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Espera, no lo desperdicies

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—Oye, ¿no crees que un chico de diecinueve años ya está en edad de...?

—¡¿De tener novia?! ¡no! ¡Estás mal! —respondió Martha con contundencia—. Mi Danny debe terminar la carrera antes de poder tener novia. Mi hijo debe estudiar, y todavía luego conseguir un buen empleo antes de buscar mujer. Además, no quiero que una cualquier buscona me lo eche a perder sólo por... no. Él debe casarse con una chica preparada, que tenga la misma carrera para que se entiendan. Sólo así podrán tener un matrimonio sólido, estable.

—¿Matrimonio? Pero cómo quieres que Daniel se case con la primera chica que conozca, así sin experiencia. Para eso sirven los noviazgos, para conocerse, para experimentar antes de...

—¡¿Experimentar?! ¿Te refieres a tener sexo...? ¿Y luego para qué? Nada más para que trunque sus estudios y tenga que trabajar de cualquier manera para mantener mujer y escuincles. No, fíjate, estás muy equivocada, mi hijo es muy inteligente como para que desperdicie su talento así como así. Ay Elvira, cómo se ve que tú no sabes nada de ser madre.

Martha había hablado duramente sin detenerse pese a que sus palabras podían lastimar a su amiga. Bien sabía que Elvira se había quedado sola luego de que todas sus hermanas se fueran de casa tras el matrimonio. Ella era la única que se había quedado soltera y, a su edad, le pesaba; una contestación como la dada por Martha era una forma de lastimarla en lo más hondo.

Elvira guardó silencio tragando el dolor causado por su amiga pues era huésped en su casa. Además bien la conocía, Martha siempre se destacó por su duro carácter y por querer controlarlo todo; era por ello que su esposo la dejó.

Elvira y Martha se conocían desde su infancia y se visitaban de vez en cuando desde aquellos años. Claro que ahora Martha ya tenía un hijo que iniciaba sus estudios universitarios mientras que Elvira aún seguía sola. Soltera y sola en la vieja casa de sus padres.

De visita, luego de algunos años, Elvira se había dado cuenta de que su amiga aún ejercía un férreo dominio sobre su hijo pese a que éste ya era mayor de edad. Pese a esta circunstancia Martha lo dominaba, como cuando tenía diez años. Lo controlaba a tal punto que no salía con amigos, ni mucho menos chicas, y permanecía todo el día en casa, encerrado en su habitación. Elvira sabía que un joven de su edad debería salir, disfrutar de su vida, de su juventud; divertirse. Eso es lo que le había señalado pero era obvio que Martha no cambiaría; ella siempre querría controlarlo.

—¿Para qué? ¿Para que me lo echen a perder? No, no, no. Mi Danny no necesita amigos, él está más seguro aquí en casa. Es un chico muy quieto, un buen niño —así respondía Martha a las opiniones de su amiga.

Pero el hijo de Martha ya no era un niño, pues más allá de ser mayor de edad él ya tenía necesidades, necesidades de hombre; hasta Elvira se había dado cuenta. Daniel estaba necesitado de desahogar sus frustradas carencias sexuales. Hacía tiempo que sus deseos naturales le exigían a voz en grito ser satisfechos. Así que, mientras ambas mujeres conversaban bebiendo té en el comedor, Daniel se hacía la cotidiana y necesaria “chaqueta” diaria encerrado como siempre en su habitación, viendo el porno infinito que el internet podía brindarle. Ese era su único alivio a su terrible carestía de hembra.

—Es verano Martha, plenas vacaciones, y el chico no sale de su cuarto —le insistía Elvira a su amiga quien no aceptaba aquellas críticas bien.

“Se la pasa todo el día ahí encerrado. ¿Tú crees que eso es sano?” Elvira decía en el comedor mientras que en su cuarto Daniel consolaba a su miembro masculino. Para esos años de su vida, a Daniel (o Danny, como le decía su madre) le obsesionaba una y sólo una cosa: poder meter su pene en la cálida y húmeda intimidad de una mujer. Había soñado con cómo sería eso desde su adolescencia. Deseaba conocer el placer de hacer contacto sexual por primera vez. Guarecer su pene en un apretado sexo femenino; le hacía ilusión el conseguirlo. Aunque aquello sería cosa difícil para un chico como él, uno educado por una madre autoritaria que no le permitía conocer el mundo. Atado a sus propias inseguridades, Daniel no se atrevía siquiera a hacerle conversación a una chica, esto a satisfacción de su castrante madre.

