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La historia de Ana (Capítulo 1)

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Nota del autor: ya llevo escribiendo varios relatos sobre la mujer que más ha marcado mi vida. Quienes hayan leído algunos de ellos, sabrán que hablo de Ana. Si bien las historias son en su mayor parte ficticias, hay algo en ellas que sí es muy real: la personalidad de Ana. Ella es una mujer adicta al sexo, y esto, sumado a que tiene una autoestima extremadamente baja, debido a sucesos que la marcaron durante su infancia, hizo que, al menos durante los años en que yo la conocí, cayera rendida a cuanta pija se le ofrecía.

Ana no concebía otra manera de sentirse segura, que entregando su cuerpo a quien la deseara. Sin embargo, no era una chica fácil del todo. Le gustaba hacer sufrir a los hombres. Se dejaba seducir en chats que podían durar hasta la una de la madrugada; quienes la conocían personalmente podían saborear un cruel franeleo, que no iba más allá de eso. Es que a Ana le gustaba tener a los hombres comiendo de su mano, y mientras saciaba sus instintos con su macho de turno, tenía otros diez haciendo fila para saborearla.

Ana era hermosa. Una belleza infernal compactada en un cuerpo de cuarenta y cinco quilos. De piel blanca, ojos marrones, grandes, difíciles de descifrar. Rostro un tanto ovalado, una cara de nena que enamoraba, de piel suave como culo de bebé. Su cuerpo diminuto hacía curvas pronunciadas cuando llegaba a sus pechos y caderas. Y su culo… para no ser poco original sólo voy a decir que su culo tenía todo lo que a un hombre le podía apetecer.

Ana sabía del poder que tenía sobre los hombres, pero también estaba consciente de que su autoestima era su punto débil, y que, si la presionaban un poco, sería ella quien termine rendida ante el deseo animal que ella misma despertaba.

Yo tardé en darme cuenta de su debilidad por la pija, pero cuando lo descubrí no dudé un segundo en explotarlo.

En todos los cuentos sobre ella, los lectores quedan advertidos que en su contenido hay escenas de no consentido, y por eso asumo que quienes continúan leyendo hasta el final, lo hacen esperando dichas escenas. Es por eso que me esmero mucho en que el relato sea lo más creíble posible. Me encanta humillar a Ana en mis ficciones, me encanta someterla a vejaciones, y hacer que haga cosas que en principio no quería. Ana tenía un plus; algo que iba más allá de su sorprendente belleza; esa sumisión, esa imposibilidad que tenía de decir que no cuando se enfrentaba a ciertas situaciones, esa entrega absoluta una vez que se dejaba llevar por la lujuria del otro.

Contando los relatos de Ana, me vi atrapado en giros argumentales difíciles de continuar, por eso decidí empezar la historia de cero, contando sucesos diferentes, pero con el mismo hilo conductor: Ana. Así que los próximos relatos si bien narrarán la misma historia, los sucesos, en su mayoría serán diferentes, o bien serán los mismos pero modificados.

Espero que los lectores sientan, al menos, una décima parte de la lujuria que esta hembra infernal despierta en mí.

La historia comienza así...

1

Cuando empecé a trabajar en el edificio, Ana no era más que una vecina del montón. Su belleza estaba escondida en sus ropas sueltas y su actitud esquiva. Su pelo suelto, que le cubría parte de la cara, ocultaba su belleza a los ojos pocos observadores como los míos.

Yo había empezado a trabajar como vigilador, vigilante, guarda de seguridad, o como sea que le llamen en sus países a quienes nos mantenemos despiertos durante la noche, haciendo guardia en el hall del edificio, fingiendo ser algo parecido a un policía, cuando en realidad nos asemejamos más a un portero haragán.

Esas noches eran bastante monótonas. No había mucho para hacer, me la pasaba leyendo, usando mi celular, o caminando de aquí para allá a lo largo de los pocos metros que tenía disponible.

El edificio estaba lleno de gente mayor, por lo que no había mucho movimiento después de las diez de la noche. Sólo los fines de semana, los pocos adolescentes de ese lugar salían por las noches. Una de mis actividades preferidas era mirarle el culo a las pendejas que salían con la ropa ajustadísima, y maquilladas como putas. Pero más allá de eso, no hacía otra cosa que volcarme a la literatura, cosa que, de hecho, me salvó del aburrimiento.

