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De viaje con mi padre

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Las cosas no iban bien en mi casa; lo venía notando desde hacía ya bastante tiempo. Mi padre trabajaba muchas horas y siempre venía tarde a casa. Pero como mi madre no se quejaba, me pareció que eso debía ser lo normal y necesario. No obstante, me preocupaba ver muy poco a mi padre, porque lo necesitaba. Nunca había tenido tanta necesidad de él como en este tiempo. Ahora, a mis 19 años recién cumplidos —que para la loca de mi madre ya eran 21 (?), aunque tampoco sé por qué tanta manía de hacerme crecer—, yo necesitaba de verdad la compañía del padre, el aliento del padre, la confianza del padre. No sé ciertamente si era del padre o del hombre de la casa. Necesitaba la protección, el consejo, la mirada, la mano fuerte. Yo adoraba y adoro a mi padre. Estábamos a finales de la primavera y ya sentía deseos de que llegara el verano para tener vacaciones y poder estar con mi padre, como siempre habíamos hecho, unos quince días en la playa, nadando en el mar, saliendo a navegar... Allí lo tenía siempre junto a mí, o lo que es más cierto, estaba yo con mi padre y me sentía feliz, muy contento, porque siempre me hacía caso. Desde pequeño, las vacaciones de los quince días junto al mar, al aire y al sol con la familia, era lo que más me había complacido.

Hacía unos dieciséis años que no había ido al pueblo de mis padres. La verdad es que para mí nunca he ido, tal es mi idea, pero dicen que cuando tenía tres años me llevaron para que me conociera a mi abuela paterna. La madre de mi madre vivió con nosotros en la ciudad, haciéndonos difícil la vida, hasta su muerte, hace cuatro años más o menos. No sabía cómo era el pueblo de mis padres ni si me gustaría estar allí, pero, aprovechando que mi padre iba a resolver unos asuntos y que estaría allí como una semana, a sugerencia de mi madre, decidí acompañar a mi padre. Mi madre quería que fuese porque ella lo propuso y a mi padre le pareció bien. Mientras yo no me decidía, mi madre no paraba de insistir, pero cuando al fin dije que acompañaría a mi padre, ella comenzó a decirme: "Y ¿no irás a tus clases de la Universidad?" Así estuvo renegando hasta que dije gritando:

—”¡Vale, pues no voy, joder! Pero no fastidies más, mamá, que tú lo propusiste".

Hubo silencio sepulcral y salí hacia mi habitación. Como mi padre no estaba en ese momento, no se prolongó la discusión, pero se me escapó muy bajito: "Voy a pelarme la polla hasta que eyacule, puta mierda de madre tengo, joder”. Mi madre me escuchó pero se calló. Cuando mi padre llegó, se me presentó en mi cuarto, yo estaba en bóxer solamente y se sentó a mi lado; me hablaba de lo bonito que era el pueblo y que estaba contento de que le acompañará. Lo miré a los ojos fijamente y adiviné que la puta de mi madre le había dicho que yo estaba muy desanimado. Así hace las cosas siempre, así se comporta mi madre; a veces resulta odiosa.

—”Papá, voy a ir contigo, voy a ir; porque vas solo te acompaño; si fueras con mamá..., —me frené un momento— ...estarías acompañado y no me necesitarías..."

Mi padre tiene mucha paciencia. Pensó unos segundos y me dijo:

—”Igual encuentras una niña por allí, porque aquí no te veo muy animado por ligar..."

—”Papá, ya te he dicho mil veces que yo-soy-gay..." -dije con voz de fastidio y retintín.

—”Bueno, bueno, hoy los chicos sois de todo lo que está de moda, ya veremos, ya veremos…", —y se quedó mirándome los bóxer.

Observaba cómo estaba yo de empalmado, poniendo cara de atontado. La verdad es que a través del bóxer se notaba mi calentura y el líquido preseminal ya había humedecido la tela. Cuando lo noté cómo estaba y que mi padre miraba, me puse algo nervioso y molesto, entonces me dijo:

—”Cáscatela y se te pasará, eso es normal".

