Gigoló y pintor

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Doña Fátima de corrió haciendo un arco. El jugo que salía de su coño bajaba por su ojete. Al acabar de correrse no me lo tuve que pensar dos veces, saqué la verga del coño y se la metí en el culo

-¿Cuánto tiempo te podría llevar pintar la casa?

Mirando para unas grietas que había en una pared, le respondí:

-Quince o veinte días.

-¿A cuánto?

-A quinientas pesetas diarias.

-Me parece bien.

-¿Ya compraron la pintura, los tintes, la escayola y la lija?

-Sí, cincuenta kilos de pintura, cinco de escayola, tintes y diez papeles de lija. ¿Llegarán?

-Para empezar. Ya les diré cuanto más tienen que comprar.

Las azules pupilas de la mujer se clavaron en el paquete de mi pantalón vaquero, y se clavaron con descaro, como queriendo adivinar el tamaño del miembro que se escondía bajo él. Barrunté que en esa casa iba a hacer algo más que pintar.

-¿Cuándo vas a empezar, Quique?

-Mañana, si les parece bien.

-Parece.

La que me ofreciera el trabajo era doña Fátima, la mujer de un ricachón, dueño de la mayoría de las tierras de la aldea a la que nos habíamos ido a vivir.

Doña Fátima, era una mujer de cuarenta y pocos años, delgadita, con media melena de cabello negro rizado, con buenas tetas y buen culo. Era guapota, pero muy seria. Su marido, don Manuel, un cincuentón, que había quedado parapléjico cinco años atrás, debido a una coz que le diera en la espalda un caballo, sentado en una silla de ruedas, había escuchado lo que habláramos.

Dos día después...

En el trastero de la casa, donde estaban los materiales, me quité la ropa, calzoncillos incluidos... Yo a los 18 años medía 1m 75 cm, tenía el cabello largo y cuerpo de culturista... Era todo músculo. Iba a poner la funda blanca, dándole la espalda a la puerta, que estaba abierta, cuando oí la voz de doña Fátima.

-Bonito culo.

Lo tenía, tenía un culo redondo y prieto. Me di la vuelta y vieron mi cuerpo con la gruesa verga colgando. Doña Fátima y don Manuel, que estaba delante de ella sentado en la silla de ruedas, se quedaron mirándome. Les dije:

-Debí cerrar la puerta para cambiarme.

Doña Fátima, colorada como una adolescente, y mirando para mi verga, respondió:

-Debiste.

-¿Qué se les ofrece?

-Queríamos ver como haces la mezcla.

-Hasta mañana o pasado no la voy a hacer.

Doña Fátima no quitaba los ojos de mi verga.

-Vístete que me pone nerviosa ver esa cosa.

No tuve más que poner la funda, ya que los tenis viejos no los había quitado. Doña Fátima y su marido se fueron.

El primer día me dediqué a rascar y a escayolar donde estaban las paredes más deterioradas. Doña Fátima, cada media hora, me hacía una visita para ver si necesitaba algo. Llegué a la conclusión de que quien necesitaba algo era ella, y en una de las visitas, le pregunté:

-¿Y usted no necesita nada?

-¿Por qué me lo preguntas?

-Por nada.

-Se franco. ¿Por qué lo dices?

-Sabe bien porque se lo digo.

-Parece que quieres ganarte un dinero extra.

Sus palabras me confirmaron lo que me imaginaba. Sabía a qué dedicaba mi tiempo libre.

-¿Está dispuesta a pagarlo?

-Lo consultaré con Manuel.

-No tiene porque enterarse de nada de lo que hagamos...

-¿Qué servicio me harías?

-El completo

No sabía en qué consistía.

-¿Y eso qué es?

-Sexo oral, vaginal y anal.

Doña Fátima se volvió a poner colorada.

-Me voy, me voy que ya hablé demasiado.

A los diez minutos de irse de mi lado, fui al servicio a cambiarle el agua al canario. Iba a coger la manilla de la puerta, cuando sentí, en bajito, algo así:

-Ooooh, oooh, Oh Aaaah. Oh, oooooh. Sí, sí, si. Aaaah. Me viene. -un silencio largo- Aaaah.

No había que ser muy listo para saber que doña Fátima se hiciera un dedo y se había corrido. Me fui y le cambié el agua y la leche al canario en el otro servicio.

Al día siguiente, por la tarde, iba a comenzar a pintar, cuando me llamó doña Fátima. Fui a la cocina. Encima de la mesa había una jarra con limonada y tres vasos. Dos ya estaban mediados. En la radio se oía la canción de Raphael: Yo Soy Aquel. Doña Fátima, me dijo:

-Siéntate a la mesa, Quique.

Me senté delante del vaso vacío, que estaba justo enfrente del de don Manuel, lo llenó, y me preguntó:

-¿Cuánto me cobrarías?

Me hice el tonto.

-No subió de ayer a hoy, 500 pesetas.

