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Los Pastrana y los Salvatierra (Capitulo 2)

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De la continuación de 'Los Pastrana y los Salvatierra'. 

Con los dedos de la mano se abrió los labios vaginales, apenas tenían sitio en el pequeño compartimento de la autocaravana, Rosa había dicho que a Zacarías que se pusiera tranquilo, que ella se pondría arriba, ya que el arriba estirado daba en las paredes del compartimento y apenas podía moverse, aun así daba en los lados quedando muy encajonado. Nacho, el marido de Rosa, ocupaba la habitación contigua y daba el biberón al bebe, el otro niño dormía en el cuarto de la autocaravana.

— ¡Me cago en la puta ostia!, aquí no hay sitio, no puedo ni moverme! — dijo Zacarías.

— Por eso me he puesto yo arriba —dijo Rosa mientras a horcajadas se había introducido el gran miembro de Zacarías al mismo tiempo que empezaba a saltear.

— No puedo ni empujar para arriba ¡tendrás que matarte tu sola!

Empezó un botar, el coño engullía la polla, con las piernas arqueadas se daba impulso arriba y abajo, Zacarías podía ver su tronco viscoso al mismo tiempo que los labios vaginales se ensanchaban en cada sube y baja; pasó a clavársela toda y sin botar inició unos movimientos circulares a los lados así como adelante y atrás hasta llegar a ser frenéticos. El coño peludo empezó a emitir el sonido del chapoteo, entonces ella con solemnidad volvió a ponerse en horcajadas y empezar unos boteos elevados, los cuales llegaban a la altura de su glande sin salirse de su coño y después con fuerza bajaba, para tener una mejor penetración, siendo la causa de que Zacarías jadeara como un poseso y ella gimiera como una gata al mismo tiempo que se oía el plof,plof, chof, chof, del coño con el contacto de la polla y los líquidos inherentes a la follada. Se vinieron juntos, ella quedo sobre él.

Zacarías salió del compartimento, paso por al lado de Nacho con la polla medio empalmada y goteante hacía el lavabo, allí se hecho una sonora meada.

— ¿Ya has dado el biberón al bebé Nacho? —Pregunto Rosa mientras en sus muslos y sobre su pelambrera podían observarse restos de semen.

— Sí, se ha dormido, está en el cuarto con su hermano durmiendo, el mayor está guardando la atracción en el terreno de la feria.

— ¿Y tú te crees que un chico de 12 años es para dejarlo que guarde la atracción? Que irresponsable eres Nacho.

— No te preocupes Rosa, es muy responsable para la edad que tiene.

— Zacariás, ¿has terminado, tengo que limpiarme, no estés todo el puto día meando.

Zacarías salió y se sentó en la silla enfrente de Nacho, estaba desnudo, cogió un pitillo y lo encendió.

— Entonces me vas a ayudar Nacho, para mi es muy importante dar un escarmiento a los hijo putas de los Salvatierra, se de buena tinta que mañana su puta hija viene a la feria acompañada de un ayudante de los Salvatierra, solo será cuestión de tener entretenido al hijo puta ese. Los Salvatierra nos robaron las tierras, quiero venganza.

— No te preocupes, ¿pero qué táctica quieres usar?

— El arramble pelón (aclarar que el arramble pelón es un sin querer queriendo, un medio o 75% de no consentido) —contesto Zacarías.

— Como en las Américas, interesante, Rosa se puede agenciar el cabrón del ayudante, entretenerle, igual se lo zumba.

— ¿Me has tomado por una puta? —exclamo Rosa al mismo tiempo que se limpiaba el coño en el pequeño lavabo.

— No te preocupes Zacarías dale por hecho.

— Nacho me ha contado muchas veces lo de tus arrambles pelones en las Américas, te tiene devoción —dijo Rosa ya salida del baño y desnuda frente a ellos.

— Dejo el pabellón muy alto —dijo al mismo tiempo que Zacarías se vestía.