La primera vez que crucé palabras con Ana habrá sido una noche fría de Julio. Yo la vi llegar, a través de la puerta de vidrio, cargando dos bolsas grandes, las cuales, considerando su pequeña estatura, parecían realmente enormes. Me acerqué a la puerta a abrirle, sin ninguna segunda intención, lo hice por ella como lo solía hacer por cualquiera que necesitase una cortesía de mi parte. Entonces me ofrecí a cargar las bolsas hasta el ascensor. Otra cortesía insignificante. Ella se había negado al principio, pero yo tomé las bolsas sin reparar en su negativa (más adelante tomaría otras cosas sin reparar en su negativa) y llevé las dos bolsas mientras ella caminaba a mi lado.

—Son pesadas. —le dije, una vez que las apoyé en el piso y presioné el botón para llamar al ascensor.— no te puedo acompañar hasta arriba, ¿Vas a poder sola hasta tu departamento? —le pregunté.

Entonces ella hizo un gesto que todavía ahora recuerdo como aquel gesto que clavó la primera flecha envenenada en mi corazón: Se corrió el pelo detrás de la oreja, dejándome vislumbrar la belleza peculiar de ese rostro delicado, a la vez que me regaló una media sonrisa, pícara y sensual.

—Claro que puedo, si la venía trayendo desde la lavandería.

—Ah, es tu ropa. —dije, todavía un poco embobado por el impacto de ese descubrimiento inesperado.

—Sí, es mi ropa. —dijo, abriendo la puerta del ascensor que ya había llegado— gracias. Me parece bien que no quieras subir, no está bueno que dejes el puesto cada vez que una vecina viene con bolsos.

—Sí, claro. Chau —la saludé.

—¿Cómo te llamás?

—Gabriel.

—Yo, Ana.

—un gusto.

Y antes de cerrarle la puerta del ascensor la miré de pies a cabeza, percatándome de que detrás de esas ropas se escondía un cuerpo esbelto y con más curvas de las que imaginé.

2

El tiempo pasaba rápido esos días. Un mes no se diferenciaba demasiado de una semana. Luego de ese primer encuentro nos veíamos cada tanto. Yo siempre trataba de sacarle conversación cuando llegaba por las noches, y así la fui conociendo, sacándole información a cuentagotas. Sabía que vivía sola, que tenía veintisiete años (parecía cinco años menos), y que era violinista, ya que día por medio venía con el estuche del violín cargado en su hombro. Cada vez que la veía, le sacaba una suerte de radiografía con los ojos. A veces usaba pantalones más ajustados, y entonces descubrí que su culo era mucho más apetitoso de lo que había imaginado, y me partía la cabeza tratando de entender porqué no usaba ropa que lo resalte, como hacían otras mujeres.

Ana parecía conocer mi atracción hacia ella, y tendía a sonreírme sugerentemente, cosa que me calentaba muchísimo. Si en ese momento la hubiese conocido mejor, o si yo mismo no hubiese sido tan lento, no me habría costado mucho llevármela a la cama, pero las cosas no sucedieron tan rápido.

A veces no la veía, y me preguntaba si había entrado antes de que yo llegara, o si acaso estaba durmiendo con alguien, en otro lugar. La idea de que se acueste con otro me generaba unos celos ridículos, como si ya fuese mi novia, y su ausencia generaba un vacío angustiante en mi interior.

Mi temor no tardó en hacerse realidad. De repente apareció con un flaquito rubio, muy simpático. Para mi desgracia el pibe me cayó bien. Era educado, y a veces, cuando tenía que esperar a Ana en el hall, conversábamos un poco.

Aquí inició una etapa absurda en donde comencé a entablar una pseudo amistad con ambos.