Daniel, obediente de su progenitora, no se lanzaría así como así a la conquista de una chica. El dominio de aquella mujer lo tenía subyugado; lo había marcado con una inseguridad que le impedía acercarse al sexo opuesto. Daniel era un joven no sólo tímido, sino que temeroso de interactuar con chicas reales, chicas de su edad. Nomás estaba cerca de una le sudaban excesivamente las manos, comenzaba a temblar y enmudecía; no sabía qué decir y se ponía nervioso. Por ello se conformaba con las que veía a través de la pantalla.

Sabiendo que su madre estaba con su amiga Daniel disfrutaba de todo un maratón de videos sin eyacular. Se la tallaba regocijándose del hervor que se gestaba en el interior de sus testículos.

Y aunque sus gustos eran variados, Daniel en ese preciso momento gozaba del género de milfs, pues desde que tenía memoria le atraían de forma particular las mujeres maduras (probablemente motivado, inconscientemente, justo por la férrea educación matriarcal a la que era sometido). Se manueleaba prácticamente saltando de un video a otro que tuviera en su descripción: milf; madrastra; esposa infiel; casada pero necesitada; madura con jovencillo; nodriza lechera; con la mamá del amigo, en fin.

Se la tallaba haciendo crecer ese gustoso placer, pero antes de llegar al culmen se calmaba para empezar de nuevo, y así y así.

Muy en esas estaba cuando Elvira se asomó a su cuarto. Había ido a avisarle que ya iban a comer, pero la mujer abrió la puerta sin tocar previamente así que pudo ver al joven jalándosela. Por suerte Daniel estaba de espaldas a ella y usaba audífonos, así que no se dio cuenta de su presencia; de no ser así se hubiera llevado vergonzosa sorpresa.

Elvira lo contempló por unos segundos, no le sorprendió tal escena (otra cosa hubiera sido si Martha fuese quien lo descubriera). A Elvira le parecía de lo más normal, dado la estricta disciplina de su amiga, de hecho ya se lo imaginaba, el pobre chico permanecía encerrado en su cuarto casi todo el día. Con una madre como Martha qué más le quedaba.

Elvira no sintió embarazo alguno al contemplar tal situación, a decir verdad le sacó una sonrisa atestiguar aquello. No obstante, al caer en cuenta de que estaba viendo manuelearse al hijo de su amiga, decidió retirarse de manera discreta cerrando la puerta con cuidado.

Daniel, sin haberse percatado de la intromisión, seguía acrecentado la tensión sexual que se le acumulaba en sus “huevos” limándose el tolete. Claro que tendría que desahogarse en algún momento si no quería que le dolieran luego, pero aún no se disponía a hacerlo; lo que hacía le complacía al máximo. Sin embargo...

Martha se aproximaba por el pasillo pues impaciente iba ya por su hijo para que le ayudara a poner la mesa. Elvira, al verla, regresó a la puerta de Daniel y tocó llamándolo al mismo tiempo.

—¡Daniel, que ya te vengas a comer! —dijo sin abrir la puerta esta vez.

Por supuesto, hizo esto con interés de alertar al chico y así Martha no lo descubriera en las circunstancias que ella lo había visto.

Daniel se sobresaltó pero tuvo tiempo de ocultar lo que estaba haciendo. Lamentablemente tuvo que parar sin haberse desahogado.

Minutos más tarde, Elvira, Martha y Daniel comían. La primera aún mantenía fresca la escena vista momentos antes; esto le provocaba una sonrisa que ocultaba de su amiga para no dar lugar a sospecha. Pero también dio lugar a un pensamiento que sopesó en su mente hasta que decidió concretarlo en la realidad.

—Sabes Martha, me preguntaba si le darías permiso a Daniel de pasar unos días allá conmigo. Me has dicho que este año ha salido con muy buenas calificaciones y creo que sería una buena recompensa que pase unos días allá en el sureste.

Martha, sin decir nada, vio seriamente a su amiga como expresando con su voz arisca lo mal que le venía la idea.

—Pero yo no puedo acompañarlo, ya sabes que en este mes estoy muy ocupada con lo del negocio. —respondió Martha.

—Bueno, pero él puede irse conmigo, acompañarme en mi regreso. Ya luego de pasar una semana te lo envió de vuelta. Puedes esperarlo en la terminal, te llamaré con anticipación para que sepas a qué hora llegará. Total, ¿qué le puede pasar? Es sólo una semana.