No sabía mi padre que recién me había masturbado, pero le hice caso; me quité el bóxer y le di fuerte a mi polla alternando con ambas manos. Los chorros de esperma saltaron hasta el espejo del baño. Me acerqué, me besé a mí mismo por encima del semen y me tragué mi propio esperma. Un derroche de banquete.

Lo que pasó es que mientras me besaba y comía mi semen, me volví a empalmar y, aunque me costó un poco más, volví a soltar varios flujos de semen. Esta vez encaré mi polla contra el lavabo y lo dejé perdido. Metí las manos para pringarme y me embadurné el pecho y el abdomen, hasta en las nalgas me puse semen.

No tuve más remedio que echarme a la ducha antes de ir a cenar, que ya me estaba llamando la tontaina de mi hermana.

—”No te oigo, entra y dime qué quieres", le grité.

—”No, que estás en pelotas; que te vengas a cenar, idiota", soltó el insulto más grave que se atrevía a decirme, por temor a que yo soltara mi letanía.

Me duché limpiando bien mi polla, mi escroto, pecho, nalgas y me empalmé de nuevo. Bajo la lluvia de agua dejé salir los flujos de esperma sin mirar si eran muchos ni su potencia y se despidieron en cualquier dirección, pero yo ya estaba bien servido. Me vestí rápido y me fui al comedor. Mis padres estaban sentados a la mesa de cara al televisor y mi hermana en la cocina acabando de preparar la cena. Entré, le revolví su peinado, ella no se resistió y me espetó:

—”Te estabas masturbando, guapetón", lo suficientemente alto para que escuchara mi madre.

Así de jodida es Roxana. Y le contesté:

—”Roxanita, si tú quisieras ser mi novia, yo no sería gay, te lo juro".

Replicó mi hermana mientras salíamos al comedor:

—”Dirás mejor: maricón, porque tú de gay tienes lo que yo de puta, que ya es decir".

—”Esa es mi hermana, ¿salimos a follar esta noche?", dije divertido.

Mi padre, viendo a mi madre llena de ira, me dijo:

—”Vamos, vamos; id donde queráis pero callaros ya; ya es suficiente".

Y se hizo el silencio. Toda la cena en silencio de cara al televisor.

Pero voy a ir al pueblo de mis padres, en principio para fastidiar a mi madre, ¡que se joda, la muy puta!, luego ya veríamos qué pasa; en definitiva, estar con mi padre, además de ser siempre cosa buena, es lo mejor que me puede acontecer.

Llegó el lunes; a las 7 de la mañana estábamos en el garaje cargando nuestras enseres en el coche. Mi padre iba distribuyendo las cosas que nosotros teníamos, sus bolsos y mi mochila, y las que nos daba mi madre, que todo el rato estaba escudriñando lo que hacíamos, lo que llevábamos y todos los demás incordios, que por mucho que os imaginéis jamás llegaréis a la realidad total, porque no sabéis el infierno que supone vivir al lado de esa mujer. A quien no entiendo es a mi padre, pero hoy pienso sacar el tema a ver qué pasa con estos dos.

Mi padre se despidió de mi madre con un beso ligeramente dado sin muchas ganas en la boca y ella le despidió con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso que mi padre la besó porque estaba yo delante; sin embargo, yo me fui sin besarla ni decirle un simple ”¡adiós!”. No sé si mi madre estaba contenta de que se fuera mi padre o estaba haciendo un papelón de esos a los que ya nos tiene muy acostumbrados.

Salimos y la perdimos de vista, al poco tiempo estábamos en la autovía, mi padre estaba sereno, conducía con calma y le notaba que tenía deseos de hablar o de que yo le hablara. Parecía haber un espacio de liberación, de paz y un singular bienestar que aumentaba conforme nos íbamos alejando de mi madre. Así que me decidí.

—”Papá, ¿qué vamos a hacer con la porquería de comida que ha puesto mamá?”, pregunté.

—”Tirarla a la basura, porque lo que no quieras para ti no lo des a nadie”, fue su respuesta.

Eso me alivió, porque todo eran fritos o cosas guardadas de días antes y mezcladas en envases de plástico.