-Por el completo. Quiero sentir tu verga dentro de mí coño, dentro de mi culo, y...

No la dejé terminar.

-¡¿Y me lo pregunta delante de su marido?!

-Él lo que quiere es que yo sea feliz.

-¿Y usted cómo sabes eso?

Fátima, miró para su marido, y le dijo:

-Parpadea dos veces si quieras que me folle Quique, Manuel.

Don Manuel, parpadeó dos veces.

Fátima, necesitaba verga.

-¿Cuánto me vas a cobrar?

Me levante, se levantó, la agarré por la cintura y le pegué un morreo que la dejé temblando.

-Dos mil pesetas.

-Me dijeron que cobrabas mil.

La volví a besar. Su mano derecha acarició mi verga por encima del pantalón.

-Y es cierto, pero me da a mí que don Manuel quiere mirar. ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas.

Le eché un trago a la limonada, y le pregunté:

-¿Cuánto tiempo lleva sin una buena verga entre las piernas?

-De tú.

-¿Cuánto tiempo llevas sin una buena verga, Fátima?

-¿A qué viene esa pregunta?

-Curiosidad.

-Más de cinco años.

-¿Te comieron el coño alguna vez?

-No.

Miré para don Manuel, pero el hombre no daba ni tenía.

-¿Te follaron por el culo?

Ahora fue ella la que me besó a mí.

-No.

-¿Ya te vino la menopausia?

-¿También lo preguntas por curiosidad?

-No, te lo pregunto por seguridad. ¿Te vino?

-Sí.

-Bien. No traje condones.

La agarré por las nalgas, la apreté contra mí. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, y me preguntó:

-¿Te gustan mis besos con lengua?

-Sí. ¿Y a ti los míos?

-Mucho.

La seguí besando. Fátima, sentía mi verga empalmada latir sobre su vientre.

-Necesito correrme.

-¡¿Ya?!

-Ya.

-No seas impaciente. Trae tres tazas y una jarra de vino tinto de la bodega.

-Mi marido y yo no bebemos.

-¿Quieres pasártelo en grande o no?

-¿De barro o blancas?

-De barro.

Se fue a la bodega y trajo una jarra de vino de dos litros y tres tazas de barro. Las puso sobre la mesa y retiró la limonada.

-Echa vino en las tres tazas.

-Ya te dije que yo no bebo, y a Manuel se lo quitó el médico.

-¿Os vais a morir por tomar una taza de vino?

Medió las tres grandes tazas. Le eché un trago a la mía, y le dije:

-Dale de beber a tu marido.

Fátima, le puso la taza de vino en los labios a don Manuel, y le dio de beber. ¡Tragaba que daba gusto! Fátima, le dijo:

-¡La leche no la tomas así, goloso!

Al acabar de beber el vaso de vino, en los labios de don Manuel se dibujó una sonrisa. Fátima, me dijo:

-¡Milagro! Hace más de cinco años que no sonreía.

-A lo mejor es porque no tenía motivos para hacerlo. Bebe tu taza de vino.

-Me voy a poner contenta.

-De eso se trata.

Se lo bebió. Yo acabé de beber el mío. Me levanté. Me puse al lado de don Manuel.

-Vamos a jugar. Quítame la funda.

Fátima, me abrió la cremallera. Me quitó la funda. Mi polla, morcillona, quedó colgando a un metro de don Manuel. Me quité los tenis. Fátima, se puso en cuclillas, cogió la verga en la mano, la metió en la boca, la meneó, y a los pocos segundos tenía la tranca tiesa.

-¡Jesús, que pedazo de estaca!

Fátima, llevaba puesto un vestido gris que le llegaba a los pies.

-Levántate y date la vuelta.

Se dio la vuelta para que le bajase la cremallera, pero lo que hice fue rasgarle el vestido, (vestido que cayó al suelo) y meterle un chupón en el cuello, darle la vuelta, meterle la lengua en la boca y romperle el sujetador con las dos manos. Fátima, con sus grandes tetas al aire, me dijo:

-Eres un animal... ¡Y me gusta que lo seas!

Cogí la jarra y llené mi taza de vino.

-Coge una teta con las manos y métela dentro de la taza.

-Bésame antes.

Le di un cachete en el culo.

-¡Mete la teta dentro de la taza!

Metió media teta dentro de la taza. Después eché un trago de vino. La volví a besar con lengua y le di a beber vino de mi boca. Cuando le mamé la rosada areola y le chupé el gordo pezón y la teta, ya la tenía embriagada, embriagada de pasión.

-¡Joder, que bien lo haces! ¡Tengo el coño como una charca!

Al dejar de jugar con esa teta, sin decirle nada, metió la otra en la taza.

-Mama, cabrito.