Martha, sin decir nada, pero con una expresión que evidenciaba su incomodidad al dejar que la alejaran de su hijo miró a éste. Daniel bajó la vista y no dijo nada dejando que su madre decidiera por él.

—Anda, es justo que lo premies —insistió Elvira—. Acuérdate que a ti así te premiaban tus papás, te ibas muy contenta a mi casa justo a su misma edad. Te divertías mucho, ¿te acuerdas?

Recordar sus años de juventud, la felicidad de aquellos días, hizo que Martha se ennobleciera y aceptó desprenderse de su hijo por unos días, pese a que su recelo quedaba patente.

Así, al día siguiente, Daniel acompañaba a Elvira en su viaje de regreso al sureste del país. Durante el trayecto Daniel iba tan callado como siempre. Elvira tuvo que romper el silencio tratando de hacer conversación mientras que él apenas si respondía escuetamente a sus preguntas.

—¿Tienes novia Daniel?

Éste se sonrojó y sin decir nada sólo movió repetidamente su cabeza negativamente. Elvira sonrió. Ella ya lo sabía, por supuesto, pero quería ver cómo reaccionaba.

Una vez llegaron el clima caluroso se hizo sentir en el cuerpo de Daniel. Habían llegado de noche, aun así hacía un calor húmedo que inmediatamente lo hizo transpirar.

Mientras iban hacia la casa de Elvira, quien le había dicho que quedaba cerca por lo que se dirigían a pie, Daniel pudo percibir el sonido del mar cercano. No lo podía ver pero era notoria su presencia al otro lado del bulevar, incluso distinguió su aroma. Siendo la primera vez que estaba tan cerca del océano ese olor quedó para siempre grabado en su memoria.

Al llegar al centro de la ciudad el joven pudo apreciar la belleza del casco antiguo. Aquella zona evidenciaba que originalmente había sido una ciudad amurallada de tiempos de la colonia. El lugar lucía pintoresco, definitivamente era un sitio turístico.

Al ser la primera ocasión en su vida que Daniel visitaba un lugar así le fascinó, los colores, la música, los olores, todo llenó sus sentidos.

—Bonito, ¿verdad? —le dijo Elvira al notar su expresión mientras caminaban por la plaza principal—. Vente, te invito un helado.

Lo llevó a uno de los establecimientos que estaban bajo los viejos portales que rodeaban la plaza.

Para él, un joven que casi ni salía de su cuarto, aquello era otro mundo. Todo era tan bello, sobre todo las infaltables turistas que andaban por ahí. Aquellas chicas, muchas de rubios cabellos, u otras tan oscuras como el café, captaron su atención. Sus menudos cuerpos despertaban de manera natural sus instintos de reproducción. No lo notó pero hasta una pequeña cantidad de líquido lubricante que salía de su sexo manchó su pantalón evidenciando su excitación.

Sin contenerse, Daniel veía embobado a las jovencillas quienes usaban prendas muy cortitas y ligeras, éstas dejaban ver mucha de su tersa piel.

Elvira, dándose cuenta de lo que le ocurría al chico, lo dejó regocijarse del espectáculo mientras comían helado de frutilla. Para Daniel aquello era la viva imagen del paraíso.

Tiempo más tarde:

—Adelante Daniel —le dijo Elvira al llegar a su casa.

La vivienda era una antigua casa, muy espaciosa y de techos altos. Los muebles lucían gastados pero bastante resistentes, hechos de madera su mayoría. Descascaradas figurillas de cerámica ornamentaban por doquier, además de viejos cuadros colgados de las paredes.

—Mira, hoy ya es tarde, pero mañana te llevo de paseo. Te llevaré a recorrer el malecón y nos comemos unos mariscos por allá, ¿eh, qué te parece? —dijo Elvira luego de que ambos cenaran—. Ahora voy a recoger esto y a ponerme más cómoda. Tú mientras tómate un baño que con el viaje y el calor te caerá bien. Descansarás. Vas a tardar en acostumbrarte a esta temperatura, pero ya verás que hay mucho que disfrutar por aquí —le dijo Elvira sonriéndole.

Daniel se duchó. En verdad que le cayó bien ese riego de agua fresca a su cuerpo. Durante el acto de limpieza no dudó en acariciarse el pene entusiasmado por lo que hacía unos minutos había visto, pero no eyaculó. Le pareció un tanto indecente hacer eso en casa ajena, bueno, era la primera vez que estaba en una.