—”Entonces las tiraré en la primera gasolinera que entremos”, dije.

—”Lo tiras todo, envases incluidos, que comeremos en algún restaurante a nuestro gusto”, dijo con cierto lujo mi padre por mostrarse tan generoso.

—”No pareces contento con mamá. No quiero ser atrevido, pero se te nota que no eres feliz con ella”, dije de una manera un tanto forzada.

—”No más que tú, Jess, no más que tú”, escueta y acertada respuesta, a más que sincera.

Dejé pasar un rato mientras contemplaba el panorama. La carretera, sin ser una autopista, como estaba recién abierta al tránsito vial hacía un año o algo así, como autovía, era muy buena, sin baches, sin problemas de ninguna clase, pero yo sabía que íbamos a tener cuatro horas de ruta sin contar las paradas. Así que le di tiempo a mi padre para que le entraran las ganas de hablar. En otro momento insistiré sobre el asunto, mientras recurrí a lugares comunes, la ruta, la gente del pueblo, el Tío Paco… etc. El Tío Paco era el tío de mi padre, hermano de mi abuelo. Cuando mi padre heredó del suyo, le dijo a mi Tío Paco que juntara todas las tierras y las casas y se hiciera cargo de todo sin necesidad de pagar nada y que empleara las ganancias si las hubiera en mantener los bienes y en lo que quisiera, que nunca le pediría cuentas. El Tío Paco se fue a vivir a la casa de mi abuelo por ser mejor y porque al casarse su hijo mayor, Paco, le dejó su casa para vivir. Íbamos a ir allí, el Tío Paco había preparado dos habitaciones para nosotros y haríamos vida en la casa que fue de mi abuelo, ahora era de mi padre y la disfrutaba el Tío Paco. Eso me gustaba.

Entrados en temas familiares pregunté a mi padre:

—”¿Has pensado alguna vez en divorciarte de mamá?”

—”Muchas veces”, dijo inmediatamente sin pensarlo y con el semblante serio.

—”¡¿Y?!”, dije esperando respuesta.

—” Y ¿qué? ¿Qué podía hacer?”, dijo como pensando mientras aceleraba la velocidad.

—”No corras, papá; ¿por qué no te has divorciado?, pregunté curioso, esperando ansioso otra respuesta sincera, porque el día se estaba presentando como un desahogo de hijo con padre y quizá al revés.

—”Por vosotros; por ti y por Roxana; sois mi tesoro”, dijo y se pasó la mano por los ojos.

—”¿Estás bien, papá?”, pregunté preocupado.

—”Sí; estoy bien; pero cuesta, cuesta mucho”, dijo muy dolido y con la voz muy afectada.

—”Vivir con mamá, ¿verdad? Me pasa lo mismo… ¿por qué no te buscas una mujer y… nos vamos de casa?… Qué tontería acabo de decir, perdona, papá”, dije arrepentido de haber llegado profundo y entrometerme en asuntos personales de mi padre.

—”Hijo, te voy a decir la verdad: la mujer está, no necesito ya buscarla; un día tendré que presentártela a ti y a tu hermana, pero..., al menos a ti muy pronto. Ella quiere conocerte… es dulce, amable, cariñosa y divertida…”, dijo sonriendo.

—”Vaya sorpresa; te lo tenías bien guardado”, dije sonriendo y sin mostrar descontento y continué: “¿quién es?, ¿la conocería?, ¿vive cerca o lejos?”.

—”No muy lejos”, dijo lentamente y aunque quedó en silencio noté que quería hablar y decidí callar para que contara lo que quisiera.

