Quería sorprender a mi esposa, pero ella me sorprendió a mí (2)

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T. Lectura: 8 min.

Nota: Antes de comenzar con este relato, te recomiendo leer el relato anterior: “Mi esposa recatada quiere una gran verga negra” y el relato anterior a este: “Quería sorprender a mi esposa, pero ella me sorprendió a mí (1)”.

Mi esposa muy entretenida con mi verga, no se dio cuenta que teníamos un espectador, hasta que el espectador se acercó un poco más y en eso que la escena en pantalla cambió y alumbró más la sala y que se dio cuenta. Ella muy rápido se incorporó y se cubrió las tetas con su abrigo, cubrió sus piernas. Me dio un ligero golpe en el brazo y entre dientes me dijo: —Te dije que cuidaras que nadie nos viera. —agachó la mirada con pudor y se escondió tras mi brazo.

El tipo susurró con una voz grave pero tímida:

—Disculpen, no pretendía interrumpirlos ni mucho menos espantarlos. Sin embargo, los he estado observando y noto que no son como las parejas “corrientes” —perdón por la palabra— de allá adelante. Ustedes no buscan llamar la atención; son discretos. Con todo respeto, quiero hacerles una petición, sin ánimo de incomodarlos. Al final, respeto lo que decidan. Esta es mi segunda vez en un lugar así, no tengo mucha experiencia. Estoy un poco nervioso, lo admito. Sé que el “no” ya lo tengo, pero quería preguntarles si puedo quedarme a observarlos mientras yo… me ocupo de mi propio asunto. ¿Me entienden a qué me refiero?, claro que yo me quedaría a la distancia tratando de no interferir.

Noté que lo decía con nerviosismo, casi con la boca seca. Su voz temblaba.

Yo, con voz firme, girándome ligeramente hacia él y protegiendo a mi esposa, solo dije en automático:

—Brother, gracias, pero no, gracias. No estamos buscando algún tipo de interacción.

Mi mente solo pensaba: ¿A dónde carajos habíamos venido a parar? ¿Por qué exponer a mi esposa de esta manera? No sé, mil cosas rondaban por mi cabeza. Solo quería salir de ahí y ponerla a salvo.

Él solo dijo:

—Realmente lamento mucho haberlos interrumpido. Les pido mis más sinceras disculpas. Los vi a la distancia y dejé de prestar atención a mi alrededor porque me resultó curiosa su discreción. Estaba a punto de retirarme, pero comenzaron a hacer lo suyo y, por un momento, pensé que si me levantaba y me salía, solo iba a interrumpirlos, y me dio vergüenza solo de pensarlo. Entonces me quedé y no pude evitar observarlos. El ambiente comenzó a subir la temperatura y, heme aquí, fue más el subidón de temperatura que la vergüenza. Ahora estoy súper nervioso platicando con ustedes. Con lo que comentaste acerca de la interacción, realmente no pretendo interactuar; soy más visual, no creo estar listo para eso. Solo que sí me gustaría estar más cerca, porque soy medio miope y no veo bien. O, si prefieren, puedo sentarme adelante y solo escuchar.

—No sé, nos tomaste por sorpresa. Danos la oportunidad de platicarlo un momento.

Él se alejó un poco.

Le dije a mi esposa:

—Lamento lo ocurrido. Quiero que estés bien. Mejor vámonos. Sinceramente, vi en redes sociales este lugar y me pareció buena idea para agregarle chispa a nuestra intimidad, pero no imaginé esto. No volverá a pasar.

Ella, tranquila, me susurró al oído:

—¿Seguro que te quieres ir? Tú mismo dices que quieres agregarle chispa a nuestra intimidad. Creo que esto es una chispa. Además, tú quieres irte, pero él quiere quedarse… Y veo que está con ánimos.

Lo dijo mientras me apretaba la verga. Se me olvidó que aún la tenía fuera.

