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El regalo (Final)

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-Qué bonito es despertarse con alguien a quien deseas y que sabes que te desea.

Fue lo primero que oí a la mañana siguiente cuando me desperté, susurrado en mi oído. Era la voz de terciopelo de Lara que me daba los buenos días. El sol entraba por las ventanas y la terrible tormenta del día anterior había desaparecido como si hubiese sido un sueño Lo que era muy real era que allí estábamos las dos, la madre de mi mejor amiga y yo, entrelazadas nuestras piernas todavía. Nos estuvimos besando un buen rato y hablando de lo del día anterior. Las dos nos prometimos seguir disfrutando de nuestros cuerpos y vivir nuestro amor de la manera más natural posible, sin dramas ni, como se dice ahora, malos rollos. Yo quería hablar del papel que Leo podría jugar en nuestra relación, la noche anterior, mientras follábamos, Lara me había preguntado si nos habíamos acostado y yo, con el calentón que tenía, le había dicho que si y que pensaba seguir haciéndolo. Ahora, no es que me arrepintiese, pero si me resultaba un poco embarazoso. En cualquier caso, ese tema quedó pendiente, porque en cuanto pronuncié su nombre las dos nos preguntamos si habría vuelto a casa. Lara me acariciaba el pubis mientras hablábamos y a las dos nos apetecía empezar el día con un buen orgasmo, pero nos levantamos rápidamente para ver si Leo había vuelto. Lara se puso una de sus batas y yo una camiseta que cogí de mi habitación, Leo no estaba en su cama, pero me tranquilicé al ver su coche en el jardín desde mi ventana. Lara y yo nos la encontramos en la cocina desayunando, con una sonrisa angelical de oreja a oreja, yo corrí a abrazarla y Lara hizo lo mismo, ninguna de las tres sabíamos que decir, nos quedamos calladas unos minutos que parecieron eternos, sonriendo como tontas. Al final Lara rompió el hielo y nos arrancó una sonora carcajada a Leo y a mí.

-Lara. ¿Leonor, pero como se te ocurre regalarle un falo de látex a tu madre?

-Leo. Por favor mama ya nadie dice falo.

Desayunamos las tres y poco a poco el tono rojizo de nuestras caras fue desapareciendo, la situación no era fácil para ninguna de las tres, pero especialmente para Lara, su relación conmigo tenía infinitas aristas en las que podría haber sido muy fácil engancharse y hacerse mucho daño. Por un lado, había engañado a su marido conmigo, además yo era una jovencita comparada con ella, a mis casi veinticinco años sabía muy bien lo que hacía, pero casi me doblaba en edad, aunque ni de lejos lo aparentase. Encima su hija era mi amante ocasional desde hacía meses y para terminar el embrollo era Leo la que había organizado y casi teledirigido nuestra relación. ¿Quién da más?

No era fácil hablar de todo esto durante el desayuno, dirigimos la conversación hacia la tormenta del día anterior, Leo nos dijo que había dormido en casa de Fátima, yo creí que era mentira pero resultó ser cierto, Lara, por su parte, nos pidió que hiciésemos solas las tareas de la casa, especialmente su habitación, que estaba hecha un desastre, porque ella tenía un montón de llamadas de teléfono pendientes que debía hacer a pesar de ser sábado. Yo fui la primera en levantarme de la mesa, la camiseta que llevaba no era demasiado larga, y sin nada debajo, mi culazo se quedó un momento a la vista mientras la prenda no caía hacia abajo. Leo estiró su brazo y me propino una de sus habituales y sonoras palmadas.

-Lara. (sonriendo). ¡Eh… no te propases con mi novia!

-Leo. (poniéndose las manos en su cabeza). Por favor mama ya nadie dice novia.

Se abrazaron las dos diciéndose lo mucho que se querían y Lara, cuyas mejillas volvían a estar rojas, le dio las gracias por el regalo, las tres sabíamos que no se refería a la polla de látex sino a mí.

Leo y yo subimos a organizar un poco la habitación de Lara, nada más entrar Leo gritó bien alto para que su madre pudiera oírla: aquí han pasado cosas, menuda batalla.

Como estábamos a solas le pregunte a Leo donde había dormido realmente.

-Leo. Anita, he dormido en casa de Fátima. Si te soy sincera estaba más pendiente de lo que ocurría aquí, no me apetecía, ya sabes, rabo.

-Ana. (sorprendida). Vaya, me habías dicho que pasarías la noche con dos buenos rabos y conociéndote…

-Leo. Quizás ni yo misma me conozco o mi sexualidad está cambiando.

-Ana. ¿Qué quieres decir, ya no te gustan los hombres?

-Leo. Quizás he descubierto que aun gustándome los hombres hay otras cosas que me llenan más.

Lara entró en ese momento en la habitación y se puso a ayudarnos, necesitaba trabajar allí y se le hacía tarde. Interrumpimos nuestra conversación y Leo se puso a vacilar a su madre en relación al estado en que lo habíamos dejado todo. Luego se fue al baño y volvió con la polla y el arnés colocado en su cintura y empezó a perseguirme mientras nos partíamos de risa por toda la habitación. Lara agarró a Leo cuando pasaba a su lado y le dio unas palmadas en el culo.

-Lara. Estas son las que tenía que haberte dado cuando eras más niña, ahora ya es demasiado tarde. Vale chicas, nos lo estamos pasando muy bien, pero yo tengo que hacer varias llamadas de negocios muy importantes, porque ayer como decías aquí pasaron cosas y al final he tenido que dejar todo para hoy. Y una cosa más, si todo va bien, a mediodía tendré buenas e importantes noticias que daros, sobre todo a ti Leo.

Yo miré a Leo y Leo me miró esperando que la otra aportase algo de información con su gesto, pero ninguna teníamos idea de que podía tratarse. En cualquier caso, eran negocios.

Leo y yo bajamos a hacer la colada y recoger un poco la cocina. Pusimos la lavadora y tras organizar la cocina nos sentamos en el tendedero en dos viejas sillas de playa.

-Ana. ¿Qué querías decir con lo de que tu sexualidad está cambiando?

-Leo. Pues que estoy madurando y ya no tengo esa ansiedad por llenar mi chochito con una polla, contigo he descubierto que hay otro tipo de sexo, me has enseñado mucho. ¿Te acuerdas del bate de beisbol? (nos reímos las dos). Pues hoy no te haría pasar el mal rato de aquel día.

-Ana. ¡Creí que acabaríamos en urgencias!

-Leo. Si, han pasado solo unos meses, pero me he dado cuenta de que ningún hombre me ha hecho disfrutar como tú.

-Ana. Quizás no has encontrado al adecuado.

-Leo. Quizás sí.

-Ana. Caray, Leo. Menuda responsabilidad saber que nadie te ha dado nunca lo que te doy yo.

-Leo. Fui una tonta por haber desperdiciado varios años de convivencia que nos lo podíamos haber pasado tan bien.

-Ana. (agarrando la mano de Leo). Olvídalo, mira hacia adelante, lo pasado pasado esta. ¿Sabes que ayer tu madre me preguntó sí nos habíamos acostado?

-Leo. ¿Y tú que le dijiste?

-Ana. Pues me temo que le dije que sí y que pensaba seguir haciéndolo

-Leo. (recuperando la sonrisa que se había ido de su cara). Esa es mi Anita. ¿Y cuál fue su reacción?

-Ana. No hubo reacción, estábamos demasiado calientes las dos. Seguimos a lo nuestro.

-Leo. ¿Y os pusisteis a hablar de mi mientras follabais?

-Ana. Estas muy guapa, me encanta cuando te pones sólo una camiseta larga. Siempre me fijo en tu culo e intento adivinar si llevas tanga debajo.

-Leo. Gracias, pero no cambies de tema. ¿Hablasteis de mi ayer?

No pude resistirme y me fui en busca de sus labios, Leonor estaba más guapa que nunca aquella mañana en el tendedero. Su melena tenía un tacto maravilloso y con mi mano recorrí el camino desde su rodilla hasta el interior de su muslo. Acaricie su pubis que volvía a estar perfectamente depilado mientras nos besamos durante unos minutos.

Leo se recostó hacia mí para que le besase el cuello, le encantaba. Yo metí mi mano bajo su camiseta y agarré uno de sus pechos mientras recorría con mis labios su cuello. Leo nunca usaba perfume, pero su piel y su pelo tenían un aroma inconfundible para mi cerebro que significaba placer y excitación. Empecé e susurrar en su oreja y a mordisquearla.

-Ana. ¿Sabes que desde que llegamos a esta casa siempre me he corrido pensando en vosotras?

-Leo. (empezaba a estar muy excitada). Por favor Anita sigue susurrándome, me encanta, pero contesta a mi pregunta.

-Ana. Estuvimos viendo las fotos de anteayer. A mí me daba mucho morbo y se lo pedí a Lara, bueno casi se lo impuse. Después de varios orgasmos fue un poco infantil por mi parte, pero llevo fantaseando con vosotras dos desde que llegamos y créeme no sin cierto sentimiento de culpa, pero no puedo evitarlo.

-Leo. (empezando a tocarse la entrada del coño y con respiración cada vez más profunda). Sigue hablando por favor, en que piensas cuando te corres.

-Ana. Como baje tu madre y nos pille aquí me va a dar algo.

-Leo. No te preocupes, no va a bajar.

-Ana. Eso espero. Bueno, no sé, pues mientras me masturbo pienso en Lara y a veces en ti, pero cuando ya estoy a punto me imagino que estoy con las dos a la vez, al principio que una me comía el coño y la otra la boca, pero con el paso de los días fui elaborando más mis fantasías.

Yo estaba también muy cachonda e intenté relevar a Leo en la tarea de magrear su maravilloso chochito, pero ella no quería que yo separase ni un centímetro mis labios de su oreja. Volvió a suplicarme que continuase hablando mientras ella se ocupaba de seguir amasando los labios de su vagina con sus dedos.

-Ana. Hace unas noches estuve un buen rato imaginándome a Lara de pie con sus piernas abiertas, pantys negros y zapatos de tacón, tu y yo besábamos cada una de sus piernas desde el tobillo hasta su cintura, despacito, tú sabes que el tacto de los pantys a mí me pone muchísimo. Luego cortábamos los pantys con unas tijeras y llegábamos a uno de los preciosos tangas de tu madre, a mí me encanta uno amarillo, lo cortábamos también y empezábamos a comerle el chocho y el culo, a ella se le ponía la piel de gallina.

Cada pequeña pausa que yo hacía encontraba una casi furiosa protesta de mi dulce Leonor que me apretaba el brazo con fuerza para que no parase de susurrar en su oído mientras con su otra mano aceleraba hacia el orgasmo.

-Ana. Con ella de pie y sus maravillosas piernas abiertas nos intercambiábamos chocho y culo y de vez en cuando, parábamos un momento para darnos nosotras un morreo entre sus piernas y seguíamos. Yo me abrazaba a su muslo y le lamía el ojete mientras escuchaba el sonido de tu lengua chapoteando por delante en los jugos de su coño. Me encantaría tener aquí su tanga usado y que pudiésemos olerlo juntas mientras te corres, suelen estar empapados yo me he pasado el verano disfrutando de ellos gracias a mi tarea con la colada.

Leo me miro sorprendida ante este último comentario y sonrió de placer mientras se corría en mis brazos, fue un orgasmo interminable, empapada en sudor chupaba mis dedos y me acercaba los suyos para que saborease yo también aquella maravillosa paja.

-Leo. (recuperando el aliento) Ves como nadie me lleva a donde tú me llevas. Me lo he pasado muy bien. Y tú debes estar en el paraíso follando con mi madre y conmigo el mismo día.

Yo estaba un poco ruborizada, no era fácil compartir algo tan íntimo con otra persona, aunque fuese Leo. Ella se dio cuenta.

-Leo. No te pongas roja Anita, si no me ruborizo yo…

-Ana. ¿Cuándo vas a contarme tú tus fantasías? Me debes una. ¿Desde cuándo te excita tanto tu madre? No me he atrevido a preguntártelo antes porque es algo muy personal.

-Leo (sonriendo y acariciando mi cara con su mano) Y porque te atreves ahora?

-Ana. ¿Tú sabes el calentón que tengo? Eso ayuda a desinhibirse.