Me di cuenta de que, mientras más confianza tenía con su novio, Ana se dejaba llevar por un sentimiento de amistad, y parecía olvidar el hambre que yo le tenía. Entonces se abría más, y las charlas intrascendentes cargadas de un coqueteo histérico se vieron reemplazadas por conversaciones más extensas y profundas que nos permitían conocernos mejor. En mi inmadura imaginación, esto era algo positivo, ya que, pensaba, desde la ignorancia, que Ana era una chica a la que había que conquistar desde lo sentimental, y por eso descarté de plano la estrategia más efectiva: atacar directamente, enfocándome en el sexo. En cambio, me mostraba extremadamente amable, le preguntaba si estaba bien, preocupándome sinceramente cuando sabía que tenía algún problema, como cuando se peleaba con su padre, con quien tenía una extraña relación, ya que él sólo le demostraba su cariño entregándole dinero; o cuando me contaba que en las orquestas donde tocaba no le pagaban el sueldo, o cuando tenía que ir al médico para hacerse cualquier estudio… En todos esos casos me imaginaba convirtiéndome en un caballero que iba a salvar a su damisela en peligro. Pero para eso ya tenía a su novio. Yo sólo era un intruso.

El tiempo seguía pasando rápido. En seis meses las cosas no cambiaron mucho.

Un día se pelearon. Una pelea fuerte, que más adelante me enteraría que era debido a los celos de ella. Cuando Ana salía del edificio para un ensayo me lo contó. Se la veía triste y enojada. Me hubiese gustado abrazarla hasta que se le pase todos sus sentimientos negativos, pero no podía hacerlo. Yo estaba trabajando, con mi uniforme de seguridad puesto, y la gente entraba y salía a cada rato (era fin de semana, y en esos días yo trabajaba durante el día), además tampoco teníamos ese tipo de confianza. Cuando la acompañé hasta la puerta me dijo:

—El jueves tengo concierto. Si querés venir…

— Claro, me encantaría. —le contesté, sin detenerme a pensar si el jueves estaría libre o no.

Me dijo dónde era el concierto. Desde que la conocí, nunca había estado tan contento.

3

Algo en mi ilusa mente me dijo que aquella invitación podía significar una cita encubierta. Como se había peleado con su novio, él seguramente no asistiría. Entonces yo la invitaría a salir a tomar algo, una vez que terminara de tocar. Quizá esa noche me animaría a abrazarla y besarla como siempre tuve ganas de hacerlo: con una ternura infinita, como si tuviese miedo a romper su frágil cuerpo. Quizá esa sería la mejor noche de mi vida.

Pero no podía estar más equivocado, porque su novio sí asistió al concierto, y de hecho, estaba sentado a mi lado.

El mundo se me vino abajo, pero intenté reponerme enseguida, lográndolo sólo a medias. Después de todo, si me había ilusionado era problema mío.

El concierto era en una iglesia del centro. Nunca había escuchado música clásica hasta que conocí a Ana, pero ya me conocía la obra de Tchaikovski que iban a tocar, ya que meses atrás me había comprado un cd de él, exclusivamente para conversar con ella sobre eso.

El lugar estaba abarrotado de chetos, cosa que me incomodó un poco, ya que me sentía sapo de otro pozo. Pero por ridículo que suene, la compañía de Andrés, el novio de Ana, me ayudó a sobrellevar mejor la situación.

Ana se acercó a saludarnos, un rato antes de que empiece el concierto. Llevaba un vestido negro, bastante corto y ceñido, y su pelo ondulado estaba recogido, dejando libre su lindo rostro. Vi por primera vez, con toda claridad, sus curvas de vértigo; sus caderas, sus pechos, su cuello de cisne. Todo en ella era más voluptuoso de lo que había supuesto, y eso, junto a su rostro angelical, hacían un combo explosivo. Estaba maquillada prolijamente, y llevaba medias negras, y zapatos de tocón del mismo color. La chica recatada e inadvertida que había conocido había sido sustituida por una viuda negra salida del infierno.

Me saludó secamente. Casi me pareció percibir cierta molestia por mi presencia. Luego abrazó a Andrés, y estuvo un rato dándole los besos que yo quería para mí, y susurrándole palabras que me moría por oír.

Era la única integrante de la orquesta que estaba mezclada con el público, y mi paranoia me decía que estaba ahí para restregarme en la cara que ella ya tenía un hombre, y que yo nunca la poseería. Mientras se acariciaba con su novio parecía burlarse de la invitación que me había hecho: ella ya había hecho las paces con su pareja, y no había motivos para seguirme el juego. Quizá hasta me había invitado sólo para darle celos al tipo. Por primera vez sentí por ella un oscuro rencor. Pero no sería la última.

4

Durante algunos días le hablé lo justo y necesario. No sólo me había bancado la escenita erótica con su novio, sino que después del concierto, se fue con Andrés y sus compañeros a tomar algo, pero no fue capaz de invitarme. Aunque tampoco hubiese aceptado, claro está.