Zacarías y Nacho habían hecho las Américas juntos, al volver, Nacho encontró en la ciudad la que es hoy su querida esposa Rosa, fue un amor a primera vista, en una caseta de atracciones; esa misma noche hicieron el amor en la misma autocaravana que se encontraban ahora, pero en otro compartimento, sobre una pequeña cama que apestaba a coño, lefa y a macho. Un mes después Rosa quedo preñada, de eso ya hace doce años. Rosa es pura condescendencia con Nacho, se desvivía por los suyos.

Zacarías empezó a vestirse y para demostrar su simpatía hacia su amigo y su mujer, le pregunto a Rosa:

— ¿Qué tal la-hija-e-puta de tu hermana pequeña?

— Se va a casar dentro de poco, ha hecho algo de dinero —contesto Rosa.

— Me alegro, ¿y qué hace la-hija-e-puta?

— Se ha metido a puta de pago, es la deshonra de la familia, irse con machos tan vulgares, habráse visto. Pero bueno, ahora tiene mucho curro en la ciudad.

— Pues la-hija-e-puta tenía el orto cerrao que no veas…

— Bueno, de eso hace un año, me ha comentado que le piden más por culo que por el coño. La hermana pequeña de Rosa le fue ofrecida en esas mismas fechas a Zacarías, después de una cena y en gratificación al cumpleaños de Zacarías le regalaron su culo a estrenar. Zacarías se sintió muy agradecido, y para demostrarlo en el mismo momento impulsado como si de un resorte llevara tomó lo que se le regalaba. A diferencia de Rosa, que era una mujer potente, de culo sólido y amplias nalgas, con unas tetas como cantaros su hermana era algo más frágil y manejable, delgada de culo pequeño, con unos pechos en punta; las dos gastaban melena negra de ojos atigrados.

Zacarías era un hombre muy capaz en todos los sentidos. ¿Quizá demasiado impulsivo? De forma invariable era grave, desconfiado, soberbio, cosas que Nacho admiraba. Lo cual resulta muy significativo. Hombres menos afectados tienen rasgos que no admiramos. Lo bueno y lo malo están mezclados. Zacarías era todo impulso. Pero de forma independiente de sus motivos era impresionante, y ejercía mucha influencia sobre Nacho.

Zacarias ya estaba listo para enfrentarse a ese culo desde el mismo momento que le fue obsequiado. De forma inmediata anunció que quería encular en ese mismo momento sin más dilación. Esa extraordinaria criatura obsequiada fue atacada por la retaguardia diez minutos después, con su gran fierro atacó de forma directa sobre la zona anal causando unos berridos impresionantes a la joven. Los alaridos y la respiración jadeante de Zacarías sonaron al unísono, fue un encule tremendo, frontal, a polla limpia con ensanche de canal polarizado en el orto que a medida que se iba abriendo paso las riberas se iban dilatando llegando al final del trayecto y rematando en continuas embestidas hasta los cimientos con movimientos pélvicos hasta quedar la polla remachada como si de un clavo en la pared se tratara. Fue una sodomización a full.

Sarita iba acompañada de su chofer, acomodada en el asiento trasero y vestida con gracia juvenil, espigada y vivaz que le daba esa mayoría de edad adquirida hacía unas semanas. Observaba por la ventanilla del coche la adusta carretera y la aspereza antiestética del paisaje teniendo que haberse conformado con esta aburrida salida en un entorno aburrido, solitario y repelente lugar.

Por su parte Filipo conducía el coche pensando en el encargo que le había hecho don Luis, de vigilarla, pero no agobiarla. Diligente y servicial, marido del ama de llaves, Filipo estaba atento a todo en todo momento para no defraudar a su señor. Enjuto de porte aristocrático con un bigote imperial blanco de andares de jirafa africana y aséptica cuando trataba con otra gente que no fuera los Salvatierra.

Nada más bajar del auto Filipo abrió a la señorita, la cual con cabeceo coqueto y pendiente de no abrir mucho sus labios debido a su ortodoncia le daba las gracias. Tras lo cual se dirigió con paso de pájaro hacía el descampado, el cual podía notarse ese ambiente recargado de olores porcinos, bovinos y una ligera brisa acentuaba más ese ambiente recargado. Tres cuervos graznaban en el aire, revoloteaban en círculo. Sarita estaba delante de la caseta de chucherías comprando unas palomitas, mientras Filipo la observaba a distancia acatando las órdenes. El antagonismo de los destinos se había puesto en marcha.