-Leo. Me encanta cuando hablas como un hombre.

-Ana. Las mujeres también podemos decir calentón, mujerón, jamona, maciza… eso no nos convierte en albañiles, pero no cambies de tema.

-Leo. (acariciándome los muslos) Me encantaría comerme tu chochito, pero si prefieres reservarte para tu amor lo entiendo.

-Ana. Me encantaría, pero Lara podría bajar y no quiero que nos pille aquí. Ay Leo que difícil va a ser manejar esta situación, soy tan feliz, pero al mismo tiempo me preocupa tanto este embrollo que tenemos montado aquí. Siento que lo mío con tu madre me va a alejar de ti y eso no lo quiero en absoluto.

-Leo. Eso no va a ocurrir, disfruta el momento, olvídate de mañana piensa solo en hoy. Todo irá fluyendo.

-Ana. Te quiero mucho, pero al final has cambiado de tema.

-Leo. No te preocupes ya tendremos ocasión, ahora es mejor que subas a ver a tu princesa, yo me ocupo de la colada.

-Ana. Pero dime solo una cosa, te gustaría oler el tanga de Lara mientras te masturbabas.

-Leo. (en tono burlón) Y como sabes que no lo he hecho ya?

Subí escaleras arriba sorprendida y divertida por la respuesta de Leonor y encontré a Lara al teléfono en su habitación. Llevaba puesto un vestido blanco muy fácil de levantar y, tras cerrar la puerta, no pude resistir meterme entre sus piernas mientras ella seguía hablando. No llevaba tanga y besé con cuidado su vagina hasta que finalizo la llamada. En ese momento acelere sin control y el beso se convirtió en morreo y desenfreno hasta que Lara se corrió con mi cara hundida en su coño. Lara me devolvió el orgasmo rápidamente porque tenía todavía dos llamadas pendientes y fue divertido tener a aquella belleza solo para mi pidiendo disculpas por lo acelerado de la paja mientras me mataba de placer con su lengua.

Ese día comimos tarde y Lara dejo boquiabierta a Leo con la noticia de que había cerrado la venta de todos sus negocios relacionados con la peletería. Yo permanecí en silencio anonadada por las cifras millonarias en las que se había fijado la venta. Me enteré de que Lara y su marido tenían separación de bienes porque ella no necesitaba la firma de él para formalizar la venta y también deduje que era Lara y su familia los que realmente tenían mucho dinero desde varias generaciones atrás. Yo no pude disimular mi disgusto por tener que viajar a Madrid con ellas, Lara me cogió la mano mientras comíamos y me pidió disculpas por tener que interrumpir nuestras vacaciones, me dijo que ya había gestionado el viaje para las tres pero que si prefería podía quedarme allí, aunque a ella le gustaría mucho que las acompañara. ¿Qué podía hacer yo? Mostré mi alegría por la noticia y reconocí que lo estaba pasando tan bien que no quería irme nunca de allí, pero entendía la situación. Lara nos explicó que sería algo muy rápido, el martes por la mañana saldríamos temprano hacia Lisboa y de allí en avión a Madrid para firmar a primera hora de la tarde. Pasaríamos la noche en un hotel y a la mañana siguiente regreso a Lisboa.

Aquella tarde Leo propuso bajar a la playa y Lara aceptó, yo sabía que las dos tendrían mucho de qué hablar y con un gesto le hice saber a Lara que prefería dejarlas solas. Habían pasado muchas cosas en las últimas horas. Me tumbé en la cama de Lara mientras ella se ponía el bikini. Bromeó con ponerse el que se había comprado conmigo en nuestra visita a Lisboa. No por favor, le dije, que me muero de celos. Me encantaba verla desnuda frente a mí, a cierta distancia, le hice esperar un rato mientras me comía con la mirada aquellos muslos y aquel trasero, realmente era todavía mayor visto a un par de metros de distancia, me apetecía amasarlo y jugar con él toda la tarde, seguía notándose la línea de bronceado del bikini que marcaba la frontera entre lo público y lo privado como yo solía decir, aquella zona más blanca que debía ser solo para mí. Lara se excito muchísimo al sentirse objeto de deseo.

-Lara. (tocándose la entrada del coño). Mira cómo me estoy poniendo.

-Ana. Sera mejor que te vayas o tendremos que follar de nuevo.

-Lara. (poniéndose por fin el bikini) Y tú que vas a hacer?

-Ana. (con mi sonrisa más picara). Creo que voy a curiosear tus cajones, sobre todo los de la ropa interior y aquí va a haber sexo, contigo o sin ti.

Vi la felicidad pintada en la cara de Lara y me dio un beso mientras bajábamos hacia la cocina. Me pasé la tarde curioseando por la casa y también por el vestidor de Lara, pero me aguanté y decidí reservarme para ella. Estuve un rato en el tendedero y allí acabé quedándome dormida.

Aquella noche se nos hizo bastante duro a Lara y a mi cerrar la puerta de nuestra habitación y dejar tras de ella a Leo. ¿Que podíamos hacer? Nuestra cama estaba frente al pasillo que rodeaban las demás habitaciones, nos disculpamos con Leonor y su madre le pidió que bajase al baño de la segunda planta. Ella aceptó las disculpas con una sonrisa, pero aun así a las tres se nos hacía extraña aquella “separación”. Llevábamos ya muchos días en que estábamos todo el día juntas y aquella puerta a mí me producía un sentimiento de traición hacia mi amiga. Lara me confesó sentirse igual, pero al final la excitación pudo más. Ya más tranquilas que nuestra primera noche todo fue más despacio, menos animal. Lara era una maestra de la masturbación, decía haber tenido años y años para practicar con su propio cuerpo y yo me dejaba invadir por su ausencia de prisa, podía estar acariciando mi coño durante una hora sin que me corriese, mi excitación iba en aumento gradual hasta que reventaba de placer. Debian ser mas de las dos de la madrugada cuando le pedí que se vistiese para mí, yo no creía poder correrme una vez más pero el día anterior había descubierto lo mucho que me gustaba observarla a cierta distancia. Elegí el vestido azul y blanco de playa que me volvía loca.

-Lara. ¿Por qué te gusta tanto este vestido? Tengo cosas mejores.

-Ana. Lo llevabas puesto el día que llegué y me impresionó mucho.

Le conté lo mucho que me había excitado nuestro encuentro y sobre todo cuando había subido las escaleras delante de mí.

-Lara. Nadie ha hecho tanto por mi autoestima en toda mi vida. ¿Me pongo ropa interior?

-Ana. Por supuesto. Tanga amarillo, nada de sujetador.

Cerré los ojos y enseguida noté las pisadas de Lara paseándose por la enorme habitación.

-Ana. Es increíble lo mucho que me gustas desnuda pero también vestida. La manera en que se te marca ese vestido me pone a cien. Es transparente pero no demasiado, las aberturas a los lados ensenan lo justo de esos muslazos, te aplasta un poco esos tetones, pero los echa hacia los lados y se ven preciosos y lo del culo es para morirse, podría pasarme el resto de mi vida contemplándolo. Al tener franjas hace que parezca un enorme melocotón.

-Lara. (completamente roja su cara). Sigue por favor. Me muero de vergüenza, pero me encanta.

-Ana. Como puedes acostarte conmigo y no ruborizarte y en cambio…

-Lara. Pues porque me siento observada, durante años tuve un enorme complejo con este culazo.

-Ana. ¿Y cómo te lo quitaste?

-Lara. Pues aprendí a disfrutar de él. Si no puedes con tu enemigo únete a él.

-Ana. Tengo una fantasía que me gustaría hacer realidad.

-Lara. ¿Cual?

Me lancé escaleras abajo hacia el tendedero y deje a mi amor sorprendida en su habitación. Desde mi llegada me había fijado en la “ergonómica” empuñadura del mango de una fregona con la que limpiábamos cada día la cocina, era algo más grueso que los que había visto en España y estaba hecho de un plástico muy suave. Con un poco de lejía y abundante agua me aseguré de que quedase perfectamente limpio y me volví escaleras arriba con la mala suerte de que Leonor bajaba en ese momento al baño medio dormida. Su cara al verme con el mango de la fregona fue indescriptible.

La cara de su madre también merecía un cuadro cuando entré en su habitación. No dije nada, solo me senté en una butaca en la esquina de la habitación y Lara entendió que debía arrodillarse en el suelo frente a mí, a cierta distancia. Aquel vestido que Lara acabó regalándome, y aún conservo, marcaba perfectamente las redondeces de aquel culo que era ya el centro de mi vida, me levanté un momento y puse una almohada en el suelo para que Lara pudiese descansar sus brazos y su cabeza en ella dejando todavía más expuesto para mi disfrute su trasero. Antes de sentarme de nuevo di varias vueltas alrededor de mi presa y acerqué la empuñadura del mango a la boca de Lara. Ella la lamio con placer, estaba muy excitada por mi juego, y la chupó hasta que yo volví a mi posición en la butaca. Desde allí solo podía ver culo y muslos, con el mango fui levantando con destreza el vestido y poco a poco aprecio el tanga amarillo cubriendo su vulva, acababa de ponérselo, pero ya estaba ligeramente húmedo, subi hasta arriba de todo el vestido y la octava maravilla quedó totalmente a mi vista. Con toda la paciencia que pude reunir, que no fue mucha, frote suavemente el tanga sobre su coño, me volvía loca tenerla alejada de mí y poder darle placer con mi “mando a distancia”. Lara se bajó el tanga hasta sus rodillas sin que yo se lo pidiese. Su chocho estaba brillante, le pedí que separase un poco las rodillas y empecé a jugar con la empuñadura en la entrada, hasta mi extremo del mango llegaba la sensación de que aquello era pura gelatina así que no la hice esperar y fui metiéndoselo poco a poco. Lara movía el culo suavemente mientras yo la penetraba desde mi butaca, de vez en cuando me levantaba y le ofrecía el mango para chupar, eso aun la excitaba más, verla sumisa ante mí, de rodillas a mí me ponía a cien también. Lara lamentó que solo tuviésemos una fregona y dijo tener sitio para dos o tres más allí dentro. Eso me decidió a pasar al culo porque era cierto que el mango no era demasiado grueso. Me costó poquísimo vencer su resistencia inicial, un leve masaje con el extremo del mango, y enseguida tuvo toda la empuñadura dentro, empecé a meter y sacar y a girar sobre sí mismo el mango para que Lara disfrutase, yo recorría con la mirada sus muslos y sus enormes nalgas que seguían bamboleándose al ritmo que yo marcaba en la distancia. Vi aparecer los dedos de Lara de entre sus piernas para hacerse cargo de la situación e irse directos al clítoris, pero la pare al instante con un: aquí mando yo. La follé por detrás desde mi butaca sin misericordia.

-Ana. Cariño, esto solo es la primera parte del juego. Ahora que estas bien caliente viene la segunda.

-Lara. Llevo caliente toda la noche, bueno yo diría que todo el mes desde que tu llegaste, pero tú mandas.

-Ana. ¿Eres celosa?

-Lara. ¿Por qué? No se… quizás. Todo amor verdadero tiene un punto posesivo, simplemente hay que saber controlarlo. ¿Pero te parece este el momento de hablar de algo así?

Lara se levantó y la lleve a la cama agarrada de mi mano.

-Ana. Es que no quiero incomodarte con mis vicios, que no necesariamente tienen que ser los tuyos.

-Lara. Anita me estas calentando todavía más de lo que ya estaba y al mismo tiempo asustándome con tanto misterio. Habla claro por favor.

Yo le explique que me encantaría masturbarnos y al mismo tiempo charlar sobre experiencias anteriores que hubiésemos tenido o fantasías que nos gustaría hacer realidad.

-Lara (con una sonrisa de relax tras unos instantes seria). ¡Ah, era eso!

-Ana. No te burles por favor.

-Lara. No me burlo. Es que me gusta la manera en que lo enmarañas todo a veces. Y has hecho bien en calentarme, es cierto que algunas cosas en frio es difícil que afloren. Pero lo que no veo es donde está el juego aquí.

-Ana. Pues es muy sencillo. Si te excita lo que tu pareja te cuenta deseas correrte, pero en el momento en que lo hagas esta parará, por eso se establece una lucha entre las ganar de acabar y las de escuchar más.

