Mi tía y el sacerdote (2)
El primer chorro le llenó la boca. El segundo le salpicó la cara: un grueso hilo blanco cruzó su mejilla, pegándose al pómulo y goteando hasta la barbilla. El tercero y el cuarto cayeron directo sobre sus tetas: salpicaduras calientes cubrieron los pezones endurecidos, resbalando entre ellas en líneas brillantes y pegajosas. Susana ...