Zacarías daba constantes bocanadas a su cigarrillo sin desprendérselo de la boca, miraba a Sarita, estaba hinchado de sangre, su apetito de ella parecía insaciable. Mientras tanto Nacho paraba la máquina de las palomitas y Rosa se acicalaba a la espera de la señal de Zacarías, el cual no tardó en dar aviso mediante un ladeo de cabeza. Los engranajes de la máquina empezaban a moverse, era el inicio de la famosa estrategia de Zacarías: El arramble pelón.

Rosa, con decisión y con pasos envarados se dirigía hacía Filipo, pintada, con escote que ponía de buen humor, su falda corta mostrando esos muslos nervudos llevaba un balanceo que paso si, paso no, mostraba ese culo esférico circular con raja semiabierta, el cual estaba incrustado el tanga de hilo. Filipo no pudo dejar de mirarla embobado, en ese devastado lugar nunca hubiera pensado encontrar una mujer con ese arrojo.

— Vaya pedazo de buga manejas —dijo en un tono que pareciera que lo conociera de toda la vida.

— Buenos días señora, veo que le gustan los autos —Contesto Filipo con expresión de asombro.

— Por aquí no hay ocasión de ver ningún buga de estos. Anda, llévame a dar una vuelta guapo —dijo Rosa en tono cariñoso agachándose de forma leve dejando ver el escote.

— Yo no… puedo… si yo… Además, yo que gano en ello, sino problemas.

— Qué pillo es el señor, no.

Filipo vio su oportunidad, pensaba que la hembra lo valía, dejo a un lado su carácter introspectivo e hizo su alarde de chulería.

— Polvo, no? —dijo en tono decidido.

— Eres guapo, pero solo será pajote —dijo Rosa cerrando el puño y subiendo y bajando la mano.

— Paja y mamada, sino nada…

— Hecho, te aplico pajote con mamada, aunque no trago, te aviso.

Sarita era una chica mimada que poco sabía del mundo, pero los dieciocho años recién cumplidos creía que era una mujer de mundo. Y no era más que un medio cómodo de sentirse transformada en mujer al día siguiente de haberlos cumplidos. Pensaba que así solucionaba su falta de experiencia.

Entretanto Nacho había dado la señal a Zacarías, el terreno estaba libre, el auto se alejaba en una humareda de polvo. Zacarías con la camisa abierta se dejaba entrever el tatuaje del bisonte en su torso. No tardo en ir tras la estela de Sarita, podía observar el vestido de estampados primaverales, que tenía ante él, esas piernas blancas, los movimientos de los brazos tomando las palomitas, sorteando algunos montículos del desigual terreno, de tanto en cuanto. La concurrencia no era mucha, campesinos disfrazados de gente de la ciudad, con sus chaquetas cortas y raídas, barbas de una semana. Sarita se paró ante una atracción de coches de choque, apenas había media docena de personas. Se oían los mugidos de las vacas, y ese olor a estiércol, el repiqueteo de los cencerros de las ovejas era insistente. Se oía el graznar de los cuervos, uno de los cuales se había posado en un árbol cercano y su quietud daba la impresión de que observaba el ambiente, como un espectador en un teatro.

— Le apetece montarse en uno —dijo en tono afable Zacarias.

— Perdón, es que… he… No soy de por aquí, sabe…

— Sí, ya lo sé, su acompañante me ha dicho que le acompañara.

— Es nuestro sirviente Filipo.

— Lo sé, siempre he sido un gran fiel a su padre don Luis, por eso quiero que se sienta como en su casa.

Sarita quedo algo impresionada, el porte del hombre era rudo, pero esa estatura, sus brazos, tenía esa elegancia de lo vulgar. Presto y diligente fue a la caseta de al lado, mientras ella estaba algo vacilante observando los coches de choque. Apenas unos minutos después se volvía a presentar con dos vasos grandes.

— Tome, es la bebida típica de aquí.

— Gracias, pero… no me ape… Bueno, lo probare —dijo Sarita no queriendo ser desagradecida y tomando algunos sorbos— Está dulce y es bueno.

