Desde el asilo
No importa cual había sido mi falta: le mentí, la engañé.
Y allí estaba yo de rodillas, desnudo, besándole los pies, pidiendo perdón. Ella estaba sentada con piernas y brazos cruzados, mirándome y sonriendo. Callada, imperturbable, una diosa ajena a la miseria humana que era yo. D...