—Él dijo que se quedaría a distancia, y nosotros ya habíamos comenzado sin darnos cuenta. Podríamos seguir, llegar hasta donde queramos y luego irnos. Eso sí: si nos quedamos, nada de toqueteos. Eso no lo permitiré. Lo dejo a tu consideración. Tú decides.

Yo le respondí:

—No me dejes esta responsabilidad. A mí me interesa que estés bien. Si tú decides continuar, continuamos… siempre y cuando estés segura en todos los aspectos. Mejor decídelo tú.

Muy despacio, con voz sensual y pícara, me dijo:

—Ok. A ver qué pasa. Solo deja que agarre carrera… y que se acerque.

Me dio un beso en la mejilla, me puso una mano en el pecho, me recostó en la butaca y reanudó el show. Sentí lo húmedo de sus labios y la firmeza de su lengua justo en la punta.

Yo estaba y no estaba a la vez. No dejaba de pensar: ¿Qué está pasando? ¿Por qué actúa así ahora? ¿Está bien lo que estamos haciendo? ¿Terminará bien? Sentía mucha incertidumbre… y al mismo tiempo, una curiosidad que me consumía.

Ella seguía en lo suyo. Cuando abrió las piernas, se metió una mano bajo la falda, se introdujo los dedos y me los mostró.

—Mira cómo estoy.

Estaban húmedos, muy lubricados. Su cabeza subía y bajaba sin pausa, sin dejar de chupar y de jalar mi miembro.

Yo simplemente estaba estupefacto.

Le pregunté apenas, con la voz entrecortada por el placer:

—¿Estás segura de que quieres que se acerque?

Ella, con mi verga en la boca, solo emitió un sonido:

—¡Mmm! —como si aprobara su acercamiento.

Después de un par de minutos, le hice señas al espectador para que se acercara, pero con calma, tranquilamente, como si no existiera. Y él, ni tonto ni perezoso, se acercó muy despacio, sin hacer ruido alguno. No dejaba de observarnos.

Se detuvo a dos butacas de nosotros. Se notaba que se sobaba la entrepierna por encima del pantalón. No hacía el más mínimo ruido; sin embargo, movía el rostro, intentando ver mejor el espectáculo que le brindábamos.

Tengo la sospecha de que a mi esposa, por un momento, se le olvidó en dónde estábamos, porque se incorporó en su butaca y abrió las piernas y, solita, comenzó a masturbarse. Me jaló hacia ella para besarme, me decía que le mordiera las tetas, que las estrujara, que las sobara con fuerza, que le metiera los dedos.

Comencé a sobar su vulva, a sentir lo lubricada que estaba su vagina; jugaba con su botoncito: dibujaba pequeños círculos con una tensión firme en mis dedos. Poco a poco, comencé a introducir un dedo. La besaba, le mordía la oreja, los labios; le lamía los pezones. Los senos se le veían hermosos con su brasier de encaje negro: se le juntaban más y las alzaban, se miraban más grandes de lo normal, como si fueran una copa D, sus pezones duros por la excitación. Ella estaba mostrando un lado que no conocía y me resultaba intrigante y fascinante.

Poco a poco introduje otro dedo; para ser más exactos, los dos dedos medios estaban dentro de ella, y mi dedo pulgar, justo en su botoncito, presionando para provocar un orgasmo o si había suerte un squirt.

Me empujó una vez más y volvió a chupármela, pero —aquí hay un gran pero— ninguno de los dos nos percatamos de que nuestro espectador estaba a unos pasos de nosotros. Yo creo que, por darle la espalda mientras la masturbaba , no observaba con lujo de detalle y se puso de pie para ver más de cerca.

Ella no le dio importancia; ella en lo que estaba, me la jalaba y chupaba al mismo tiempo con preguntas susurradas entre dientes para no llamar la atención, que ponían más caliente el ambiente:

—¿Te gusta como te la chupo? ¿Sientes rico? ¿Ya sentiste cómo estoy de mojada?

