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Complaciéndolo

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A raíz de la jubilación de mi marido, nuestro matrimonio entró en una etapa de crisis. Él no estaba preparado para ello, pues le desencadenó problemas de salud física: hipertensión y diabetes y de salud emocional: depresión, autoestima baja, etc. Yo lo apoyé en todo lo que estuvo de mi parte, pero no fue suficiente, asistimos a terapias, las cosas parecían mejorar pero regresaban a donde habían iniciado. Yo continuaba con mi trabajo, soy consultora financiera, estudié Actuaría y después un diplomado de finanzas en el IPADE. Es un trabajo que me ha dado muchos satisfacciones y beneficios económicos.

Esta nueva etapa de nuestra vida provocó que nos distanciáramos un poco, sobre todo en el terreno sexual y por tanto afectivo; las relaciones íntimas dejaron de ser frecuentes, esto le afectó más a él, a mí no tanto, pues me absorbía el trabajo y otras actividades que realizaba. Dejamos de tener intimidad por más de un año, a mí no me importó, comprendía su situación y sabía que terminaba una etapa. Varias veces lo intentaba pero no respondía, yo trataba de motivarlo, a mi manera, pero tampoco funcionaba. Se esforzaba pero era inútil, además mi apetito sexual tampoco era el mismo, sentía como mi libido venía a la baja, en conjunto con la menopausia. Sin duda, esto profundizó la crisis.

De repente, sin embargo, empezó a plantearme y proponerme cosas, por ejemplo, que me vistiera de otra forma cuando me iba a trabajar, o que fuera al gym en leggins. Yo siempre he sido una mujer recatada y conservadora en mi forma de vestir, ni faldas cortas ni vestidos ajustados. Además, como soy un poco voluptuosa (alta, caderas anchas, trasero grande y piernas gruesas) no me gusta llamar la atención. Él insistía mucho en esto, no sabía el porqué, pues siempre estuvo de acuerdo en mi forma de vestir, tampoco le agradaba que llamara la atención. En una ocasión tenía una cita con un ejecutivo muy importante en su empresa y me dijo que me había comprado una ropa que quería que me pusiera: un vestido aunque largo pero ajustado, lo complací, momentáneamente, pues ya en el coche me cambié, y me vestí como siempre lo hago. Y así lo hice en varias ocasiones, lo complacía momentáneamente, para terminar cambiándome de ropa, pero sentía que eso le empezaba a gustar, saber que yo estaba cambiando y accedía a sus propuestas.

Después me preguntaba si no tenía pretendientes, yo le decía que no, para luego decirme que no le molestaría si los tuviera, considerando que estaba muy bien conservada a pesar de mi edad y que debía aprovechar. No dejaba de insistir, hasta que le dije un día que sí, que si tenía pretendientes, pero que ninguno me interesaba, y que además a qué venía todo eso. Luego fue más allá y me dijo que si quería salir con alguien que lo hiciera, que para él no existía inconveniente. Me parecía una perversión todo lo que me decía y proponía, después de tantos años de un matrimonio feliz con 3 hijos, pero trataba de entenderlo por la situación que estaba atravesando.

En una terapia que tomaba, la doctora me decía que la virilidad es muy importante para un hombre y enfrentar su pérdida es motivo de crisis. Yo lo seguía complaciendo, pero sin que hubiera algo real, simplemente era algo que a él le gustaba y le provocaba placer o supongo, excitación. Un día llegó a tal grado que me dijo que si quería estar con otro hombre que lo hiciera pero con la condición de que le contara todo. Yo estaba fuera de casa casi todo el día, y cuando llegaba en la noche estaba en la computadora, siempre en la computadora.

