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Debut familiar (Primera parte)

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Desde hace tres semanas vivo con Peter, estamos acostumbrándonos a convivir juntos, soy consciente que mis padres no lo aprueban a pesar de ser hijo único. He ido al peluquero, no es caro y me cae bien, siempre me dice que tengo un pelo muy lacio y debo lavármelo con shampoo especial. Mi peluquero me ha dicho que la mayoría de rubios tienen ese problema. Me gusta llevar el pelo largo, notar como cae sobre mis hombros. Es sábado y hoy no trabajo, en cambio Peter tiene que trabajar. Trabaja de camarero, después de estos años quizá sea lo mejor que me ha pasado conocerlo. A mis 23 años me estoy forjando un porvenir, nunca hubiera imaginado ese cambio radical en todos los aspectos, tanto el laboral como el personal. Hasta los 18 no tenía clara mi condición, pero ocurrieron acontecimientos que llevaron a ello. Me llamo Jesús, aunque me apodan Jesulin, y como se habrán dado cuenta soy maricón.

Todo empezó recién cumplidos los 18. Ese año nos mudamos a otra región por motivos laborales de mi padre, el lugar en cuestión era donde se había criado mi padre, por lo cual lo movían lazos familiares. Nos mudamos cerca de la casa de mi abuela, mi tío — el hermano mayor de mi padre — vivía arriba. Para mi padre el único consuelo de que mi tío Cesar estuviera cerca de la abuela era que era médico y dada la avanzada edad de ella era un consuelo. Por lo otro mi padre siempre al referirse a él lo hacía en términos “mi hermano, el gay”; y por parte de mi madre “el cuñado maricón”. A sus 54 años el tío Cesar era alto, de espaldas anchas, una incipiente barriga denotaba el buen comer, en su cabeza lucía una brillante calva, de frente ancha, nariz grande y gruesa, en su redonda cara llevaba una perilla blanca.

En esa época sentía mal estar general, por lo que mi padre, mal que le pesará me dijo que el tío Cesar a última hora podía recibirme en la consulta privada. Nada más entrar en la consulta me dio dos besos, llevaba un pañuelo rojo bajo la bata blanca. A pesar de solo haberlo visto en celebraciones familiares siempre me había parecido un hombre majestuoso, sus dos besos cuando me veía y su mirada subrepticia le daban ese aura de bonachón (Aunque mi padre siempre me había advertido en cuanto a él y, con su soberbia de palabras hechas que tenía a mano “la cabra siempre tira al monte, Jesulin”). Terminado el saludo me dijo:

— Cuéntame que te pasa, Jesulin.

— Me siento débil, me mareo a veces, no tengo hambre — dije.

— Bueno, en principio haremos una exploración a fondo — dijo mientras me miraba fijo a los ojos —, puedes quitarte toda la ropa.

Quedé en calzoncillos mirando la consulta.

— Los calzoncillos también, Jesulin, no seas tan recatado, estamos entre hombres — dijo en tono de complicidad mientras yo me los quitaba —. Voy a medirte y pesarte, ven…No has salido a la parte nuestra, la de tu padre, a ver… mides 168 cm y pesas 57 k. Creo que estás anémico. Túmbate en la camilla.

Me tumbé en la camilla y toco mis articulaciones, al llegar al interior de mis muslos los masajeó. No pude evitarlo, note como mi pene tenía principio de erección. Se dio cuenta (como yo sé a día de hoy que el cabrón tenía un olfato de sabueso) y dio más energía a sus manos. Yo me mordía la lengua, llevaba ya casi media erección. Entonces me dijo que me diera la vuelta. Vi como cogía un especulo — un aparato para abrir las paredes anales — y una pequeña pila. Examino mi conducto. Emitió un murmullo de aprobación. Dijo que me diera la vuelta.

¡No me lo podía creer! ¡Mi erección era total!

— Estás al 100% Jesulin — dijo con brillo en los ojos y mirada profunda — ¿Te pasa a menudo?

— Yo… yo… yo… n-n-no sé… que me pasa Tío.

— Tranquilo, es la naturaleza — dijo en un tono de seguridad, como quien está acostumbrado — . Intentaremos bajar esa bandera, pasa a la silla camilla, estarás más cómodo.

