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La bella y el bestia

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En un edificio de departamentos conviven siempre realidades distintas.

Clases sociales, problemas y personas diametralmente opuestas; que en algún punto convergen y terminan generando historias. Algunas graciosas, otras tristes, y otras calientes y sorpresivas como esta.

Daniel era un hombre muy callado y solitario, que vivía solo y no tenía mucho relacionamiento con nadie. A sus 24 años, era un analista de sistemas que trabajaba bien, cobrando un sueldo que le permitía darse algunos gustos y vivir con comodidad. Su día a día se resumía en trabajar y volver a su departamento a sumergirse en su mundo de fantasías. No era un hombre feo, pero siempre fue tímido. Sus pocos encuentros sexuales eran fugaces e intensos, pero nunca lograba estar del todo satisfecho.

Siempre tenía la idea de tomar desprevenida a una chica y aprovecharse de ella, pero el miedo y la timidez siempre lo atajaban. Había ideado planes cientos de veces, pero jamás los llegó a concretar; terminaban siempre siendo simples inspiraciones para sus largas noches de soledad y masturbación.

María era una chica muy bonita, dulce y activa. A sus 19 años, vivía junto a sus padres y sus dos hermanas en el mismo edificio que Daniel.

Sus actividades diarias incluían estudiar en la facultad por las mañanas, ir a comer con su novio al mediodía, practicar danza por las tardes y aprovechar su tiempo libre para tomar clases de canto o realizar actividades de la iglesia a la cual asistía.

Era una señorita muy sociable, amable y graciosa; de esas que iluminan el lugar al que entran y nunca pasan desapercibido. Siempre dispuesta a regalar una sonrisa y un poco de cariño.

Daniel la había visto un par de veces y quedó hipnotizado por la belleza de ella; es que era imposible que eso no ocurra.

La chica medía aproximadamente 1,58 m, el cabello castaño claro largo casi hasta la cintura, una sonrisa cautivante, ojos color miel, el cuerpo tonificado por sus actividades, con unas caderas anchas y piernas carnosas que tenían su complemento perfecto con su cintura pequeñita y un enorme culo bien redondo y respingado, aparte de sus pechos medianos bien firmes.

Más de una vez, la angelical niña saludó a Daniel en el ascensor o en la puerta, cosa que a él llamaba la atención. Nadie notaba su presencia y menos una chica así.

Era un domingo soleado cuando uno de los saludos casuales entre ambos en el ascensor, se tornó en una conversación hasta la panadería y luego de vuelta al edificio. En el trayecto, ella le había contado a Daniel que su familia se encontraba de viaje de fin de semana, pero que ella decidió no ir porque se encontraba muy agotada. Esto encendió algo en la cabeza de Daniel, que llevaba semanas fantaseando con saciar sus más bajos instintos con el cuerpo de la dulce señorita del edificio.

Fue así que, cuando volvieron al ascensor, él sintió un impulso que nunca había sentido antes, se abalanzó sobre la chica y la tomó con ambos brazos apretándola fuerte, ella se asustó y cuando quiso gritar, la mano del hombre tapó su boca. Daniel era fuerte y aparte tenía la ventaja de su estatura (1.94 m), por lo que María no tuvo chances de escapar.

La llevó forcejeando desde el ascensor hasta su departamento, dejando caer la bolsa de pan que ella había comprado.

La metió y trancó la puerta, la tiró al piso y la miró fijamente.

Ella lo miraba con miedo, empezaba a sollozar y suplicar que la deje ir, que no diría nada pero que no le haga daño. Para él, ya no había vuelta atrás.

La agarró del cabello y la levantó, luego rompió la blusa que ella llevaba y la usó para amordazarla, de manera que sus gritos no se oigan.

Ella se resistía, por lo que Daniel comenzó a darle fuertes bofetadas, hasta que María cayó al piso, llorando y temblando de miedo en posición fetal.

Él la volvió a tomar del cabello y la arrastró hasta su cuarto, ahí volvió a cerrar la puerta llave y usó su cinturón para maniatarla.