Pero luego, tras salir del baño, el chico se llevó tremenda sorpresa, y es que vio a Elvira vestida muy ligeramente. Prácticamente se le veían las bragas y el sostén debajo de la única prenda que la cubría además de aquellas, ésta era un camisón de tela casi transparente que revelaba todo lo que había debajo.

Elvira, sabiendo el efecto que ejercía en el joven invitado, sonrió al notar la expresión de pasmado que a Daniel se le había formado en el rostro, y le comentó:

—No te asustes. Por acá es normal andar así, por el calor —le dijo, a la vez que continuaba lavando los trastos.

El joven que estaba a sus espaldas no podía dejar de admirar el amplio trasero de la mujer que tenía delante. Tremenda hembra de generosas carnes, jamás había visto una así en su vida, más allá de las que veía en el internet.

Era la primera vez que Daniel miraba a una mujer (una que no fuera su madre) vestida únicamente en ropa íntima, por lo menos fuera de la pornografía que veía a diario. Fue así que se le formó una elevación bajo la toalla que a él avergonzó.

Cuando Elvira terminó y se giró para guiar a su huésped a la habitación donde dormiría notó tal excitación en el muchacho, sin embargo, toda una dama, hizo como no darse cuenta de ello.

Poco después, mientras terminaba de instalar la hamaca en la que dormiría el chico, Elvira le dijo:

—Creo que dormir en hamaca te sentará mejor que dormir en cama. Sentirás menos el calor. Yo ya estoy acostumbrada, pero tú no. Además dormir así le gustaba mucho a tu mami cuando venía a la casa. De seguro que a ti también.

Minutos más tarde, Daniel, ya en la penumbra, estaba envuelto en aquella red que colgaba de unos ganchos empotrados en la pared de la habitación. No podía conciliar el sueño, le era imposible al estar en ese lugar ajeno. Quizás era el calor, o el hecho de estar en casa de una mujer sola; tal vez la incomodidad de estar apretujado en aquella malla, o quizás... no, Daniel bien sabía que no podría dormir hasta haberse desahogado. Tenía que eyacular; de hecho llevaba más de un día sin haber expulsado su simiente. Desde verse interrumpido en su visionado de porno no había vaciado sus testículos. Hasta le habían dolido los “huevos”; cosa que nunca antes le había pasado, pero es que nunca antes había tenido que pasar más de un día sin soltar su esperma. Siempre lo podía hacer por las noches, eso sin contar alguna que otra expulsión durante el día, sin embargo ahora estaba en casa ajena.

Claro que no le costaría demasiado acariciarse el miembro hasta vaciarse, aún estando apretujado en aquella malla. Y así lo hizo. Se llevó la mano a la entrepierna y comenzó a sobarse. Una erección fomentada por el recuerdo de todas aquellas jovencitas turistas que había visto en la plaza comenzó a manifestarse rápidamente. Se dio cariño mientras imaginaba penetrar aquellos delgados cuerpos. Podía sentirlas tan frágiles como se veían, tan apretadas, tan delicadas y suavecitas.

Pero luego, inevitablemente, otro tipo de pareja sexual vino a su mente, una inspirada en los videos que hubiese visto aún estando en su casa: Una mujer madura.

Y es que si bien las jovencillas le atrapaban la mirada de manera natural, las mujeres maduras lo absorbían todo. De hecho, una de sus mayores fantasías era ser consumido por las voluminosas nalgas de una “madura dama”, que en su rostro se le sentase y con ambas mejillas se lo comiera, así lo deseaba; de tal manera se veía a sí mismo en sus sueños húmedos de hecho.

Fue por eso que imaginó a una hembra madura como inspiración de su futura venida. Una bella y de nutrida carne, algo así como... sí como Elvira; reconoció para sí.

Nunca había tomado en cuenta la belleza de aquella mujer antes, pues, después de todo, para él sólo era la amiga de su madre; la conocía de siempre, era como una especie de tía. Sin embargo, luego de haberla visto en aquellas reveladoras ropas nocturnas tomó consciencia de lo buena que estaba, era la musa ideal para su chaqueta desahogadora.

Consciente de que ella estaba recostada a tan sólo unos metros revivió su imagen, tal como recién la había visto, en prendas menores. Aunque, al fin, no pudo resistir la tentación de hacer una visita nocturna a su anfitriona, culminar su chaqueta mirándola. No se aguantó las ganas e impulsado por sus instintos fue hacia allí con el firme propósito de saciarse viéndola.

