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Follando con la maestra Raquel (Parte 2)

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Eché mi cadera para atrás y esta vez lo metí con más rapidez. Los gritos de dolor me recordaron a Yanneth, una compañera con la que tuve sexo y era una gritona total, cosa que no hizo más que motivarme a meterlo más y con más fuerza

El interior de Raquel era delicioso. Su sabor ácido no había hecho más que acentuarse y podía sentir como mi lengua era abrazada con fuerza por las paredes vaginales de mi maestra. Tenía los ojos cerrados, estaba concentrado en el momento, usé todo lo que había aprendido con Karolina y había practicado con otras compañeras. Mi lengua se movía suavemente y con rapidez en su interior, escuchaba su respiración acelerada y los agudos gemidos que dejaba escapar de tanto en tanto. Raquel comenzó a tener pequeños espasmos y a cerrar poco a poco las piernas, ¿tan rápido? Pensé.

Saqué mi lengua y la volteé a ver. Ella lo estaba gozando, me vio y me acarició suavemente la mejilla con su mano derecha. Yo la tomé de esa mano y besé su palma.

— Dios, esto está mal...

Dijo ella.

— Pero se siente muy bien — Le respondí.

Me sonrió y volví a mi labor. Abrí sus piernas casi por completo y ubiqué el enorme capuchón que cubría su gran clítoris, presioné un poco por encima para dejarlo salir y, una vez se asomó fuera del capuchón, comencé a jugar con él. Era suave, como cualquier otro, pero de gran tamaño, su color oscilaba entre rosado y rojizo. Lo tomé con dos dedos y comencé a lamerlo con la punta de mi lengua. Raquel comenzó a menearse al ritmo de mi lengua. Finalmente, los espasmos se volvieron cada vez más bruscos, sus caderas se movían violentamente. Retiré mis dedos, abrí sus piernas todo lo que pude y hundí mi boca completamente en su coño. Tenía la nariz y parte de los ojos pegados a su pubis, la alfombra púbica me hacía sentir un poco de cosquilleo en esa área. Usé mi lengua en su clítoris y, cerca del final, la introduje solo para sacarla al momento de la corrida.

— ¡No, no, no, no, Dios, no!

Gritó un segundo antes de correrse.

No pude abarcarla del todo, sus jugos salían disparados con una fuerza que no había visto nunca en otra mujer. Quizá fueron diez segundos en los que dejó salir una cantidad suficiente como para que me costara tragarlos, pero parecieron eternos, su expresión fue lo mejor. Cerró los ojos con fuerza y mostró los dientes, su cabello se meneaba mucho y sus enormes pechos saltaban a la vez que su vientre se inflaba y desinflaba en su intento por recuperar el aliento.

Yo tragué lo poco de su corrida que me cayó en la boca y no en la clavícula o el pecho y lamí lo que chorreaba desde su coño hasta la raja de sus nalgas. Raquel me tomó la cabeza y acarició mi cabello con delicadeza. Me puse de pie, su vagina seguía chorreando a montones.

— Estás perfecto — Me dijo mientras acariciaba mis brazos y observaba mi pene erecto.

Yo no dije nada, pero acerqué mi pene hacia su agujero, comencé a untar el tronco moviendo mis caderas. Desde la base hasta la punta, Raquel se mordía los labios mientras sus manos exploraban mi abdomen y sus ojos miraban a los míos. Finalmente, me eché sobre ella y comencé un beso lento y apasionado. Y, en ese momento, comencé a pensar en Karo. La imagen de mi novia inundó mis pensamientos y el morbo y la culpa vinieron con ella. Le estaba siendo infiel, montando cuernos, qué cosa tan excitante me pareció pensar en que Raquel estaba haciendo lo mismo. Infieles ambos, desnudos y listos para consumar la deslealtad para nuestras respectivas parejas. Si había flacidez en mi pene, desapareció con ese pensamiento.

Traté a Raquel con más cariño y modales que a cualquier otra mujer, con excepción de la propia Karolina. Nuestro beso parecía el de dos enamorados más que el propio del sexo rudo y desconsiderado que había tenido con Fernanda o Margarita o Karolina. Nos separamos un minuto o dos después.

— ¿Estás lista?

— Ve lento, nunca he tenido uno así.

Le di una sonrisa y pregunté.

— ¿Así cómo?

— Así de grande — Me respondió y me dio una palmada en el pecho.

Volví a poner los pies en el suelo y jalé las piernas de Raquel hasta el borde de la cama, su cintura seguía en la cama, pero sus caderas pendían en el aire sostenidas por mis brazos. Abrí sus piernas lentamente mientras le besaba la pantorrilla derecha. Finalmente, puse el glande en sus labios vaginales.

Ella estiró sus brazos con las palmas hacia abajo y me veía con una expresión de miedo.

— Voy a ir lento, ¿ok?

Asintió con la cabeza.

Empujé levemente las caderas hacia adelante, en ningún momento dejé de verle a la cara.

Cuando mi glande comenzó a entrar, ella simplemente gimió un poco de dolor, pero conforme se abrió paso en su interior, comenzó a soltar aire y a suspirar de dolor. Para cuando estuvo totalmente dentro, soltó un grito ahogado y me volteó a ver como pidiéndome piedad. La mueca de su pequeña boca y el gesto de sus ojos me hicieron darme cuenta de que le dolía. Seguí empujando sabiendo que, ese día, no iba a meterle los 20 cm enteros. Fui poco a poco y, al cabo de unos segundos, me puso la mano en el pubis.

— Espérate, espérate —Se puso el puño en la frente, tomó aire y suspiró—. Ya está, sigue.

Le hice caso y llegamos a la parte más gruesa de mi miembro. Nunca lo he medido, pero se asemeja bastante a los tubos que tienen los rollos de papel higiénico, por lo menos a mitad del pene, después de eso, se vuelve más delgado tanto en el inicio como en el final. Y me preocupó un poco al escuchar el fuerte grito que hizo cuando llegamos a esa parte, no dijo nada, así que seguí más y más y paré una vez llegamos a la parte delgada de mi miembro. No metería más, su vagina era angosta y, además, mi pene es recto, no se tuerce ni a izquierda, derecha, arriba o abajo y eso puede resultar doloroso para algunas.

Raquel lloraba un poco y mordía la sabana a la vez que sus manos apretaban las sabanas.

Eché mi cadera para atrás y esta vez lo metí con más rapidez. Los gritos de dolor me recordaron a Yanneth, una compañera con la que tuve sexo y era una gritona total, cosa que no hizo más que motivarme a meterlo más y con más fuerza. Los gritos de dolor de Raquel y sus ojos suplicantes me llevaron a mover las caderas con más rapidez, su vagina me apretaba y mi pene palpitaba en su interior. Sus piernas temblaban de placer y sus nalgas saltaban al son de mis embestidas, cuando mi abdomen chocaba con sus piernas, sabía que tenía que dejar de empujar, eran mi medida. No tardó mucho en volver a correrse, esta vez, lo dejé caer todo, un poco de ello me bañó el pene a lo que salía, pero la mayoría termino en el suelo. Casi al instante me corrí en su pubis.

La cogí de las caderas y la puse nuevamente en la cama.

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