-Lara. Ya entiendo, eres diabólica Anita, pero me gustas tanto. Has puesto mi vida patas arriba en solo unos días.

Nos acomodamos en la magnífica cama recostándonos en los almohadones. Lara se quitó el vestido y nos quedamos desnudas. Le indiqué a Lara que podíamos empezar. Yo me empecé a acariciar mi coño que rebosaba jugo y ella optó por jugar con sus enormes tetas como lo había hecho dos noches atrás mientras yo la espiaba en el salón.

-Lara. Lo cierto es que las cosas más excitantes de mi vida me han ocurrido estas últimas semanas y tu estabas presente.

-Ana. Gracias por el cumplido, pero debes ser generosa.

-Lara. Sabes que no es un cumplido. Bueno supongo que debo empezar yo. Pues tienes razón no es fácil. ¿Qué prefieres alguna fantasía o algo real?

-Ana. (besando su mejilla). Me da igual.

-Lara. Me gusta que me beses en la mejilla. Por supuesto que en los labios es otra cosa, pero cuando me besas en la mejilla dejas de ser mi amante y eres de nuevo la jovencita amiga de mi hija que tanto me excita.

-Ana. ¿Siempre te han gustado jovencitas?

-Lara. Pues… creo que sí. Alguna vez me fijo en señoras de mi edad, pero a quien no le atrae la juventud.

-Ana. Ponme un ejemplo.

-Lara. Pues hace unos meses vine a pasar un fin de semana aquí, me apetecía estar sola. Ahora eres tú la que tienes que prometerme que no te vas a poner celosa.

-Ana. Te lo prometo.

-Lara. Pues Fátima y su hija que se llama Teresa vinieron a visitarme. Teresa ya estaba embarazada de unos cuatro meses. Tiene unos veinte años y es guapa, no tanto como tú, está bastante delgada pero un buen culo y pecho mediano, pero con el embarazo gano un par de tallas. Yo le traje unas cremas de regalo sin ninguna intención más allá de agradecerle lo mucho que nos ayudan con la casa. El caso es que su madre insistió en bajar al jardín a no sé qué y nos quedamos las dos arriba porque hacia algo de frio. Teresa llevaba puesta una minifalda azul y por debajo de la chaqueta un body verde de esos que van hasta la entrepierna y se abrochan con dos corchetes. Le marcaba muchísimo el vientre y el pecho. Ella quiso probar una de las cremas que era antiestrías y… bueno se desabrocho el body y se lo quitó, se quedó solo con la falda y se puso la crema delante de mí. Yo disimulé todo lo que pude, pero en cuanto se fueron me metí en cama y cayeron varias pajas.

-Ana. ¿Ya está?

-Lara. ¿Qué esperabas?

-Ana. No se… cuéntame que es lo que más te excitaba de ella.

-Lara. Pues admito que su embarazo tenía cierto morbo, verla ponerse la crema sobre su vientre y luego en los pechos me excito mucho.

-Ana. ¿No se te paso por la cabeza intentar algo?

-Lara. Sabes lo que nos costó lo nuestro así que imagínate.

-Ana. ¿Y nunca la habías visto antes desnuda?

-Lara. Pues sí, un par de veces en topless con Leo en la terraza, pero no es lo mismo. Siento defraudarte, quizás esperabas algo más interesante. Pero ahora te toca a ti.

-Ana. Estoy segura de que tienes cosas más interesantes que contar, pero me ha gustado. Solo estar las dos aquí juntas susurrando me gusta. Que prefieres fantasía o realidad.

-Lara. Realidad por supuesto.

-Ana. No sé. Tampoco te creas que me han ocurrido tantas cosas.

-Lara. Con la de novias que habrás tenido.

-Ana. Vale voy a contarte el polvo de mi vida hasta que te conocí.

Empecé a contarle como había sido mi primera vez con Leo sin decirle de quien se trataba. Lara no era tonta, solo tardó un par de minutos en descubrirme.

-Ana. Lo siento quizás no es apropiado contarte esto.

-Lara. (agarrando fuerte mi mano y dejando los pechos para pasar a jugar con su chocho). Sigue por favor.

Yo perdí el miedo y la precaución y rememoré al detalle aquel primer polvo con Leo, las tijeras, el vibrador, el bate de beisbol, Lara magreaba sus labios y la entrada de su vagina y respiraba profundamente, yo le recordaba que si se corría el juego se acababa y yo misma tenía cuidado de no caer en la red de mi propia narración y correrme. Al llegar al final Lara pedía más y más.

-Ana. Te toca.

-Lara. Me muero de vergüenza, pero cuando me corra voy a tener el orgasmo de mi vida.

Me di cuenta que Lara estaba tan excitada que en ese momento podía conseguir de ella lo que quisiese. Yo también notaba que el morbo de la situación me iba a llevar al paraíso.

-Ana. Háblame de Leo y tú.

-Lara. ¿Qué quieres saber?

-Ana. Todo.

Lara se puso a hablar con más tranquilidad, como bajando una marcha, pero su mano derecha seguía amasando a conciencia su depilado y enorme coño. Yo intentaba adaptarme a su ritmo, pero no era fácil.

-Lara. (carcajada) Que es todo? La quiero todo lo que se puede querer. Supongo que te preguntas si siento atracción por ella.

-Ana. Es que vuestra relación no tiene nada que ver con la que yo tengo por ejemplo con mi madre.

-Lara. Te refieres a cosas como tirarme el gin-tonic encima para quitarme el bañador y luego magrearme el culo.

-Ana. ¿Como sabes que lo hizo a propósito?

-Lara. ¿Te crees que soy tonta?

-Ana. Por supuesto que no, pero me sorprendes. ¿Pero te gusto?

-Lara. Por supuesto, no soy de piedra. Pero esto es algo nuevo para mí. Todo empezó cuando Leo pasó de hablarme de ti, como su mejor amiga y compañera de piso, a darme todo tipo de detalles sobre tu cuerpo. Además, siempre está comparando nuestros culos, nuestras tetas, nuestras piernas. Una noche, la pasada navidad dormimos juntas y nos pasamos un buen rato hablando sobre todo de ti, también de otras mujeres, presentadoras de televisión, actrices, que se yo. Ella ya sospechaba desde hace años mi poco interés por los hombres. Nos costó horrores luego dormirnos con el calentón.

-Ana. ¿Qué os pusisteis para dormir?

-Lara. Por poner nos pusimos yo un camisón y ella una camiseta de tirantes, pero acabo quitándosela y durmiendo desnuda abrazada a mi espalda o a mi culo casi debería decir. Supongo que ya sabes cómo duerme Leo, encima de ti y no a tu lado. Imagínate el roce de sus pechos en mi espalda, su pierna subida sobre las mías. Y yo reconozco que mi chocho, sin bragas ni tanga ni nada acabo empapando toda mi entrepierna. Debimos tardar horas en conseguir dormirnos, al menos yo.

Las dos estábamos ya más que a punto para corrernos, pero yo, al menos, podría haber continuado así el resto de mi vida. Llevábamos mucho rato de sexo sin un solo orgasmo, sobre todo Lara que no había llegado a correrse con el mango de la fregona por mis ganas de charla. Las dos seguíamos recostadas, medio hundidas en los enormes almohadones de la comodísima cama de Lara. Cada una ocupándose de su coño y sin atrevernos a mirarnos a los ojos por lo morboso de nuestra conversación. Nuestras piernas estaban medio entrelazadas para que las dos pudiésemos tenerlas abiertas y mi cabeza descansaba sobre el hombro de Lara.

-Ana. ¿Y eso fue todo?

-Lara. Pues no. No fue todo. Al final conseguimos dormirnos, pero Leo debía estar también muy excitada. No sé qué hora seria cuando me desperté al sentir que me daban la vuelta, y una lengua húmeda y muy caliente entraba hasta mi garganta. Me quedé unos segundos paralizada con la boca abierta, hasta que reaccione y empecé a disfrutar y comer yo también esos labios y esa lengua.

-Ana. ¿Era Leo?

-Lara. Por supuesto que era Leo. Me dio un morreo de por lo menos un minuto o dos. Yo no sabía qué hacer. Además, con una mano me acariciaba la parte de atrás del cuello, pero la otra no paraba de sobarme las tetas.

-Ana. ¿Pero estaba durmiendo o despierta?

-Lara. La verdad creo que al principio dormía, fue algo inconsciente, pero luego yo fui pidiéndole calma y volvió a su lado de la cama y continuó durmiendo. Quizás al día siguiente lo recordó todo, pero dudando si habría sido un sueño. La verdad es que desde ese día me besa en los labios más a menudo y sí, tengo que reconocer que me gusta, es una sensación muy extraña.

La voz de Lara fue entrecortándose, pero aun consiguió contarme como había tenido que ir al baño aquella noche y masturbarse repetidamente para conseguir dormirse.

Yo disfrute de un orgasmo largo y placentero y Lara se corrió ruidosamente a mi lado. Tras unos minutos de descanso volvimos a repetir la escena en el baño de la lluvia dorada del día anterior, era algo que a Lara le encantaba. En solo veinticuatro horas mi sexualidad había transmutado gracias a Lara hacia una especie de masculinización, menos orgasmos, pero más placer. Aun así, cuando nos dormimos estábamos extenuadas.

El par de días antes de nuestro viaje a Madrid transcurrieron conmigo sintiéndome el centro del universo, al menos de aquel pequeño universo que era aquella casa junto al mar, nunca, en mis mejores sueños, me habría imaginado siendo el vértice de aquel triángulo que compartía con Lara y Leo, habría dado mi vida porque el resto de los habitantes del planeta desapareciesen y nunca nadie interrumpiese mi verano de sexo y desenfreno.

El lunes por la tarde Lara se fue con su coche a una pequeña peluquería, a unos veinte kilómetros, necesitaba arreglarse el pelo para el viaje del día siguiente. Al despedirnos me dijo que guardase algo para ella, sabía que quedándonos solas Leo y yo acabaríamos acostándonos, yo bajé mi mirada hacia el suelo llena de culpabilidad y Lara se arrepintió al instante del comentario. Con su mano derecha hizo un gesto como si con una goma de borrar quisiese hacer desaparecer sus palabras y las cambio por un: “que os lo paséis muy bien” acompañado de un gesto con sus ojos que dejaba claro que no la contrariaba en absoluto que su hija y yo fuésemos a follar toda la tarde. Es más, añadió un comentario, algo así como: ya ves como está Leo y me guiñó un ojo, y no se refería a lo guapa que era ni nada parecido, se refería a que Leo llevaba un par de días completamente desatada, haciendo comentarios de tipo sexual de la mañana a la noche, lanzándonos todo tipo de indirectas a su madre y a mí. La noche anterior bromeaba todo el rato con que se iba a llevar la fregona a su habitación para pasar la noche juntas, nosotras nos moríamos de risa y de vergüenza al mismo tiempo, pero al final se la llevó, paso ante nosotras abrazando el mango de la dichosa fregona y besando su empuñadura, dejándonos a su madre y a mi completamente rojas en el salón.

En cuanto Lara arrancó el coche y se fue yo subi desde el jardín a la casa y me encontré a Leo completamente desnuda viendo la tele. No tardó ni un segundo en suplicarme que le hiciese una paja, no me sorprendió la petición, pero si la prisa, yo no la hice esperar y le regale varios orgasmos allí mismo, ella repetía una y otra vez que echaba de menos el contacto con otra piel, vamos que “estoy cansada de mi mano derecha” decía. A mí me daba la risa, pero era cierto lo que decía y tras media hora consiguió tranquilizarse.

-Leo. Uff, gracias Anita, desde el sábado estoy tan cachonda, vamos arriba, necesito sexo.

-Ana. ¿Sexo? ¿Entonces esto que ha sido?

-Leo. Esto me ha apagado el fuego, pero ahora quedan las brasas.