Caminó con cuidado, sus pasos no debían despertarla. Al llegar a la habitación de Elvira sólo tuvo que asomarse, ella dormía con la puerta abierta, al parecer solía dejar las puertas así al interior de la casa debido al calor. Y allí estaba ella, recostada de tal forma que le brindaba el panorama más hermoso, sus amplias nalgas. Ni una sábana cubría su cuerpo, sólo las prendas antes vistas.

Daniel recorrió con la vista ese curvilíneo cuerpo de mujer madura que la amiga de su madre poseía. Recorriéndole desde las piernas de tez morena clara, regodeándose en esos rollizos muslos de hembra sazona, apreciándole luego ese fabuloso y amplio trasero que se encumbraba como parte principal de una sensual cordillera que invitaba a ser explorada.

Mirando esto, a Daniel le fue inevitable producir líquido pre-eyaculatorio que expelió por la boquita de aquella cabezona que abultada evidenciaba su sentir. Su calzón quedó manchado por el mencionado líquido.

El “amigo” que ahí debajo se resguardaba exigía atención, fue por ello que lo apretó con su mano derecha como si quisiera brindarle consuelo, comenzándolo a tallar luego sobre la tela.

Con aquel hermoso panorama que Daniel veía no hubiese sido extraño que escupiera sus espermas inmediatamente, sin embargo algo lo detuvo de hacerlo.

—Espera, espera. No lo desperdicies... —dijo Elvira para luego girarse evidenciando que estaba despierta y consciente de lo que hacía su invitado.

Daniel no se había percatado que gracias al reflejo del tocador cercano Elvira lo había visto desde que se acercó a su cuarto.

Era evidente que lo había dejado hacer, sin sentirse molesta por ello, y sólo lo había detenido para proponerle un mejor desenlace a su éxtasis. Uno que le era más conveniente no sólo al joven sino que a ella también, pues se vería beneficiada en una necesidad de vida.

—No te pongas nervioso —lo apaciguaba Elvira, mientras que Daniel ya estaba sobre la cama de ella.

La señora permanecía sobre él besándolo por todo su virgen cuerpo. Nunca había sido tocado así y Daniel reaccionaba con extraordinaria sensibilidad. Cada caricia, cada roce de los labios de aquella hembra madura lo hacía tiritar incontrolablemente; esas reacciones naturales de su cuerpo manifestaban la importancia del hecho: estaba dejando de ser un niño para convertirse por fin en un hombre. Y su cuerpo, más que su consciencia, comprendía lo que aquella hembra que tenía encima quería. La mujer necesitaba ser preñada.

Daniel sólo podía pensar en el sexo en ese momento, y creía que Elvira también sólo eso quería, sin embargo ella lo que ansiaba aún más era concebir un hijo. Pues le habían pesado las palabras de su amiga Martha, “ella aún no sabía lo que era tener un hijo”, y lo deseaba. Ese era el secreto propósito de haber llevado a ese muchacho a su casa.

—Tranquilo, no te va a pasar nada malo —le insistía Elvira quien lo seguía poniendo a punto.

Echado en la cama Danny sólo se limitaba a experimentar todas esas gratas sensaciones. No podía creer que el simple recorrido de aquellas manos de mujer lo excitaran tanto. Éstas metieron sus dedos bajo el elástico de los calzoncillos que aún portaba y, de un tirón, los bajaron dejando el falo balanceándose de un lado a otro todo erecto y babeante. Un fino aceite brotaba por la boquita del meato urinario y brillaba mientras escurría por aquella hinchada cabezona. La señora acarició ese glande esparciendo el lubricante natural para que sirviera bien a su propósito.

Mientras ella limaba aquel pedazo tieso de carne vio cómo aquel chico pasaba del nerviosismo a la satisfacción por lo que ella hacía. Elvira sonrió al sentirse como una amorosa madre que trataba de consolar el padecer de un hijo en cama. Y en efecto, en ese momento Elvira era más una figura materna que una amante, por lo menos así se percibía. Daniel, por primera vez en su vida, recibía tal cariño, tal afecto, con esa tierna caricia dada por una mujer que sí se interesaba en su bienestar, y él lo estaba gozando.

Daniel estaba en el mismísimo paraíso.