Transcurría el tiempo y no dejaba de preguntarme, hasta que le dije que sí, que había un hombre que me había invitado a salir y que yo me había negado. Se le iluminaron los ojos y me dijo que aceptara. Yo le seguía haciéndole el juego, y ese fue mi error, pues no pasaba por mi mente llevar a cabo sus propuestas

Finalmente le inventé que había aceptado la invitación de ese hombre y que iba a salir a comer con él. Me compró ropa para la susodicha cita y me la puse, era época de calor: una falda corta de color negro, una blusa ajustada de color blanco y un blazer negro, a la altura del largo de la falda y unos tacones altos. No me gustó como me veía, llamaba mucho la atención por mis piernas, gruesas y blancas, pero mi marido estaba feliz al verme vestida así. Por supuesto que me cambié, ya estando en mi auto, y me fui a otro lado.

Esperaba con ansia mi regreso, me cambié nuevamente y llegué a mi casa vestida como me había visto. Le conté como me había ido, que la había pasado bien y que aquel hombre era muy amable y educado. Seguimos con ese juego, claro, él sin saberlo, hasta que después de disque varias citas a comer o a cenar, me preguntó si este hombre ya me había propuesto tener intimidad. Le respondí que sí, pero que yo no quería. Me preguntó que por qué, le dije que era algo incorrecto, que iba en desacuerdo a mi forma de ser, a mis creencias, a mi juramento de serle fiel. Él se quedó callado, pero insistió preguntándome: “¿Acaso no tienes necesidades como mujer? Sabes bien que ya no puedo satisfacerte como antes”, le dije que no se preocupara, que las mujeres somos diferentes a los hombres y que no pasaba por mi mente buscar satisfacción con otro hombre.

Con toda esta dinámica vi un cambio en él, ya no lo veía malhumorado o ensimismado, parecía que estaba superando su depresión y le estaba encontrando sentido a su vida con todo esto. Yo no sabía qué hacer, si detener todo esto que estaba inventando o continuar complaciéndolo, pues a final de cuentas ese era el fin: complacerlo. Lo consulté con mi terapista y me dijo que mi marido encontraba placer en todo eso y que tenía sus riesgos. Me preguntó que cómo iba mi sexualidad con él y le dije que eran muy poco frecuentes nuestras relaciones y poco satisfactorias.

Al mismo tiempo conocí a un joven como de 40 años que fui a asesorarlo por una herencia que había recibido, me simpatizó desde un inicio, estaba recién divorciado. Por cuestiones de trabajo nos vimos de manera frecuente y pasamos del trabajo a conversaciones de nuestra vida personal, me habló de su divorció y yo le hablé de mi situación con mi marido, que estaba jubilado, que le había afectado mucho esta situación y que además tenía 10 años más que yo. Debo confesar que llegó a pasar por mi mente, ahora sí, estar con otro hombre, como éste: atractivo y gentil conmigo, y además más joven que yo, aunque dudaba se fijara en mí por mi edad.

Yo seguía complaciendo a mi marido, pues le comentaba que ese hombre insistía en tener intimidad conmigo. “¿Y cuándo le dirás que sí?” Me preguntó mi marido. Y yo para haber si ya terminaba esto, le dije que ya le había dicho que sí: el rostro de mi marido cambió por completo. Me propuso que lo invitara a nuestra cabaña de Valle de Bravo, que allí podría estar con él, que le diera tiempo para arreglarla, pues tenía tiempo que no íbamos y que le gustaría estar presente para vernos. Me dejó atónita, no sabía qué decirle, me estaba proponiendo algo inaudito, nunca imaginado, ¿a tal grado había llegado la mente perversa de mi marido?

Lo dio por hecho y el fin de semana fue a la cabaña con la sirvienta para limpiarla y con un trabajador. Colocó un cristal en una parte contigua a la recamara para poder observar sin que nadie se percatara. Regresó y me dijo que la cabaña estaba preparada para mi encuentro con ese hombre.

Yo no sabía qué hacer, me sentía mal por haber provocado toda esta situación. Pasó por mi mente decirle que me habían cancelaba la cita, que este hombre se había enfermado o hasta muerto. Mi marido estaba irreconocible, parecía que le habían inyectado algo, se le veía contento, esperando ese día.

