Cambiador número dos (Segunda parte)

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Fui un poco más allá con mi compañera de trabajo, Jimena ¿Se metería en el cambiador número dos para desnudarse y "cachondear"? Tenía que averiguarlo antes de que nuestra experiencia laboral acabase

Lo próximo que vino a pasar con Jimena desafió mi sentido de la lógica y todas mis esperanzas...

No era la primera vez que me cruzaba con una mujer que se atrevía a conversar de sexo e insinuaba, incluso sin palabras, que podía ir un poco más allá. Yo celebraba esto, desde luego. Pero también tenía mis reparos, porque al momento de avanzar y “transgredir”, generalmente, aquellas mismas mujeres que habían insinuado ser depravadas más bien parecían algo pacatas para mi gusto... Temía que Jimena fuera una de ellas, así que avancé pero con cierta reserva.

―¿Y vos no intercambiás fotos con Ana? ―le pregunté un día. Estábamos conversando, según recuerdo, de las fotos en general que la gente subía a las redes sociales.

Ella miró hacia el costado para comprobar en dónde estaba Nancy. Ese día Marisa no había venido a trabajar porque estaba descompuesta.

―Estamos todo el tiempo juntas ―respondió Jimena al cabo―. ¿Qué sentido tendría...?

―Pues... calentarse cuando no están juntas ―respondí, como si fuera algo muy obvio―. Imaginate que te metés en el cambiador y le mandas una foto porno... Eso la volvería loquita de morbo, ¿verdad? ―me animé a insinuar.

Hice esto con un poco de temor. Tal vez estaba siendo muy atrevido.

Pero Jimena se echó a reír y se puso colorada.

―No, Dios. Nunca se me ocurrió algo así... Qué degenerado saliste... ―Y seguía riendo.

―Y... ―vacilé un instante―. Hacé la prueba y sabremos qué pasa.

―¡No...! ¿Qué...? ―exclamó ella, ahogando la voz―. Te volviste loco. Me va a echar si me descubren.

―No pasa nada... ―le dije en tono bajo―. Marta no está y Nancy no se entera de nada.

Marta era la dueña del negocio.

―Dale... Metete y mandale una foto a tu novia.

Jimena parecía indecisa.

―Vos me querés espiar... Estás loco. No voy a dejar que veas nada.

―No, digo para espiar ―le respondí con soltura―. Si cerrás la cortina, te aseguro, no se ve nada desde afuera. Podés quedarte tranquila. Pero estaría bueno que pruebes para ver qué se siente.

Al decir esto me sentí tonto. No estaba hablando con una mujer sin experiencia.

Jimena parecía reflexionar, lo cual a mí me emocionaba.

―No, no... Te juro que no me animo ―dijo finalmente mirando a Nancy, que justo estaba acomodando unas prendas a unos metros de distancia.

―Le puedo decir que fuiste al baño... ―sugerí de lo más pícaro.

Y entonces se me ocurrió intentar algo, incitarla de manera indirecta.

―Voy a demostrarte cuánto se tarda ―dije y abandoné mi puesto de trabajo―. Esperame acá.

Y con el teléfono en la mano me dirigí hacia el cambiador número dos, sin que Nancy siquiera se enterase. El cambiador estaba a nuestra izquierda, y Nancy a la derecha, cerca de la puerta de entrada.

Jimena me miraba ansiosa, tal vez llena de nervios.

―Pará... ¿Dónde vas? ―alcanzó a balbucear antes de que yo me metiera en el cambiador.

No respondí. Tuve el reflejo de dejar la cortina del cambiador algo corrida, con la intención de que Jimena pudiese espiar si es que se le ocurría hacer eso. Pero a último momento me acobardé y conjeturé que era demasiado arriesgado. Cerré la cortina de un tirón. Nada se podía ver desde afuera; yo lo sabía. Pensé en fingir que hacía unas fotos porno, solo fingir..., pero luego pensé: ”¿Y si no me cree?”.