Una vez acomodado en esa especie de butaca como la de los dentistas mi tío se sentó en un pequeño taburete delante mía y con la mano izquierda sospeso mi escroto mientras me miraba a los ojos.

— Tienes los ojos azules como tu madre, y no tienes ni vello, has desarrollado un físico bastante peculiar — en ese instante cogió con la otra mano la base de mi pene — ¿Te la has medido nunca…? Unos 14 diría yo.

Me friccionaba el glande con su pulgar, sentía como mi polla estallaba. Extendió mi orificio del glande con los pulgares de ambas manos, parecía una pequeña boca que sonriera en un mi capullo. No podía evitar el moverme en pequeños círculos.

— Tranquilo, tranquilo… Relájate Jesulin — dijo al mismo tiempo que hacía una arriba y abajo con la mano apretada en la polla.

Mi prepucio subía y bajaba, de repente se paró.

— ¡sí! ¡Sí! ¡más! — exclamé excitado.

— No seas impaciente, ahora te haré un buen pajotazo.

Se quedó mirando el glande y escupió sobre el, empezó un pajeo lento. Yo estaba excitadísimo. Volvió a pararse.

— ¡Más! ¡Sigue… por favor tío… sigue! — volví a exclamar.

— Lame un poco — me dijo poniendo su dedo corazón en mi boca — ensaliva bien.

Con el dedo ensalivado me introdujo el dedo en mi zona anal, al mismo tiempo que con la otra mano iniciaba subes y bajas. Yo lo flipaba, joder, flipaba colores; mi tío estaba en su puta salsa. Hizo rotar mi polla a los lados arriba, la volteaba sin parar de pajearme.

— ¡¡Ufff!! ¡¡Ohh!! ¡¡Dios!! ¡¡Sí!! ¡¡Así!! ¡¡Así!! — dije entre gemidos.

— ¡Te quieres correr! — dijo mientras aceleraba el ritmo — . A ver esa leche, ¿te viene ya ehh? — preguntó al mismo tiempo que me introducía todo el dedo en mi ano.

— ¡¡Sííí!! ¡Ya… Ya…! ¡¡¡Me corroooo!!! — grité con toda mi alma.

Leché con potencia y abundancia, al ser pajeado con mi polla en vertical mi polla escupió la lefa hacía lo alto trazando un arco en su cenit y cayó a plomo sobre la parte baja de la butaca camilla al lado de mis tobillos.

— Llevabas mucha leche acumulada — dijo mi tío con su dedo pulgar y índice lleno de semen aún con su mano en mi polla — . Me da que tenemos nuevo maricón en la familia — al mismo tiempo que ponía risa de complicidad —. Y por lo que he visto aún no has debutado con el culo.

— Yo… yo… no… — conteste confuso.

— Anda, vístete.

Pase tras el biombo a cambiarme, ante mi estupefacción hizo pasar al enfermero y dijo que limpiara, que él ya se iba. Me cambié y pase — evitando mirarle —. Mi tío me dio dos besos en las mejillas de despedida y no pude evitar ver el charco de semen al mismo tiempo que el enfermero me sonreía.

Ese día no podía ordenar mis pensamientos, mis ideas iban en bucle. No podía creer que hubiera flipado el soberano pajote que me había hecho el tío Cesar. Al llegar a casa de mis padres estaba ausente, me preguntaron que me habían dicho, les respondí que tenía que hacerme unos análisis, pero que no era nada serio. Oí como mis padres cuchicheaban a mis espaldas y se mofaban del hermano mayor gay.

Una semana más tarde mis padres se fueron a un balneario, a mi no me apetecía y dispuso que fuera a comer a casa de la abuela en su ausencia. Allí me encontré otra vez a mi tío, el cual vivía en el piso superior. Tras el almuerzo mi tío me insto a que después me pasará y viera su nuevo televisor de plasma. Quedé un par de horas con la abuela, ya tenía una edad avanzada y se durmió en el sofá. Entonces empecé a pensar en lo del otro día en la consulta de mi tío. Los contornos de las imágenes que intentaba retener se desenlazaban: mi polla, la mano de mi tío, su calva, la paja, el semen. Esas imágenes se me desintegraban aun antes de que los hubiera asido bien. Mi confusión era total. Mi antagonista decía que no fuera, pero yo había comenzado a cambiar sin que yo me pudiera dar cuenta. Tomé la decisión de subir a ver a mi tío Cesar.