Tras la ventanilla de la atracción se erigía Nacho con miradas de soslayo hacía Zacarías, que por su parte le hacía muecas de aprobación al lado de Sarita, con ojos vidriosos. Lleva fichas en sus bolsillos y ahora que ha bebido ese refrigerio cargado a los topes de Ron dulzón Zacarías aprovecha para entregárselas.

— Ande, no sea tonta y de una vuelta con los coches de choque.

— Gracias, me distraeré algo, no veo nada más interesante aquí —dijo sonriendo y dejando ver su ortodoncia, la que tanto le daba reparo mostrar.

La visión de Sarita era circular, se desplazaba en círculos por la escasa concurrida pista, arriba las chispas de la varilla del coche daban ambiente ferial, ya no era muy capaz de poder observar fuera de la pista, estaba algo desorientada, pensaba que no tendría que haber bebido nada. Va en su busca Zacarías, la ve confusa. Nacho lo apoya, subiéndose al coche de pie.

— Señorita, no se encuentra bien —pregunta Nacho.

— Solamente estoy algo aturdida.

— Llevémosla a la trasera Nacho, aquí se va a marear —dijo Zacarías, al mismo tiempo que guiñaba un ojo a Nacho.

Filipo suspiraba y veía como la piel de su glande subía y bajada al máximo de su prepucio, Rosa, subía y bajaba la mano hasta la base, con su otra mano le frotaba el prepucio y abría su pequeño orificio; Filipo se recolocaba en el asiento, el cosquilleo que le ocasionaba la maniobra era de lo más placentero.

— ¿Te gusta, disfrutas la paja? —dijo Rosa mirándolo directamente a los ojos.

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Oh! ¡Oh! ¡Así! ¡Así! Más rápido, mámame, chúpame…

— Es lo que tienen las pajas lentas, os ponéis en vena y estalláis en ruegos —dijo Rosa.

— ¡Te pido por favor que me la chupes, chúpala, chúpala, chúpala! —exclamaba Filipo a grito pelado.

Rosa suponía que ya había dado bastante margen a Zacarías y agachó la cabeza empezando a juguetear con la lengua el glande de Filipo, le rozaba en movimientos circulares el prepucio, el frenillo y el escroto, para después engullir todo su tronco hasta la base. Filipo estaba sobreexcitado, su frente estaba perlada de sudor, emitía bufidos acelerados.

— Me voy… me vo… voy… sí… sí… —dijo Filipo con voz excitada.

— ¿Sí? Ya te vienes, eh, pillín… échala entonces —dijo Rosa empezando un pajeo.

Rosa empezó a mover enérgicamente la mano arriba y abajo, la excitación de Filipo va creciendo, no cabe en el asiento.

— ¡Sí! ¡sí! ¡sí! ¡oh! ¡oh! ¡Me voy a correr! ¡Me… me… me… me… co… me co… me corrooo! ¡ohhhh!

Filipo empezó a correrse, Rosa no bajo la intensidad, el glande empezó a escupir al mismo tiempo que Rosa redireccionaba el pene hacía el volante, la intensidad de la corrida fue tanta que el volante quedo salpicado. Parecía lava blanca extendiéndose a través de los cuatro aros del logotipo de Audi.

Entraron en un compartimento destinado a los enseres de la atracción, olía a grasa y a compartimento cerrado. Zacarías tenía los ojos encolerizados, su mirada hacía Sarita era devoradora. Tras ellos estaba Nacho, el cual indicó a Zacarías un pequeño catre. Colocada Sarita sobre el sucio colchón y tumbándose sobre él. Se sentía mareada, veía las telarañas del techo y el abarrotado estante de enfrente. Zacarías se estaba quitando los pantalones con movimientos bruscos, quería estar a punto cuando la preparará.

— ¡No tardes, no pueden tardar en llegar! —Exclamó Nacho— yo tengo que volver a la pista.

— No te preocupes, me la curro en nada, solo el tiempo suficiente para que sepa quién es un Pastrana —contesto Zacarías con el generoso pene empalmado en la mano.

