Correctivo en la limusina
Pronto, las manos no bastaron. Sayo sacó de su bolso un cepillo de pelo de madera, ancho y firme. “Esto será más efectivo”, murmuró con guiño malicioso. Los golpes con el reverso del cepillo eran más intensos: ¡plaf, plaf!, marcando la piel pálida con rojeces que contrastaban con el vello oscuro. El manager se retorcía lo poc...