Confesiones a la ginecóloga (parte 1)
En esa primera ocasión, Marcelo no pudo contenerse. Mientras Sabrina jugaba con su frenillo, él ya le había bajado los pantalones a ella, que estaba doblada en el sillón, mientras se encargaba de la bestia que tenía entre sus dientes. Él le acariciaba la cola. Jugaba con la tanga blanca que tenía Sabrina. Sus dedos bordaban la cost...