Mientras, el espectador se desabotonó el pantalón lentamente, bajó su bragueta y metió su mano bajo su ropa interior; seguía sobándose con movimientos suaves. Intentaba buscar el mejor ángulo para ver mejor toda la escena. De pronto se sacó el miembro y era más grande que la mío, quizá un poco más largo que una lata de desodorante: me ganaba tanto en lo largo como en grosor. ¿Han escuchado la pregunta?: “¿Prefieres que tope o que tape?” Pues este bato cumplía con ambas características: una verga larga y gruesa. Él seguía atento, se masturbaba con cierto ritmo; se acercó un paso más.

Mi esposa me devoraba con una energía implacable, la saliva que escurría por las comisuras de sus labios. Yo me recargué totalmente en el respaldo de la butaca y, con una mano, acaricié su cabello y lo acomodé detrás de su oreja para tener una mejor vista. Estiré mi brazo y bajé mi mano recorriendo su cuerpo hasta que sentí lo redondo de sus nalgas y la comencé a amasar.

Nuestro invitado voyeur; no sabía a qué poner atención: al rico oral que yo estaba recibiendo, a las tetas que se sobaba sola mi esposa, o si mirar cómo ella se masturbaba con la otra mano.

Mi esposa, en un movimiento brusco y con unas ganas irreversibles, se puso cómoda en su butaca, me besó lento y apasionadamente. Sus manos delicadas y sensuales acariciaban su jugosa vagina hinchada por la excitación. Me acerqué a su oído y le susurré:

—Me fascinas, esta versión de ti me prende. ¿Ya viste cómo tienes a nuestro invitado? ¿Segura que quieres continuar?

Ella respondió:

—No quiero voltear porque siento que me voy a cohibir y ya no voy a querer.

Le dije:

—Mejor voltea para que veas que, cuando te digo que estás súper guapísima y sexy, te lo digo en serio; no pasas desapercibida y levantas pasiones. El invitado está más que emocionado por tu belleza y se nota en lo dispuesto que estaba. ¿Ya lo viste? ¿Qué harías con eso que trae?

Ella miró y vi cómo se mordió el labio y lo saboreó, y me dijo, entre tímida, excitada y avergonzada:

—No inventes, lo tiene muy grande, no sé qué haría con algo de ese tamaño, no creo que me entre, lo tiene muy gordo. ¿Me dejarías vérsela más de cerca?

Yo le respondí, un poco confundido pero con curiosidad de saber hasta dónde llegaría:

—No sé, tú; yo te lo dejo a ti. Quiero que estés segura.

Respondió:

—Ok, solo lo quiero mirar más de cerca.

Le hice una seña a nuestro espectador para que se acercara más. Él se colocó de pie al otro lado de la butaca, del lado derecho de ella; no dejaba de tocarse y estirarse. Mi esposa abrió más sus piernas, subió un poco su vestido y comenzó a sobarse más la vagina; sonaban sus jugos cuando entraban y salían sus dedos. Le dejó ver lo más íntimo de ella. La respiración de nuestro espectador comenzó a acelerarse. Ella, casi mordiendo mi oreja, me pidió permiso:

—¿Me darías permiso de comportarme como una puita mala y agarrarle ese trozo de carne? Solo lo tocaré un momento.

Yo le respondí:

—Para mi chica mala, lo que me pida.

Eso como que la prendió más. Se embarró la mano de sus jugos y le tomó la verga al desconocido, la acarició, la exploró, la palpó, la apretó y lo comenzó a masturbar. Yo me puse de pie y con una mano me jalaba la verga a mí y con la otra mano a él. Nuestro invitado no duró más de un par de minutos. Su respiración se aceleraba cuando dijo que sentía que iba a terminar. Ella se ensalivó la mano y lo comenzó a masturbar con más rapidez. Nuestro invitado apuntó a otro lado y comenzó a chorrear semen por las butacas.

