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Ceci, emputecida un fin de año (primera parte)

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Ceci es una mujer argentina de 32 años, madre de un adolescente y a la conocí en una app de citas, nos vimos un tiempo y luego tuvimos una fiesta con ella y unos amigos en mi departamento del barrio de San Telmo, como ya os conté. Pero pasó mucho hasta que por casualidad nos volvimos a cruzar.

Para quienes no hayáis leído los relatos anteriores voy a describirla de nuevo:

Ceci es una mujer de cerca de 1.70 m. de cuerpo bien formado, pues practica deporte habitualmente. Es morocha, de pelo muy largo y oscuro que suele recoger en una cola que le roza la cintura, y su piel suave, presentando como única imperfección una disimulada cicatriz recuerdo de una cesárea. Su rostro es agradable -aunque no llamaría la atención de primeras-, en él destacan unos labios carnosos sobre una boca de buenas dimensiones, que invita de inmediato a colocarle una verga allá. Su nariz es pequeña y redondeada y sobre ella se sitúan dos pequeños ojos oscuros, algo caídos, a los que cubren unas gruesas cejas. La espalda de Ceci es bien proporcionada, y termina en una hermosa cola –quizás lo más atractivo de la mina-, que invita a soñar con hermosas noches de sodomía. Del otro lado, su concha es muy dulce, y siempre la porta bien depilada –la mina está completamente sin vello-; este dulce presenta unos labios alargados que marcan bien su raja en los joggings, y al abrírsela vemos un color rosa brillante. A unos centímetros destaca un pequeño clítoris, que al acariciarlo hace que la mina automáticamente emita profundos gemidos de placer. Subiendo por el cuerpo de esta putita, encontramos una panza planita, trabajada por el deporte, arriba de la cual encontramos dos senos de tamaño medio, ligeramente caídos, y que albergan dos aureolas grandes y sonrosadas en las que se levantas unos pezones pequeños y bien duros. Háganse pues una idea de la zorra para recrear mejor lo que viene a continuación. Empecemos:

Era la Noche Vieja del 2021 y fui con unos amigos a un boliche de moda por Almagro, la noche transcurría entre tragos y joda. A Ceci ya no la tenía en la cabeza, pues los sucesos que narré en los anteriores relatos habían ocurrido bastantes meses antes. En esto una de las amigas con las que estaba, una venezolana, me invitó a seguirla hasta la pista de baile y eso hice. Y allá, entre los cuerpos que bailaban cumbia me topé con una cara conocida: Ceci. Para asegurarme de que era ella, fui corriéndome poco a poco hacia el centro de la pista, donde efectivamente estaba Ceci con unas amigas, no la acompañaba ningún hombre. Una vez comprobada su identidad, me aparté, pues pensaba que tras nuestro último encuentro no tendría mucho interés en verme. Mi pareja, que pensó que me gustaba alguien de la pista, me agarró de la muñeca y me llevó a un rincón donde empezó a besarme. Así, por un rato le perdí la pista a Ceci.

Después de un rato bailando con mi amiga sentí ganas de ir al baño, así que me dirigí solo a las escaleras que descienden al sótano donde estaban los aseos. Fue allá, en el pasillo, donde me encontré con Ceci, estaba discutiendo con unos tipos, algo enojada, así que no se percató de mi presencia. Por mi parte, me coloqué detrás de unas cajas de cerveza para seguir la escena sin ser notado.

-Pero ¿qué hacéis machirulos de mierda?

-Eh, che nada, ya nos íbamos. Tranquila flaca.

-No es lo que dice mi amiga. – y Ceci señaló a una mina bastante borracha que estaba en la pared.

-Flaca, yo no sé qué te dijo tu amiga, pero no le hemos hecho nada. – contestó uno, de aspecto cheto y casi tan borracho con la amiga de Ceci.

-¿Decís que mi amiga miente? – y esto Ceci empujó a uno, con tan mala suerte que el pibe pisó una botella de gaseosa que estaba en el piso y calló, golpeándose la cabeza contra la pared. El ruido hizo bajar a un par de guardas de seguridad.

-¿Qué ocurre acá? – espetó una especie de buldog con forma humana.

Los pibes se miraron, ayudaron a levantarse al que estaba en el piso e inmediatamente exageraron lo ocurrido.

-Disculpá, íbamos al baño y esta loca empezó a agredirnos.

-Sí, la flaca me golpeó la cabeza con una botella vacía, no sabemos por qué, ni siquiera la conocemos.

El más cheto de ellos y que estaba menos borracho añadió un comentario que sentenció a Ceci, sobre todo por la reacción de esta.

