Mi negro maravilloso, el inicio de la locura
—Hazlo tu misma... sírvete —dijo él, sentándose en la orilla de la cama, conmigo atada a él por casi todos lados, menos el que más importaba en ese instante. Le mordí los labios y al escuchar su grito me deslicé en él. Era increíble sentirlo todo, todo, hasta adentro, empalada como cristiano en la antigua Estambul. No soy de ...