Nacho cerró la puerta y subió por la escalera interior a la atracción. Entro en el habitáculo de recepción de tickets y desde la loma que estaba situado podía observar las posibles incidencias que hubiera. Zacarías por su parte abajo ya estaba completamente desnudo y erguido como un Hércules ante la Sarita medio adormilada. La figura de Sarita era un espectáculo, ese cuerpo delgado y frágil y descargo su sed de venganza contra él.

De pronto Nacho divisó el auto, había aparcado y un señor bigotudo se apeaba de el junto a Rosa, miraba de forma nerviosa. Se puso en pie mientras se acercaba Rosa.

— ¿Y los niños? —pregunto Rosa

— Están en la caravana de los Sánchez, no te preocupes, no quería que con Zacarías hubiera el menor imprevisto.

— Me gusta ser responsable y lo sabes, por cierto, como va lo de Zacarías —dijo ella.

— Bien, está abajo, el arramble pelón ya está en marcha.

— Que se dé prisa, el criado de los Salvatierra ya la anda buscando.

— Yo no puedo estar en todo, dale algo de tiempo, baja tu misma a verlo después.

Rosa diez minutos más tarde bajaba la escalera, pudo oír bufidos y jadeos. Zacarías la tenía abierta en tijeras y la penetraba con embates enérgicos, la miraba a la cara, su frente estaba perlada de sudor, le introducía su pene con sus bragas a un lado. Sarita emitía bisbiseos de protesta en los cuales Zacarías daba más empuje y ganas, adoptando una cara expresiva de rabia y gozo.

— ¡Apúrate ya! Ya estamos aquí, vacía ya —exclamó Rosa.

Zacarías con su pecho desnudo, pareciera que su tatuaje de bisonte embistiera a Sarita. Empezó un avance retroceso de su polla dentro de la vagina, en los retrocesos sacaba todo el tronco de la polla y la metía con intensidad. Los sonidos de las tacadas emitían chapoteos vaginales.

— ¡Toma! Toma! y Toma! Por ser una Salvatierra. —exclamaba Zacarías entre estertores y jadeos.

— ¡Cómo gozas cabronazo! —dijo Rosa— encima ella va mojada. Será puta.

Arriba, Filipo preguntaba en estado nervioso a Nacho si habían visto a la señorita a través de la ventanilla de la atracción. Rosa tras Nacho le cuchicheo que ya no tardaba, pero que bajaría a meterle prisa. Nacho por su parte informo a Filipo que se había sentido indispuesta y que en poco tiempo ya estaba de vuelta, que esperará allí mismo. No estando muy de acuerdo Filipo en constante estado de excitación acató a regañadientes, mirándose una y otra vez el reloj.

Al bajar una vez más Rosa pudo observar como Zacarías ya estaba en los últimos estertores de la follada -jadeaba, daba bufidos, ronroneaba, su respiración era pesada- y que esto ya llegaba a su desenlace final. Zacarías de repente saco su pene de la vagina de Sarita y en un movimiento de arrojo desesperado la atenazo por el pescuezo y le encajó el fierro en la boca. Con movimientos convulsivos le metía y le sacaba el rabazo boca. Los labios de Sarita dejaban escapar gemidos entrecortados; sus mejillas rojas parecían globos hinchados; sus ojos vidriosos y de su nariz le salía mucosidad. Zacarías oprimió su nuca y la empujo a fondo emitiendo al mismo tiempo un gran suspiro de gozo y satisfacción. El glande le había llegado a la campanilla, Sarita daba arcadas, salían hilillos babeantes de sus comisuras, pero Zacarías aguantaba la posición hasta que pudo oír los glup, glup, glup de la garganta.

— ¡Qué hijo puta eres, no quieres que tire ni una gota! —dijo Rosa.

La cara de Zacarías estaba en trance, los ojos de Sarita tenían el color de rojo sangre.

Sarita una vez liberada la polla de su boca se levantó titubeante y salió como pudo por la puerta.

Filipo con movimientos impacientes la esperaba, ella con paso de fugitiva se dirigía hacía Filipo y se tapaba la boca.

— Señorita qué… qué…, pero qué le pasa —pregunto Filipo.

— ¡Vámonos ya, por favor! —contesto Sarita dejando entrever entre su ortodoncia un fluido espeso blanquecino.

Continuará...

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