La televisión la verdad es que era un flipe total, con la Play Station se jugaba de puta madre. Hasta ese momento mi tío me había observado como disfrutaba con los mandos de la consola. Tenía todos los putos juegos molones del mercado. Él se levantó mientras yo estaba absorto y flipando el juego de F1, era como si estuviera en el mismo circuito. Mi tío volvió, venía con un albornoz rojo con estampados de dragones, estaba recién duchado, olía a jabón; de su pecho salía una pelambrera de vello blanco.

— ¿Te gusta eh…?

— Sí, es la rehostia… está pantalla con esos juegos es impresionante — dije.

— ¿Vemos una peli? ¿Te atreves con una de esas pelis…? ya sabes… — dijo guiñando un ojo.

— Bueno… no…

— No seas cagón, ya nos tenemos confianza ¿o no?

Nos sentamos en el sofá, el me paso el brazo por encima de mis hombros, dio al play y salieron los títulos de la película (Rabos picantes), en ella salían hombres cachas con grandes penes.

— ¿Qué te parece? ¿Te gustan? — me pregunto mientras notaba su aliento y después su lengua en mi oreja — Sé que te gustan… venga… no estés cohibido conmigo — al mismo tiempo me tocaba mi polla, la cual empezaba a abultar.

— Si… demasiado sobreactuados, no sé… — conteste.

— Razón tienes, demasiado postizo. ¿Te va más lo amateur, no? — al mismo tiempo que se abría el albornoz dejando un rabo aceptable a la vista — por ahí tengo uno de una fiesta que montamos con unos amigos.

En las imágenes se veían cuatro machos, uno de ellos era mi tío, el otro un grandullón tatuado, los dos a la par follaban en la posición de perrito a dos jóvenes. La grabación era evidente que estaba hecha con un teléfono móvil. El tatuado follaba con un ritmo impresionante, a mi tío se le veía sudoroso con las cejas arqueadas con sus manos aferradas a las nalgas del otro. La imagen se acercó y en un primer plano se apreciaba como una gran polla del tatuado entraba y salía del culo; los dos enculados no tendrían más de 25 años.

— ¿Te gusta más esto? — dijo al mismo tiempo que me lamia la oreja.

— Ufff, auténtico si — respondí notando como mi polla estaba erecta — aunque toda esa polla en el culo intimida.

— Sí, mi amigo tiene una herramienta de gran calibre, pero esos chicos que nos tirábamos ya son culos hechos, tienen mucho uso, se acoplan muy bien a un pene, sean cuales sean sus dimensiones — dijo mi tío en tono didáctico mientras la escena se cortaba.

Intercambiamos miradas, mi tío de repente me morreó, note su lengua húmeda en mi boca, mis labios quedaron mojados, note otra vez sus labios cerca de los míos, note que me tocaba la polla. La tenía erecta, puse mi mano en su polla, note vello, era fuerte y venosa. Bajé su escroto y vi su glande.

— Vamos a un lugar más cómodo la cama es ideal, hoy vas a debutar, Jesulin.

Con su brazo alrededor de mis hombros nos encaminamos al dormitorio. Llevaba la bata abierta, su polla en erección sobresalía de su cuerpo de modo desafiante. Mis pensamientos se elevaban hacía el interior de algún espacio de fuera de mi mismo cobrando más y más altura, y después, cuando ya habían alcanzado una altura determinada fluían desde ese espacio en el que se estancaban hacia mi interior, como agua encima de una presa.

La luz que se filtraba en el dormitorio era rojo sangre debido al color de las cortinas, en los lados sobre sendas mesillas de noche destacaban dos pequeñas lámparas que en su base eran dos testículos y el brazo que subía a la tulipa un gran pene. Con ojos de lobo estepario mi tío me dijo:

— Quítate la ropa estarás más cómodo.

Mientras me desnudaba la cara de mi tío resplandecía de gozo. Una vez más como dije anteriormente: ¡Estaba en su puta salsa!