Muy pausada y serenamente dijo, entendiendo que yo lo iba a comprender todo:

—”Cuando nació Roxana, dos años después de ti, tu madre no quiso más hijos. Decía que cuantos más hijos más trabajo para ella. Permitió durante poco más de un año mantener relaciones conmigo, pero con preservativo siempre y muy frías, sin cariño, sin un ambiente de común acuerdo. Ella quería que yo me dejara operar, quería que me hicieran la vasectomía. No consentí y, a partir de entonces, ya me negó el sexo de manera permanente, hasta irse a otra habitación. Perdona que te cuente esto, pero comencé a frecuentar prostitutas y no me iba eso, es descargar y cada vez con quien encuentras; no me satisfacía nada y quedaba como muy sucio de ánimo. Lo dejé, pero necesitaba la compañía de una mujer, por el sexo y por el cariño, el amor que no tenía con tu madre. Un día encontré a Maxi, hace ya doce años; así se llama, Maxi, y compré un apartamento junto al mar —nada de esto sabe tu madre, por supuesto—, porque allí, en el mar, justo donde tenemos el apartamento, la conocí. Allí comenzamos a vernos hasta que se divorció de su marido; entonces se mudó definitivamente al apartamento. Y cada día cuando acabo mi trabajo paso por allí, por eso llego tarde a casa”.

Continuó su historia con ciertos detalles. Me dijo que allí vive con su hijo, que si le conociera haríamos buenas migas porque es inteligente, bueno, trabajador y creo que quería decir que era gay, pero me lo dijo así “un poco como tú, entiende”; que sus dos hijas no se hablan con ella ni con su padre y viven independientes y que mi padre no las conoce. Me animé con lo que me iba contando y le pregunté:

―“¿Por qué no la has invitado a ella y a su hijo a venir con nosotros?”

Me contestó mi padre que Maxi no debía venir, hubiera sido imprudente porque en el pueblo pensarían cualquier cosa y por eso no veía razón para invitar a su hijo. Me estaba haciendo ilusiones y dije:

―“Pues voy a ir yo a conocerla a ella y a su hijo”.

―“Estaría bien eso”, me dijo con una amplia sonrisa.

―“Igual su hijo podría ser mi pareja… ¿Cómo se llama?, ¿qué edad tiene?, ¿es guapo?, ¿estudia o trabaja?”, dije todo deprisa para que no se entretuviera en pensar en lo que había dicho de “ser mi pareja”, pero mi padre me respondió a todo.

El resultado es que tiene 19 años, mi padre no sabía si tiene novia, novio o algún tipo de compromiso, que de eso no ha hablado nunca, que se llama Miguel, que no estudia, sino que trabaja de camarero, que es delgado, largo, algo así como yo, porque insistió en decir que nos parecíamos mucho, no de cara sino en todo menos en una cosa: él es un poco, solo un poco, amanerado, que a veces lo disimula; pero que es muy cariñoso, etc. Escuchando a mi padre, me prometí irlos a visitar en cuanto antes, apenas lleguemos de regreso.

Con todo esto y con el tiempo que paramos para comer, se nos pasó el resto del viaje, quizá el mejor viaje que he hecho en toda mi vida. Cuando bajamos del coche mi padre me dijo que disimulara la calentura porque se notaba mucho la erección y la humedad en los vaqueros. Quise decirle que tenía ganas de orinar y que era por eso, pero no me salió y le dije:

—”Me he quedado pensando en Miguel y he eyaculado, y como no llevo ropa interior…”

Soltó una risotada y nos reímos los dos. Como hacía calor, saqué de mi mochila un short vaquero muy corto y me cambié en el asiento trasero, no sin antes pajearme con el pantalón sucio; ya estaba a punto para presentarme ante mi tío y ante quien quiera que nos esperara. Me limpié con papel higiénico y con el mismo pantalón. Vino mi padre y me dice:

—”¿Ya?, ¿qué tal fue?, ¿abundante?, porque pienso que tú te pareces a una lechería…”

Me reí y mi padre añadió:

—”Están esperando a que entremos, no demoremos más”.

Allí que nos fuimos, él a presentarme a todos y yo a saludar a cada uno con el pensamiento puesto en Miguel. Una vida llena de sorpresas. El viaje había comenzado bien: Ya estoy en el pueblo de mis padres. El infierno que había sido mi infancia pensé en convertirlo en el tiempo más feliz de mi vida. Mi padre me había prometido que me tratarían muy bien y con esa ilusión estaba yo, dispuesto a cambiar el rumbo de mi vida.

CONTINUARÁ bajo el título «Mi familia paterna».

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