De manera que abrí la cámara de fotos del celular y me dispuse a hacer unas selfies que me valiesen de prueba. Nada del otro mundo... Quise que fueran naturales, por si tenía que mostrarlas. Me tomé una desde arriba y otra desde abajo, con la cámara frontal, haciendo poses como un verdadero perejil. Y luego disparé contra el espejo, con la cámara trasera del celular, y en esa mostré mis abdominales y fingí al tiempo que me bajaba el pantalón... Quedé bastante sexy. La parte baja del vientre se veía marcada debido a mi extrema delgadez.

Salí del baño en cuestión de segundos y Jimena me miró alzando las cejas. Nancy ni se había percatado que yo había abandonado mi puesto de trabajo.

―Ves lo que te digo... ―señalé con falsa naturalidad―. ¡Es un segundo!

―Pero estás mintiendo...―dijo sonriendo―. No hiciste nada. Saliste muy rápido.

Cayó en la trampa. Yo había guardado las evidencias precisamente para refutar alguna afirmación de esa clase.

―Si no fuese lesbiana ―dije sonriendo―, sin dudas te mostraría alguna foto. Pero creo que podría darte asco...

Y una carcajada Jimena hizo que Nancy escuchase y se diera vuelta.

―Las conchas me gustan demasiado ―dijo Jimena al instante, y abrió los ojos sorprendida por sus propias palabras.

Yo también me eché a reír, pero sentí un ligero escalofrío por el cuerpo al oír esa frase en boca de mi compañera.

―Pará, pará... ―dije todavía riendo―. Es peligroso que te muestre las fotos.

―Entonces pensabas mostrármelas... ―dijo evidenciando que estaba muy atenta―. Ya no podés retractarte. Mostrame las fotos ya mismo. Sin pruebas, no puedo creerte... Y si no te creo, yo tampoco me voy a animar a mandarle algo a Ana.

―Ah... Después de todo lo estás considerando. ―La emoción se había adueñado de mis partes íntimas y mi pija creo que quería celebrar.

―Dale, a ver..., dale ―dijo Jimena y se asomó al mostrador―. Mostrame rapidito, que Nancy no nos mira.

Me sentí un poco intimidado, debo confesar. Yo tenía el celular en la mano y Jimena se veía ansiosa... El problema es que dentro del celular yo tenía mucho porno fuerte, así que no podía revisar la galería de fotos frente a sus ojos.

―A ver... ―dije un poco nervioso, y traté de alejar la pantalla.

Puedo decir, aunque no tenga pruebas de ello, que Jimena estaba un poco caliente también. De pronto, noté que sus pezones estaban algo parados y se marcaban en la remerita color blanco que vestía.

Esto me puso todavía más ansioso.

―Mandé esta... ―le dije, mientras le mostraba el teléfono― y las siguientes dos.

Jimena aguzó la vista y se mantuvo un segundo en silencio.

―Eso no es porno ―insinuó, redoblando la apuesta―. Y ciertamente no estabas por masturbarte... ¿O me equivoco?

Nancy volvió a mirar, en una rápida relojeada. Rogué a Dios que no se acercara...

―Podría ser el principio de algo... ―dije con audacia. Y deslicé el dedo por la pantalla del celular y pasé a la segunda y luego a la tercera foto.

Entonces Jimena alzó las cejas instintivamente y por un momento creí detectar en su gesto que en verdad estaba caliente.

―Ya vengo... ―dijo muy resuelta, y sin más se dirigió al cambiador número dos.

Parecía mentira lo que estaba pasando. Mi pija se había parado de solo imaginar lo que Jimena estaba por hacer en el cambiador. ¿Se desnudaría ahí mismo, detrás de la cortina? ¿Estarían sus pezones verdaderamente parados o era mi imaginación? De seguro tenía dos aureolas pequeñas y rosadas; dos pezones erectos que tal vez Ana mojaba sutilmente y luego apretaba para provocarle a Jimena espasmos de excitación. ¿Estaría mi compañera de trabajo fotografiando su culo en el espejo? La verdad es que esta imagen me ponía muy ansioso... Le había estado mirando el culo a Jimena y me parecía detectar, debajo de esos pantalones sueltos que usaba, unos cachetes duros que debían de resistir las palmadas de su novia Ana... ¿Cómo se harían el amor estas dos mujeres? Ana parecía aún más puta que Jimena... El sexo entre ellas no debía de ser menos que majestuoso.