Pero de a poco y sin darme cuenta, fui aflojando, y volví a tratarla como siempre lo hice, con amabilidad y ternura.

Durante varios meses tuvo con su novio muchas peleas, muchas idas y vueltas. En esos momentos yo aprovechaba para hablarle por chat. Ý ahí comencé a animarme a decirle piropos inocentes: que era muy linda, que me parecía la chica más duce del mundo, y esas cosas.

Una de esas tantas noches en donde se había peleado con su novio, conversaos hasta después de la medianoche. De a poco ese montón de capas de misterio que la envolvían iban cayendo una a una, y lentamente se convertía en alguien familiar. Al menos eso pensé en ese momento. Haciendo gala de su sinceridad, esa noche me preguntó por chat “¿por qué te hablás con Andrés?” Al principio pensé en hacerme el tonto, pero luego decidí que era mejor no subestimar su inteligencia. “¿Te molesta?” Le pregunté, mientras me acomodaba detrás de mi escritorio. Eran las doce y media de la noche. Había un silencio profundo que solo se cortaba por los autos que se deslizaban por la avenida que tenía frente al edificio. Mientras tanto, yo esperaba sentado a recibir el mensaje que ella me enviaría desde varios pisos más arriba. “Me parece medio de falso… o sea, ¿vos qué onda conmigo?” Me quedó esa pregunta palpitando ¿Vos qué onda conmigo? Me la repetía una y otra vez, buscado la respuesta apropiada. Ahora, desde la distancia, estoy seguro de que las respuestas más atinadas hubieran sido: Me calentás mucho, y ahora que tu novio no está, me gustaría subir a chuparte toda y a cogerte en todas las posiciones que conozco… Okey, quizá eso sería muy exagerado, pero hubiese sido más efectivo que decirle las pavadas que le dije: que era una chica muy especial y muy linda, que todos los días pensaba en ella, y que a pesar del respeto que sentía por Andrés, mi sentimiento era más fuerte que la culpa, y me hubiese encantado que me dé una oportunidad.

En fin, que con ese discurso cursi sólo me gané un “Gracias”, y los siguientes mensajes no fueron contestados.

Pero lo peor es lo que sucedió después. A través de la puerta de vidrio vi llegar a un tipo de unos treinta años. Era pelado, alto, y vestía un jean arrugado, y una remera de algún equipo de fútbol. Inmediatamente llamó mi atención porque los vecinos del edificio no suelen tener visitas a esa hora de la noche. El pelado tocó el timbre, y enseguida fue atendido por una voz femenina. Inmediatamente después del intercambio de palabras, me llamaron al intercomunicador. “Gabriel, le abrís por favor al muchacho que está en la puerta”. Era Ana. Quedé petrificado un instante, hasta que ella repitió varias veces mi nombre y reaccioné. “Si Ana, ya le abro”.

Le abrí la puerta, a cara de perro. El pelado entró con una sonrisa sobradora (o eso me pareció a mí)

Me dije a mí mismo que no podía ser, que no podía estar pasando lo que estaba pasando. Seguramente se trataba de un amigo. Alguien que vino a consolarla. No podía ser que por una pelea con su novio se había llevado un chongo para saciarla. Me rehusaba a pensar en ello. Seguramente al día siguiente volvería con Andrés, como lo hacía siempre; no había terminado con él, solo fue una pelea como muchas otras, la Ana que yo conocía (la que yo idealicé) no traicionaría a su novio. No se comportaría como una puta.

Pero a pesar de que me lo repetía una y otra vez; mientras daba vueltas por el hall, como un loco, no podía sacarme de la cabeza la idea de que ese pelado fanfarrón le estaba haciendo todo lo que yo deseaba hacerle. Por alguna absurda razón me sentía yo mismo traicionado, como si yo fuese el cornudo, cuya novia, ante la primera excusa, se iba a encamar con otro.

No soportaba más. Mientras pasaban los minutos se hacía más fuerte la teoría de la infidelidad. Pensé en una idea de locos, que deseché enseguida. Pero luego de dar más vueltas de aquí para allá, ya no pensé, y actué, después de todo, por más demencial que pareciera lo que estaba planeando, no iba a estar tranquilo si no lo ponía en práctica.