No hacía falta que me insistiese, yo la seguí como un perrito escaleras arriba y ella se fue derecha a la habitación de Lara. Yo dudé por un instante, pero sucumbí a su orden de tumbarme sobre la cama, recosté mi espalda en los almohadones, se estaba muy bien allí, fuera hacia muchísimo calor, pero las ventanas abiertas creaban una brisa muy agradable en el piso superior de la casa. Leo se quedó de pie, mirando a su alrededor, hacia el suelo, entró en el baño y salió vestida con la blusa que Lara había llevado puesta toda la mañana. En su mano traía el tanga que yo recordaba haber escogido por la mañana para su madre, azul claro, muy bonito. Leo se lo apretó contra su boca y su nariz inhalando su aroma y respirando profundamente. Yo no pude resistirme y llevé mi mano derecha hacia la entrada de mi coño, estaba ocluida por todo mi jugo que había ido espesándose poco a poco, lo extendí sobre toda la vagina e introduje dos de mis dedos lo más profundo que pude. Me apetecía sentirlos dentro. Leo se quedó mirándome apoyada su espalda sobre la pared frente a la cama, de pie. La camisa de Lara era como un vestido muy cortito para Leo, respiraba profundamente, el tanga seguía siendo su juguete acabo metiéndoselo en la boca.

-Leo. Está empapado. Desde luego le gustas muchísimo a mamá, nunca me lo he encontrado tan húmedo.

-Ana. No me lo creo, insinúas que no es la primera vez que lo haces.

-Leo. Pues claro que no, tenemos el mismo vicio.

-Ana. ¿Desde cuándo lo haces?

-Leo. ¿Tanto te excita? Ya tienes tres dedos dentro.

- Ana. ¿Tú que crees? Estas genial ahí de pie, eres la mujer más guapa que he conocido.

-Leo. (divirtiéndose) ¿Así es como como conquistaste a mama?

-Ana. ¿Como, con cumplidos? No es un cumplido. Pero creo que fuiste tú la que la conquistaste para mí. Cuando llegué aquí ella ya estaba muy predispuesta a caer en mis brazos, aunque yo no lo sabía.

Leonor se acercó a la cama y comenzó a besar mis dedos tras sacarlos de mi vagina, luego paso a mis labios vaginales y estuvimos un rato en silencio, solo se escuchaba el sonido de su boca “masticando” como un chicle mi coño mientras yo llegaba al orgasmo, notaba su lengua caliente y húmeda arriba y abajo y le pedí que me metiese sus dedos dentro en el momento de correrme. Ella obedeció y yo lancé un buen grito de placer. Cerré mis piernas con media mano de Leo dentro de mí y tiré de ella para que viniese a besarme mientras el orgasmo aun recorría mi cuerpo. Leo tenía su cara empapada de mi jugo, la lamí como un perrito y se acostó a mi lado para seguir besándonos.

-Leo. ¿En qué pensabas mientras te masturbaba?

-Ana. Lo haces tan bien que no necesito excitarme con nada más. Solo me dejo llevar. De todos modos, me paso el día tan cachonda… ni en mis mejores sueños hubiese imaginado que algo así podría ocurrir, no ya a mí, sino a nadie.

-Leo. Yo, en cambio, creo que este tipo de cosas ocurren mucho más a menudo de lo que imaginamos.

-Ana. Vamos Leo, tú te crees que es habitual que una joven, como yo, se lie con la madre de su amiga.

-Leo. No digo habitual, pero sí que ocurre. Hay un montón de gente viviendo una vida que no le corresponde, como mamá, su matrimonio nunca ha funcionado, mi padre siempre ha estado obsesionado con sus empresas, sus viajes, sus contactos. Ella en su momento no se atrevió a vivir como quería, me imagino que no hubiese sido nada fácil en aquellos años, incluso para ella, con todo el dinero que tenía su familia.

-Ana. ¿Te refieres a lo de que le gustan las chicas?

-Leo. A eso y a que fue una gran estudiante, terminó dos carreras con muy buenas notas, podía haber llegado muy lejos en vez de dedicarse a su marido, a mí y a la casa.

-Ana. (incrédula) Pero si va vender su empresa por unas cantidades que marean solo de pensarlo.

-Leo. Anita eso es calderilla comparado con lo que podría haber conseguido.

-Ana. ¿Calderilla? ¡Caray, a quien me he ligado!

-Leo. Ana, tu eres su último tren. Tenía que hacer que os conocierais, sabía que os gustaríais. Llevamos ya muchos años juntas y nunca has tenido novia fija, eres muy exigente, además siempre he notado que te gustan maduritas e inteligentes. Llevo tiempo pensando en todo esto y he tenido que vencer varias veces la sensación que tenia de que era una locura, pero ahora que os veo juntas me alegro de haberlo hecho.

-Ana. Leo, tengo que serte sincera. A veces creo que eres tú la que está enamorada de ella. Es evidente que lo estas a nivel sentimental, la quieres y admiras más que a nadie en el mundo, pero creo que además querías que yo me acostase con ella porque tú no te atreves a hacerlo.

-Leo. (sin inmutarse) Lo sé, no lo niego. Pero es una fantasía que no se si quiero hacer realidad.

-Ana. ¿Desde cuándo te ocurre?

-Leo. Hace un par de años las dos empezasteis a aparecer en mis pajas. Yo solía masturbarme, ya sabes, pensando en hombres, siempre muy bien dotados, me excitaba muchísimo imaginarme follada por cuatro o cinco a la vez, que se corriesen dentro de mi boca, imaginármela llena de semen, que me follasen chocho culo y boca a la vez. Te cuento esto porque sé que no eres de esas lesbianas con fobia a las pollas.

-Ana. (riéndome) Gracias por la aclaración.

-Leo. Pero un buen día apareciste tu dentro de esta cabecita. No me preguntes como. Supongo que el roce hace el cariño. Anita, tú no te das importancia, pero estás muy buena. Eres muy guapa y ese culo y esas piernas no dejan indiferente a nadie. A medida que mis fantasías con hombres iban haciéndose realidad tu ibas ganando terreno en mis sueños.

-Ana. ¿Y en qué momento aparece tu madre?

-Leo. Pues, poco tiempo después. Cuando me fui a Salamanca a estudiar, no me fue fácil separarme de ella, nunca había estado fuera de casa más de unos días. No fue como para ti que habías estado interna en un colegio. Entonces en apenas unos meses, tu ocupaste su puesto en mi vida, eras como mi segunda madre, tenemos la misma edad, pero tú eres mucho más madura, más reflexiva, te piensas muchísimo cada decisión que tomas… De algún modo en mi cerebro, en mis afectos, en mi día a día os convertisteis en las dos caras de una misma moneda, os quería a las dos de la misma manera, al principio era un amor maternal, pero en cuanto empecé a sentir interés por tus curvas, tu arrastraste a mi madre contigo y, aunque intenté resistirme, comencé a verla y quererla de la misma manera que a ti. No sé, prefiero no darle muchas vueltas porque acabarás pensando que estoy de psiquiatra.

-Ana. No Leo, te entiendo perfectamente. Sabes que tengo una conversación pendiente con tu madre, no sé qué va a pasar con nosotras cuando acabe el verano, pero está claro que ella sabe que lo nuestro sigue. Antes cuando se fue me dio a entender que sabia y aprobaba que nos íbamos a pasar la tarde follando. Y ni yo siento que la estoy engañando ni ella se siente engañada.

-Leo. ¿Estás segura de eso?

-Ana. Completamente. Es más, ella es feliz de que sigamos siendo amigas del mismo modo en que lo éramos cuando llegamos aquí.

-Leo. ¡Que follón!

Esa expresión me arrancó una carcajada, y estuve a punto de contarle a Leonor la confidencia que su madre me había hecho sobre su beso en medio de la noche. No hubiese sido correcto. Por suerte Leo me interrumpió. Estuvimos besándonos un momento y Leo volvió a coger el tanga azul de su madre. Lo puso sobre sus pechos y comenzó a masturbarse otra vez.

-Leo. ¿Quieres que te cuente algo que te va a excitar?

-Ana. Por supuesto.

-Leo. Quizás creas que lo de pasearnos desnudas por casa es algo que siempre hemos hecho, pero nada de eso, para empezar, tenemos servicio y además en casa está mi padre. Cuando todo esto empezó, y empecé a fijarme en vosotras, a ti podía imaginarte muy bien, pero a mamá apenas alguna vez había visto sus muslos o su sujetador y me moría de ganas de ver su culo. Entonces un sábado por la mañana me enteré de que una famosa actriz (omitiré su nombre pues no me parece correcto nombrarla) salía desnuda en la revista Interviu. Se me ocurrió bajar a comprarla porque sabía que a ella le gustaría, me había fijado en que cada vez que salía en televisión se fijaba mucho en ella. Estábamos solas, y casi sin querer, sin planearlo se me fue poniendo en bandeja el quitarme aquel antojo de ver su culazo sin nada encima.

-Ana. (mientras llevaba ya muy avanzada mi paja) Pero nunca la habías visto desnuda?

-Leo. No, pero tampoco lo había buscado, además en verano nunca hacia topless ni nada y aquí, en esta casa, como mucho se ponía un bikini un poco más atrevido que en la playa.

-Ana. Perdona, sigue por favor que estoy a punto de correrme

-Leo. Pues me fui a mi habitación para dejarla sola y ella se sentó en el salón a ojear la revista. Pero en unos minutos la escuche ir hacia el baño, era el único sitio de casa que siempre cerramos con llave. Tuve suerte porque al girar la llave se quedó de un modo que se podía ver a través del agujero.

Yo no pude más y me corrí en ese momento, Leo siguió a lo suyo.

-Leo. Me sentí infantil y ridícula allí de rodillas espiando a mi madre por la cerradura del baño, pero ya sabes, cuando tengo un capricho, no paro hasta que lo consigo. Será mi educación de niña bien. Tenía muchísimo miedo de que no me gustase lo que quería ver. Mi madre dejó la revista abierta sobre la cisterna y se bajó el pantalón que llevaba hasta las rodillas.

-Ana. ¿Te masturbabas mientras la observabas?

-Leo. No, no quería perderme detalle.

-Ana. ¿Que llevaba tanga o bragas?

-Leo. (hablando muy despacio y con la voz entrecortada por la paja que seguía haciéndose). Hace poco que se pone tangas, llevaba unas bragas blancas, muy bonitas, que no llegaban a taparle el culo de todo, pero se las bajó enseguida hasta las rodillas y me quedé maravillada, se me fue el miedo y creo que me puse a sonreír como una idiota.

Yo intente cambiar la mano de Leo por la mía y seguir yo frotando su coño, pero ella no me dejo, estaba muy lanzada ya.

-Leo. Me enamoré al momento de su culo, tú me entiendes perfectamente, ese tamaño, esa piel perfecta, nada de celulitis, parecía leche, un enorme melocotón blanco. Ella se sentó en el váter de espaldas y empezó a masturbarse, tardó unos diez minutos en correrse, iba ojeando la revista y al final se dejó caer sobre ella, yo estaba esperando a que se pusiese de pie para ver su culo de nuevo y lo grabé todo en mi memoria para disfrutarlo más tarde.

Leonor ya no pudo más y se corrió escandalosamente a mi lado. Volvimos a morrearnos un buen rato.

-Ana. Supongo que esa noche te hiciste una buena paja.

-Leo. Ya lo creo. No te creas que no tenía mis dudas morales y mi sentimiento de culpa, pero me lo pasé tan bien, yo sola con ella en mi memoria aquella noche, que me di cuenta de que nunca con ningún chico había llegado a esa excitación tan profunda.

-Ana. ¿Y vuestra relación cambió a partir de ahí?

-Leo. Si, poco a poco fui animándola a cambiar su manera de vestir. Meses después le regalé una caja preciosa, parecía de bombones, pero traía unos doce tangas de colores variados, tendrías que haber visto su cara cuando la abrió. Se probo algunos delante de mi y la vi desnuda por primera vez, me impresiono mucho.

El sonido del todoterreno de Lara interrumpió nuestra conversación. Era media tarde y la temperatura fuera no debía bajar de treinta y cinco grados. No nos preocupamos demasiado en disimular lo que habíamos estado haciendo. Bajamos al segundo piso y Leo se ducho en el baño junto al salón, yo recibí a Lara en el jardín y vi que apenas se había recortado un poco su preciosa melena.

-Ana. Me alegro que sigas con el pelo casi igual, me gustas tanto así que temía que te hicieses algo radical.

Ella no contesto y esperó a que entrásemos por la puerta de casa para darme un beso. Nadie podía vernos en el jardín, pero Lara quería asegurarse que nadie pudiese vernos.

-Lara. Te he echado de menos.