Mi pija cabeceaba dentro del pantalón. Si no hubiese estado en el trabajo, pues habría bajado la bragueta de mi pantalón y metido la mano para agarrármela y comenzar a masturbarme ahí mismo. Mi imaginación me había perturbado de golpe.

Entonces pasó lo inesperado...

―¿Y Jime? ―preguntó Nancy, que se había acercado al mostrador sin que yo me diera cuenta.

Nancy, la maldita Nancy.

―Ah... No sé. Creo que está en el baño ―dije haciéndome el distraído, lo cual era una estupidez, pues Nancy me había visto charlando con Jimena.

Esa intervención de Nancy me cagó el resto del día. Ni siquiera pude saber si Jimena se había tomado alguna foto para enviarle a Ana... Segundos después la vi salir del mostrador número dos acalorada, pero no pude saber qué había hecho.

Ese día me fui a casa frustrado. El día siguiente no solo iba a estar presente Nancy sino también Marisa, así que charlar con Jimena en el trabajo se iba a poner muy cuesta arriba.

Y encima llegó una mala noticia...

Vine a saber, por parte de mi jefa, que Jimena iría a trabajar únicamente por el resto del mes. Yo había supuesto que estaría toda la temporada, pero no era así. Marta ya lo tenía decidido: no tenía caso tener tantas empleadas si las ventas no habían levantado como se había previsto.

De manera que tenía que hacer la jugada cuanto antes. Me quedaban un par de intentos con Jimena y luego, quizá, ya nunca volvería a verla.

Por la tarde de ese mismo día, le dije que quería ver las fotos que se había tomado en el cambiador.

―¿Qué fotos? ―preguntó haciéndose la tonta.

Entonces yo hice el mismo gesto lascivo que había hecho ella el día anterior.

Jimena sonrió de manera pícara.

―Si Ana se entera, me va a matar...

―¡No divagues! ―la acusé riendo―. ¿Cómo podría enterarse?

Y Jimena sacó el teléfono de su bolsillo y luego de desbloquearlo comenzó a revisarlo. Guardó durante algunos segundos una sonrisa algo nerviosa, que yo no pude interpretar. ¿Estaba por mostrarme algo que le provocaba tanto morbo como a mí? Nuestras compañeras conversaban en la puerta del negocio; miraban a la gente pasar por la calle. Ni un alma había entrado a comprar ropa ese día.

Y de pronto, sin decirme una palabra, Jimena dejó el teléfono en el mostrador, a un costado de la caja registradora, y se alejó de mí: fue al encuentro de las chicas. Esto me desconcertó sobremanera; no sabía qué mierda hacer. “Quiere jugar”, pensé. Y con sutileza tomé el teléfono y al encender la pantalla apareció una foto de Jimena.

La imagen me hizo estremecer, a pesar de que no era sexual. Mi compañera había imitado mi pose fotográfica: disparó contra el espejo, mostrando el abdomen e insinuando que iba a bajarse el pantalón. Me dio mucho morbo y quise ver alguna otra imagen, así que deslicé el dedo hacia un lado y otro, pero no había otra cosa para ver... Estuve tentado a revisar la galería fotográfica en su totalidad, pero decidí no hacerlo porque mi suerte podía irse al carajo si Jimena se enfadaba por tal acción. Así volví a depositar el teléfono en el mostrador y me quedé pensando en mi compañera lesbiana.

Cuando ella volvió al mostrador, decidí pues agitar las cosas.

―Confieso que se me paró sin querer ―le murmuré― Me dio morbo...

―Ay! Dios ―dijo Jimena sonriendo―. Soy lesbiana, nene. No te calientes.

A pesar de saberlo, necesitaba saber hasta dónde Jimena estaba dispuesta a ir.

―Creo que voy a meterme de nuevo en el cambiador ―dije con voz pastosa, fingiendo más calentura de la que sentía―. Esta vez va algo muy serio ―concluí, mirando de reojo el celular.

Continuará...

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