Así que, contra el reglamento, y contra toda lógica, dejé mi puesto solo, y subí por escaleras, lentamente, sin hacer ruido, hasta llegar al piso donde vivía Ana. Entonces me acerqué a su puerta, para intentar escuchar lo que sucedía adentro. Al principio solo hubo silencio, cosa que no me tranquilizó, ya que, si fuese un amigo, deberían estar conversando. Pero luego escuché una risa femenina, pero no era cualquier risa, era una risa histérica, una risa orgásmica. Y enseguida llegaron los gemidos.

No me podía apartar de la puerta. Los gemidos de Ana me causaban tanto horror como fascinación. Por un lado, me hacían bajar a la tierra; por primera vez me daba cuenta de que Ana no era el ser inmaculado que yo había imaginado, era una mujer como muchas otras, que sentía debilidad por la pija. Por otro lado, me di cuenta que, a pesar de mis celos, me daba cierto morbo oír como se la cogían otros.

Me quedé hasta escucharla acabar. Largó un grito que podrían oír sus vecinos. Volví a mi puesto con una potente erección.

5

Pensé mucho en ello. Estaba decepcionado, o más bien, desilusionado. Pero, de a poco, mi primera reacción, la machista, la que la consideraba una ligerita, una fácil, fue reemplazada por un razonamiento que me llevó, inevitablemente, a pensar que ella estaba en todo su derecho de hacer lo que quisiese. Era cierto que al otro día ya estaba de la mano de su novio, pero ¿y qué? Quien sabía cómo la trataba él. Seguramente también le era infiel, y tal vez ella lo hizo en venganza, para contrarrestar, al menos un poco, tanta humillación. Quizá ese pelado que me cayó tan mal, era un tipo que sabía escucharla y estar cuando ella lo necesitaba. Yo debería seguir su ejemplo, y convertirme en un hombro en el cual llorar, para poder aprovechar el momento justo.

Pero eso sólo me convencía por momentos.

Ana seguía con la relación tormentosa con Andrés, y cada vez que peleaban, se vestía de una manera poco usual en ella, mas apretada, más pintada y con cara de querer guerra. Y yo me preguntaba si se iba a ver con el pelado, o con algún otro.

Mientras tanto yo fingía que no pasaba nada, y le hablaba con normalidad, sacándole conversaciones largas e interesantes cada tanto.

Aun así, parecía inalcanzable, no había nada que me indicara que tenía una oportunidad con ella. Hasta aquella noche…

Yo sabía que se había peleado con Andrés de nuevo, porque no llegaron juntos. Esperaba verla salir en cualquier momento, pero ya eran las dos de la mañana, y nada.

Entonces suena el intercomunicador. Era Ana.

—Gabriel, ¿será que podés subir un rato?, necesito un favor, va a ser un minuto nada más.

No lo pensé dos veces. Otra vez ignoré las directivas y dejé mi puesto sólo. Además, seguramente se trataba de una tontería, y enseguida volvería. Pero no podía desaprovechar la oportunidad de estar a solas con ella, aunque sea solo un rato.

Subí hasta su departamento. Ella estaba en el umbral de la puerta, la cual estaba semi abierta.

—Te esperé acá para que no toques el timbre a estas horas. —me dijo. Vestía un short negro y una remera gris con escote pronunciado.

—Lindo pijama. —comenté y la saludé con un beso en la mejilla, sintiendo el perfume que desprendía su piel. Ella sonrió, cosa que hizo resaltar sus pómulos, y descubrió un hoyito en los cachetes.

—Esta ropa vieja solo la uso para dormir. —dijo, y agregó.— si querés me la quito… Vení, pasá.

Hice de cuenta que no escuché su comentario insinuador, porque me parecía imposible que lo dijese en serio. Seguro fue una broma.

—¿Qué necesitabas? —le pregunté.

—Quería hablar con vos. —Me dijo— sentate. —señaló el sofá.

Ana era impredecible, y yo bastante lento, por lo que no imaginaba qué se traía entre manos.