Pasamos el resto de la tarde charlando las tres y cenamos pronto, al día siguiente teníamos que levantarnos muy temprano para viajar a Madrid y resultó imposible conseguir dormirnos cuando aún era de día. Lara y yo estuvimos follando hasta eso de las once y luego intentamos dormir algo. Yo estaba bastante cansada, me había pasado buena parte del día follando con mis dos diosas y al final conseguí dormir unas horas antes de que Lara me despertase a eso de las cinco.

Lo hizo suavemente con unos besos en mi mejilla, cuando abrí los ojos me quedé de piedra. ¿Quien era aquella mujer que me besaba? Lara atribuyó mi sorpresa al mal despertar, pero en realidad estaba incrédula por la transformación de mi amada ama de casa en una ejecutiva agresiva que no era la mujer que me había vuelto loca. Su pelo engominado y recogido, su falda azul oscuro por debajo de la rodilla con la cintura alta, muy entallada eso sí, blusa blanca que dejaba entrever un enorme sujetador también blanco con mucho alambre. No me gustaba, yo me había enamorado de una dulce ama de casa, de mediana edad, madre de mi mejor amiga, frente a mi tenía a una mujer a la que yo nunca me habría atrevido ni a saludar. Lo nuestro nunca habría ocurrido si nos hubiésemos conocido en el entorno de trabajo de Lara, me hubiese puesto cachonda igualmente, esa falda marcaba muy bien su culazo, lo hacía también muy goloso, pero a nivel sentimental nunca me hubiese ni atrevido a soñar con ligármela.

Lara me encargo despertar a Leo en cuanto me vistiese, todavía era de noche y lo hice lo más suavemente que pude. Lara había desayunado ya y Leo y yo intentamos tomar un café en la mesa de la cocina mientras Lara se maquillaba en su habitación. Leonor no había perdido su habilidad para leer mi cerebro.

-Leo. ¿Intimidada?

-Ana. Bastante.

-Leo (con su primera sonrisa del día) Te entiendo, yo nunca me acostumbraré, pero es ella, no te preocupes, es como un disfraz, el mundo de los negocios es así, tiene sus rituales.

Llegamos al aeropuerto en el coche de Lara con tiempo suficiente y a las ocho ya volábamos hacia Madrid. El vuelo es muy rápido, con el cambio horario eran las diez cuando llegamos a Barajas y allí nos esperaba un representante del bufete con el que trabajaban las empresas de Lara y su marido. El mismo nos acompañó con su coche hasta el hotel de cinco estrellas que había reservado para nosotras a unos doscientos metros del notario donde se firmaría la venta a primera hora de la tarde. Se despidió amablemente y nos subimos a descansar antes de comer algo. Teníamos dos habitaciones, pero al final las tres nos quedamos en la de Lara. Yo me quedé dormida un rato y Leo creo que también. Lara estuvo hablando de negocios con su marido que seguía en América. Yo deseaba que todo aquello acabase pronto y volver a Portugal.

Por la tarde nos acercamos andando hasta la notaría y en apenas dos horas nos libramos de aquel maremágnum de banqueros, abogados y asesores. Lara se desenvolvía como pez en el agua en aquel ambiente, se diría que incluso disfrutaba, Leo también, al fin y al cabo, su futuro profesional se encaminaba a ese mundo, yo en cambio me alegraba más que nunca de haberme dedicado a la ciencia.

Hacía muchísimo calor y tras finalizar la tarea que nos había llevado a Madrid Lara nos llevó a una famosa coctelería donde estuvimos charlando y bebiendo un rato, Leo bromeaba con que su madre era oficialmente multimillonaria, no lo hacía de un modo vanidoso, ya he comentado que no era la típica niña bien, que en cuanto desempaqueta un regalo ya está pensando en el siguiente. Leo fue un momento al baño y su madre y yo nos quedamos en silencio, era la primera vez que estábamos en un sitio público desde lo nuestro, nos reímos como tontas, no dijimos nada, las dos sabíamos que estábamos muy a gusto la una con la otra. Cuando Leo volvió me pregunto si me iba acostumbrando a ver a Lara vestida así, yo dije que sí, siempre y cuando no fuese lo habitual. Lara sonrió y nos apresuró a finalizar las bebidas para volver al hotel y cambiarnos.

Mientras regresábamos Lara y Leo me contaron que necesitaban un par de horas para ellas solas, prometieron regresar lo antes posible. Yo traté de disimular mi sorpresa y disgusto lo mejor que pude porque no me apetecía nada quedarme sola en la habitación de aquel hotel, pero intente convencerme de que no podía acaparar a Lara las veinticuatro del día y que tenía que pasar tiempo con su hija. Se fueron y me quedé tumbada sobre la cama, para aumentar mi malestar salieron con un par de vestiditos veraniegos que dejaban entrever sus increíbles figuras, cada una en su estilo, Lara volvía a ser la misma de siempre y Leo sin sujetador y con su carita de ángel nórdico y su melena super lisa parecía una creación del diablo para tentar a todo aquel o aquella que, teniendo algo de sangre en las venas, se cruzase en su vida. Yo siempre he creído que Leonor es de esos seres que nos hacen a todas bisexuales, su belleza me parecía irrechazable, seas como seas, hombre o mujer, es imposible no caer a sus pies, imposible que no te excite, luego la conoces y su juventud, su capacidad de pasar de ángel a demonio te atrapa todavía más.

En estos pensamientos estaba cuando, a pesar de estar sola, me ruboricé al punto de que noté mis mejillas calientes, se me encendió la bombilla y recordé que al día siguiente era mi cumpleaños. Repasé mentalmente mi comportamiento con Lara y Leo antes de irse y creí no haber dicho o hecho nada que exteriorizase mi disgusto. ¿Como había podido olvidarlo? Hacía una semana, es decir, en la prehistoria de mi vida, estuve a punto de comentarlo con mis anfitrionas, pero al final preferí no decir nada. Cada día para mí era una fiesta y pensé que Leo ni siquiera se daría cuenta porque nunca habíamos estado juntas en agosto. Pero ahora comprendía su sonrisa pícara hacía un rato cuando se fueron. Era evidente que iban a comprarme algo. Me quedé dormida sobre la cama y fue Lara quien me despertó siendo ya casi de noche.

-Lara. Me alegro de que te hayas quedado dormida. Hemos tardado más de la cuenta.

Yo la disculpe y nos abrazamos y besamos. En ese momento Leo entró en la habitación e instintivamente nos separamos.

-Leo. Eh, no estáis haciendo nada malo. No voy a asustarme. Ya me imagino que cuando estáis solas no jugáis al parchís.

Nos besamos unos segundos más, como para convencernos a nosotras mismas de que seriamos capaces de hacerlo con normalidad delante de nuestra celestina.

Al día siguiente no necesitábamos madrugar y salimos a cenar las tres, Leo me comentó varias veces que su madre recordaría aquellos como los mejores días de su vida.

De vuelta en el hotel llegó el duro momento de dejar a Leo en su habitación y nosotras nos fuimos a la de Lara. Tras un par de horas de sexo estuvimos hablando hasta muy tarde. Lara me transmitió tranquilidad sobre el momento que yo tanto temía, la vuelta de su marido, resumiría nuestra conversación de horas en una frase que me dijo, que aun retumba en mi cabeza por su sencillez: si dos quieren estar juntas eso no hay quien lo pare. Despejó todas mis dudas, por un lado, yo temía que Lara me quisiese demasiado y decidiera que nuestra relación no era lo que una joven como yo necesitaba, por el otro, temía que no me quisiese lo suficiente como para poner su vida patas arriba y seguir conmigo. También salió el tema de nuestra diferencia de edad, decidimos que era algo que no tenía solución y era absurdo darle vuelta alguna. Es más, le hice saber a Lara que su edad era de las mejores cosas que tenía. Habíamos follado como locas hacía un rato pero a mí me apetecía verla a cierta distancia de mí, Lara ya conocía ese vicio mío. Se levanto obediente y orgullosa y se paseó completamente desnuda por toda la enorme habitación. Sus curvas a unos metros de mi me resultaban aún más peligrosas y sus caderas y su enorme melocotón lucían mucho mejor a esa distancia. Al fondo de la habitación había un espejo grande, me levanté y arrastré hacia allí una cómoda butaca para que Lara se sentase frente al espejo. Yo me acomodé en otra butaca desde donde observarla, pero le prohibí mirarme ni por un instante. Ella solo podía mirar su reflejo en aquel espejo. Empezó por jugar con sus areolas y pezones y enseguida agarró uno de sus tetones, de aquel modo que tanto me calienta, poniéndolo sobre una de sus manos a modo de bandeja y llevándoselo a la boca. Estuvo un rato llevándose sus dos pechos a la boca, succionando sus pezones con dureza, iban poniéndose cada vez más rojos y más grandes. Yo pretendía jugar con mi rajita y aguantar hasta el final del espectáculo, pero ver la mirada de Lara clavada en el espejo, observándose fijamente mientras se amamantaba con sus propios pechos fue demasiado para mí. Me corrí pensando en lo mucho que Leonor hubiese disfrutado pudiendo contemplar aquella escena. Lara desobedeció mis órdenes y no pudo evitar mirarme mientras yo gemía de placer. Cerré mis ojos y me dejé escurrir en mi butaca. Cuando los abrí de nuevo Lara me miraba desde su posición, tenía un vaso con hielo y me pregunto si podíamos continuar. Yo asentí y ella por fin dejo sus pezones tranquilos y volvió a fijar su mirada en el espejo mientras llevaba uno de los enormes cubitos a la entrada de su coño. Sus piernas estaban abiertas, sobresalían hacia los lados del sofá sobre los apoyabrazos, yo me levanté y me puse tras su butaca, en el espejo veía como acariciaba con cuidado su vagina, completamente abierta, con el cubito. Besé su cuello y desde su espalda levantando sus tetazas se las ofrecí para que continuase disfrutando de ellas, ella comenzó a lamerlas de nuevo pasando su lengua suavemente sobre los pezones, yo me maravillaba una vez más del peso que tenían, preferí agarrar una sola para llevarla más fácilmente a su boca y se las iba ofreciendo alternativamente. Convenimos que cuando el cubito se derritiese yo me encargaría de llevar su coño con mi boca a su temperatura habitual y así fue, cuando me coloque entre sus piernas su coño estaba completamente rojo, Lara lanzo un profundo suspiro, mi boca debió parecerle fuego porque sus labios estaban completamente helados, calenté su clítoris primero con mi lengua y luego fui poniendo mi saliva sobre su todo su chocho hasta que vi como su respiración se aceleraba. Me pidió que le metiese mis dedos y la penetre con toda la mano salvo el pulgar, la note tan lubricada que gire y sacudí mi mano dentro de su coño sin piedad, se corrió frotando el clítoris con sus dedos porque mi mano no parecía suficiente. Estalló en un grito que me asusto y debió escucharse en todo el hotel y se retorció de placer hasta casi caer al suelo desde la butaca. Lara llevaba casi veinticuatro horas sin dormir y cayó rendida en cuanto nos metimos en cama.

Por suerte no teníamos que madrugar, nuestro vuelo de regreso a Lisboa era a las doce. A eso de las cinco de la tarde, tras haber recuperado la hora de diferencia con España, cruzábamos con el coche de Lara la verja del jardín y volvíamos a estar las tres solas en mi paraíso. Nos duchamos y Lara me propuso bajar a la playa a dar un paseo, Leo no estaba invitada y acepté porque imagine que Lara tendría cosas importantes para hablar conmigo. No hacía calor, se estaba muy bien a unos veinte grados tras los dos días sofocantes en Madrid.