No se la mamé. Derramé el vino tinto de la taza sobre sus tetas, el vino bajó hasta su coño. Con las bragas blancas manchadas de vino, me agaché. Se las rompí con los dientes y con las manos. Su coño estaba rodeado por un tremendo bosque negro. Lamí el coño encharcado de babas con sabor a vino y subí lamiendo hasta llegar a la teta. Ahora sí, ahora se la mamé con lujuria. Después le mamé la otra, las junté y le lamí, chupé y mordí los grandes y erectos pezones y magreé las tetas. Fátima ya gemía sin control. Sabía que si le comía el coño se iba a correr en mi boca. La levanté cogiéndola por sus peludos sobacos y la puse sobre la mesa. Retiré las tazas de vino y la jarra. Encogió las piernas, se echó hacia atrás y las abrió enseñando su gran coño peludo, abierto y lleno de babas. Le cogí las tetas y le metí la lengua dentro del coño. Lamí varias veces desde su ojete a su clítoris... La puse a punto. Doña Fátima, cogió mi cabeza con las dos manos, la apretó contra su coño y frotando su clítoris contra mi lengua, liberó la bestia que llevaba dentro.

-¡¡Sí sí, sí!! ¡¡¡Me corro, peeerro!!!

Doña Fátima, con los ojos cerrados, temblaba y jadeaba. Su corrida llenó mi boca de jugo, un jugo espeso, mucoso y dulzón.

Estaba terminando de correrse cuando le clavé la polla en el coño. De su garganta salió una palabrota:

-¡¡Cagoendiola!! ¡¡¡Qué bueno!!!

-Le pregunté:

-¿Hasta el fondo?

-¡Hasta el fondo y más, bien pagado!

Comencé a follarla con fuertes golpes de riñón mientras le agarraba las tetas. Ni un minuto tardó en decirme:

-¡Me voy a correr otra vez, me voy a correr! ¡¡¡Me corro!!!

Doña Fátima se corrió haciendo un arco... El jugo que salía de su coño bajaba por el ojete. Al acabar de correrse no me lo tuve que pensar dos veces, saqué la verga del coño y se la metí en el culo. Al meterle el glande, con los ojos abiertos como platos, exclamó:

-¡Coooño!

Le volví a preguntar:

-¿Hasta el fondo?

Me respondió lo mismo:

-¡Hasta el fondo y más, bien pagado!

Se la clavé a tope y después le di canela fina.

Al ratito...

-¡Sí, sí, sí! ¡¡Me viene otra vez, me viene otra vez, maricóóón!! ¡¡¡Sííí!!!

Le acaricié el clítoris, y la nalgueé mientras se corría. Era multiorgásmica. La segunda que me encontraba en mi corta carrera como gigoló.

Al acabar de correrse, y aun tirando del aliento, me dijo:

-¡Dame, dame, dame fuerte, puto, dame fuerte que me quiero correr otra vez!

Le di caña... de repente quedó muda. Me miró. Vi cómo se le ponían los ojos en blanco y como de su coño salía cantidad de jugo. Se estaba corriendo. Don Manuel, sintiendo los gemidos de placer de su esposa, tuvo una pequeña erección.

Fátima, quedó sin fuerzas, como muerta. La cogí por la nuca. Hice que se incorporase. La levanté en alto en peso. La mujer rodeó mi cuello con sus brazos, mi cuerpo con sus piernas y me besó. Le quité la verga del culo. Me acerqué más a don Manuel, para que viese bien lo que le hacía. Le metí la polla en el coño a su mujer y besándonos comencé a darle caña. Al poco, me decía:

-¡Me voy a morir de gusto, abusador!

La folle a lo bestia... Fátima, mirando para su marido, le dijo:

-¡¡¡Me muero, cariño, me muero!!!

El último orgasmo de Fátima fue espectacular. Sus gemidos eran escandalosos y sus temblores de enferma mental. Don Manuel vio como del coño de su mujer caía una cascada de jugo mientras me comía a besos. Yo vi como don Manuel manchaba su pantalón. Se había corrido. No quise ser menos y le llené a Fátima el coño de leche. Al acabar iba a decirle lo de la corrida de su marido, pero Fátima había sentido tanto placer que perdiera el conocimiento. Le quité la polla, la cogí en brazos, y con mi leche y su jugo saliendo de su coño la llevé a la sala y la dejé sobre el tresillo. Volví a la cocina. Eché el vino que quedaba en una taza, bebí la mitad y le di la otra mitad a don Manuel, que lo bebió con ganas. Al acabar de beber volvió a sonreír por segunda vez en cinco años. Cogí el tabaco y el mechero en el bolsillo de la funda y encendí un cigarrillo. Vi cómo me miraba. Le pregunté:

-¿Quiere una calada?

Parpadeó dos veces.

Le dio al cigarrillo una calada, y dos y tres... Nos fumamos el cigarrillo Ducados, a medias. Después empujé su silla de ruedas y lo dejé en la sala al lado de su mujer, que dormía plácidamente.

Tiempo después, al acabar de pintar la casa, había cobrado en total 60.000 pesetas. No me volvió a aparecer un trabajo como ese en el que pudiese desarrollar mis dotes de GIGOLÓ Y PINTOR.

Quique.

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