Nos sentamos uno al lado del otro. Ella me ofreció algo de tomar, pero yo negué con la cabeza. A pesar de su ropa vieja, estaba muy sexy, esas prendas dejaban la mayor parte de sus piernas desnudas. Las descubrí depiladas, y me pregunté si otras partes de su cuerpo también lo estaban. En su rostro de niña peligrosa se dibujaba una sonrisa pícara y compradora. Su pelo ondulado estaba suelto, y un mechón rebelde caía por delante del hombro, tocando la piel desnuda de sus pechos.

—Decime… —balbuceé. Ella rio, perversa, y guardó silencio por unos segundos interminables.

—Mirá, vos siempre me decís cosas lindas, y sos bueno conmigo. Pero a mí no me gusta que me molesten. No me gusta que me manden mensajes todo el tiempo, y tampoco me gusta que te pongas celoso si me ves con un tipo.

—Pero Ana, yo…

—No me digas que no, porque es así. —me interrumpió— Yo estoy mal hace rato con mi novio, y si quiero salir con otros tipos, no tenés derecho a mirarme mal.

“Otros”. El plural me mató. ¿Había más tipos aparte de ese pelado que le sacó un orgasmo después de la medianoche?

—Así que necesito que me prometas que te vas a limitar a hacer tu trabajo, y que no te vas a meter en mi vida, y por favor, si sabés que estoy con Andrés, no me mandes mensajes, porque eso ya me trajo problemas.

Me sentí muy apesadumbrado. Me había llamado hasta ahí sólo para poner los puntos sobre las íes.

—Está bien. Te prometo que no te voy a molestar. —susurré, ya imaginándome en mi puesto de trabajo, saludándola formalmente como a cualquier otro vecino, y ni pensar escribirle algún mensaje. Era el final de una relación que nunca empezó.

—¿Entonces me lo prometés? ¿No vas a causarme problemas?

—Te lo prometo. —dije, ya parado para irme.

—Espero que cumplas tu promesa. ¿Por qué sos tan tímido?

— No sé. Sólo soy así.

— Si te gusto tanto ¿Por qué no hacés algo?

— Es que no sé qué hacer Ana. —dije, confundido— Y menos después de lo que me acabás decir.

—Sólo te dije que no me gusta que me molesten —dijo. Estábamos sentados uno al lado del otro, pero ella se acercó más, deslizándose como gata, hasta que su pierna desnuda tocó la mía.— ¿Sabés por qué me llevo mal con Andrés? —susurró la felina, poniendo una mano en mi pierna.

—¿Por qué? —Pregunté, con la respiración agitada. Sintiendo el aroma que desprendía su cuerpo. No usaba un perfume en particular, pero olía como si se acabara de bañar.

—Porque no me coge tanto como quiero. —dijo Ana, mirándome a los ojos. Sus labios dibujaron una perversa sonrisa al ver mi expresión al reaccionar a sus palabras tan directas. Sus dedos, se deslizaron, suaves, hacia arriba.

—Yo te cogería todos los días. —dije por fin.

Ana apretó por encima de la bragueta de mi pantalón, sintiendo cómo mi sexo, ya hinchado, se erigía hasta quedar duro como piedra, y recto como mástil.

—Mmmm que grande la tenés. —murmuró, mordiéndose el labio inferior. Bajó el cierre, metió la mano, y en un movimiento, como quien manipula una palanca, liberó mi verga venosa. Acercó su rostro. Era el mismo rostro bello, aniñado y angelical con el que muchas veces soñé con darme un beso romántico, sin embargo, Ana no se acercaba a besarme tiernamente, sino que se dirigía a mi sexo, que la esperaba, impaciente.

Lo olió. La punta de la nariz tocó el glande, y un poco de presemen se impregno en ella. Luego llegó la gloria. Se metió la pija en la boca.

Lo hacía como una experta. Varias veces me había ido de putas, para romper con la abstinencia sexual, pero Ana la mamaba mejor que cualquiera. O quizá era el hecho de tener a la chica con la carita más inda del mundo tragándose mi verga, lo que me hacía disfrutar como nunca lo hice.