-Oiga, che, esta flaca nos preguntó por merca, al decirle que no teníamos nos llamó embusteros y empezó a amenazarnos.

Los guardas miraron a Ceci, como esperando que esta diera su versión, pero en vez de eso, saltó como una fiera sobre el último que le había hablado. Por lo que los guardas la agarraron como pudieron y en volandas la sacaron del local por la puerta de atrás. Yo que permanecí ignorado durante la discusión, aproveché la confusión para seguirlos.

Cuando salieron del local se llevaron a Ceci a unos metros de la puerta, justo donde había una farola que iluminaba esta poco transitada calle. Yo aproveché para caminar en dirección contraria a la de ellos y situarme detrás de un container negro lleno de cartones, desde donde les era imposible darse cuenta de mi presencia.

-Te vas yaaa, pide un taxi y largate. Le soltó a Ceci el más pequeño de los guardas.

La mina fuera de sí no atendía a razones, y en respuesta le escupió en la cara.

-Así que quieres guerra, ¿eh? Y le tipo le dio un empujó que tumbó en el piso a Ceci como si fuera de papel.

-¡Forros de mierda! ¡Machirulos! ¡Os voy a denunciar hijos de puta! – La mina gritaba de tal forma que pronto se enterarían todos los que hacían fila para ir al baño.

-Callate y te vas, ¿ok? O vas a tener problemas. ¿Entendés? -. Le soltó el más grande de los tipos.

Ceci se levantó, agarró una lata que estaba en la carretera y se la lanzó, dándole al pequeño de los matones en el hombro. La lata tenía aún salsa de tomate, por lo que toda la manga de su remeta quedó teñida de rojo. El tipo fuera de sí levantó la mina apretándole los brazos y la lanzó contra la pared. El cuerpo de Ceci choco y se oyó un crack.

-Ay, os voy a denunciar perros… dijo ella débilmente.

-¿Pero qué has hecho flaco? Me vas a buscar un problema por culpa de la pelotuda esta.

Era evidente que el golpe había sido bastante duro, a la mina le costaba ahora incorporarse.

-Vení, agarrala por los pies y llevémosla dentro, vamos a hablar con Franco. A ver si consigue calmarla.

Los tipos abrieron una pequeña puerta de metal que estaba detrás de ellos y al ir cargándola entre los dos no la cerraron, lo que aproveché para seguirlos. Entramos en un almacén lleno de cajas de bebidas alcohólicas, por lo que me fue bastante fácil esconderme detrás de unas cajas de Fernet.

-¡Forros de mierda! Esto es un secuestro. ¿Qué mierda hacéis?

Gritaba a hora Ceci a la que habían dejado en el piso a unos metros de ellos.

-Callate ya flaca. No sé por qué no te fuiste a tu casa. – Le dijo el más grande.

El pequeño se giró y comenzó a llamar por teléfono supongo que con el tal Franco, del que habían hablado antes.

-Mierda – dijo mirando a su compañero – esta ocupado, dice que hasta dentro de como 20 minutos o media hora no me puede atender, ni siquiera pude explicarle. Sólo sabe que tenemos un problema en el almacén.

-¿Y ahora qué hacemos? –le preguntó el otro.

Ceci que se había recuperado agarró sus llaves con fuerza y golpeó al tipo más pequeño por la espalda, a la altura de los riñones. Este gritó, al tiempo que se encogió sobre sí mismo colocando su mano derecha sobre el lugar en donde había sido golpeado.

-Ahora si vas a ver zorra. – el tipo se sacó el cinturón y golpeó con todas sus fuerzas la mejilla de Ceci que volvió a caer al piso.

-Mierda. – Dijo su compañero desesperado.

Al caer esta vez, Ceci había quedado con las piernas bastante abiertas y su pollera fue insuficiente para ocultar la forma de su concha. La mirada de ira del más pequeño de los guardianes, en un instante, se transformó en una mirada de lujuria.

-¿Sabés? – le dijo a su compañero al tiempo que se agarraba los huevos – Me importa una mierda ya lo que pase, pero a esta puta la voy a envegar y le voy a dar una lección.

El compañero, que había quedado tan fascinado como él, sólo balbuceó un impotente “hacé lo que querás”. Lo que el otro interpretó como una luz verde para sus deseos.

-Ahora te voy a coger, zorra. ¿Entendés?

Ceci se asustó, cambió el semblante de su rostro y retrocedió con sus brazos hasta que su espalda chocó con una pila de cajas de cervezas. Lo que vendría a continuación dejaría a la fiesta con mis amigos en un chiste.