Efectivamente Lara quería hablar conmigo, lo nuestro iba en serio, había planeado minuciosamente como dar cobertura a nuestro amor, al menos durante el año siguiente en que tanto yo, como Leo, pasaríamos la mayor parte del tiempo en Salamanca, con solo algún viaje de no más de una semana a otras ciudades. Mi futuro laboral a medio plazo estaba fuera de España, era algo inevitable, pero para eso aún faltaba un tiempo y decidimos no complicarnos con ello por el momento. El hecho de que mis padres comprasen la buhardilla donde Leo y yo vivíamos, que tan feliz nos había hecho hacía unas semanas se convertía ahora en un problema, las dos nos temíamos que si las tres nos quedábamos en él mi madre nos visitaría cada dos por tres, al fin y al cabo, era su vivienda. Recorrimos varios kilómetros de playa en busca de una solución, Lara hubiese preferido comprar un apartamento para las tres, sabía que mi madre nos visitaría igualmente, pero sería menos violento que vivir en una propiedad de mis padres cuando además sabíamos que ellos no aceptarían ningún tipo de pago en concepto de alquiler. Tras casi una hora de delicioso paseo bajo el cielo portugués dimos con la solución. Lara estaba dispuesta a comprar la buhardilla a mis padres, el dinero no era un problema para ella, además sabia lo mucho que a Leo le gustaba y eso justificaba la compra ante su marido, aunque ella era muy libre de hacer lo que quisiese con su dinero. Yo hablaría con mis padres, como así hice, y les haría llegar una generosa oferta de parte de Lara argumentando que por asuntos fiscales necesitaba comprar varios inmuebles aquel mismo año. Conocía a mi padre, era capaz de todo por ahorrarse el pago de una peseta en impuestos, y si le presentaba la operación como un favor a la familia de mi mejor amiga, a la que ellos además apreciaban mucho, aceptaría encantado. Por supuesto ni se nos ocurrió la posibilidad de planear nada que no incluyese que Leonor viviese con nosotras.

Dimos media vuelta y regresamos hacia la casa, nos habíamos alejado muchísimo. Caminábamos la una al lado de la otra, Lara se había recogido el pelo con una cinta, le pedí parar un momento para que pudiese ver bien su cara. Estaba preciosa, no me atrevo a describirla, para mi era simplemente perfecta, tenía esa mezcla de belleza y juventud que normalmente alcanzamos las mujeres entre los treinta y cuarenta pero que ella conservaba camino de los cincuenta. Las pequeñas pecas de su cara parecían pintadas por un maestro del renacimiento y sus rasgos obra de un escultor de la antigua Grecia. Se ruborizo mucho. Yo puedo llegar a ser muy cursi. Continuamos andando.

-Ana. Ayer por la tarde mientras os esperaba en el hotel me agobié un poco, no conseguía recordar tu cara.

-Lara. No me mires por favor, tengo una absurda sonrisa que no consigo quitarme durante horas cada vez que me haces algún cumplido.

-Ana. Sabes que no son cumplidos. Estoy loca por ti.

-Lara. Eso es lo que pienso a veces, que todo esto es una locura.

-Ana. Eh, ¿dónde está la mujer pragmática, agresiva y segura de sí misma que conocí ayer?

-Lara. ¿Te gusta más que esta?

-Ana. No, pero quizás deberías traer aspectos de tu vida profesional a tu vida privada.

Lara me había transmitido todos aquellos días mucha seguridad y ese día, por primera vez, la vi dudar con respecto a lo nuestro.

De vuelta a casa Leo nos había preparado la cena. Lara nos confesó estar un poco abrumada por la cantidad de dinero que acababa de ingresar y la agobiaba la idea de tener que ponerse en unos días a trabajar en qué hacer con todos esos millones. Yo pregunté ingenuamente cual era el problema en dejarlo en el banco y las dos estallaron en una carcajada.

Nos fuimos pronto a la cama, Leo empezaba ya a bromear con que mañana sería un día muy largo. Estaba claro que preparaban algo para mi cumpleaños. Lara y yo volvimos a hablar un rato muy largo. Me contó como Leonor había ido cambiando su vida en los últimos años, como la había ayudado a sobrellevar el paso del tiempo, como fue convirtiéndose en su mejor amiga y como, al fin, me había puesto a mí en su vida. Sentía que se lo debía todo a Leo, que le había regalado una segunda juventud que no se podía pagar con todo el dinero del mundo.

A la mañana siguiente Portugal nos obsequió otro precioso día, no hacía demasiado calor, pero el cielo estaba completamente azul, sin una sola nube en el cielo. En menos de una hora el tiempo podía cambiar rápidamente. Tras desayunar y ordenar un poco la casa subimos a la azotea a tomar un poco el sol. No llegamos ni a ponernos protector solar porque el cielo comenzaba a encapotarse, no parecía que fuese a llover, pero tampoco hacia demasiado calor. Se estaba muy bien allí arriba en cualquier caso y Lara y Leo se sentaron juntas para empezar a trabajar en la cuestión del dinero. Yo no podía ayudarlas, era algo totalmente desconocido para mí, ellas en cambio estaban en su salsa hablando en esa jerga económico empresarial que a mí me sonaba a chino. Yo me entretenía mirando sus piernas, estaban sentadas en la pequeña mesa que había en la terraza, frente a mí. Lara llevaba todavía la bata con la que se había levantado, pero Leo solo una de sus camisetas largas. Tardo muy poco en ver que yo las observaba y empezó a sonreír y abrir sus piernas para que yo viese su precioso chocho, depilado de unos días atrás pero que ya tenía un poco de pelusa que lo hacía parecer delicioso. A mí me encantaba jugar a que ignoraba sus provocaciones y fijaba mi mirada en las largas piernas de su madre, que podía ver casi hasta sus ingles. Desde que estaba en esa casa mi chochito no paraba de rezumar día y noche. Lara, en cambio estaba abstraída por la tarea y decidí dejarlas solas para que pudiesen trabajar. Baje a la cocina para preparar algo de comer y Leo me saco la lengua como solía hacer burlonamente cuando yo no accedía a “jugar” con ella, que era muy de cuando en cuando. Comimos en cuanto Lara estuvo lista porque quería aprovechar la ayuda de Leo para avanzar su estrategia económica y estuvo hablando por teléfono con varias personas.

Por la tarde Leo me invitó a bajar a la playa a pasear, seguía nublado y no tendríamos calor. Lara estaba delante y comprendí que no tenía opción. Necesitaban sacarme de casa. Subí a cambiarme porque no llevaba nada debajo de mi vestido y bajé de nuevo para encontrármelas discutiendo sobre el atuendo de Leo. Su madre no quería que bajase a la playa sin ropa interior, y con un vestidito realmente corto. Subi con ella y me pidió una de mis bragas, ella no tenía. Te van a ir grandes, le dije. Ella busco en el armario y agarro también un sujetador.

-Ana. ¿Leo, que haces? Te vas a poner sujetador.

-Leo. Las bragas son para gastarle una broma a mama. El sujetador es porque estas me duelen un poco. Hace dos noches en el hotel se me fue un poco la mano jugando con ellas.

Yo no dije nada y me coloqué a su espalda para ayudarle a abrochar el sujetador. No pude dejar de mirar su piel tostada ya por muchos días de verano, me gustó mucho verla tan de cerca y pensé que no era justo que otras partes de su anatomía tuviesen siempre mi atención cuando aquellos hombros y aquella espalda merecerían ser besados durante horas.

Bajamos y en cuanto nos encontramos con Lara, Leo, que a veces se comportaba como si tuviese diez años, nos dio la espalda haciendo un sonido burlón y se levantó la camiseta y bajó las bragas mostrándonos su precioso culo y estallando en una carcajada. Lara salió corriendo tras ella escaleras abajo hasta que Leo alcanzo el jardín y su madre desistió en la persecución. Subió de nuevo jadeando y con una sonrisa en su cara. Nos besamos mientras Lara se preguntaba en que habían fallado con su educación.

-Ana. (me partía de risa) Pues mejor que no mires por la ventana.

-Lara. ¡Por dios! Iros ya y dile que cualquier día la desheredo.

Leo estaba en cuclillas en el jardín meando en medio de unos rosales.

-Ana. Tu madre se lo ha pasado muy bien.

-Leo. Lo sé. Le encanta cuando hago estas cosas. Hace unos años se hubiese desmayado viéndome mear en el jardín.

-Ana. ¿Tanto ha cambiado?

-Leo. En lo que se refiere a este tipo de cosas sí. Me refiero a desnudarnos y eso… pues sí. Antes yo casi ni recuerdo haberla visto, no ya desnuda sino incluso en ropa interior.

-Ana. ¿Y tras lo del baño y la revista?

-Leo. ¿Ya quieres que te ponga cachonda de nuevo? Y aquí en la playa.

-Ana. ¿Qué pasa? Tengo curiosidad.

-Leo. Pues empecé a llevar más revistas a casa, las dejaba donde sabía que ella las encontraría, cada vez más subidas de tono. Estaba segura de que ella disfrutaba mucho con ellas y que nunca se atrevería a ir a un quiosco y comprarlas. También compré un video y una tele para mi habitación en casa y conseguí algunas cintas con porno lésbico.

-Ana. ¡Guau! Esas cintas quiero verlas yo.

-Leo. (dándome azotes cariñosos). ¿Te parece poco porno lésbico el que tienes aquí montado, tirándote a la madre y a la hija?

-Ana. Eso es cierto. Vamos, que crees que cuando tu regresabas conmigo a Salamanca ella hacia buen uso de tu habitación.

-Leo. Entre tu y yo, voy a quitarme las bragas, no hace calor, pero me gusta sentir la brisa del mar refrescando mi rajita.

Era incorregible, nos alejamos un poco de la orilla y en un recoveco entre rocas se quitó las bragas. Llevaba un vestidito, tipo tenis, que apenas le cubría el culo. ¡Por suerte no hacía viento! Leonor continúo contándome como su madre casi “mojigata” había ido saliendo del cascaron a los cuarenta y muchos hasta atreverse a hacerse la depilación láser el verano anterior. Hablaba con orgullo, pero sin vanidad del papel que ella había jugado. Nos encontramos con uno de sus amigos del pueblo y por un momento miré a mi alrededor para cerciorarme de que no había un sitio propicio para que follasen. Todavía recordaba mi rol de “vigía” el primer día de vacaciones. Leo se dio cuenta y cuando volvimos a estar solas bromeo con el desinterés que los hombres empezaban a producirle. Me hizo una confidencia que me dejo K.O.

-Leo. ¿Recuerdas que cuando nos vinimos aquí pase un par de días un poco preocupada?

-Ana. Perfectamente.

-Leo. Es que sabiendo que tú y mama os gustaríais dudaba si realmente quería que os conocieseis o guardarte solo para mí.

Apenas intercambiamos un par de frases en nuestro regreso a casa. Yo siempre había intentado no caer en el error de enamorarme de Leo, quererla solo como amiga, casi hermana y separar el sexo del amor, pero sus palabras me dejaron desarmada.

Serían ya las cinco cuando llegamos a casa y por como vestía Lara comprendí que esperaba a alguien, aunque no hacía calor, iba demasiado “tapada”. Leo y yo nos dimos una ducha, por separado, y yo no pude evitar que las palabras de Leo girasen y girasen alrededor de mi cabeza. Procuré mostrarme feliz ante Leo, sonreírle y asegurarme que no confundiese mi estupefacción ante su, casi declaración de amor, con enfado o contrariedad. Bromeé como tantas otras veces estirando mi pie descalzo y metiéndolo entre sus muslos mientras Lara nos llamaba al orden. Nos sentamos un rato en el salón a ver la tele, creo que las tres dormimos un rato de siesta hasta que un claxon nos despertó. Hoy es de lo más normal recibir comida en casa, pero en aquella época no lo era en absoluto, y menos en un rincón perdido de Portugal. Lara y Leo bajaron a recibir el pedido y me enviaron al piso superior de la casa. Quedaba claro que mi cumpleaños no iba a pasar desapercibido y menos cuando unos minutos más tarde sonó el teléfono, era mi madre que llamaba para felicitarme, estuvimos hablando unos minutos, pero luego insistió en hablar con Lara para agradecerle haberme recibido en su casa todo el verano. Mi anfitriona no pudo evitar que su cara pareciese un tomate durante un buen rato y encima Leo no paraba de bromear refiriéndose a mi madre como suegra de Lara. Al final Leonor encontró otro entretenimiento y la dejó en paz.

