
Sebastián, cincuentón, alto, doble y tirando a feo, después de haber confesado a Gerardo y a muchas más personas, de decir misa y de arreglar unas cosas, se fue a su casa. Aurora, su sobrina y criada, una treintañera, morena y con todo muy bien puesto, o sea, que tenía un polvazo, le puso la comid...