Iniciando a nuestros hijos mellizos (19)
Mi esposa y yo, a un costado, la observábamos. Tan hermosa, la luz del neón iluminando sus ojos marrones, su cabello castaño oscuro y lacio cayéndole por los hombros. No podíamos dejar de sentirnos orgullosos de la muñeca que habíamos criado. A sus veintiún años, Sandy era una hermosa y apetitosa jovencita que emanaba una sexuali...