Llegó la hora de la cena y por fin me dejaron entrar en la cocina. La cena era espectacular, Lara se había gastado un buen dinero encargando sobre todo mariscos, que a mí me encantaban, como cigalas, camarones, percebes gallegos y almejas. Yo estaba abrumada por tantas atenciones, nos bebimos casi dos botellas de vino blanco y cuando tocaba la carne ya no podíamos más. Estuvimos charlando una media hora antes del postre, yo sabía que me esperaba algún regalo y reconozco que me sentía el centro del universo aquella noche. Lara me pidió antes de cenar que me pusiese guapa, pero ellas vestían muy informalmente, Lara seguía con la misma falda y camisa con que había recibido el catering por la tarde y Leo, en su línea, con una camiseta larga y probablemente sin ropa interior. Yo llevaba un vestido blanco estampado en flores naranjas, con tirantes muy finos, algo de escote por delante y muy escotado por detrás, se me veía el sujetador que me había puesto para juntar un poco mis pechos y marcar algo de canalillo intentando, en vano, competir con ellas. Tenía unos elásticos en la cintura que ayudaban a resaltar todavía más mi gran culo y cubría hasta la mitad de mis golosos muslos. Me puse mi tanga favorito y me excité bastante pensando en que Lara acabaría quitándomelo y comiéndose mi chochito que no dejaba de hacer horas extras desde que llegó a aquella casa. Me equivocaba.

Ya casi había anochecido cuando Lara se retiró un momento de la mesa y apagó las luces. En el tendedero se escondía mi tarta con una sola vela que soplé antes de recibir besos y abrazos de mis dos amores. Nos comimos un buen trozo y fui enviada escaleras arriba con la orden de esperar cinco minutos antes de bajar. Cumplí mi promesa y cuando regresé al segundo piso solo encontré silencio. En la cocina tampoco estaban, en el suelo, junto a las escaleras, encontré uno de mis regalos, era un viejo disco de The Art of Noise que Leo sabía que me encantaba, ya en aquella época llevaba casi veinte años editado y seguro que su compra había requerido visitar varias tiendas de discos en Madrid porque yo había fracasado varias veces en mi intento de encontrarlo.

La caratula estaba vacía y pude escuchar que desde el sótano llegaba el sonido de mi tema favorito.

https://youtu.be/CBvTzg8LT64

Descendí despacio, saboreando cada momento, recuerdo que pensaba cuan aburrida mi vida era hasta ese verano. Al llegar al sótano, junto a la piscina, vi abierta por primera vez la puerta que daba paso a la única estancia de la casa que todavía no conocía. Confieso mi curiosidad por aquella puerta y aquel candado, nunca había preguntado por ella, dando por supuesto que no pasaría de ser un trastero. Mi fantasía no tenía limites en aquella época y a veces jugaba a inventarme que había allí dentro, pero nunca habría adivinado la verdad. Me acerque a la puerta, “Moments in love” seguía sonando, la calidad del sonido era extraordinaria, dentro había una luz azul, salía de un proyector que, desde cerca de la entrada, iluminaba una pantalla en la pared opuesta, el proyector estaba simplemente encendido, utilizado a modo de foco. Entre las dos paredes había unas diez butacas de un precioso terciopelo rojo, tras la pantalla cortinas rojas del mismo tejido que las butacas cubrían toda la pared desde el techo hasta un pequeño escenario que alejaba los primeros asientos de la pantalla. Hasta pude ver una máquina de hacer palomitas, estaba claro que aquello era un pequeño cine, construido con un viejo proyector de VHS totalmente desfasado pero que contaba también con un amplificador de sonido que conectado a un plato daba un glorioso sonido.

Tampoco pude ver allí a Lara y Leo, pero estaba claro que querían que me quedase allí. Me senté al fondo envuelta en la luz azul que cruzaba la habitación hasta que vi que las cortinas se movían y de ellas surgían Lara y Leo interpretando una sugerente coreografía. Su indumentaria me impactó, las dos iban igual, llevaban un body negro completo desde cuello a tobillo confeccionado con el mismo nylon que los pantys, muy transparente y ajustado a sus curvas. Yo sabía que Lara había recibido clases de ballet cuando era joven porque era más alta que todas las niñas de su edad y sus padres querían que aprendiese a moverse con soltura y gracia. Y doy fe que había funcionado, se movía lentamente intentando en vano que Leo la siguiese, sus expresiones eran serias acorde con la coreografía que me prepararon, pero Leo no aguanto más de un minuto y comenzó a reírse entre dientes. Estaban increíbles, el nylon ceñido a sus cuerpos y aquella luz, el modo en que se miraban y rozaban, sin ser vulgar era muy excitante para mi o cualquiera que hubiese estado entre el público. Tenía algo de lésbico, sin duda ellas lo habían hablado y sabían que me encantaría y me resultaría muy excitante.

Ninguna llevaba nada debajo de aquella piel de nylon, solo se diferenciaban en una cosa, en el cuello de Lara lucía un collar precioso, lanzaba destellos hacia cada rincón de la estancia, sin duda no era bisutería. Remataron el baile dándose un beso en los labios y Leo ya no aguantaba más la risa. Si yo llevase algo menos de ropa hubiese mojado el precioso terciopelo rojo de mi butaca. Se acercaron a mí y me cubrieron de besos, Lara se sacó el collar y lo pasó a mi cuello, yo me quedé paralizada, eran veinticinco diamantes auténticos valorados en una suma que cualquier trabajador necesitaría media vida para ahorrar.

Abrumada por tantas atenciones subí a por una botella de cava para saciar la sed de mis diosas. Estaba helado y cuando regrese abajo Lara la utilizó para refrescar sus mejillas, estaban muy rojas. Confesó que solo ante dos personas en el mundo se hubiese atrevido a hacer semejante numerito, y por suerte, éramos nosotras. Me negué en redondo a bañarnos en la piscina, al menos durante un rato.

-Ana. Estáis tan guapas y atractivas que no quiero que os los quitéis.

- Lara. Hoy mandas tú, es tu día. ¿Qué quieres que hagamos?

Todos los días allí eran mi día, estaba tan feliz que no podía pedir más. Simplemente bebimos, quizás más de la cuenta, bailamos y nos reímos. Nos quedamos toda la noche en el sótano, junto a la piscina. De vez en cuando Leo agitaba con sus pies el agua y la luz que la iluminaba desde el fondo llenaba el sótano de olas de luz. No era precisamente lo que necesitábamos. Tras un par de horas de fiesta estábamos las tres empapadas en sudor. Yo no podía más, estaba agotada y subí a ducharme, me quité mi collar con cuidado. Al acabar subí a la habitación de Lara y dejé mi regalo sobre el tocador. La música paró y oí como Lara y Leo subían. Si no estuviese tan cachonda me hubiese dormido en segundos, pero la imagen de ellas dos con el nylon empapado sobre sus coños, sus cuerpos desnudos bajo esa fina capa, el baile tan sugerente de antes, en fin, era demasiado para mí.

Lara subió a decirme que estaría conmigo en cinco minutos. Solo esperaba a que Leonor dejase la ducha libre para ella. Bajó y Leo, que no tenía sueño subió y entró ruidosa en la habitación con una botella de licor. Se dejó caer en la enorme cama pretendiendo estar completamente borracha. No dejaba de bromear con que tendríamos que llevarla en volandas a su cama. Cuando Lara subió nos encontró a las dos en su cama completamente desnudas. Mostró su sorpresa por encontrarse allí a Leo y pretendió echarla dándole unos manotazos en su precioso culo. Era lo que yo necesitaba para que mi coño definitivamente rebosase todo su jugo hacia mis ingles. Me moría de ganas de follar con Lara, pero el juego de Leo no yéndose a su habitación era más morboso aún. Leo me agarraba poniendo mi cuerpo entre ella y su madre y acabamos las tres casi cayéndonos de la cama, Leo y su madre jadeaban y se reían y en el fondo tanto Lara como yo odiábamos el momento en que cada noche nos separábamos de ella. Nos quedamos un rato charlando sobre lo mucho que habíamos bebido. Poco a poco la conversación fue decayendo. Lara apagó la luz para que no entrasen mosquitos. No hacía calor, pero se estaba muy bien sobre la sabana. Tras unos minutos mis pupilas fueron dilatándose. El azar hizo que yo quedase en medio, con Lara a mi izquierda y Leo a mi derecha. Lo que en principio eran nuestras siluetas fueron convirtiéndose en algo mucho más nítido. La luz de la luna entraba en la habitación e iluminaba aquella maraña de piernas, muslos y pechos. Yo, boca arriba, me derretía con el tacto de la piel de Leo que reposaba su cabeza en mi hombro y cabalgaba su muslo sobre mis piernas. No me daba calor. Su piel, tras la ducha, estaba muy suave. Lara miraba hacia el techo como yo. No me resistí a acariciarla con mi mano, fui de su vientre hasta el pubis y allí pare esperando que Lara me dejase comprobar su “estado de ánimo”, ella abrió ligeramente sus piernas y unté mi dedo entre los labios de su coño, confieso que me llevé el dedo a mi boca asegurándome que el aroma llegase unos centímetros más allá, hasta la nariz de Leo.

Ella, con un ligerísimo gemido en mi oreja me hizo saber que el delicioso néctar de su madre había excitado su pituitaria. Lara me miraba de vez en cuando y en la penumbra veía su gesto preguntándose si Leo dormía ya y podíamos llevarla a su habitación. Yo no pude más y con un gesto llamé la atención de Lara hacia lo que sucedía un metro más abajo, Leo llevaba ya un par de minutos acariciando su propio coño con suavidad, nos miramos incrédulas, quizás Lara creía que Leo estaba algo borracha y no era el momento de reprenderla, yo sabía que no había para tanto, ella tenía bastante aguante con el alcohol. Lara no se atrevía a mirar y yo ya empezaba a mojar la sabana bajo mi culo. Leo estaba cada vez más cachonda y empezó a besarme en el cuello, dejó su chocho tranquilo por un rato y me plantó un morreo llegando con su lengua a mi garganta. Nunca la había visto tan desatada, no tenía prisa, me besaba con cuidado y paciencia, en silencio, solo se oía el sonido de la saliva circulando entre nuestras lenguas y labios, pero la notaba muy muy excitada, dispuesta a todo. Yo utilizaba mi brazo izquierdo para comunicarme con Lara, me tranquilizó colocando la palma de su mano sobre el anverso de la mía, aquel gesto me decía que no debía rechazar a Leo. Poco a poco mi temperatura fue subiendo, nunca otra boca en la mía me dio tanto gozo. En otras circunstancias ya estaría comiendo el chocho de Leo. Sin pensármelo mucho, dejé a Leo haciéndole saber con la palma de mi mano en su mejilla que aquello solo era un paréntesis, me di la vuelta e inserté mi lengua en la boca de Lara, ella no dudó un instante y me correspondió abriéndola todo lo que podía para que yo llegase a su garganta, metí toda su lengua en mi boca, tuve la sensación de no haber dado nunca besos tan profundos como aquellos, le di un respiro y la besé en el cuello. Me acerqué a su oído y le susurré que me diese algo de su saliva, Lara hizo un movimiento con sus mejillas y me llenó la boca con su saliva caliente y gelatinosa, yo agarre su teta mas cercana y la lleve a su boca para dejarla entretenida mientras me daba la vuelta y llenaba la boca de Leonor con la saliva de su madre. Leo se dio cuenta y aparte de seguir con nuestro morreo me dio un abrazo. De vez en cuando con mi brazo izquierdo palpaba el cuerpo de Lara y comprobaba que aun jugaba con su pecho. Varias veces me volví a comer la boca de Lara y regresaba a Leo con la jugosa saliva que ella esperaba ansiosamente. No sabría decir el tiempo que estuvimos así, pero el aroma de nuestros coños debía llegar al primer piso. Ninguna se atrevía a ir un paso más allá hasta que en una de mis visitas a la boca de su madre Leo bajó toda mi espalda y comenzó a besar mi enorme trasero. Yo estaba frente a frente con Lara, pero levanté una de mis piernas para que Leo accediese a mi vagina. Primero me beso el ojete, como solía hacer muchas veces, y luego comenzó a pasar su lengua sobre mis labios internos y comerse todo lo que de allí salía, yo me acomodé boca arriba para que Leo me hiciese correrme de una vez, Lara continuaba besándome y en la nueva postura sus enormes tetas quedaban a mi alcance. Las sobaba hasta el punto de que Lara no podía evitar lanzar pequeños chillidos y yo no tuve más remedio que romper el silencio y pedirle, casi llorando, a Leo que me corriese ya que me moría. El orgasmo más morboso de mi vida llegó enseguida y estuve varios minutos en el paraíso, no podía seguir besando a Lara porque necesitaba todo el aire de aquella habitación para no morirme de placer, mi corazón golpeaba mi pecho con tanta fuerza que Lara me confesó al día siguiente que llegó a preocuparse. Leo tuvo que dejar mi coño porque mis piernas se cerraron como las valvas de un mejillón, pero continúo besando mis muslos y mis rodillas. Lara me acariciaba en silencio y besaba mis mejillas. Leo tardó muy poco en volver sobre mi chocho, yo sabía que solo quería comprobar que bien había hecho su trabajo, abrí un poco las piernas y recogió con su lengua todo el jugo que fluía abundante de nuevo. Con su carita embadurnada de mi subió hacia nosotras y nos inundó el olor de mi rajita, Lara se apartó unos centímetros porque Leo venia hacia mi boca pero se encontró con mi mano derecha que la dirigió hacia su madre.