Mi esposa puso toda su atención en mí y comenzó a succionarme toda la verga con una vehemencia; chupaba y luego la azotaba contra sus senos, rodeando sus duros pezones, y volvía a meterla en la boca. Yo no aguanté más; sentía que explotaría y, cuando estaba a punto de llegar, me tomó de la cadera y me atrajo hacia ella y se los quedó en la boca. El semen le escurría por las orillas de su boca, pero ella los regresaba con la lengua y con su dedo medio, evitando desperdiciarlos y beberlos como si fueran su trofeo.

Una vez terminado, nuestro espectador, comenzó a fajar su ropa dijo:

—Wow, vaya, nunca había vivido algo así, me resultó muy emocionante. Disculpen si no di la talla por no aguantar, pero es mi primera vez en una experiencia de este tipo. Muchas gracias por dejarme ser parte de esto.

Mi esposa, más tímida, comenzó a tomar su compostura, cubrió sus piernas y senos, buscó papel higiénico en su bolso y comenzó a limpiarse los labios y, con vergüenza y timidez, solo dijo:

—También es nuestra primera vez en algo así y nos dio mucho gusto que hayas sido parte de esto.

Mi esposa, más tímida, comenzó a tomar su compostura, cubrió sus piernas y senos, buscó papel higiénico en su bolso y comenzó a limpiarse los labios y, con vergüenza y timidez, solo dijo:

—También es nuestra primera vez en algo así y nos dio mucho gusto que hayas sido parte de esto.

El espectador notó la timidez y ligera incomodidad de mi esposa y solo se despidió:

—Muchas gracias por esto, tu esposa es una mujer bellísima, súper guapa y ardiente, con todo respeto —dijo con su voz temblorosa e insegura.

Una vez que mi esposa terminó de prepararse, le dije:

—Cuando tú digas que nos vamos, nos vamos. ¿Estás bien?

Se echó un chicle a la boca y, como si no tuviera cara para verme a los ojos, solo dijo:

—Vámonos, necesito que salgamos corriendo de este lugar.

Le ayudé a levantarse, tratamos de no hacer ruido y salir discretamente, mientras las otras parejas seguían en lo suyo. Mi esposa, llena de vergüenza y en shock por lo que pasó, solo caminaba rápido. La tomé de los hombros, la miré a los ojos y le dije:

—¿Estás bien? Me preocupas, yo solo quiero verte bien, dime qué tienes.

Ella me vio y me dijo:

—¿Y si después de esto que pasó ya no me quieres y piensas que soy una mujer cualquiera?

Solo le dije:

—Estamos en este barco los dos, ambos somos cómplices. Si tú estás bien, yo estoy bien, ¿vale?

Ella, más tranquila, suspiró y sonrió y dijo:

—Ok, estoy bien. No sé qué me pasó ahí adentro, pero te lo juro que no soy así. Yo te amo, eres lo más importante para mí y jamás haría algo para dañarte.

Caminamos un rato por la ciudad, una noche fresca. Abordamos un taxi de aplicación. Yo no dejaba de pensar en lo que pasó y, por ratos, tenía una erección. En el taxi, tratando de ser disimulado y discreto, le sobaba sus piernas intentando tocar su sexo. Ella aceptó ser mi cómplice y me dejó llegar a mi objetivo, y aún seguía mojada. Llegamos a casa y, buscando mis llaves en mi abrigo, entramos.

Ella se subió a la habitación y dijo que quería darse un baño, que la esperara 10 minutos y que la alcanzara en la regadera, que me tenía una sorpresa. Me quité el abrigo, saqué mi cartera y sentí algo raro: era una tarjeta de presentación. Recordé que, cuando nuestro espectador salió de la sala de cine, pasó muy pegado a mí; creo que aprovechó y la dejó en mi bolsa. Solo la tomé y la guardé. Subí a alcanzarla en la regadera, pero lo que pasó lo contaré en otra ocasión.

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