Al quedarme completamente desnudo él se quitó el albornoz, su cuerpo era velludo, su cipote estaba en todo su esplendor y sus testículos colgantes estaban amarrados a un aro testicular negro que los tensaba. Con mirada escrutadora y viendo que yo también estaba empalmado hizo la siguiente observación:

— Tienes el cuerpo de niña adolescente — dijo en tono enérgico —. Siéntate en la cama.

Al sentarme me di cuenta que era la lanzadera hacía una nueva vida, mi iniciación.

Dejó caer un hilillo de saliva de su boca sobre su glande, lo esparció y me acerco la polla a la cara y como yo en esos momentos no tenía iniciativa propia me restregó la cara con el glande ensalivado. Notaba el olor de polla en mi cara. Al llegar a mi boca la abrí, succioné hasta el prepucio.

— Mírame a los ojos — me dijo, al mismo tiempo que su rostro reflejaba intensidad —. Déjate llevar, limítate a abrir la boquita de maricona — al mismo tiempo que me agarraba por las sienes y empujaba su polla hacía dentro de mi boca —. ¡Así! ¡Así! Mueve la lengua. Me gusta follarte la boca.

Note su glande en mi paladar hasta llegar a mi campanilla, al mismo tiempo que su vello púbico me hacía cosquillas en la nariz. En el silencio de la habitación se podía escuchar el jadeo de gozo de mi tío. De repente saco su polla de mi boca y con una mano se agarró el escroto quedando delante de mis ojos los testículos prensados.

— ¡Come huevos antes que te prepare! — dijo poniéndolos sobre mi nariz —. Empieza un por uno.

Parecía un globo en mi boca, no podía abarcarlo.

— ¡Succiona como si chuparas un flan, para adentro! ¡Sí! ¡Así! ¡¡Ohhh!!

Notaba vello en mi boca, que me causaba molestias; succione uno por uno los testículos como si de una ofrenda ante un altar se tratara. Me levantó la cabeza y me dijo:

— Acuéstate en la cama, déjate llevar y goza.

Me tumbé con las piernas en el suelo, note que me lamía el tronco, me bajo el prepucio y me succionó el glande. Me invadió una sensación placentera. Sentí la humedad de su lengua y de repente como una ventosa se engulló toda mi polla hasta el punto de notar el roce de su perilla en mi pubis.

— ¡¡Ohh!! ¡¡Sí… Sí… Sí!! ¡¡No pares!!! — dije excitadísimo, al mismo tiempo que oía los chasquidos bucales.

Usaba su boca como una aspiradora, levante la cabeza y vi como sus labios subían y bajaban dejando un reguero de saliva en mi polla, eran adentros y afueras dinámicos, cada vez que bajaba lo hacía para metérsela a fondo y mover su cabeza, como si quisiera sentir mi capullo en su campanilla. Era una mamada brutal, la flipé, pero no fue todo; me levanto las piernas cogiéndome por las rodillas y me succiono los testículos, podía oír los plof, plof, plof al entrar en su boca. Me levantó más y me lamió la entrada de mi culo, me sentía en el séptimo cielo.

— Agárrate tu las rodillas y mantenlas altas — al mismo tiempo que colocaba una almohada bajo mis nalgas para tener más alta mi zona anal –. ¡Ahora vas a saber lo que es que te coman el culo a fondo.

Noté la lengua en mi culo, sentía como sus manos abrían mis nalgas y el cosquilleo profundo me hizo jadear y bramar como un becerro.

— ¡¡¡Si!!! ¡¡¡Oh… oh… oh!!! ¡¡¡Qué bueno!!! ¡¡¡La hostia puta! ¡Ohhhhhh!!!

— Venga, vamos a dilatar, Jesulin — al mismo tiempo que se untaba un dedo de vaselina y lo introducía —. Está muy cerrado.

Yo permanecía con las piernas semiflexionadas levantadas, noté como añadía otro dedo, sentí molestias.

— Vamos a intentarlo — dijo mi tío reincorporándose y dándose sacudidas a su polla erecta poniendo mis rodillas encima sus hombros.