Leo disipó sus dudas y sin miedo a ser rechazada juntó sus labios con los de Lara y comenzó a besarla. No era un beso como los que se habían dado hasta ahora, poco a poco sus lenguas empezaron a llegar muy adentro en sus bocas, estaban sobre mi pecho y notaba que ambas tenían la piel de gallina. Estuvieron así unos minutos, yo debajo necesitaba mear y ya no podía más, no quería interrumpirlas, pero era ya una cuestión de vida o muerte. Al fin un lo siento por mi parte precedió a unas risas casi susurradas y dos “yo también”. En penumbra nos fuimos las tres juntas hacia el baño, haciendo bueno el tópico. Lara se sentó primero sobre la taza y yo la sorprendí sentándome sobre sus muslos, mirando hacia ella, acerqué mi vientre hasta casi su ombligo y comencé a orinar sobre su pubis, mi pis bajaba hacia su coño y se mezclaba con el suyo. Un profundo suspiro de satisfacción agradeció mi calenturienta ocurrencia. Tenía tantas ganas que tuve tiempo de abrazarla y besarla mientras meaba y meaba. Cuando por fin me encontraba aliviada miré hacia atrás y vi a Leo que deseaba ocupar mi lugar. Se lo cedí y se acomodó sobre Lara del mismo modo que yo, Lara agarró sus nalgas y la acerco hacia ella y volvió a suspirar al notar el pis de su hija, calentito caer sobre su monte de venus y mojar su coño y mezclarse con sus jugos. Yo me separé un poco hacia atrás y me morí de gusto al verlas sentadas sobre la taza del váter, abrazadas, los muslos de Lara eran un trono del que Leo no parecía querer bajarse.

La ventana en el techo del baño dejaba entrar la luz de la luna, la melena de Leo caía sobre su espalda y las manos de Lara continuaban abiertas sobre sus nalgas, como queriendo que no se escapase. Volvían a besarse y parecían muy cómodas en aquella postura. Yo abandoné mi posición de observadora y me acerqué a besar la espalda de Leo. Vi que tuvo un escalofrío de placer y no me resistí a sobar su precioso culo. Lara apartó ligeramente las palmas de sus manos y yo recorrí su raja con mi dedo hasta llegar a su ojete, estaba empapado de orina, pero sobre todo del jugo que llegaba de su coñito. Le di un pequeño masaje y metí mi pulgar en él, creí haberme equivocado de orificio por lo fácil que entraba. Escuchaba el sonido de ellas dos besándose y yo volvía a estar muy caliente, me acomodé de rodillas en el suelo, podía besar y morder los muslos de ambas y Leo movía sus caderas como follando con una polla imaginaria. Sin sacar mi índice de su culo metí dos dedos más en su coño y comencé a follarla con fuerza. Lara abrió las nalgas de Leo para facilitarme la tarea y al oír que dejaban de besarse comprendí que lo estaba haciendo bien y Leonor necesitaba su boca para respirar todo lo que podía. Cuando miré hacia arriba Leo tenía sus dos melones bien agarrados para que Lara le comiese sus pezones. La cara de mi novia iluminaba en rojo la noche, pero no dejaba de chupar y chupar a pesar del tremendo rubor. Leo jadeaba y gemía y parecía que casi llorase de placer, yo apenas necesitaba mover mi mano para follarla porque saltaba arriba y abajo sentada sobre su madre como si tuviese muelles. Lara seguía agarrándola fuerte por el culo, pero ahora para que no se le escapase hasta el techo. Noté en mis dedos como su coño dejaba de lubricar y empezaba a gotear ese flujo más líquido que las mujeres producimos cuando algo nos penetra bien hasta el fondo, me empapó hasta la muñeca y gritó de placer al correrse mientras abrazaba a Lara de nuevo y besaba su pelo. Sus rodillas temblaban y mi mano, todavía dentro de ella notaba como sus líquidos cambiaban de nuevo y volvían a ser viscosos. Saqué la mano y la lamí con placer.

Ayudé a Leo a ponerse de pie y las cogí a las dos de la mano para llevármelas de vuelta a la cama. Lara necesitaba lavarse de cintura para abajo en la gran bañera, y al ayudarle, me di cuenta de que no solo era nuestra orina el motivo, al no tener prácticamente vello su almeja había derramado, como un tarro, toda su miel ingles abajo. El silencio era total, tanto dentro como fuera de la casa, cruzamos el umbral de la puerta que separaba el baño de la habitación y vimos a Leo con mi fetiche favorito, el vestido de playa a franjas horizontales azules y blancas. Sin decir nada se lo ofreció a Lara que se lo puso en un instante, no sin dificultad porque le quedaba muy ceñido. Leo sabía que no sería buena idea encender las luces y salió disparada escaleras abajo, nos quedamos mirándonos y al momento la oímos subir con dos velas y un mechero. Puso una en cada extremo de la habitación y pudimos ver en todo su esplendor aquel cuerpo. Leo se sentó a ver a su madre desde una butaca como a mí tanto me gustaba, yo desde la cama tampoco le quitaba ojo, la observábamos como un animal a su presa, su enorme trasero y sus caderas, con su talle de botella de Coca-Cola, no nos dejaron ver su preciosa cara durante un rato, nos tenían hipnotizadas. Luego sus pechos marcados por las líneas de tela parecían olas de tempestad, la que se avecinaba si no hacíamos algo ya. Lara ya no podía más, llevaba horas excitada y se merecía mil orgasmos. Me levanté y la traje de la mano cerca de la cama, de pie entre Leo y yo. De repente tenía a dos jovencitas besando sus pies y sus tobillos, Leo captó al momento lo que yo quería. Fui subiendo y Leo me seguía, me pare en su gemelo y Leo también lamio y beso el suyo. Deliciosa era la zona inmediatamente encima de las rodillas, yo veía los ojos de deseo de Leo que empezaba a tomarme ventaja, ¡que morbo! pensaba. ¿Como hemos llegado hasta aquí? me preguntaba. Cuando yo todavía saboreaba mi muslo y me deleitaba con el tacto de piel de gallina de mi víctima, Leo ya se había abalanzado sobre el mejor bocado y masticaba con vicio los labios del coño de su madre que abría las piernas para que yo pudiese pasar mi lengua por su ojete. Antes apreté sus nalgas como a ella le gustaba, porque en su parte superior hacían una especie de escote o canalillo que me encantaba. Pero Lara probablemente ni se dio cuenta, tenía a Leo que con desenfreno comía su coño, ruidosamente, yo lamía su raja y desde atrás metí mi dedo por el coño, la lengua de Leo continuaba trabajando y solo para chupar mi mano abandonaba un momento su tarea. Paramos un momento y nos besamos entre las piernas de Lara como en mi fantasía. Dejamos que Lara se tumbarse en la cama y Leo se dedicase a jugar con su clítoris, oímos un “guau” cuando, con Lara bien abierta de piernas, se percató de su verdadero tamaño. Yo conocía muy bien esa sensación, de metérselo en la boca y chuparlo como un pezón. Yo mientras me entretenía con sus pechos y su boca, hasta que Leo descubrió que podía ocuparse de dos chochos al mismo tiempo y empezó a toquetear el mío también. Le pedí que se centrase en Lara y le diese todo el placer que se merecía, fue casi un susurro pero las dos me escucharon y vi que mis palabras, tras tanto silencio tenían un efecto relajante en ambas, así que continúe hablando, muy suave, “dirigiendo las operaciones hasta que Lara por fin se corrió, Leo no dejó que me acercase ni un segundo y se comió ella sola todo el flujo que salía de su madre, mientras yo besaba a Lara y secaba el sudor de su cara con la sabana. Fue un orgasmo brutal. Temía que Lara se encontrase mal, susurre en su oído.

-Ana. ¿Estás bien cariño?

-Lara. No he estado mejor en mi vida.

-Ana. Te quiero mucho.

Nos besamos con cuidado porque ella todavía respiraba atropelladamente, Leo se nos unió con la cara embadurnada, nos besamos las tres disfrutando el sabor más íntimo de Lara en los mofletes de Leo que aún llevaba el vestido levantado hasta su cintura. Leo no decía nada, pero no estaba dispuesta a parar, la misma ansia que yo sentía días atrás por explorar cada rincón de Lara la experimentaba ella ahora. Con mi ayuda despojó del vestido a Lara y se abalanzó sobre sus pechos. Insistió en que Lara nos “amamantase” a las dos y así fue, se irguió y nos acomodamos a sus lados a comernos sus rotundos melones. No podíamos más pero Leo no podía esperar al día siguiente para saciar sus fantasías e insistió en follarnos a ambas con la polla y el arnés que le había regalado a Lara. Tampoco nos resistimos mucho. Nos fue penetrando alternativamente hasta que me pidió que me pusiese sobre Lara, y la besase, entonces perdió el control y rompió a sudar de tanto movimiento de su pelvis, cuando penetraba a Lara iba un poco más despacio, pero a mí me follaba a una velocidad que parecía una máquina, sentía la polla llegar al fondo y golpear mi útero, la sacaba del todo y en décimas de segundo ya la tenía toda dentro de nuevo, era como un embolo funcionando a muchas revoluciones por minuto, me gustaba y me corrí sin que ella ni se diese cuenta, fue un orgasmo distinto a lo que estaba acostumbrada, y tuve que suplicarle que parara. Por suerte se centró en Lara, que ya sin mi encima, recibió el mismo trato. Yo tenía mi vagina tan sensible que no hubiese podido ni limpiarla, Lara se corrió igual que yo lo había hecho y nos abrazamos las tres. Leonor estaba empapada en sudor pero no había fuerzas para nada más.

Así amanecimos, o mejor dicho, asi nos despertamos casi a mediodía. La primera fue Leo que salió disparada al baño, escuchamos su meada interminable y tras ella me toco a mí y luego a Lara. Nos hizo gracia. Bajamos a desayunar y si el día después de mi primera noche con Lara fue difícil, esa mañana fue mucho peor, hubo frases como: esto no puede volver a ocurrir, el alcohol nos ha vuelto locas, si hay infierno ardemos en el seguro.

Pero un factor tiraba por tierra cualquier propósito de enmienda que yo, hipócritamente, y sobre todo Lara nos propusiésemos. Ese factor era Leo, como ya he dicho, era un ser irrechazable, hubiese podido seducir a quien quisiese. Para nuestro gozo, nos tocó a nosotras.

Tras un par de horas, el “esto no puede volver a ocurrir” se había convertido en: de vez en cuando podemos hacerlo, pero sin perder la cabeza, y por la tarde, mientras tomábamos el sol en la terraza, Leo comenzó a masturbarse delante de nosotras, sin pudor alguno, mientras nos miraba desafiante. Y ardimos antes incluso de llegar al infierno, follamos sin parar durante horas todos los días de aquel verano como nunca más lo haríamos en nuestras vidas, el sentimiento de culpa se desvaneció entre orgasmos, fuimos dejándolo atrás en cada estancia de aquella casa, no hubo habitación que no nos viese hacer todo tipo de extravagancias, la cocina se convirtió en nuestro centro de operaciones y nos obligábamos a no andar todo el día desnudas para no acostumbrarnos a nuestros cuerpos.

Saboreamos la felicidad, el verano terminó, continuamos juntas, nos prometimos que el siguiente sería igual o mejor, nos engañábamos a nosotras mismas, sabíamos que ese había sido el verano de nuestras vidas.

Que suerte haber querido y podido vivir de un modo tan poco convencional.

Fin.

(9,57)