Dilema de una buena tía (5)
Ella obedeció, y sus movimientos adquirieron una urgencia desesperada. Diego se arqueó, sus manos se aferraron a los brazos del sillón, y en su rostro vi la embriaguez de ser visto, de ser tocado, de ser el centro de esta transgresión que no tenía nombre. —Está... está pasando algo —jadeó Verónica, y no era pregunta. Era cons...