Para esto, aquel joven que conocí empezó a insinuarse, me invitó a cenar una noche y acepté, me sentí halagada. Me propuso sin más estar conmigo a solas, con muchos cumplidos, que era una mujer muy guapa, que me diera una oportunidad a estas altura de mi vida, etc., lo que siempre le dicen a una mujer, pero todo esto me lo planteó de tal forma que me convenció, además de que me había agradado. Le dije que podría ser en una cabaña en Valle de Bravo, en un ambiente romántico. Al despedirnos le pregunté si no había problema que fuera mayor que él, me respondió que no, que le resultaba excitante una mujer madura, con tantos años de matrimonio, que significaba un desafío para complacerla totalmente.

Llegó el día, el acuerdo fue que yo llegaría con este hombre en la noche y mi marido ya estaría en la cabaña para observarnos sin que nos diéramos cuenta. A diferencia de las otras veces, me compré un vestido negro, pegado al cuerpo en la parte de arriba, y suelto en la parte de abajo, arriba de las rodillas, con zapatillas, me recogí el cabello. Cuando me vi en el espejo dudé en ir a esa cita así vestida, nunca lo había hecho pero finalmente lo hice. Cuando este joven me vio quedó estupefacto, pues siempre me había visto vestida conservadoramente. Fuimos a comer a un restaurante y conversamos mucho, supo cómo seducirme, pues me dijo que se esmeraría en hacerme gozar y hacerme experimentar con cosas nuevas a pesar de mis 27 años de matrimonio. Yo me puse coqueta y le dije que haber si lo lograba pues llevaba años sin gozar sexualmente, que mi terapeuta me había adelantado que padecía a estas alturas de mi vida anorgasmia. Y que también dudaba que después de tantos años de matrimonio hubiera algo nuevo o diferente en mi vida sexual.

Llegamos a la cabaña y nos dirigimos a la recamara. Me empezó a besar y luego a desvestirme, dejándome completamente desnuda, luego me pidió que me acostara boca arriba, que no me moviera, mientras él se desnudaba y se ponía una bata blanca. Me untó aceite de almendras en todo mi cuerpo y me dio un masaje erótico, me besaba toda, me acariciaba toda, mis partes íntimas, mis muslos, mis senos… y siempre deslizando suavemente sus manos por todo mi cuerpo, con ese aceite que derramaba su olor en todo el ambiente. Después me untó un gel para lubricar y tocó cuidadosamente mis partes íntimas con sus dedos; luego dejaba de hacerlo y regresaba nuevamente. Todo esto me estaba gustando y al mismo tiempo imaginaba la cara de mi marido observando.

Después sacó un vibrador y empezó a masturbarme, fue algo inaudito, ya me había hablado del punto G en el restaurante y yo le había dicho que había oído hablar pero nada más. Llegó a esa zona y mi placer se disparó, no se detenía, pues nunca me habían metido un vibrador ni mi marido había descubierto mi punto G en tantos años de casada: lo disfruté muchísimo y llegué a un orgasmo único, espectacular, grité y grité de placer, no me podía contener. Me sentía deseosa, como hace tiempo no lo sentía, por lo que me acerqué a él, lo abracé y lo besé, después le quité la bata que traía puesta, mi excitación no se detenía y al ver ese cuerpo joven, musculoso, mis palpitaciones subieron rápidamente: lo acaricié todo, sus hombros, sus espaldas, su pecho, su abdomen duro y plano, sin panza; toqué sus nalgas, duras y redondas; luego dirigí mi mirada a su miembro y confirmé su grosor y tamaño, pues cuando salimos de comer del restaurante y esperábamos al valet parking me abrazó por atrás y sentí esa cosa dura que se pegaba a mis nalgas. Noté cómo comenzó a ponerse erecto, no pude más y tomé su miembro con mis dos manos, no dejaba de mirarlo, no había visto un pene que no fuera el de mi marido, pero éste era diferente: más grande, erecto y duro. Lo llevé a mi boca, lo sacaba de ella y luego le pasaba mis labios por su glande, luego mis manos lo volvían a acariciar e intentaban masturbarlo, no sabía qué hacer, lo disfrutaban mis ojos, mi boca y mis manos, hasta que me lo llevé nuevamente a la boca y no dejaba de succionarlo de prisa y a veces con calma, hasta que empecé a sentir cómo venían en camino sus fluidos: sentí como un estallido en mi boca, una explosión, una enorme cantidad de semen se disparaba en mi boca, parecía que no terminaba de salir. Mi boca se llenó de semen y lo que nunca había hecho, lo hice: me tragué el semen de ese joven atlético, me gustó su sabor y su consistencia, lo que nunca había experimentado. Sí, fue algo novedoso.