Era una situación surreal: el cuarto de estar estaba apenas iluminado por una lámpara que emanaba una luz mortecina. El pequeño cuerpo de Ana recostado sobre el sillón, boca abajo, y su abultada cabellera castaña se movía arriba abajo, mientras sus manos hábiles manipulaban mi verga, y su lengua veloz la saboreaba. Su rostro estaba oculto, sólo podía ver el pelo ondulado. Estiré la mano, tanteando su cuerpo frágil pero peligroso, hasta llegar a sus nalgas. Las sentí tersas, y duras. Dibujé con mi dedo sus formas, y las descubrí más voluptuosas de lo que imaginaba. Las apreté, y le di un chirlo, lo que hizo que ella parara de mamarla por un segundo. Yo, prepotente en mi rol de macho, apoyé mi mano libre sobre su cabellera y la insté a continuar. Ella susurró “te gusta dominar” antes de seguir con su mamada. Quizá por rencor, o sólo por jugar, mordió con muy poca fuerza el tronco, mientras que su lengua incansable jugaba con el glande. Yo seguí manoseándole el culo. Arrimé mi dedo hasta la costura del medio del short, mientras lo hacía, la mano se internaba en una profundidad deliciosa. Con la otra mano le corrí a un lado el pelo, y levanté un poco su cara. Necesitaba verla, necesitaba saber que lo que sucedía era real. Ella pareció comprender mi apremio morboso, y sin dejar de mirarme, retomó su mágica felatio. Yo me recosté, poniéndome casi totalmente horizontal sobre el sillón. Sólo mi cabeza estaba erguida, apoyada sobre el brazo del mueble. Agarré la mayor parte de su pelo, y usé mis dedos como si fueran una hebilla que los recogía. Ahora podía verla perfectamente. Su piel tersa, blanca, y suave, sus ojos marrones desorbitados, mirando los míos, sus pómulos prominentes, y su mandíbula abierta, en un gesto que ni siquiera había intentado soñar, mientras chupaba, gozosa, saboreando la piel gruesa, sintiendo las venas duras, succionando el líquido preseminal que ya salía abundante y anunciaba el inminente estallido.

—Por favor, no pares. —Alcancé a decir, jadeante.— No pares. —repetí, metiendo mano por debajo del short, sintiendo las nalgas desnudas, descubriéndolas depiladas, como lo había imaginado. Si no hubiese estado a punto de acabar, no habría podido evitar comérselas a mordiscos y chupones.

—Avisame si vas a acabar. —dijo Ana.

En ese momento pensé que era de las que no les gustaba recibir el semen en la cara. En realidad, lo que no quería era tragarlo. En todo caso, la ignoré, porque en ese momento mandaba yo, y yo quería acabar encima de ella. En un inusitado acto de violencia, tironeé su pelo, haciéndola gritar, cosa que disfruté, y con su rostro apuntando al techo me masturbé frenéticamente, dándole golpes de pija en esa carita de nena tramposa mientras lo hacía. La eyaculación vino enseguida, y fue potente. El chorro blanco y viscoso ensució su cara impoluta y entonces me pareció verla, por primera vez, tal cual era en realidad.

Se fue por un pasillo oscuro, sin decir nada. Yo la seguí y entré donde ella había entrado. Era el baño. Se estaba lavando la cara. La canilla estaba abierta y el semen se negaba a pasar por los orificios pequeños de la pileta. Le pellizqué el culo. Hice a un lado su pelo y besé su cuello, al tiempo que sentía su fragancia fresca.

—Te gusta mandar. —Dijo, mientras se secaba con la toalla.— ¿Tenés forro? —preguntó.

—Abajo, en mi mochila. —Contesté. Me arrodillé y le di un mordisco a una nalga, por encima del short.

Ella se apartó, casi violenta.

—Yo ya hice lo que querías. Ahora andá abajo y buscá el forro, que yo no tengo, y vení a cogerme.

Hice lo que me dijo. Me aseguré de que nadie anduviera por los pasillos, y bajé, sigiloso, por las escaleras. Fui al baño de la planta baja. Me bajé los pantalones, me puse de punta de pie y acerqué mi sexo a la pileta, al tiempo que abría la canilla. Enjuagué mi sexo. Me puse jabón líquido en la mano, y lo froté por todo el tronco y el glande. Mientras lo hacía recordé la escena que acababa de vivir, y enseguida estuve erecto de nuevo. Me sequé, me levanté el pantalón y fui hasta mi puesto. En uno de lo cajones del escritorio estaba mi mochila. De uno de sus bolcillos saqué dos preservativos. Me llegó un mensaje de Ana “te dejé la puerta abierta, está apenas apoyada, empujala y pasá. No hace falta que toques el timbre. Y no tardes” decía. Yo me pregunté quién era más mandón.