Ella lloraba, gritaba pero sus gritos eran tapados por la mordaza. Daniel le arrancó el sostén y le manoseo sus preciosas tetas, las chupó y le dio mordiscos fuertes que le dejaban moretones; luego le bajó el short y la ropa interior de una, para poder empezar a manosear el hermoso culo de su nuevo juguete, luego empezó a tocarle la conchita, que sintió húmeda y caliente.

Nunca había estado tan excitado, se sentía poderoso y realizado, estaba cumpliendo su más grande fantasía. La idea de borrar para siempre la sonrisa de la joven y dejarla traumatizada de por vida, lo ponía aún más caliente. Los llantos desesperados ahogados por la improvisada mordaza no hacían otra cosa que alimentar más su deseo y la potencia de la erección que tenía. No aguantaba más.

Luego de manosear a su presa, la tiró boca abajo en la cama y empezó a meterle la verga. María estaba acostumbrada al sexo cariñoso y apasionado de su novio, por lo que la potente embestida de los 23 centímetros del degenerado de Daniel fueron un dolor que no podía soportar.

Sentía que la concha se le desgarraba, mientras él la metía y sacaba con fuerza, a medida que la nalgueaba duramente y la agarraba del cuello; la apretaba contra él y le decía que ahora era suya, que iba a hacer con ella lo que quiera y que desde ahora iba a ser su putita.

Ella lloraba, sentía el dolor en el cuerpo y también en el alma, mientras Daniel gozaba no sólo del cuerpo precioso de su víctima sino de la sensación de poder que le invadía. Se sentía el rey del mundo, mientras sometía a una joven indefensa a su deseo depravado.

Daniel la cogió en varias posiciones, luego sintió la necesidad de ir un paso más y cuando la volvió a poner en cuatro, escupió en el ano de ella y fue metiendo la verga, primero de a poco y luego aumentando la fuerza, hasta penetrarle el culito por completo. Ella, en todo momento pegaba alaridos de dolor, que él paliaba apretando la cara de ella contra el colchón, lo cual casi enmudecía el sonido.

Lo que sí se escuchaba era el golpe de las carnes de ambos impactando mientras él la bombeaba con toda la fuerza que tenía hasta que no pudo más y descargó toda su leche en lo más profundo del roto culito de la dulce señorita de familia, que quedaba reducida a una puta bien cogida. La luz de los ojos de su padre, la consentida de su madre, la chica aplicada y correcta, la más querida por todos; para Daniel era simplemente un objeto, unos agujeros que usaba para saciar su sed de placer.

El dolor fue tal que la pequeña María se desmayó. Al despertar, se quedó inmóvil la cama, volvió a llorar casi en silencio.

Su cuerpo lleno de moretones, sus ojos hinchados de tanto llorar, una marca roja le rodeaba la cara, producto del roce de la mordaza con su piel. Tenía el culo al rojo vivo, las nalgas con marcas de las manos de Daniel. Estaba inmóvil, él la admiraba sentado al borde de la cama, fumaba un cigarrillo y observaba a su nuevo trofeo.

Cuando vio que ella intentaba reincorporarse, él se paró en la puerta. María bajó de la cama y gateó hasta él, que ya se preparaba para otro forcejeo, pero grande fue su sorpresa cuando María llegó hasta frente a él, se arrodilló y abrió la boca, ofreciéndose a chuparle la pija.

Es que en ese momento, ella sintió algo que jamás había sentido. Siempre estuvo caminando del lado correcto, nunca nadie la trató así, nunca nadie la hizo sentir al límite.

Aquel domingo que empezó como una historia de terror, terminó con ella encontrando un lado que ella misma desconocía: siempre fue una puta sumisa.

El que al principio era un violador, ahora sentía como su amo, como el único hombre que la hizo sentir de verdad plena y satisfecha.

Esa fue la primera de miles de veces en más que María dejó de lado su papel de niña buena, para convertirse en lo que realmente es... una putita obediente.

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