Supuse que quedaría exhausto con esa eyaculación, yo ya lo estaba, pero él no, todavía seguía un poco firme su miembro. Nos acostamos y me dijo que le gustaba mi cuerpo, que podría pasar como una mujer con menos edad, le dije que a mí no me gustaba mucho, que era muy voluptuoso, y que se conservaba así porque hacía mucho ejercicio en el gym. Entonces me dijo que deseaba contemplar mis caderas y mi espalda y que si conocía la posición de la “vaquerita invertida”, le dije que no, me explicó cómo era y me coloqué en esa posición. Su pene todavía no estaba tan erecto, pero poco a poco empezó a estarlo nuevamente y en ese momento volví a recordar que mi marido nos veía. Sentía cómo crecía su pene y como empezaba a envestirme suavemente, yo empecé a moverme sin saber cómo, pues nunca había tenido relaciones con mi marido en esa posición.

Primero no le encontré gusto a esta posición pero después me empezó a gustar, sobre todo porque sentía la penetración diferente. También me gustó que los movimientos los empezamos hacer en forma sincrónica, aunque en ocasiones se salía su pene de mi vagina, pero yo lo agarraba con una mano y lo volvía a llevar a su lugar. No sé cuánto tiempo duraríamos en esa posición pero el placer era indescriptible, no quería terminar, esos movimientos me estaban volviendo loca, gozaba como entraba y salía ese pene erecto y grueso y sin la ansiedad de sentir que se viniera. (En los últimos años mi marido se venía muy rápido). Con este joven era algo diferente. Poco a poco me iba llevando al éxtasis, sentía como iba llegando nuevamente al orgasmo, me excitaba como había aguantado tanto tiempo sin eyacular y no paraba de envestirme. Yo no dejaba de mover mis caderas de arriba abajo, o en movimientos circulares y él con su fuerza en el abdomen y siempre con ese miembro rígido, entrando y saliendo. Pero también contribuía el ambiente: el olor del aceite de almendras, la sensación de sentir mi cuerpo con ese aceite, húmedo y que mi marido observaba como ese joven se cogía a su mujer en una posición que él nunca se imaginó en tantos años de matrimonio.

Llegamos al cielo juntos, explotando al mismo tiempo, sentí perder el conocimiento, recuerdo haber gritado de placer en el momento en que sentía como se derramaba su semen en mi vagina. Me quedé así, en esa posición, sólo cambió cuando recargué mis codos en la cama y se elevaron mis caderas y supuse que mi trasero se vería más grande. Él solo me decía “no lo puedo creer, nunca imaginé cuando te conocí que tuvieras ese culo tan espectacular, tan firme”, yo le preguntaba “te gusta” y él me respondía: “sí, me encanta”.

Desnuda, en esa posición, me preguntaba y me respondía en silencio: Complací a mi marido, sí; se complació él, no lo sé, ya me dirá. Me gustó, sí, me gustó. Me siento culpable, sí, me siento culpable. Le fui infiel a mi marido, sí, le fui infiel. Pero complací a mi marido, complací a este joven y me complacieron a mí.

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