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De cómo me follaron en la oscuridad de las catacumbas

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Quienes hayan leído mi relato sobre mi trío con mi ex novio Vicente y su amigo Rodrigo ya sabrán que dejamos pendiente una salida al monasterio del Desierto de los Leones.

El lugar es una monada, un monasterio de la orden de los Carmelitas Descalzos construido en 1606. Se ubica en medio de un espeso bosque arriba de las montañas que bordean la ciudad de México y el clima allí es bastante frío (3700 metros sobre el nivel del mar) y húmedo.

Los chicos decidieron invitarme allí un martes por la mañana por lo que habría muy poca gente. El lugar es bastante bien conocido y se llena los fines de semana, para los planes que nosotros teníamos eso no funcionaba y decidimos ir un martes faltando a nuestros cursos universitarios.

Ese día la ciudad amaneció con fuertes lluvias y bastante frío, lo cual arruinó mis planes de llevar un short de jeans raído y una playerita de tirantes que al caminar y vista de perfil deja entrever gran parte de mis tetas hasta el inicio de los pezones. Decidí retar al destino y al final me puse ese short, que oculte con un pantalón de jeans normal y un suéter de lana con cuello de tortuga. Si el tiempo mejoraba podría deshacerme de mi ropa de frío y quedar expuesta para provocar a los chicos. Todos sabíamos a qué íbamos y en dónde lo haríamos pero nadie decía nada.

Había cierta tensión en el carro mientras atravesábamos la carretera internándonos en el bosque. Llegamos como a las diez de la mañana y saliendo del coche nos dirigimos a uno de los restaurantes del rumbo a desayunar y saborear un exquisito café de olla con canela para hacer los cuerpos entrar en calor. La neblina era ya espesa cuando entramos al monasterio y nos dirigimos a donde los tres sabíamos que iríamos: a las catacumbas del monasterio. Antes de entrar nos fumamos un porro que hizo Vicente y yo me dirigí al tocador.

Allí me bajé los jeans quedándome sólo con el short raído de jean y el pantalón me lo guardé en la mochila escolar que llevaba. El suéter me lo dejé pues el frío si bien no intenso sí calaba. Con los sentidos embotados y los ojos rojos salí del tocador y me encamine hacia los chicos. La cara que pusieron los chicos al verme se iluminó cuando me vieron.

-Te ves buenísima pinche Amanda -dijo Vicente.

-No te la vas a acabar, te vamos a dar hasta por las orejas allí adentro -dijo Rodrigo.

Mi vagina ya estaba segregando y pulsando al tiempo que sentía maripositas revoloteando en mi estómago. El momento y el lugar parecían los de una película gótica. Me sentía casi como una sacerdotisa que se ofrecía en holocausto ante un par de pervertidos monjes. Era el cordero que sacrificarían mientras invocaban a Eros y con sus dagas afiladas penetrarían mis entrañas.

Entramos a las catacumbas a tientas, la entrada era bastante resbalosa por el lodo de la lluvia y, tomados de las manos los tres, yo en medio, avanzamos hacia la penumbra de las catacumbas. Apenas dejamos atrás el último haz de luz del exterior comencé a sentir las manos de los chicos empezar a recorrer mis nalgas. Cruzamos las primeras tres galerías caminando a tientas e interrumpiendo el camino en ocasiones para ser basada primero por uno y luego por el otro.

-Tengo frío -les dije en voz muy baja.

A lo lejos se oía el eco de voces provenientes de otras galerías.

-Ahorita te calentamos -dijeron los chicos rodeándome uno por delante y otro por detrás.

Mi short cayó al suelo y yo les saqué el falo a los dos. En total oscuridad me hinque en el suelo lodoso de la galera y me tragué la verga uno y luego la del otro. Mientras se la mañana a uno se la jalaba al otro. Así estuve unos minutos hasta me pusieron de pie, me llevaron a un rincón y allí me rodearon entre los dos dejándome a mi en medio con el falo de Vicente (atrás de mi) entre mis piernas y el falo de Rogelio (ya húmedo) punteándome los labios vaginales deliciosamente.

Dios, estar con dos chicos es la gloria, doblemente más intenso que con uno -recuerdo que pensé. Debería ser la regla en la vida, que cada hembra posea dos machos, podemos con eso y con más. Sabíamos que había gente, no mucha, en las galerías de los alrededores porque podíamos escuchar los ecos de las voces de estudiantes que bromeaban, pero no sabíamos que tan lejos o cerca, por lo que Vicente, Rogelio y yo hacíamos lo que podíamos para hacer lo que estábamos haciendo con el menor ruido posible, pero todo se complicó cuando Vicente me puso frente a la pared de espaldas a él y me la metió, allí ya no pude hacer mucho y ciertos gemidos se me salían involuntariamente.

Fue cuando Rogelio se metió en medio de mis brazos con los que me sostenía en el muro y, estando yo encorvada recibiendo las estocadas de Vicente, se puso frente a mi y con sus manos guio mi cabeza para que le comiera el rabo. Gracias a tener la boca ocupada pude callar parcialmente mis gemidos y así continuamos un rato cuando casi al unísono sentí en mi vagina lo caliente de sus mecos y los lechazos en mi garganta.

Jadeando los tres como perros recién eyaculados, me fundí en ellos en un tri beso de puro amor. En mi albergaba la leche de los dos mejores amigos.

Fue una tarde maravillosa, yo con dos novios paseándome por todo el monasterio mientras uno u otro me iba metiendo mano en las tetas o la concha ante la mirada atónita y envidiosa de las demás chicas que andaban con el novio. Yo esa tarde tuve dos.

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