El glande se puso sobre mi ano, podía ver la cara de mi tío, el sudor perlado llenaba su frente. Empujó, note molestias, volvió a sacarla, rectificó un poco su posición empujando otra vez y note más molestias.

— Relájate, está cerrado de cojones — dijo intentado otra penetración —. Tendremos que abrir más el conducto — dijo en tono incomodo —, no te muevas voy a por una cosa de mi maletín.

A grandes zancadas con su polla moviéndose como una bandera abrió su maletín y saco lo que yo ya había visto en su consulta. Era el especulo. Lo introdujo en mi ano y con la otra mano introdujo una cantidad abundante de vaselina. Se incorporó untándose también su polla y volvió a coger la misma posición. Con las piernas sobre sus hombros noté una penetración más profunda. La respiración de mi tío era acelerada, sus ojos estaban inyectados en sangre.

— Allá voy Jesulin, ha llegado la hora — acto seguido embistió.

La penetración está vez fue mucho más profunda, lance un aullido, bombeo otra vez y a la tercera fue un a ful notando como su peluda barriga chocaba con mi pelvis. Con la brusquedad que provoca el ansía mi tío empezó un pistoneo regular. Notaba como algo se inflaba en mi culo, me escocía. Mi tío acelero el ritmo, puso mis piernas en vertical. Me chupaba los pies. La notaba bien adentro, empezó a bombear con ritmo, se oían los plof, plof, y los chof, chof, chof de la enculada, notaba la polla dentro, tenía molestias pero gozaba. Mi tío tenía las mandíbulas apretadas, empezó a jadear y a dar bufidos, su respiración se aceleró. Me estaba dando a culo batiente, aceleró su respiración. Yo me cogí la polla y empecé a pajearme, noté que la lefa me subía. Deslefé, el churretón de lefa me llego hasta la cara. Mi tío daba los últimos coletazos. Tenía las cejas contraídas, los ojos cerrados, su rostro estaba enrojecido. Los bombeos retumbaban en toda la habitación. Entre bramidos de toro, alaridos y un estallido gutural final comenzó a deslefar.

— ¡¡¡Ohhh!!! ¡¡¡Me corrooo!!! ¡¡¡Me corroooo!!! ¡¡¡Me corrooooo!!! ¡¡¡Ohhhhh!!! ¡¡¡Ohhhhh!!! ¡¡¡Ohhhhh!!!

Fue brutal. Notaba mi culo lleno de lefa. Todo el peso de mi tío cayó sobre mi, note su respiración acelerada, su vello contra mi pecho. Se reincorporo. Empezó a lamerme la lefa de la cara , el cuello, el reguero de mi pecho y barriga, sacaba toda lengua, la usaba como una vaca que comiera forraje y en un alarde bravura me volvió a levantar las piernas introduciendo su boca en mi culo para amasar todo el semen posible en su boca. Su barba parecía una esponja húmeda debido a los restos de semen que había acumulado. Me miró y avanzo hacía mi boca para morrearme. Note el líquido caliente que me proporcionaba su boca, movía su lengua a conciencia, no se despegó de mis labios hasta pasado un buen tiempo, el cabrón se aseguraba que hubiera engullido una buena porción de lefada, para después lamerme la cara entera con los restos de semen que le quedaban.

Permanecimos tendidos en la cama, las pollas estaban semiflacidas, tenía su brazo alrededor de mis hombros. Me miraba con orgullo viril y aires de considerarse el responsable de haberme proporcionado placer (mi deslefada así lo evidenciaba). Era evidente que se inclinaba por esa visión y yo no me quedaba más remedio que confirmarlo en mi conciencia, puesto que desde el principio había consentido encantado en “dejarle a él” que me administrara y custodiara como un recién adquirido bien.

— Ya has debutado, y es evidente que lo has gozado — dijo en tono engolado —, te he dejado mi simiente dentro lo que evidencia que a partir de ahora eres una maricona ya que este mundo gay se compone de los activos y los pasivos, o lo que es lo mismo, los que dan y los que reciben. Los que dan tienen el apodo de maricones y los que reciben son mariconas — dijo categórico.

Antes de ducharnos me morreo, note como en su perilla los restos de semen se resecaban.

 

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