Luego, avanzando con sus rodillas sobre la cama, Elvira se colocó a horcajadas sobre aquel núbil cuerpo de hombre, de tal forma que evidentemente se preparaba para el apareamiento.

—¿Deseas entrar en mí? —le preguntó a su invitado mirándolo fijamente sin parpadear.

Danny la miró con los ojos muy abiertos pero no pudo hablar enmudecido. Para ella era suficiente respuesta y lo besó con intensidad.

Un instante después la mujer, por propia mano, tomó el apéndice sexual de su convidado y lo introdujo por en medio de su vulva.

—¡Aaahhhh... qué rico! —por fin dijo el chico inevitablemente al sentir lo que era penetrar a una mujer.

Por primera vez en su vida estaba sintiendo la suavidad femenina que tanto había deseado, ese cálido abrazo a su sexo. Eso de lo que tanto había estado restringido por la férrea disciplina de su madre, ahora la amiga de ésta lo estaba recibiendo en su íntimo seno. Elvira lo iniciaba así en el mundo de los hombres. Martha jamás habría permitido que él creciera, lo quería un niño para siempre. Algo así, el que su hijo tuviera sexo, de ninguna forma lo toleraría; si tan sólo supiera que lo hacía con su propia amiga se hubiera ido de espaldas tras provocarle un vahído.

Sentirse dentro de aquella mujer, Elvira, la amiga de su madre, era como hundirse en un abismo de cálido y húmedo placer. Aquella movía sus caderas en manso vaivén. Las tremendas nalgas que poseía la señora machacaban (aunque eso sí, con suavidad) el menudo pubis masculino que estaba debajo. No era como en los videos porno que a él tanto le fascinaban, aquellas cópulas eran trepidantes, violentas. Aquí la mujer que tenía encima se meneaba con amor, con delicadeza.

—No puedo creer que esto esté pasando —dijo Daniel, una vez que sintió la seguridad de compartir sus sentimientos con aquella mujer que lo montaba—. Gracias —agregó candorosamente.

—No tienes porqué agradecer, ambos... —y aquí ella gimió deliciosamente—  ... ambos lo estamos disfrutando... ¿no es así? mmmm... además si hay alguien que debe dar las gracias soy yo —le respondió Elvira quien no paraba de menear su pubis contra el de él.

El chico no reflexionó sobre por qué ella decía eso, sólo gozó. La mujer, no obstante, era sincera, ambos disfrutaban de ese acto, aunque ella ansiaba algo más que el goce sexual momentáneo, ella deseaba quedar embarazada. Elvira estaba decidida a ser madre y Daniel, en esa semana que estaría junto a ella, bien podría ayudarle a conseguirlo.

Con tan tremendas nalgas de mujer del sureste, Elvira en poco tiempo le sacó el apetecido esperma. El chico vació su semilla dentro de ella por entero, sintiendo un doloroso placer debido a haberla estado guardando por tanto tiempo.

Aun habiendo hecho su deposición el pene no salió de aquel cáliz femenino. La intimidad de mujer lo resguardaba con cariño, no queriéndolo soltar de buena gana. Elvira abrazaba al hijo de su amiga como si fuera su propio hijo deseado. Permanecieron un rato así, besándose, acariciándose sin decirse nada pero expresándose amor sin palabras.

No tardó demasiado para que el joven volviera a erectar su aparato (uno de esos privilegios de su edad), y de manera natural continuaron con el muelleo sexual; con ese mete y saque tan delicioso para ambos.

Ya desinhibido, Daniel le pidió que le cumpliera una fantasía y así, Elvira, se le sentó en plena cara colocando sus tremendos “cachetes” sobre el rostro de su invitado. Lo hizo sin evitar reír pues le pareció de lo más curioso ese capricho, pero procuraría complacerlo en todo ya que aquél le brindaría la simiente requerida a cambio.

Entre tantos otros mimos que se dieron mutuamente, entre cópula y cópula (una trabazón que duró toda la noche), la madura hembra escenificó un deseo que a ambos satisfizo (ella por desear ser madre, él por necesitar de una), le regaló a Daniel lo que ni siquiera su madre le había dado, lo amamantó con aquellas hermosas tetazas tiernamente. Y aunque Daniel no sacaba leche de ellas, aquello le pareció sumamente delicioso al joven jarioso quien, sin haber sido amamantado de chiquillo, lo deseaba inconscientemente desde hacía mucho pues hasta ese día sólo había conocido el biberón.

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