Perdido por mamá (3)
La calenté, aun sin meterle los dedos, con golpecitos y caricias, ella ronroneaba sin mirar. Mi anular fue el primer expedicionario en su interior, que estaba tan húmedo como el exterior, el ronroneo subió de volumen. No empezó a gemir hasta que añadí otro dedo a la penetración. Entonces imprimió un cadencioso movimiento a sus cad...