Ceci se levantó, ahora parecía querer dialogar.

-Mirá, solo quiero irme, aún lo podemos arreglar.

-Shhh, -la mandó callar el pequeño-acá el que habla soy yo, entendés. – y volvió a golpear a la mina con el cinturón, esta vez en el costado.

Ceci soltó un gemido y cada vez más consciente de la situación preguntó:

-¿Qué querés?

-Fácil, de momento te ponés ya de rodilla y abrís la boca.

Desesperada, Ceci miró al otro flaco, quien hizo gestos de que él no iba a intervenir. Otro golpe calló sobre ella, y otro más… y entonces obedeció.

-Sos un machirulo de mierda, hijo de puta – le soltó a dueño del cinturón, al tiempo que hacía todo lo que le había indicado.

-Subite la pollera para que vea la forma de tu conchita mientras chupás.

No hizo falta ningún golpe más. Estando de rodillas, se subió la pollera de forma que esta quedaba casi en su cintura, abrió lo más que pudo las piernas para que se le viera bien la concha y al mismo tiempo dejó al aire su cola. Llevaba un tanga blanco. A los tres hombres que estábamos ahí se nos paré la pija al momento. Ceci miró a los ojos al flaco que iba a clavarle su verga en la garganta, tragó saliva y abrió su boca todo lo que pudo.

El tipo pequeño y fornido se sacó toda la ropa y luego se paró delante de Ceci. Ella ya no necesitó órdenes, hizo lo que se le pedía: con su mano derecha agarró la verga del tipo y empezó a mamarla diligentemente. El tipo le acarició la cabeza y le dijo:

-Eso es putita, estás acostumbrada, así se hace. Tragá todo, vas a ser una de las mejores zorras que han pasado por acá.

Ceci es bastante buena en estos laburos, como nos demostró a nosotros, supongo que su buen hacer con el tipo de seguridad era un intento de acabarlo pronto y que la dejara marcharse. Pero las cosas no funcionaron así.

Desde donde estaba escondido veía bien la escena. Una vez que el tipo estuvo bien parado, y con la pija bien babeada, hizo a Ceci colocar sus brazos a la espalada al tiempo que con su mano derecha sujetaba fuertemente el pelo de la flaca, haciéndola bajar y subir al ritmo que su deseo imponía. La verga del tipo era grande, pero aparecía y desaparecía a cada instante entrando hondamente en la garganta de su presa.

Todos estábamos en silencio. El único sonido en el almacén era el succionar de Ceci. “glup”. “glup”. El guarda de seguridad cada vez oprimía con más fuerza la cabeza de la mina, pero ella, a pesar de que algunas lágrimas comenzaban a saltar de sus pequeños ojos aguantaba los empujes estoicamente.

El tipo parecía no cansarse, y estuvo bombeándole la boca por al menos 10 minutos sin parar. De repente bajo la vista, y lo que se encontró le encendió una sonrisa en el rostro: los pezones de Ceci estaban paraditos.

-Parece que le empieza a gustar, ¿ves? – le preguntó a su colega sin mirarlo –. Te dije que era una puta, no va a ver ningún problema. Grábala un rato y mándale el video a Franco, seguro que viene antes. Que se la vea así, con los pezones bien parados.

El guarda que aún estaba vestido sacó un celular del bolsillo y empezó a filmar. La mina intentó zafarse girando su cabeza, pero un golpe directo a la mejilla por parte de “su amo” le recordó quién estaba al mando, y resignada siguió chupando con fuerza, mientras era grabada.

De pronto escuchamos una especie de gruñido animal, el tipo sostuvo con todas sus fuerzas la cabeza de Ceci contra su entrepierna y descargó todo lo que tenía acumulado en las pelotas.

Se escuchó un suspiro de alivio. Miramos a Ceci los tres. Era mucho lo que había recibido. “Ni se te ocurra escupir una gota”. Le soltó el tipo, ella agachó un poco su cabeza, intentó tragar todo. Era demasiado y parte de la leche salió por la comisura de sus labios, alcanzó su barbilla y comenzó a chorrear hacia sus piernas. Se llevó otro golpe. “Tragá puta, y mirá lo que hacés”. El tipo señalo al piso, donde había una mancha de semen. No hizo falta decir nada, Ceci se agachó y empezó a limpiarla con su lengua. Entregada a su destino puso todo su empeño en ello.

-Por el momento he terminado flaco. – le dijo el tipo que acaba de eyacular a su colega -. ¿Querés seguir vos?

Y sin pensarlo el otro comenzó a sacarse la ropa.

Continuará.

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