Me quedé un rato en mi puesto, asegurándome que todo estuviese normal. No noté nada extraño en la calle. Ningún rostro desconocido rondaba por la zona. Me fui de nuevo a baño, me miré al espejo, me acomodé la camisa blanca, que estaba debajo del pulóver azul. Me peiné usando mis dedos, y me fui de nuevo al paraíso, por escaleras.

Mientras subía, por momentos, me preguntaba a donde iría a parar todo aquello. A pesar de que en ese momento solo imperaba la lujuria, yo sabía que tenía muchos sentimientos románticos por Ana, que no se me iban a ir sólo por descubrir que era una cuasi ninfómana. ¿Acaso sería capaz de cumplir con todas las exigencias que enumeró antes de bajarme el cierre del pantalón? ¿Cómo iba a hacer para no escribirle? ¿Cómo iba evitar sentirme celoso, si la veía con su novio, o, aún peor, con algún otro tipo que la visitara por las noches?

Ahora que conocía el fuego de su interior, mezclado con la ternura sinsentido que albergaba todavía por ella, sabía que iba ser imposible cumplir con todos aquellos requisitos. Y menos aun sabiendo que ella sentía algo por mí (porque algo habría de sentir ¿no?)

Ana tenía que ser para mí. Esta noche sería la primera, pero no podía ser la última. No. Ni loco sería la última.

Llegué a su departamento. Traté de apartar todos esos pensamientos. Ahora solo importaba que me la iba a coger. Empujé la puerta, la cerré a mis espaldas. Me dirigí a donde creía que se encontraba su habitación.

—Me calienta tu uniforme. —Me dijo.— Yo también soy morbosa.

Estaba completamente desnuda. Sus tetas, erguidas, eran coronadas por dos pezones rosados, puntiagudos. Su pelvis estaba depilada. Su cuerpo delgado tenía cierta musculatura, pero sólo lo suficiente, para no perder su femineidad. Se puso boca abajo, y se arrodilló, ofreciendo el culo.

Me acerqué desesperado. Besé sus nalgas y lamí el ano. Me subí a la cama, me bajé los pantalones y me puse el preservativo. Apunté mi misil a su cráter palpitante. La agarré de las nalgas, e invadí su cuerpo con mi verga prodigiosa. Primero despacio. Ella arqueó su espalda y gimió cuando enterré los primeros centímetros de carne dura. “que linda pija tenés” susurró, animándome a introducir un pedazo más de pija, con mayor intensidad.

—Sí, así, cogeme. Mi novio está en una cena con amigos, así que aprovchá a cogerme. — Dijo con morbo y perversidad.

—Así que tu novio no te coge. —dije yo, siguiéndole el juego.— y no la tiene grande como yo ¿no?

Apreté sus nalgas e incrementé la velocidad y la intensidad de mis movimientos pélvicos.

—No, vos la tenés más grande. —pudo decir Ana, entre jadeos. Su pelo se movía de acá para allá debido a las sacudidas de su cuerpo.— Y él no me coge. No pares de cogerme por favor.

La constante alusión a su novio, inesperadamente me había excitado aún más. Yo era el macho que cabalgaba a Ana, mientras el inocente Andrés, ignorante de todo, tomaba unas cervezas con sus amigos, al tiempo que yo gozaba a su mujer. Estuvimos quince minutos burlándonos de él. Se escuchó varias veces el sonido del celular de Ana.

—Debe ser Andrés. Acabá, acabá mientras me llama.

Después de que dijo eso, solo bastaron tres embestidas, para que acabe mientras la penetraba.

Me quedé un rato más, charlando. Aproveché para besar por todas partes su cuerpo desnudo, pero cuando noté que ya me estaba calentado de nuevo, me despedí. Necesitaba ir abajo y asegurarme de que estaba todo bien. Le ofrecí volver a las cuatro de la mañana, pero ella me dijo que ya quería dormir, y además estaba satisfecha.

—Yo amo a mi novio. —Dijo, todavía desnuda, y con gotitas de transpiración que perlaban su frente.

No dije nada. Me fui en silencio, consciente de haberme internado en un terreno peligroso, que me podía llevar a la locura. Pero aun así estaba seguro de no querer evitar el inminente desastre que esa relación aparentaba significar.

Continuará.

(9,97)